Capítulo 37
El príncipe de las pesadillas
Estaba convencido de que la doncella de Skadi me despreciaba.
Desde el otro extremo del salón, su mirada se clavaba en mí, aún escandalizada porque hubiéramos abandonado la estancia juntos y regresado con ropas distintas a las que llevábamos al llegar.
Un banquete resultaba aburrido. No tenía nada que ver con los votos, cuando los elfos de la tierra y del mar irrumpieron en el palacio de Natthaven con un estruendo de tambores y liras y un comportamiento desenfrenado.
Durante lo que pareció una interminable sucesión de campanadas, fueron trayendo plato tras plato, acompañados de incontables cucharas y tenedores que, sin duda, no supe manejar en más de una ocasión.
Cuando por fin sirvieron una especie de helado dulce de ciruela de sangre, sentía que iba a reventar las costuras de todas mis túnicas y pantalones, y no era capaz de recordar ni un solo tema de conversación de aquellos nobles altivos que nos ignoraban tanto a Skadi como a mí y se dirigían únicamente a Eldirard.
Hasta que Skadi me apretó el muslo.
—El señor Cathal te ha hecho una pregunta.
—Ah.
Al otro lado de la mesa, un hombre de rostro anguloso me observaba. Sus ojos eran de un verde espuma de mar, tan brillantes como los de Skadi, pero su nariz era tan fina que no estaba seguro de que realmente pudiera respirar por ella.
—Perdonadme. ¿Qué habéis dicho?
—He preguntado cuáles son vuestros deberes como príncipe de vuestros reinos. Supongo que la realeza de los elfos de la tierra y del mar tiene responsabilidades específicas.
—Cierto, aunque yo no soy un elfo. —Le devolví una sonrisa ladeada, a la altura de la suya—. Los miembros de la realeza de los elfos de la tierra y el mar y los alver sí tienen deberes concretos. Los míos están ligados a la armería de los clanes alver.
—No lo sabía —susurró Skadi.
Le apreté la mano y asentí.
—Me ocupo de nuestros herreros y del comercio de armas con otros reinos. A los guerreros elfos de tierra se los llama Rave , y una vez por ciclo visito sus campamentos y entrenamientos a lo largo de los reinos para atender las necesidades de los ejércitos, ya sea mediante elixires o cultivos alver.
—Un viaje considerable —comentó el noble—. Los reinos élficos de la tierra son bastante extensos, ¿no es así?
—Lo son, pero somos clanes unidos. Me crie junto a todas las casas reales y visitaba con frecuencia los reinos vecinos.
La mayoría tenemos lazos familiares repartidos por los reinos, así que agradezco cualquier excusa para viajar.
Tengo intención de invitar a Skadi al próximo, en la época de la cosecha. —La miré—. Si quieres venir, claro.
—Quiero. —Su sonrisa se ensanchó, y mi esposa deslizó la palma un poco más arriba por mi muslo, con clara intención de provocarme.
—Bien. Eres más hermosa que cualquiera de los acompañantes.
Eldirard frunció el ceño. Tal vez no le agradaba que me mostrara tan atrevido con su nieta delante de los demás. A decir verdad, no estaba seguro de saber cómo dejar de hacerlo.
—¿Os llevaríais a vuestra esposa? —preguntó Cathal, con un deje de desagrado.
—Por supuesto. —Removí un poco del dulce helado con una de las delicadas cucharillas—. La voz de Skadi sería bienvenida y respetada entre todos los clanes.
Eldirard gruñó.
—Skadinia ha recibido una educación regia en materias propias de sus deberes. Seguro que puede encontrar algo más útil que hacer mientras vos estáis de viaje que rondar campamentos de guerreros, escuchando conversaciones sobre asuntos que no comprende.
Los hombros de Skadi se hundieron. Le tomé la mano que tenía sobre mi muslo y le apreté los dedos.
Una réplica me ardía en la lengua, afilada como vidrio roto, pero era la primera maldita noche. Por Skadi, podía mantener la paz. Al menos hasta la mañana siguiente.
—Dejaré que ella decida, señor.
Una vez más, los nobles y el rey dejaron de prestarme atención y retomaron sus conversaciones sobre los clanes élficos y los planes para trasladar la isla marchita aún más hacia los mares lejanos. Al parecer, la cercanía de Cantasangre los inquietaba.
De pronto, me atraganté con un bocado de hielo dulce cuando la mano de Skadi subió peligrosamente por mi muslo, con sus dedos recorriendo la costura de mis pantalones.
—¿Todo bien, príncipe Jonas ? —preguntó Eldirard.
Golpeé mi pecho con el puño y alcé una mano, asintiendo.
Skadi se acomodó en su asiento y volvió a su postre con una sonrisa altiva dibujada en sus hermosos labios.
Dioses, aquello no iba a quedar así.
En lo más profundo del palacio, una campana resonó en la quietud de la noche. Mientras estábamos sudorosos, desnudos y enredados entre nosotros, alcé la mirada hacia las vigas del techo, donde se dibujaban, tallados con esmero, símbolos de estrellas, lunas y cumbres escarchadas.
—Skadi —susurré.
—Mmm.
—¿Qué te interesa?
Alzó la cabeza de mi pecho.
—¿A qué te refieres?
Coloqué un brazo bajo mi cabeza y dejé que la otra mano recorriera lentamente su espalda.
—Volviendo a lo que hablábamos esta noche. Deberes, responsabilidades… ¿qué cosas te atraen? A mí me asignaron la armería porque me gusta la Rave . Sander se ocupa del comercio y los tejidos porque le encanta cuadrar cuentas y, probablemente, también quedarse con algo por el camino.
Ella soltó una risa suave y volvió a acomodarse sobre mi pecho.
—No lo sé. Aprendí a luchar porque se esperaba que supiera defenderme, pero todas mis lecciones giraban en torno a los buenos modales, el bordado o los idiomas. Estaban pensadas para convertirme en una reina dócil y piadosa para mi esposo, Jonas .
—¿Te gustaría tener alguna responsabilidad en Klockglas?
Skadi se giró para sostenerme la mirada.
—¿Quieres que me implique?
—Quiero que llenes tus días como desees, Fuego.
Skadi guardó silencio durante un largo instante, mientras sus dedos recorrían cada uno de los símbolos tatuados en mi piel.
—Has mencionado las grandes batallas élficas de la tierra y del mar de tu juventud. Tanto hombres como mujeres combatían, así que supongo que muchos niños perdieron a sus padres. Eso es lo que me interesa.
Hablaba en un tono apenas más alto que un susurro en mitad de una tormenta.
Reí y besé la parte alta de su cabeza.
—¿Qué estás diciendo? Hay algo que te da pudor y, aunque me encanta cuando te sonrojas, ahora mismo estoy un poco perdido.
—Huérfanos, niños que se han quedado solos.
Me gustaría asegurarme de que tengan comida, ropa, calor…
y quizá algunas historias que leer cuando necesiten escapar a otro mundo.
Intenté proponer ideas aquí, pero mi abuelo y los nobles insistieron en que esos niños eran acogidos en las casas juveniles de Grynstad.
No creo que los cuiden como deberían. Creo que los envían a trabajar por las tierras de los elfos de la luz a cambio de un catre y algo de pan.
—Se aclaró la garganta—. Los rumores sobre esos lugares fueron una de las razones por las que hui cuando murieron mis padres.
La guardia real vino a buscarme, pero me aterraban esos sitios.
Quiero ofrecerles un futuro mejor a otros niños; sé lo que es estar sola en el mundo.
Durante un momento no fui capaz de hablar. Con un nudillo le alcé el rostro, acercando sus labios a los míos. La besé con suavidad, con cuidado, pero cuando me aparté, sus ojos brillaban con intensidad.
—Eres suave por dentro, Fuego.
—¿No soy un monstruo?
—Sé monstruosa, sé dulce y sé bondadosa. Te quiero de todas las formas. —Besé su mejilla, sonriendo—. Deberías hablar con Von .
Su ceja se arqueó.
—¿Por qué?
—Trabaja con el primer caballero del pueblo de la Noche y su esposa para asegurarse de que los niños que quedaron huérfanos durante las guerras siendo muy pequeños, o aquellos que pierden a sus familias por enfermedad, tengan ropa, comida y un lugar cálido donde dormir. ¿Qué más te gustaría hacer?
Skadi se incorporó sobre mí y apoyó la barbilla en sus manos.
—Cuando llegué a este palacio siendo niña, apenas sabía leer. Me gustaría ocuparme de todo lo que necesiten, pero también buscarles maestros, quizá, y proporcionarles libros. Y, cuando crezcan, que puedan formarse en un oficio. ¿Crees que es demasiado ambicioso?
Aparté un mechón de su frente.
—No, Fuego. Creo que puedes hacer todo aquello que te propongas. Tu voz importa… para nosotros, para mí. Quiero seguir escuchándote.
—Siempre consigues sorprenderme, Jonas Eriksson.
—Bien. Espero que nunca te canses de que sea así cada día.
La besé con dulzura, pero mi gesto se volvió más serio.
—¿Recuerdas a tus padres?
—Sí. —Su mandíbula se tensó—. Murieron cuando tenía seis ciclos, pero recuerdo sus rostros. Mi madre tenía el cabello claro, más dorado que el mío, y los ojos de un azul marino. Mi padre siempre me llevaba sobre los hombros, insistiendo en que podía tocar las estrellas si me estiraba lo suficiente.
—¿Te importa contarme cómo murieron?
El rostro de Skadi se ensombreció.
—Simplemente… amanecieron muertos una mañana.
Éramos gente de las copas , elfos que viven en lo alto del bosque, así que sabía bien cómo confiar en los árboles de Natthaven.
Me quedé en el bosque hasta que el rey Eldirard me encontró, dos ciclos después, usando mis nieblas para buscar algo de comida.
Se crujió los nudillos. Hablar de sus padres le afectaba.
Besé la curva de su cuello.
—Siento que los perdieras. Por cómo hablas de ellos, está claro que te querían muchísimo.
—Me gusta pensar que te habrían querido a ti también.
—Claro que lo habrían hecho —respondí—. ¿Qué no hay en mí que se pueda querer?
—Quién sabe. Ha sido lo más fácil que he hecho nunca. —Skadi rio y me besó.
Mantuve la compostura, aunque la sangre me latía con fuerza en la cabeza.
No parecía consciente de lo que acababa de decir, pero a mí me atravesó de lleno, como un relámpago: una verdad que aún no sabía nombrar.
Estaba enamorado de mi esposa y, por primera vez, empecé a pensar que quizá ella sentía lo mismo.