Capítulo 34
La ladrona de niebla
—Alteza… lo siento. —Tragué saliva cuando Kase me lanzó una mirada sombría.
El rey estaba agazapado sobre una cornisa de piedra que corría bajo los aleros, lo bastante ancha para que un hombre pudiera avanzar con cuidado sin precipitarse al vacío. Yo me encontraba todavía a unos quince pasos de distancia, atrapada sobre una de las vigas más gruesas.
—No sé si esto es buena idea. Tal vez si supiera un poco más por qué estamos haciendo esto…
—En este tipo de asuntos, uno sabe cuándo le toca actuar, preciosa —dijo Raum desde una de las hornacinas del palacio, agazapado bajo nosotros, con la capucha echada sobre la cabeza—. Todos tenemos un papel, y aún no te toca.
Si no hubiera sabido que estaba allí, jamás lo habría visto.
Kase empleaba su magia mesmer para espesar las sombras, creando huecos profundos y vacíos entre las vigas, en las esquinas y en las ventanas abuhardilladas.
Me arrastraba por la viga gruesa, tumbada boca abajo, con unos pantalones holgados ceñidos a la cintura que había tomado del armario de Jonas . Cada pocos pasos me aferraba a la madera, convencida de que iba a caer, y me quedaba quieta largos instantes hasta recuperar el aliento.
Los Kryv convocados para aquel plan del rey se movían como espectros danzando por los techos. Sus pasos eran tan ligeros que parecía que no llegaban a tocar la superficie. Vestidos de negro, cuando se deslizaban dentro de las sombras de Kase, desaparecían por completo.
En una ocasión, en Natthaven, una troupe de artistas élficos de la luz y de las sombras había danzado y saltado por el gran salón. Acróbatas que se balanceaban sobre cintas de satén, girando y retorciéndose en el aire.
Los Kryv y el rey alver se movían con aún más destreza que ellos.
Lynx me colocó la capucha oscura sobre el cabello brillante.
Alzó un dedo hasta los labios.
—Pasos de pluma, como te hemos enseñado.
Santos cielos, ¿pretendían que caminara por aquella viga?
—¿Pasos de pluma? —Apreté los ojos, aferrándome a la madera—. ¿Te refieres a ese paso lento que me has enseñado durante apenas unos instantes?
—Ese mismo.
—No. —Negué con rapidez—. No, no. Creo que es mejor dejaros a vosotros con… lo que sea que estéis haciendo.
—Un golpe. —Desde atrás, Isak asomó bajo su capucha.
—Tienes miedo, chica —dijo Kase sin volverse.
—Oh, no creo que haga falta magia del miedo para darse cuenta.
—Pensaba que eras una niña salvaje.
Resoplé.
—Eso fue hace tiempo. He perdido bastante práctica.
—El tiempo no es más que tiempo que pasa —murmuró Lynx , en voz baja—. Quien ha sido salvaje siempre conserva algo de esa naturaleza salvaje.
Apoyó una mano en mi hombro y señaló al grupo: un rey dispuesto a saquear su propio palacio.
El miedo empezó a retirarse poco a poco, como una herida que deja de sangrar, y en su lugar se instaló una calma suave, casi reconfortante, que me llenó el pecho.
Un destello de confianza. Aquel era el padre de Jonas ; aquellos eran quienes lo habían criado y habían formado parte de su mundo más cercano.
Qué absurda había sido al pensar que permitirían que cayera.
Sin duda, Raum estaba abajo precisamente por si algo salía mal. Qué estúpida había sido. Claro que me atraparía si resbalaba.
Solté el aire despacio, asentí a Lynx en agradecimiento y me incorporé. Con los brazos extendidos para mantener el equilibrio, avancé —talón contra punta— por la viga.
Pero con cada paso el miedo regresaba. Los pensamientos se enredaban y se volvían más vívidos cuanto más imaginaba mi cuello partiéndose y los huesos atravesando la piel si caía.
Vacilé sobre la viga, a punto de gritar, pero en el siguiente instante una mano me sujetó de la muñeca. Kase tiró de mí y me ayudó a subir a la ancha cornisa que recorría la parte alta de todos los muros del palacio.
—Bien hecho. —Sonrió bajo la sombra de la capucha.
—Gracias. Al principio estaba segura, pero perdí la confianza enseguida.
—Porque el mesmer de Lynx se fue disipando a medida que te alejabas.
Miré por encima del hombro. Lynx agitó sus dedos gruesos con una media sonrisa satisfecha.
Podía calmar la mente. Había ahuyentado mis miedos sin que yo me diera cuenta.
Malditos alver.
—Skadi. —El rey se volvió hacia mí—. ¿Estás lista para llevar a cabo tu papel?
Mantuve una mano aferrada a la viga estrecha sobre mi cabeza y me agaché con cuidado junto a Kase. Debajo se abría un amplio salón circular. Dos guardias, vestidos con túnicas oscuras y armados con un par de hojas cada uno, custodiaban unas pesadas puertas de roble negro.
Mi papel. Lo único que el rey había explicado era que necesitarían mi ayuda para atravesar esas puertas. Pensé que quizá tendría que forzar alguna cerradura, pero no había mencionado nada de guardias.
—¿Qué se supone que debo hacer? —susurré, con la respiración demasiado agitada para resultar sigilosa. A esas alturas, no había duda de quién era el eslabón débil de aquel plan.
—Hay algo importante que necesito recuperar de esa sala.
—Entonces, ¿por qué no entras sin más? Eres el rey. —Las palmas de mis manos se humedecieron. Miré por encima del hombro—. Sé que no te gusta reconocerlo, pero tienes autoridad en este palacio.
—Soy consciente —respondió, con un deje burlón en la voz—. El problema es que hay otra voz con más peso para esos idiotas de ahí abajo. Tienden a escuchar a mi esposa.
—¡La reina! —Mi voz salió débil, quebrada—. ¿Estamos conspirando contra la reina?
—Lo dices como si fuera algo malo. —Kase se movió ligeramente, dejándome ver mejor las puertas—. Sea lo que sea que Malin guarda ahí dentro, lo ha mantenido fuera de mi alcance a propósito, y no pienso tolerarlo.
El padre de Jonas o su madre. ¿Moriría a manos de mis peores temores o acabaría olvidando incluso cómo respirar? Quizá la reina tendría la piedad de permitirme conservar, al menos, el recuerdo de cómo se hace.
El rey soltó otra breve risa y negó con la cabeza.
—Te preocupas por nada.
—¿Por nada? — Mi voz volvió a chirriar—. Estoy robando a la reina.
—No. Yo estoy robando a la reina. Tú solo vas a apartar a los guardias. ¿Lista?
—Yo n-no lo sé.
—Perfecto. Es mejor actuar sin pensarlo demasiado.
Antes de que pudiera protestar de nuevo, la oscuridad se derramó por el pasillo. Como si los muros lloraran tinta negra, la luz del sol se extinguió y la piedra gris quedó empapada de su mesmer.
En algún punto entre las sombras, habría jurado que uno de los guardias murmuraba algo parecido a «otra vez no».
—Vamos, vamos. —Kase me entregó una cuerda que habían fijado antes a la viga y la dejó caer por el borde.
Unos guantes de cuero, con los dedos recortados, cubrían mis manos: lo bastante firmes para sujetar la cuerda y, al mismo tiempo, lo bastante lisos para que el descenso no supusiera un esfuerzo.
En cuanto mis botas tocaron el suelo de piedra, Raum ya estaba allí, aferrándome por las muñecas y guiándome sin dificultad a través de aquella oscuridad sofocante.
Cuando llegamos a las puertas, entre la bruma se distinguían las siluetas de los dos guardias, ya con las armas desenvainadas y apostados ante la entrada.
Se habían encadenado literalmente los brazos a la puerta.
—Vaya, se están volviendo bastante ingeniosos —susurró Raum—. Bien, preciosa, tenemos que quitarlos de en medio. No van a caer sin oponer resistencia.
—Él es el rey. —No lograba entenderlo.
Raum sonrió, radiante.
—¿Y eso qué tiene que ver? Encárgate de ellos, ¿quieres?
Mis nieblas. Querían que engullera a los guardias. Era cruel. Solo estaban cumpliendo con su deber.
Había mantenido mi afinidad contenida allí, mostrándola apenas durante el entrenamiento, y entonces todos habían hecho uso de su magia. Aun así, el personal del palacio no me miraba con horror. No me temían. Para ellos no era más que la princesa élfica que adoraba los pasteles de miel.
Ya sentía la tentación de refugiarme en el escudo de la apatía.
Allí, las miradas temerosas y las palabras hirientes no podían alcanzarme.
—Skadi. —Kase estaba a mi lado. Ni siquiera lo había oído acercarse—. Hay partes de ti que no necesitan esconderse.
El frío floreció en mis palmas. Las nieblas se entrelazaron con las sombras del miedo. Mi afinidad se enroscó alrededor de mis brazos como serpientes irisadas.
Alcé las manos con movimientos lentos y medidos.
—Si la reina me arrebata los recuerdos, dile a Jonas que fue un buen esposo mientras duró.
—Se lo haré saber.
No era cruel. No iba a hacerles daño. Solo los apartaría un momento. No era cruel. No era un monstruo.
Con los ojos cerrados, repetí una y otra vez esos pensamientos en mi mente. Una lucha entre dejarme caer en esa indiferencia helada para ocultarme o mantenerme firme junto a aquel extraño grupo de ladrones reales que no se apartaban ante el poder que corría por mi sangre.
Cuanto más avanzaban mis nieblas, más se replegaban las sombras.
Cuando la oscuridad del rey comenzó a disiparse, los guardias alzaron el mentón.
Uno de ellos cruzó la espada sobre el pecho.
—No. Esta vez no, Kase. Tenemos órdenes estrictas de no movernos.
—Debo admitir que me impresiona esta nueva audacia —dijo el rey con una voz tan despreocupada que rozaba el aburrimiento. Había en su tono una seguridad extraña, como si quisiera infundirles calma, aunque en realidad los tenía exactamente donde quería.
—Llevan talismanes para protegerse del mesmer —murmuró Raum—. Eso es cosa de Niklas. Nuestro Falkyn ha cambiado de bando.
—¿Crees que no puedo tocaros porque ella ha reclutado a la Elixista?
—No esta vez. —El guardia se tensó.
Dioses, no era la primera vez que hacía algo así.
El rey rio; no era una risa amable, sino un deleite casi desquiciado.
—Pero nosotros también hemos hecho algunos cambios.
Con un gesto, el rey me llamó hacia delante. Bastaron unos instantes en los que los guardias observaron, desconcertados, las nieblas que brotaban de mis manos para que comprendieran lo que ocurría.
—No. —Uno de los guardias forcejeó con el amarre que lo sujetaba a la puerta—. No, maldita sea.