Capítulo 34 #2
Un hilo de niebla se enroscó en torno a sus hombros y lo arrastró hacia la Nada. Había terror, sí, pero también una chispa de irritación al darse cuenta de que los habían engañado.
Quise pedir perdón, pero me contuve al comprender que las maldiciones de los guardias iban dirigidas a los Kryv, incluso al propio rey. Palabras como «bastardo sinvergüenza», «eso no es luchar limpio» y otros insultos que se apagaron cuando ambos quedaron envueltos por mi magia.
Cada vez que retenía algo en la Nada, la sangre se me volvía pesada. Sentía el impulso de arrojarlos lejos o de hacer que se desvanecieran en el olvido.
Solté el aire varias veces y me concentré en mantenerlos simplemente contenidos en la oscuridad.
En los días solitarios de mi infancia, había aprendido a inventarme juegos en mis aposentos. Las nieblas reunían objetos de la habitación y luego los lanzaban contra la pared, para practicar la puntería y la rapidez.
A veces ensayaba sostenerlos, como una nube cargada de lluvia a punto de estallar. Me aferré a esos recuerdos, a aquellos días.
El rey hizo una señal a sus hombres. Isak avanzó, se arrodilló junto a la cerradura y, con movimientos de una rapidez imposible, introdujo una ganzúa de hueso de ballena y liberó el mecanismo con un leve chasquido.
—¿Todo bien? —preguntó Kase mientras Lynx y Raum tiraban de las pesadas puertas para abrirlas.
Asentí.
—Siguen ahí.
—Lo sé. Están bastante aterrados. Bien merecido lo tienen esos bastardos por ponerse de parte de…
—¿De parte de quién, Kase Eriksson?
No creí que el rey alver fuera un hombre fácil de sorprender, pero al oír aquella voz, sus ojos se abrieron de par en par y se volvió de golpe.
Allí, en medio de una sala estrecha, rodeada de altos muros cubiertos de estanterías, estaba la maldita reina. Malin llevaba el cabello carmesí algo revuelto sobre los hombros, un manto oscuro envolvía su figura y sus labios se tensaban en una línea rígida.
A su alrededor se alzaban estantes repletos de pergaminos, bolsas de monedas, jade exquisito y oro.
Santos cielos, aquello era la cámara del tesoro.
Kase soltó una maldición.
—¿Cómo?
Malin dio un paso a un lado.
—¿Me conoces siquiera lo más mínimo?
—Te conozco mejor que nadie, Mallie. —Kase se movió en dirección contraria.
—Entonces sabrás que no me tiembla la mano a la hora de corromper a tu gente. —Clavó la mirada en Raum—. Claro que tú ni siquiera lo recuerdas. Un plan muy ingenioso, eso sí.
—Mal, no habrás… —Raum abrió la boca, atónito—. ¿Me has robado el plan?
—Claro que sí. —Soltó una risita—. Directamente de tu cabeza.
Raum me señaló con un dedo.
—Y por eso mismo no se comparten movimientos en un golpe, no cuando hay traidores capaces de robarte el recuerdo del plan de la mente. ¡Lo ideamos esta misma mañana, Mal!
—Y ese cariño tuyo por los abrazos no te sirvió de nada cuando te despediste de nosotros.
Raum jadeó, entre horrorizado y fascinado.
—Te metiste en mi mente mientras te mostraba afecto. Retorcido… y brillante.
Kase frunció el ceño, claramente irritado.
—Este ciclo nos has quitado a Niklas.
—Oh, me lo llevé. Preparó esos talismanes pocas semanas después del intento anterior. —Malin entrecerró los ojos—. ¿Cómo te atreves a poner a la pobre Skadi en una situación así?
—¿Cómo que cómo me atrevo? —replicó Kase—. Diría que noto cierto tono de envidia, Mal. ¿Te molesta no haberle pedido ayuda tú primero?
Yo aún no sabía muy bien qué pensar de todo aquello. El rey y la reina se acechaban casi como si fueran a entrar en combate. Sus palabras eran duras, pero ambos parecían contener una sonrisa.
—Skadi —dijo Malin por encima del hombro de Kase—. Puedes soltarlos. Pobres Rolo y Borg. No volverán a fiarse de ti, Kase.
El rey se limitó a encogerse de hombros.
Tragué saliva e imaginé el frío que me rodeaba desgarrándose, como una costura que se deshace. Los dos guardias cayeron desde poca altura y aterrizaron en el suelo en un montón desordenado. Se quejaron, murmurando que querían ser reasignados, mientras se incorporaban tambaleándose.
Esperaba su miedo, su rechazo. Sin embargo, ninguno de los dos dirigió su ira hacia mí; toda recaía sobre su rey.
—Custodiamos todo esto por ti, ¿y así nos lo pagas?
—Os pago en penge —gruñó el rey.
—Creo que me iré al Reino del Sur. O quizá con el pueblo de la Noche. Allí al menos no tendré que preocuparme de que mi maldito rey me tienda una emboscada.
Kase los despidió con un gesto y volvió a mirar a su reina, con una media sonrisa dibujada en la comisura de los labios.
—De acuerdo, ganas tú, Mal.
—¿Gano? —Ladeó la cabeza—. No creo que hayas terminado la frase, esposo. Gano otra vez. ¿Cuántos ciclos van ya? ¿Diez? ¿Quince?
—No importa.
—Algún día entenderás que, cuando tú urdes un plan, yo estoy urdiendo otro aún mejor. Al menos en esto. No vas a encontrarlo. No hasta el día señalado, Kase Eriksson.
El rey salvó la distancia entre ambos en dos zancadas y la rodeó con los brazos, atrayéndola contra su pecho. La besó apenas un instante.
—Solo una pista, eso es todo lo que quiero.
—No. —Le pellizcó el costado—. Puedes esperar con paciencia, como hacemos todos en nuestras propias celebraciones de cumpleaños.
Se me entreabrieron los labios.
—¿Se acerca ya tu cumpleaños?
Malin resopló.
—Kase siempre intenta averiguar qué le he preparado y, ciclo tras ciclo, se vuelve más insoportable con sus intentos de robo. —Volvió a pellizcarlo y dejó escapar un pequeño grito cuando él la besó.
—¿Un regalo? —No supe si la risa que se me escapó era de diversión o de puro desconcierto, pero brotó igualmente—. ¿Todo esto es por eso? ¿Por encontrar tu regalo?
—No me gustan las sorpresas y soy impaciente —dijo Kase como si tal cosa.
Me llevé una mano a la cabeza, riendo, quizá también al borde del llanto, y me dejé caer contra la pared.
—Mira lo que le has hecho —lo reprendió Malin—. No está acostumbrada a esto, Kase.
—Ha estado perfecta —insistió él—. Rolo y Borg hablarán de ella durante ciclos.
Miré hacia los dos guardias, con el ceño ligeramente fruncido.
—Lo siento, yo… no debería haberos retenido tanto tiempo ahí dentro.
—Princesa, ha sido absolutamente aterrador. Aterrador.
Uno de los guardias frunció el ceño.
—Nunca me había impresionado tanto una magia. Sí, incluso más que la del maldito rey. —Le lanzó a Kase otra mirada cargada de reproche.
¿Impresionado? Miré a mi alrededor, observando la cámara del tesoro. La gente discutía y reía, pero nadie se apartaba de mí con miedo. Nadie parecía horrorizado ante la idea de que pudiera devorarlos si quisiera. Era como si todo aquello fuera simplemente… parte del plan.
—¡ Daj !
La voz de Jonas resonó en la estancia y acalló todas las conversaciones. El príncipe entró decidido, directo hacia mí.
—¿Qué es eso que oigo de que has metido a Skadi en un golpe?
—Por cómo lo dices, diría que ya sabes perfectamente lo que ha pasado, muchacho.
Jonas me tomó de la mano y me ayudó a ponerme en pie.
—¿Estás bien?
¿Estaba decepcionado?
—Yo… al principio no sabía muy bien de qué iba, pero tu padre dijo que necesitaba mi afinidad y que no debía ocultarla, así que pensé que, si el rey estaba al mando, quizá la gente no me temería y…
Me hizo callar con un beso breve.
—Estoy muy pero que muy celoso. —Lanzó una mirada fulminante a su padre—. No me has dejado participar en el golpe de cumpleaños en los últimos tres ciclos.
—Cedes ante tu madre con demasiada facilidad. Eres un riesgo.
Jonas resopló.
—Bueno, quizá sea porque ella sí me incluye.
Malin se llevó una mano al pecho, como si acabara de recibir el mayor de los elogios.
—Me ausento unos cuantos toques de campana y mi esposa se convierte en una Kryv —murmuró Jonas mientras sacudía el polvo de mis hombros—. Al menos, ¿lo has disfrutado?
Parpadeé, aún algo aturdida, y entonces, sin poder evitarlo, se me escapó una risa.
—He apartado a los guardias de su puesto. Ese era mi papel. Los he apartado y… no ha sido amable, ha sido un poco retorcido, y… no me he perdido en la oscuridad. El dolor, la codicia, la crueldad… cuando utilizo mi afinidad así, me disuelvo. He sentido la atracción, pero… sigo aquí.
Dioses, estaba divagando.
—Apuesto a que te han repetido toda la vida que el poder que corre por tu sangre es perverso —dijo el rey, con un brazo rodeando a su esposa y una expresión severa—. Que deberías avergonzarte de él. Diría incluso que tú misma lo crees.
«¿Cómo vamos a construir una vida juntos con algo así dentro de ti? Sabes lo que tu maldición ha provocado. Si quieres deshacerte de ella, tendrás que demostrarlo».
Cerré los ojos, apartando el recuerdo de un cuchillo, de la sangre, de las lágrimas y de aquel elogio retorcido.
—Es peligrosa y es maligna —dije en voz baja—. Mi afinidad ha hecho daño a la gente.
—Toda magia ha causado daño, chica. Es la intención la que crea al monstruo. Si crees que Malin no ha matado a nadie con su mesmer…
—¿Yo? —Los labios de la reina se entreabrieron—. Mira quién fue a hablar.
—El miedo alimenta mi magia. —Volvió a mirarme—. Me llaman, literalmente, un alver malévolo. ¿Qué hay de hermoso en eso? Las pesadillas alimentan la de mis hijos. ¿Nos consideras peligrosos y malvados?
Si supiera a quién había herido yo, el rey quizá pensaría de otro modo sobre la esposa de su hijo.
Aun así, negué con la cabeza.
—Peligrosos, probablemente.
—Acepto eso. — Jonas asintió, como si sopesara la palabra.
—¿Malvados? No. —Di un paso hacia el príncipe, aunque hablé para el rey—. No sé de qué otra manera ver mi afinidad.
—Útil —propuso el rey.
—Impresionante —añadió Raum.
La reina sonrió.
—Poderosa.
—Hermosa —susurró Jonas solo para mí.
—Usa tu afinidad sin miedo aquí. —Kase entrelazó los dedos con los de su esposa.
No quedaba ni rastro de burla en la estancia.
Las Nornas nunca habían sido benévolas conmigo en los giros de mi destino, pero en este —un vínculo que yo había creído desgraciado— había acabado en un reino donde los lados más oscuros de cada uno eran aceptados, donde el miedo formaba parte de la vida, donde se amaba con ferocidad a través de cada sombra del propio poder.