La ladrona de niebla (Los mares eternos 3) Capítulo 43
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Capítulo 43

El príncipe de las pesadillas

Mientras Mira reclutaba a medio palacio —Skadi incluida— para conspirar contra mi padre y su aversión a cualquier festejo, yo pasé gran parte de la mañana en la ciudad. Solo… o eso parecía. La sensación de ser observado me siguió por la plaza del mercado, por callejones y soportales.

Otra prueba de que los guardias del Palacio Negro eran tan astutos como los ladrones que lo gobernaban. Desde nuestro regreso de Natthaven, la tensión era palpable; vigilaban con más ferocidad, siempre a la espera de un nuevo ataque de los elfos de la luz y de las sombras.

Cuando regresé al lugar donde había dejado mi caballo, antes de que sonara la campana del mediodía, alcé la barbilla hacia un hombre apostado en un arco de piedra, con la capucha baja y la mano apoyada sobre un seax de acero negro.

—Te están esperando, príncipe.

—¿«Te están»? Se suponía que esta tarde solo íbamos a estar la princesa y yo.

Desde ese ángulo apenas distinguía la sonrisa ladeada bajo la capucha.

—¿Qué esperabas? Todos te cubrimos las espaldas, Jonas .

Con un gruñido, monté de nuevo y regresé al palacio a buen ritmo.

En la explanada principal me aguardaba una hilera de caballos, cargados con alforjas repletas de carne seca y los panecillos morenos de Ylva.

Skadi estaba rodeada por mis compañeros herederos y algunos rostros más.

Llevaba el cabello recogido en lo alto, bien tirante, con cintas de satén azul entrelazadas en las hebras. Sus mejillas brillaban más de lo normal; sin duda, obra de Mira.

—¿Qué demonios estáis haciendo?

Skadi asomó por detrás del cuello del caballo claro de Mira. Y no era solo ella quien había tenido la irritante idea de arruinar una tarde a solas con mi esposa. Von , Frigg, Sander , Aleksi e incluso Tait estaban preparando también sus monturas.

—¿De verdad creías que tus padres iban a dejarte vagar por el bosque a solas? —Aleksi montó de un salto sobre una yegua negra. Tenía ese aire de Rave , de guerrero, con la espada al cinto y una daga enfundada en la espalda baja.

—Pensaba que tendría una tarde para enseñarle Felstad a mi esposa antes de que nos cayera encima la horda que traerá Mira.

—Qué dramático, Jonas . —Mira echó su larga melena hacia atrás—. He invitado a un número razonable de gente. Y no pongas esa cara. Ya tendrás ocasión de llevártela al bosque después. No queremos que te ocurra nada. Qué desgracia, tener gente que se preocupa por ti.

Entrecerré los ojos, pero conduje el caballo hasta donde aguardaba Skadi. Se inclinó hacia mí cuando retiré las pieles del lomo del animal.

—Mira tiene razón —dijo, besándome en el ángulo de la mandíbula—. Te ausentaste el tiempo suficiente como para que se me llenara la cabeza de pensamientos bastante sombríos.

—Estaba bien rodeado de acero, Fuego. No tenías de qué preocuparte. Lo que sí me inquieta es que todos mis planes más… poco decentes tendrán que esperar a esta noche.

Ella tiró de mi cinturón, sonriendo.

—No dudo que sabrás compensarlo.

—Más te vale prepararte, esposa.

—¡ Jonas Eriksson! —gritó Mira—. Si queremos irnos, tenemos que partir ya o llegaremos tarde a la fiesta.

Ayudé a Skadi a subir al caballo y miré a Tait , que manejaba su montura con cierta incomodidad.

—Caminacorazones, veo que al final te han convencido para unirte.

En el reino Eterno no había caballos, sino extrañas criaturas de aspecto equino que se movían con igual destreza por la tierra y las mareas.

Tait nos lanzó una mirada hosca.

—No me queda otra siendo el maldito escolta de ella. Y, por cierto, estas bestias son espantosas.

Mira se volvió por encima del hombro.

—La oferta de compartir montura sigue en pie, Caminacorazones. No parece que te manejes muy bien.

Él frunció el ceño.

—Me las apañaré.

Sander no le quitaba ojo mientras yo me colocaba tras Skadi.

—Espero que tú sí estés más dispuesta a compartir montura, princesa.

—Siempre que prometas comportarte con esas manos.

Me acomodé detrás de ella, encerrándola entre mis brazos al tomar las riendas, y besé su hombro.

—Jamás.

—Deberías.

—Me niego.

—¿Y si te lo ordeno?

—Entonces me contendré. —Hice una pausa—. Hasta que te haga cambiar de opinión.

—Lo dudo.

Una sonrisa se dibujó en mis labios.

—¿Intentas quedarte con la última palabra, Fuego?

Skadi dudó.

—Puede.

Hice avanzar al caballo a un trote suave, riendo por lo bajo.

—Te deseo suerte.

Skadi alzó los brazos y pasó los dedos entre los velos de ramas de sauce que se abrían a un corredor de espesos álamos y coníferas.

—Este lugar me recuerda al bosque de mi hogar.

—El Bosque Quebrado era donde vivían los vagabundos durante las guerras.

—¿Los Kryv?

Asentí.

—Las fronteras han cambiado desde que los reinos de la tierra se unieron, pero fue aquí donde mis padres se convirtieron por primera vez en rey y reina de ladrones.

Unos pasos por delante, Frigg y Sander entonaban una vieja canción popular, riendo cuando desafinaban. Von recorría el claro con la mirada, volviéndose de vez en cuando hacia el lado occidental del bosque junto a Aleksi.

Mira se había vuelto más taciturna desde que Caminacorazones parecía contentarse con avanzar a su lado.

Resultaba extraño contemplar aquel lugar como un simple bosque.

Demasiados fantasmas de antiguas guerras de los elfos de la tierra y del mar lo habitaban, cada uno con su propia historia, todas entrelazadas con la nuestra.

Quería que Skadi formara parte de aquello ahora.

Altos muros quebrados de piedra oscura emergían entre las ramas. Cubiertas de enredaderas y árboles enjutos, las ruinas conservaban apenas algunas plantas y torres en pie, aunque lo suficiente para sostenernos si nos adentrábamos en ellas.

—Hemos llegado.

Pasé la pierna por encima del caballo y tomé a Skadi por la cintura para ayudarla a bajar.

La atraje hacia mí y posé un beso hondo en sus labios. Ella sonrió contra mi boca, rodeándome el cuello con los brazos, enredando los dedos en mi cabello.

No entendía cómo era posible, pero estaba seguro de que nunca me cansaría de su contacto.

—¿Esto va a ser así entre vosotros dos el resto de mi vida? —refunfuñó Sander , frunciendo el ceño.

—No es culpa mía —respondí—. A estas alturas, tocarla se ha vuelto casi una necesidad.

Aleksi trepó hasta lo alto de un pilar derruido y miró en dirección al Palacio Negro.

—Si las fronteras siguieran siendo las mismas, creo que fue por allí donde me encontraron. Daj me dijo que estaba entre un matorral de espinos.

Los ojos de Skadi se abrieron de par en par.

—¿Te encontraron?

Aleksi le guiñó un ojo.

—Me abandonaron durante las guerras que dieron a Kase y Malin su corona. Tengo dos padres, princesa, así que no podían tener hijos de forma natural . Pero las Nornas sabían bien lo que hacían aquel día. Me llevaron al Norte, me dieron un hogar… y una corona. No muy distinto a tu historia.

La mirada de Skadi se iluminó mientras contemplaba ese mismo horizonte, como si hallara en él un nuevo hilo que la unía a quienes más importaban en mi vida, a este lugar.

Eso era justo lo que quería: que supiera que pertenecía a este mundo, junto a nosotros.

Los demás se dispersaron por las ruinas conocidas; yo conduje a Skadi a través de un arco que aún se mantenía en pie.

—Este es Felstad. Lo llamamos el primer palacio.

Un pequeño bosque había echado raíces en el patio principal de las ruinas.

Los muros oscuros se alzaban entre helechos y árboles en distintos niveles, como dientes rotos en las fauces abiertas de una criatura.

—¿Aquí vivía tu gente?

—Fue el refugio de los Kryv incluso antes de que mis padres volvieran a encontrarse. —La ayudé a salvar un saliente y entrar en el patio—. Daj fue capturado de niño por su mesmer. Pasaron ciclos separados hasta que Maj logró dar con él. Ahora es casi imposible apartarlos.

Skadi sonrió.

—Me parece hermoso, eso de no cansarse nunca de la persona que amas.

Me quedé en silencio un instante, sobrecogido por la verdad: Skadi era el primer pensamiento de mis mañanas y el último de mis noches. Por primera vez, comprendí el deseo de que un mismo corazón perdurara incluso mucho después de que los dioses me llevaran al Otro Mundo.

La guié por una escalera de caracol. Al final, se abría una planta que dominaba todo el conjunto de las ruinas. Me senté en el borde, dejando las piernas colgando al vacío; Skadi hizo lo mismo.

A través de los corredores vacíos y resquebrajados nos llegaban las voces de los demás, filtrándose entre las piedras. Tarde o temprano, todos acabarían reuniéndose allí.

—Felstad no siempre fue un lugar alegre —admití—. Durante la guerra que dio a mis padres el trono, sus enemigos encerraron aquí a varios niños. Von fue uno de los cautivos. De hecho, fue la primera vez que elfos del mar y de la tierra se enfrentaron.

Tait , que estaba cerca, examinando uno de los arcos antiguos, se volvió hacia mí.

—Espera… ¿qué has dicho? ¿Aquí fue donde él…?

Asentí, comprendiendo la pregunta.

—Los elfos del mar llegaron a nuestras costas porque Cantasangre fue capturado siendo apenas un niño. Lo torturaron aquí.

—Maldita sea. — Tait recorrió los muros con una nueva y sombría reverencia—. No sabía que aún seguía en pie. ¿ Erik ha vuelto alguna vez?

—No. —Bajé la mirada, avergonzado por el dolor que impregnaba aquel lugar—. Creo que por eso el rey Eterno evita nuestro reino más que ningún otro.

—No conocía esa historia —susurró Skadi.

Tomé su mano.

—Es una prueba más de que los enemigos pueden convertirse en algo distinto, Fuego.

Cantasangre llegó a despreciarnos por el sufrimiento de su pasado, pero hoy hay elfos del mar en todos los reinos.

No nos guardan rencor… del mismo modo que nosotros tampoco a ellos.

Espero que sepas que lo mismo ocurre con los elfos de la luz y de las sombras.

Skadi se acercó un poco más, como si hubiera comprendido el motivo que me había llevado a traerla allí.

—Habla por ti, príncipe —gruñó Caminacorazones, sacando otro de sus cigarrillos, aunque sin llegar a encenderlo—. Yo sigo guardándoos rencor por todo.

Skadi soltó una risita.

—Sí… sobre todo a Mira.

Tait palideció, y estuve a punto de caerme del maldito borde de la risa cuando se alejó hecho una furia.

—Este fue un lugar de dolor, pero también de amor y de fuerza.

Quería que lo vieras porque quiero que sepas que formas parte de Klockglas y de este clan.

Traicionaron tu corazón, y yo querría derramar sangre por ello.

—Tomé una de sus manos entre las mías con cuidado—.

Este lugar es donde los rechazados encontraron una familia.

Si alguna vez sientes que no perteneces a ningún sitio, conmigo sí.

Conmigo siempre tendrás un lugar, Skadi.

Ella me sostuvo el rostro entre las manos, con los ojos brillantes. Con los labios rozando los míos, susurró:

—Eres a quien quiero a mi lado en el campo de batalla, Pesadilla.

La sangre me ardió en las venas. La besé despacio.

—Yo también te amo, esposa.

No nos quebrarían, no por los juegos de los elfos de la luz y de las sombras. Los lazos que se sellaron el día en que pronuncié mis votos eran demasiado fuertes, demasiado hondos, arraigados en algo más poderoso que cualquier alianza como para romperse. Lo creía con toda mi alma.