La ladrona de niebla (Los mares eternos 3) Capítulo 47
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Capítulo 47

El príncipe de las pesadillas

— Jonas . —Una mano me golpeó con suavidad la mejilla.

Parpadeé contra la penumbra.

—Por los dioses, Sander … —Aún medio dormido, me aseguré de cubrir a mi esposa desnuda con una manta de punto de una de las sillas. Nos habíamos quedado dormidos en el suelo de la biblioteca de Skadi, después de amarnos hasta caer rendidos. Hice un gesto para apartar a mi hermano—. Lárgate.

—Lo hemos encontrado.

Se me cortó la respiración.

—¿A él?

—Sabemos quién le dio el tónico a Oldun y sabemos dónde está.

Con cuidado de no despertar a Skadi, saqué los brazos de debajo de su cuerpo, ajusté la manta sobre sus hombros y me puse los pantalones que Sander me lanzó.

—Alguien tiene que vigilarla —le espeté a mi hermano mientras aceptaba la túnica que había traído para mí.

—Menos mal que estoy yo aquí. —Mira irrumpió en la biblioteca con un montón de edredones y una almohada de plumas entre los brazos.

Le di un beso rápido en la coronilla.

—Gracias.

—Jo. —Mira solía ser luminosa, rebosante de una alegría contagiosa casi siempre, pero había momentos como este en los que su ferocidad, normalmente oculta, asomaba a la superficie—. Si pretende hacerle daño, haz que sufra.

Corrí hacia mi habitación, recogiendo dagas, botas y una capa con capucha.

—¿Quién es?

— Maj compartió el recuerdo de Oldun. Lo reconozco de los juramentos, uno de los guardias del rey, aunque no sé su nombre.

Hicimos correr la voz, y uno de los encargados de los almacenes del puerto avisó de que creía haber visto a un elfo extraño alquilar una habitación para pasar la noche, con intención de embarcar en la nave de correo hacia el Eterno por la mañana.

Solo había un guardia élfico con motivos para estar resentido por aquella alianza.

—Cian. Estoy seguro de que es un hombre llamado Cian.

Skadi tendría que perdonarme. El momento en que su cabeza quedara clavada en la pared llegaría antes de lo previsto.

— Jonas . — Sander se interpuso en mi camino—. Estoy a tu lado, lo sabes, pero hay una alianza que considerar.

Torció el gesto.

—Una alianza que los elfos rompieron primero al enviar a Oldun a mi habitación.

Con un asentimiento, mi hermano aceptó una daga y la añadió a su propio cinturón.

—Aun así, lo haremos en la sombra.

—De acuerdo. Cuanta menos gente sepa lo que pienso hacer esta noche, mejor.

Von y Aleksi estaban agazapados junto a un barril pesado, mientras Sander y yo ocupábamos el otro.

Incluso sin mesmer, Von se había criado junto al Elixista más feroz del reino desde niño.

Era el mejor a la hora de manejar paralizantes delicados y los polvos de enmascaramiento que nos habíamos extendido sobre el rostro.

Durante casi dos campanadas, cualquiera que no supiera de la presencia de aquellos polvos vería en nuestros rostros a otras personas.

Aleksi se unió a nosotros. Era un Rave y consideraba que aquello suponía una amenaza para todos los reinos. En el fondo, yo creía que nuestro príncipe guerrero ocultaba un lado despiadado bajo su sentido del deber y del honor.

—Esa es la habitación. — Sander señaló con la empuñadura de su daga hacia una ventana, sobre una desvencijada casa del muelle que los trabajadores alquilaban durante la temporada de comercio.

Me ajusté la capucha, asentí a los demás y me interné en la noche.

El aire arrastraba un frescor salobre desde el mar, denso y húmedo, mientras las antorchas aún encendidas a lo largo de las calles arrojaban sombras temblorosas en cada rincón.

Avancé agachado y me deslicé por un callejón estrecho.

Sander hizo lo propio, aunque por un rodeo más amplio.

Von trepó por la pared de la casa del muelle y se apostó en el tejado.

Aleksi se movía con sigilo entre postes y cajas, oculto entre la carga que aguardaba para ser embarcada en barcazas y navíos.

Un arrullo, como el canto de una paloma, nos llegó desde lo alto como señal. Von dejó caer una cuerda desde el borde del tejado.

Enrollé la cuerda en la muñeca.

—Nada de apoyar los pies en la pared.

Fui el primero en subir, con cuidado de no rozar con las botas las delgadas paredes de la casa del muelle. El riesgo de despertar a alguien con el golpeteo de los pasos contra el exterior era demasiado alto, aunque aquello resultara un suplicio para los brazos.

Cuando alcancé la ventana, me apoyé en el alféizar, equilibrando apenas la punta de los pies para sostenerme de la cuerda y, al mismo tiempo, alcanzar el cierre. Desde una ranura en el interior del cuero de mi cinturón, saqué una lasca de hueso de ballena y una ganzúa.

Mi madre me enseñó a manejar una ganzúa como es debido cuando apenas contaba cuatro ciclos; el gesto se había vuelto casi automático, pero jamás dejaba de disfrutar del leve chasquido cuando los pestillos encajaban en su sitio.

Con un tirón breve de la cuerda, deslicé con cuidado la hoja de la ventana hacia arriba.

Cada movimiento fue silencioso, ligero como una pluma, mientras me introducía en la pequeña estancia.

Apenas amueblada con una cama sencilla, una silla de madera y un biombo para vestirse, casi no había dónde ocultarse.

No lo hice.

Tomé posición al pie de la cama y observé el subir y bajar del pecho de Cian.

El muy bastardo había cometido un error miserable al poner un pie en este reino.

Con el mismo sigilo, Aleksi y Sander se deslizaron en la habitación. Von descendió poco después, tras cortar la cuerda. Aun con cuidado, al trepar por la pared de la casa del muelle, golpeó la madera más de una vez.

Cian gruñó, removiéndose levemente por el ruido. Que se despertara. Saqué una daga de la vaina en la parte baja de mi espalda justo cuando Von entró y cerró la ventana a nuestras espaldas.

Cuando los párpados del elfo se estremecieron al abrirse, yo ya estaba sobre él.

Antes de que pudiera incorporarse o gritar, le cubrí la boca con la mano y apoyé la daga contra su garganta.

Sus ojos eran de un azul oscuro, como los de la mayoría de los elfos de las sombras, pero carecían del brillo de los de Skadi; era como si la oscuridad de su alma, corrompida, apagara el color.

Cian intentó sacudirme de encima, trató de revolverse, pero al cabo de unos instantes su cuerpo se quedó rígido.

Aleksi alzó las manos, con las palmas abiertas.

Había crecido entre el pueblo de la Noche, pero en él había algo más, un don oscuro y preciso que le permitía someter a cualquier ser con corazón.

Si Aleksi Bror-Ferus decidiera que alguien —bestia u hombre— debía permanecer inmóvil, no podría moverse hasta que él aflojara su dominio sobre la sangre.

Me eché la capucha hacia atrás. Cian me miró, desconcertado por un instante. Sin duda, los polvos de enmascaramiento hacían que todo aquello resultara aún más confuso.

—Hola, Cian. Supongo que ahora tengo otro aspecto. —Aumenté la presión del filo contra su piel—. Pero, ya que conoces a mi esposa, creo que ya era hora de que nosotros dos nos conociéramos mejor.

Intentó dar una patada, pero al no responderle el cuerpo, dejó escapar un grito ahogado bajo mi mano.

—Tengo la sensación de que tú no opinas lo mismo. —Suspiré, cerrando los ojos mientras tomaba aire despacio, hasta que el poder del mesmer heló el blanco de mis ojos.

Cian lanzó un grito más largo bajo mi mano cuando los abrí de nuevo, ennegrecidos como los rincones más oscuros de la estancia.

—Qué lástima. Podríamos haber sido grandes amigos.

Aparté la mano lo justo para golpearle el rostro, y volví a cubrir sus gritos, bajando la voz.

—De no ser porque intentaste apartarme de ella. —Otro golpe, esta vez en la otra mejilla. Le cubrí la nariz y la boca y presioné la rodilla contra su pecho—. De no ser por la tortura que sufrió bajo tu vigilancia, tus mentiras y tus manos.

Retiré la daga, pero de forma que el filo le abriera la piel. No era una herida mortal, solo lo suficiente para hacer brotar la sangre. No quería que muriera.

Todavía no.

— Sander , necesito tu ayuda. En la cabeza de este bastardo hay recuerdos en los que cree haber tenido cierto control sobre ella, en los que la obligó a hacer cosas porque confiaba en él. Quiero que esos recuerdos se conviertan en sus pesadillas mientras trabajamos.

La oscuridad invadió los ojos de Sander . Apoyó las palmas sobre la cabeza de Cian. Von ocupó mi lugar, acallando los gritos del guardia al introducirle un trozo de piel de cerdo en la boca, mientras yo me encargaba de la daga.

Venas oscuras, como tinta derramada, se ramificaron alrededor de los ojos de Cian.

Gritó contra la mordaza, mirando a Sander con un atisbo de horror al encontrarse con aquellos ojos ennegrecidos.

Por los dioses, deseé que lo asaltaran los pensamientos más atroces.

Cada recuerdo de Skadi debía hacerle temblar de miedo.

—Bastardo —escupió Sander más de una vez. El problema del mesmer de mi hermano era que, aunque recreaba escenas placenteras del pasado, veía la verdad antes de cubrirlas de horror.

—Me lo contó —dije, con la voz áspera—. Dime, ¿es tan terrible como imagino?

El gemelo más amable, el alma más bondadosa; no quedaba rastro de él cuando alzó hacia mí aquellos ojos brillantes y vacíos. La mandíbula tensa, el odio grabado incluso en la nada de su mirada oscura.

—Mátalo. Despacio.

Y eso hice.

Cada marca que él vio a Skadi grabarse en la piel, se la grabé yo a él.

Cada lágrima que derramó bajo las manos de él y de Arion la cobré con su sangre.

No necesitaba que me repitiera cada palabra que le dijo; sabía que aquel bastardo se había aprovechado del corazón de mi esposa, de una muchacha desesperada por ser amada, y la había usado para su propio placer cruel.

Era un lobo que la había despedazado, pero ella había sabido recomponerse con una belleza que desafiaba su mordedura.

La sangre empapaba el suelo y las sábanas cuando dejó de ser necesario que Alek, Sander o Von sujetaran a Cian. Como si comprendieran que aquel momento era solo entre el elfo y yo, se apartaron.