La ladrona de niebla (Los mares eternos 3) Capítulo 46
82%

Capítulo 46

La ladrona de niebla

El frío ofrecía consuelo. Un alivio frente al dolor febril.

Alargué la mano hacia él, lo deseé, lo anhelé, pero una y otra vez volvía a caer en un pánico extraño.

Las yemas de mis dedos rozaron los lomos lisos de los libros, los estantes manchados que él había construido, la lámpara de araña de cristal que me recordaba a Stärnskott.

Jonas había hecho tanto… Demasiado.

Otra oleada de frío cayó sobre mis hombros.

Me tembló la barbilla. Él merecía más que todo esto. Desde el momento en que tomó como esposa a su elfa, la existencia del príncipe había sido un torrente de mortificación, problemas para su amada familia y, ahora, ataques en sus propios aposentos.

Ante la ventana, la noche era un telón de terciopelo negro. La nada.

Viejos pensamientos —crueles y oscuros— se deslizaron hasta el primer plano de mi mente. ¿Y si me dejaba caer por completo en el frío? ¿Y si me envolvía en la niebla y simplemente me desvanecía?

La idea estaba ahí: caer tan hondo en el frío que no pudiera escapar de la Nada.

¿Sería una elección tan terrible? Desde mis primeros ciclos, allá donde pisaba parecía seguirme la destrucción, el dolor y la angustia.

Los clanes de los elfos de la luz y de las sombras estaban divididos porque la guerra de Arion —en su esencia— giraba en torno a apoderarse de las nieblas capaces de devorar a sus enemigos.

Mi afinidad era la razón por la que los elfos de la luz y de las sombras querían alzarse de nuevo contra los elfos de la tierra y del mar.

Yo era el motivo por el que Jonas nunca tuvo la oportunidad de elegir a quién amar.

—Skadi.

Su voz fue seda sobre mi piel. Cerré los ojos un instante y me volví hacia él. ¿Sabía lo hermoso que era? Los símbolos de tinta sobre su amplio pecho desnudo, su cabello indómito y revuelto, esos ojos brillantes.

Dejé que el frío me arrastrara un poco más.

—No. — Jonas cruzó la biblioteca y me sostuvo el rostro entre las manos—. Quédate conmigo, Fuego. No te escondas, no de mí.

—Deberías temerme.

—No lo hago. —Sin soltarme la cara, Jonas besó mi mejilla, mi frente—. No lo hago, Skadi.

—Es una necedad.

—Basta. Mírame. —Con un leve movimiento, Jonas guio mi mirada hasta la suya—. Quédate aquí, conmigo.

Sus manos eran tan cálidas, sus ojos tan acogedores. Pero lo que reemplazó al frío dolía como una daga que me atravesaba el corazón.

Me aparté, con el pulso desbocado.

—Déjame ir, Jonas . Es más seguro para todos. Por favor, déjame desvanecerme hasta que sea como si nunca hubiera estado aquí.

—¿Como si nunca hubieras formado parte de mi vida? —Su voz se quebró—. Es demasiado tarde. Tú eres mi vida.

Sentí cada una de sus palabras ardientes, pero hablé como si el frío me tuviera prisionera.

—Tienes los medios para olvidarme.

Jonas me miró como si estuviera debatiéndose entre besarme o gritarme.

—No quiero olvidarte.

Maldito fuera, ¿qué demonios le pasaba? Podía librarse de mí; ya no tendría que dormir con un ojo abierto ahora que conocía la verdad.

La máscara de hielo se resquebrajó.

—Todo lo que ella dijo es cierto. No estás a salvo conmigo. Ya hay alguien que se asegura de que te hagan daño dentro de tus propios muros. Las tierras Alver corren peligro, y tú estás ligado al monstruo que destruyó a las únicas personas que lo amaban.

Jonas se lanzó hacia mí y me acorraló contra la pared. Me atrapó bajo su peso, inmovilizándome.

—No has destruido a quienes te aman, Fuego. Yo te amo. Te amo tanto que duele. —Colocó mi palma abierta sobre su corazón desbocado—. Déjame entrar, Skadi.

La emoción me tensó el rostro. Jonas no me soltó en ningún momento; solo, de vez en cuando, me secaba las lágrimas de las mejillas.

—Lo intenté, Pesadilla. Me esforcé tanto por no convertirme en algo peligroso y aterrador… Amaba a mi madre y a mi padre, y les arrebaté la vida sin siquiera darme cuenta. ¡Era más fuerte que los lazos de sangre!

—Pero ¿no me dijiste que murieron a tu lado? ¿No habrían tomado tus brumas sus cuerpos?

Ante eso, me quedé un instante en silencio, pero enseguida negué con la cabeza.

—Les robé el aliento de los pulmones; seguramente se perdieron en un sueño.

No fue intencionado, pero mi afinidad es inestable, Jonas .

Eso es lo que he intentado explicarte todo este tiempo.

—La mandíbula de Jonas se tensó, pero no me interrumpió—.

Por lo que había hecho, creí que el rey me cortaría la cabeza cuando me encontró.

Pero me dijo que había sido un accidente, que me ayudaría a dominar la oscuridad.

Me dio un nuevo hogar. Pensé que quizá era un regalo de los dioses, una oportunidad de convertirme en alguien distinto.

Cuando se concertó el compromiso con Arion, deseé con todas mis fuerzas complacer a ambos clanes.

—Me liberé de los brazos de Jonas —. Dijo todo lo que yo necesitaba oír…

hasta que tuvo mi corazón en sus manos. —Las uñas se me clavaron en las palmas—.

Creí haber encontrado a mi héroe, como en esos libros absurdos que solía leer.

—¿Arion? — Jonas intentó cogerme de la mano de nuevo, pero empecé a caminar de un lado a otro sin responder.

—Pasé todas las noches con él —continué—. Era atento, delicado… y no supe ver el engaño hasta que ya no había vuelta atrás.

—Skadi, no entiendo qué quieres decir.

Las palabras empezaron a brotar sin control, precipitándose unas sobre otras en un desahogo que jamás había compartido con nadie.

—Cuando le confesé que quería complacerle, me dijo que el poder oscuro seguía siendo una parte demasiado grande de mí y que debía aprender a deshacerme de él antes de poder ser esposa. Así que me entregó a otro que estaba dispuesto a enseñarme cómo podía desangrar la oscuridad.

Jonas se detuvo en seco.

—No se puede arrancar la magia de la sangre, Skadi.

—Ahora lo sé. —La voz me tembló—. Pero, cuando terminaba cada lección, me decía todo lo que yo quería oír. Mi corazón estaba tan débil, tan herido, que empecé a pensar que lo amaba más que al príncipe. Cuando se lo confesé, me dijo que, si seguía con sus lecciones, él también llegaría a amarme.

Con los dedos temblorosos, tiré del vestido y dejé al descubierto uno de los remolinos de tinta que serpenteaban sobre una cicatriz.

—Y así lo hice. Lo intenté, noche tras noche, dejándome la vida en ello.

—Fuego. —Los ojos de Jonas se ensombrecieron de odio al ver el tatuaje—. Ese bastardo.

Me aparté cuando mi marido intentó acercarse; el recuerdo de aquellas manos aborrecibles volvió a erizarme la piel, y sus palabras crueles chocaron en mis oídos. Cerré los ojos con fuerza.

—Los dos empezaron a observar, siempre diciéndome que fuera más lejos, que me esforzara más.

Solo cuando consideraban que era suficiente, uno de ellos me tocaba.

Uno decía que era para enseñarme a complacer a un esposo; para el príncipe, era su forma de asegurarse de que supiera qué le daba placer.

Llegué a creer que era afortunada por tener a dos hombres que deseaban mi corazón.

En realidad, ambos disfrutaban causándome dolor.

Jonas inspiró con brusquedad por la nariz, una vez, dos, y luego volvió a atraerme hacia él. Su pulgar recorrió uno de los remolinos de tinta.

—Esto te lo hiciste tú misma.

Las rodillas me flaquearon, pero asentí.

—Nadie me obligó.

—Por los dioses, Skadi, claro que sí. Te manipularon hasta hacerte creer que había algo tan terrible en ti que debías expulsarlo sangrando. ¿No ves lo monstruoso que fue eso?

—Sí. Cuando empecé a darme cuenta de que nunca sería suficiente, me atreví a preguntarle a mi abuelo si una práctica así podría funcionar alguna vez. Se horrorizó y me exigió que no lo intentara jamás, aunque no sabía que yo ya lo había hecho. Por eso las cubrí con algo que, para mí, era hermoso.

Los ojos de Jonas se oscurecieron aún más, aunque no creí que fuera por su poder.

—Así que fue Arion.

Sostuve su mirada.

—En parte. Fue él quien decidió que debía aprender a ser la esposa que él esperaba.

Los músculos se tensaron a ambos lados de su mandíbula.

—Lo mataré.

—No puedes. —Alcé la mano hacia su brazo—. Prométemelo. No puedes tocarlo, ni a él ni a ninguno de los suyos, ¿recuerdas? No permitiré que por su culpa vuelva a perderse nada más.

Tardó un instante en responder.

—Si vuelve a acercarse a ti, no me importará ninguna cláusula escrita en un maldito pergamino. Su cabeza terminará en esa pared. —El príncipe señaló el lugar donde se amontonaban los tomos de guerra de los elfos—. Y será el sitio perfecto.

—Solo quiero olvidarlo.

—Bien. Solo caerá en el olvido cuando esté muerto. ¿Llegaste a contarle a Eldirard la verdad sobre lo que te hacía?

Negué con la cabeza.

—Me sentía avergonzada, y Arion era un príncipe de sangre real. Yo no era más que una princesa elegida.

Revelar la verdadera naturaleza de Arion fue como si me arrancaran un peso de piedra de la espalda encorvada. Me lo arrebató todo, y al final me dejó ensangrentada y destrozada.

—¿Quién más sabía esto? — Jonas dio un paso hacia mí—. Has dicho «ellos».

—Cian. —Alcé la barbilla—. Fue idea suya obligarme a expulsar la oscuridad de ese modo.

Es el guardia de Arion cuando el príncipe visita Natthaven, pero también su despreciable amigo.

Aseguró que podía enseñarme a complacer al príncipe, aunque en realidad todo formaba parte de su retorcida manera de humillarme.

—Tendrás sus cabezas haciendo juego en tu pared.

— Jonas , ocurriera lo que ocurriera, no cambia el hecho de que mi afinidad mató en el pasado sin que yo pudiera controlarlo. Tal vez sea mejor mantener las distancias; jamás me perdonaría hacerte daño.

—No lo harás.

—¡No lo sabes! —Se me escapó un sollozo.

—Sí lo sé. —Me estrechó entre sus brazos, y juntos nos dejamos caer al suelo. Quedé acomodada entre sus piernas, con la cabeza resguardada bajo su barbilla. Jonas me acarició la espalda con una mano—. No eres de mi sangre; te has convertido en parte de mi alma, y no hay magia más poderosa que eso.

—Agradezco tus palabras, pero son solo eso: deseos. No lo sabes.

Jonas me besó con una ternura distinta.

—De acuerdo. ¿Qué te parece esto? Si intentas arrebatarme la vida, te juro que lucharé… con esto. —Inclinó la cabeza y besó mi cuello, dejando que la punta de la lengua recorriera el latido de mi pulso—. O con esto. —Su pulgar rozó la parte delantera de uno de mis pezones bajo la fina tela de seda.

— Jonas . —Apoyé la frente en la suya, con la respiración entrecortada.

—O aquí, Fuego. —Por encima de la falda, la yema de sus dedos insinuó una caricia entre mis muslos y luego se apartó—. Hasta que te haya arrancado de la niebla y vuelvas conmigo.

Tragué saliva, conteniendo el impulso de empujarlo al suelo y dejarme arrastrar de nuevo por aquel juego de ilusiones.

— Jonas , hablo en serio.

—Y yo también. —Alzó mi barbilla con el nudillo—. La única razón por la que te temo es lo rápido que me has puesto de rodillas. Si me has arrebatado algo, ha sido el corazón.

Alcé una ceja.

—¿Has estado leyendo alguno de esos libros? Eso ha sonado a frase sacada de uno de ellos.

—Tal vez. ¿No te gustan mis declaraciones de devoción, Fuego? ¿Demasiado ensayadas? ¿Demasiado fantásticas?

Se me escapó una risa suave.

—Quiero que seas sincero conmigo, siempre. Ya confié demasiado una vez, y no pienso volver a caer en lo mismo.

—¿Mi verdad? Está bien. No voy a permitir que me apartes de tu lado; mi lugar está contigo.

El dolor que has sentido esta noche… quiero que me dejes sostener una parte, o mejor aún, todo, si vuelve a apoderarse de ti.

Igual que tú has estado a mi lado cuando el miedo me desbordaba, yo quiero hacer lo mismo por ti.

La verdad es que te quiero entera. Tu fuego, tus lágrimas, tu risa, tus esperanzas…

lo quiero todo. Eres más que suficiente para mí, Skadi.

Jonas volvió a besarme, y esta vez no se apartó.

Me dejé arrastrar por él. Sin saber muy bien cómo, acabamos sobre la alfombra, la ropa olvidada a nuestro alrededor, mientras sus movimientos, lentos y hondos, me envolvían y daban cuerpo, uno a uno, a cada palabra que había pronunciado.

No hubo prisa. Nos tomamos nuestro tiempo, explorándonos con calma, como si aquel instante estuviera creando algo nuevo, sin secretos ni barreras entre nosotros. Jonas me estrechó contra él, mi nombre convertido en un susurro, en una plegaria suave sobre mi piel.

Enrosqué las piernas en torno a su cintura, desesperada por atraerlo más, por sentirlo hasta lo más hondo, como si pudiera fundirse con la médula de mis huesos.

No abandonamos mi refugio en todo el día, y tampoco al caer la noche. Me quedé dormida junto a él, entrelazada en su cuerpo, acompasada al latido lento y constante de su corazón.