La ladrona de niebla (Los mares eternos 3) Capítulo 32
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Capítulo 32

La ladrona de niebla

El verde profundo de los ojos de Jonas se ensombreció. Apoyó la frente contra la mía, con los labios entreabiertos. Dos dedos se deslizaron entre mis muslos húmedos.

Eché la cabeza hacia atrás y me mecí contra su mano, jadeando cuando sus dedos se curvaron dentro de mí. Jonas me sostuvo por la nuca y volvió a buscar mis labios.

Gemidos y respiraciones entrecortadas se escapaban de mi garganta a medida que sus dedos se movían con un ritmo constante.

Con una precisión casi cruel, Jonas trazó círculos con el pulgar en el punto más sensible de mi cuerpo. Mis quejas se alzaron, y mis manos golpearon la puerta, resonando sin duda por la escalera de piedra.

Fruncí el ceño y escondí el rostro en su cuello mientras me llevaba al límite, entre caricias que eran a la vez tormento y entrega. Mi aliento se estrellaba contra su piel hasta que algo se quebró en lo más hondo de mí.

Su nombre escapó de mis labios en un sollozo, mientras me aferraba a sus hombros para no caer. Jonas me sostuvo con fuerza, prolongando cada instante de aquel estremecimiento hasta dejarme sin fuerzas.

—Nunca me cansaré de oírte, Fuego —murmuró, apartando la mano y llevándose un dedo a la boca—. Ni de tu sabor.

Después acercó el otro a mis labios. Sentí cómo me flaqueaban las rodillas cuando mi lengua rozó la yema y reconocí en su piel mi propio rastro.

Un gruñido bajo le vibró en el pecho. Me besó. Con fuerza. Sin separarse de mis labios, avanzó a tientas hasta dar con el pestillo. La puerta cedió y nos lanzó, tambaleantes, al pasillo.

De nuevo, mi espalda chocó contra la pared. Jonas apoyó la mano junto a mi cabeza, su dureza presionando contra mí. Deslicé la palma por su abdomen y lo tomé sobre el tejido de sus pantalones. Gimió y dejó caer los dientes por la curva de mi cuello.

Jonas siseó, con un leve gesto de dolor.

—Demasiado —murmuró, negando con la cabeza mientras me sujetaba la muñeca—. Me correré encima de ti.

Sin decir palabra, tomó mi mano y me arrastró escaleras abajo hacia su habitación.

Ni siquiera se detuvo a abrir la puerta antes de empujarme contra la pared.

Jadeé. Los ojos se me entornaron cuando su mano ascendió por mis costillas y abarcó la parte inferior de un pecho, mientras sus caderas se deslizaban contra mí hasta hacerme temblar de nuevo.

Una puerta se abrió, seguida de un grito ahogado. Por encima de mi hombro, alcancé a ver a Dorsan cerrarla de golpe.

Jonas rio cuando el rubor me subió por el cuello.

—Creo que hemos escandalizado a tu guardia tan correcto.

Me volví hacia él, sujetándole el rostro, y retrocedí hacia su estancia.

—No me importa.

Jonas cerró la puerta de una patada y se adueñó de mi boca, con lengua y urgencia. Las manos tiraban de la ropa como si el tiempo se agotara. Primero fue su cinturón, luego las botas. Mi vestido pasó por encima de mi cabeza, seguido de la camisa interior, casi haciéndome tropezar.

Jonas se detuvo junto a la cama y recorrió mi cuerpo desnudo con la mirada. Deslizó una mano entre mis pechos y la dejó reposar sobre mi corazón.

—Lo eres todo, Fuego. Perfecta. No cambiaría ni un solo cabello de tu cabeza.

—No estás aquí para hacerme llorar con palabras dulces, esposo.

—Entonces haré que grites, esposa.

—Más te vale.

—Lo haré.

Mordí su labio inferior.

—Por una vez, déjame ser quien tenga la última palabra.

Jonas me besó, acallando cualquier réplica, hasta susurrar:

—Nunca.

Con un movimiento elegante, se deshizo de la túnica y la dejó caer a un lado.

Recorrí con besos los símbolos tatuados sobre su piel y le deslicé los pantalones por las caderas hasta que quedó al descubierto.

Contuve el aliento. Era grueso y firme. Un estremecimiento me recorrió por dentro, cargado de anticipación.

No era el primero… pero, en muchos sentidos, sí lo era: el primero que se preocupaba, el primero que me veía, el primero que me deseaba tal como era.

Jonas me alzó por los muslos, separándome del suelo, y me dejó caer sobre la cama. Solté un grito ahogado cuando se inclinó sobre mí, apoyando las manos a ambos lados de mi cabeza.

Me besó con suavidad; la punta de su lengua recorrió el borde de mi labio inferior, mi mandíbula, mi cuello. Descendió con besos y caricias hasta la curva de mi pecho, donde cerró los labios.

Me arqueé sobre la cama, aferrándome a las mantas en busca de algo a lo que asirme.

Cuando logré recuperar el pulso, deslicé la mano entre nosotros y cerré los dedos en torno a él. Jonas apretó los labios contra mi piel y dejó escapar un sonido tenso, casi como si doliera.

—Nunca me permití creer que esto pudiera ser algo más que un desahogo físico —dijo, deslizando los labios por mi garganta—. Tú lo has cambiado todo.

—¿Por qué nunca has amado a nadie, Jonas ?

Las palabras apenas fueron un susurro entrecortado mientras acariciaba la suavidad de su piel.

—Porque te estaba esperando, Fuego.

Jonas pellizcó con suavidad uno de mis pezones, tirando de él.

No podía tomar una bocanada profunda de aire; mucho menos podía detenerme a descifrar aquella confesión velada. No quería darle más significado del debido, pero el corazón me golpeaba contra las costillas… Empezaba a creer que mi esposo estaba cayendo igual que yo.

Con besos lentos, Jonas volvió a buscar mi boca. Sus caderas se acomodaron entre mis muslos, y dejé escapar un gemido, anhelando la presión, aunque resultara casi excesiva, demasiado intensa.

Era como si mi piel ardiera. El calor se acumulaba entre mis piernas, latiendo, creciendo, hasta hacerme temblar de necesidad.

Durante un instante, Jonas alzó la cabeza.

Tenía el rostro encendido y la respiración agitada, y sostuvo mi mirada, como si buscara en ella alguna señal que le indicara que debía detenerse.

Mis dedos recorrieron la firmeza de su pecho, la tensión de sus hombros, la poderosa línea de su cuello.

Quería explorar cada curva, besar cada rincón de su piel.

—¿Dónde está mi fuego en esos ojos? —susurró—. No es necesario que…

—No. —Apoyé los dedos sobre sus labios—. La última vez… la última vez que nos tocamos, llegó la fiebre. No quiero que te ocurra de nuevo. Fue horrible verte sufrir así.

Jonas sostuvo mi rostro entre sus manos y besó la comisura de mi boca. Se quedó ahí, con los labios apenas rozando mi piel, sus palabras cálidas contra ella.

—Nunca me ha atacado el mismo mesmer dos veces. No lo entiendo. Es como si se consumiera y luego esos sueños quedaran reducidos a simples pesadillas de los demonios Mare.

—Tampoco quiero que tengas de esas.

—No se puede evitar. He derribado mi última defensa contigo, Fuego —dijo—. Te he colocado junto a las pocas personas que de verdad me importan. Y, una vez que estás ahí, es para siempre. No me pidas que te deje marchar.

—Ni se me ocurriría.

—Bien.

Puse los ojos en blanco. Desnuda y ardiendo de deseo, no estaba dispuesta a enzarzarme en una discusión por quién tenía la última palabra. Incliné la cabeza y lo besé, acallando esa lengua suya, tan condenadamente tentadora.

Jonas deslizó la nariz a lo largo de uno de mis pechos.

—Quiero volver a saborearte.

—Por favor…

Un temblor me recorrió cuando su lengua rozó el punto endurecido de mi pecho. Sus caderas se movieron contra mi centro dolorido, y una necesidad urgente, casi obsesiva, de unirme a él por completo se apoderó de mí.

— Jonas … —exhalé, en un jadeo áspero. Ni siquiera sabía qué intentaba decir. Negué con la cabeza y acabé confesando—: Te necesito.

Alzó la cabeza desde mi pecho, tirando suavemente de mi pezón con los dientes antes de soltarlo.

—Abre esas preciosas piernas para mí.

Con una mano, apartó una de mis rodillas, abriéndome bajo su cuerpo. Sus ojos ardientes recorrieron cada rincón de mí, desde la cabeza hasta los pies, deteniéndose entre mis muslos.

Jonas deslizó ambos pulgares por los lados de mi centro húmedo.

—Tan perfecta… Quiero cada maldita parte de ti.

—Y yo sigo esperando a que tomes una de ellas.

Él dejó escapar una risa baja.

—Ah… cuidado con lo que pides, esposa.

La suavidad oscura de su voz me recorrió el cuerpo, desde los huesos hasta la sangre, hasta lo más hondo de mí.

La punta de su lengua asomó para humedecer sus labios mientras me observaba recostarme sobre los codos y dejar caer poco a poco las rodillas hacia los lados.

Si no hubiera demostrado una y otra vez la dulzura de sus manos y de sus palabras, tal vez habría temblado ante la forma en que me miraba, ante cómo se inclinaba sobre mí, como si pensara deshacerme por completo antes del amanecer.

Dioses, ojalá lo hiciera.

Jonas acomodó sus caderas entre mis muslos. Incapaz de contenerme, arqueé mi cuerpo en busca de él, de borrar cualquier distancia entre nosotros, y guié la punta de su sexo hacia el calor de mi entrada.

Con una lentitud exasperante, se abrió paso en mi interior, pero al encontrar resistencia se detuvo.

—Skadi… ¿es tu primera vez?

Negué con la cabeza.

—Fue hace tiempo, nada más.

Se alzó un poco, observando dónde nos uníamos.

—Dime si te hago daño, ¿vale?

—No duele —gemí, retorciéndome bajo él, como si quisiera demostrárselo—. Eres… eres indescriptible. Por favor, Jonas .

Como si algo se rompiera en su interior, Jonas dejó escapar un aliento áspero y embistió con un movimiento rápido de caderas. Se hundió en mí, de la punta hasta la base.

—¿Así? —preguntó con voz ronca.

Asentí, clavándole las uñas en las caderas. Jonas marcó el ritmo; lento al principio, en una cadencia que fue creciendo poco a poco hasta que nuestro compás se volvió un arrebato frenético, y el choque de piel contra piel resonó en toda la alcoba.

Cuando él presionó su cuerpo contra el mío, yo me arqueé hacia arriba, como si ambos quisiéramos fundirnos en uno solo. Su longitud me llenaba, me consumía, y cada embestida lanzaba descargas brillantes de placer que recorrían mis venas.

—Eres mía —masculló entre dientes. Me mordió el labio inferior, acelerando el ritmo—. Dioses, cuánto me alegra que seas mía.

Nuestros alientos, nuestro calor, el ímpetu de nuestros cuerpos… todo ardió en un mismo fuego hasta que un temblor de delicioso calor descendió desde mi cabeza hasta mi vientre; como metal fundido, se derramó entre nosotros hasta que me quebré.

Grité su nombre. Mis uñas dejaron arañazos rojos en sus brazos mientras perdía el control.

— Jonas . Sí, ahí. —Mi cuerpo se retorcía, se estremecía—. Ahí, dioses… más profundo.

Su respiración se volvió jadeante y descompasada. Jonas se irguió sobre las rodillas y tiró de mis caderas hacia él. Solté un sollozo de placer ante la nueva profundidad, ante esa nueva invasión.

El poco control que le quedaba se hizo añicos. Embistió con fuerza, arrancando hasta el último vestigio de mi liberación, hasta que su cuerpo se estremeció. Su rostro se tensó en una hermosa mueca de placer mientras su clímax se derramaba en mí en oleadas ardientes.

Mi marido se dejó caer hacia delante, con las palmas apoyadas a ambos lados de mi cabeza, sosteniéndose sobre mí. El silencio nos envolvió, roto únicamente por los jadeos ásperos que compartíamos.

Cuando se apartó, Jonas mantuvo la mano sobre mi entrada y susurró:

—No dejes escapar ni una gota todavía. Quiero seguir dentro de ti hasta mañana, esposa.

—Santos cielos —cerré los ojos, gimiendo bajo su tacto—. ¿De dónde sacas esas palabras?

—Me salen solas… solo contigo.

Cuando Jonas se dio por satisfecho, convencido de que jamás podría olvidar lo que había ocurrido aquella noche, se acomodó a mi lado.

Nuestros brazos quedaron enredados, nuestras piernas entrelazadas como los hilos de un tapiz.

Nos aferramos el uno al otro como si la oscuridad del sol poniente pudiera desgarrarnos y separarnos.

Durante unos instantes sentí el calor de su mirada antes de que recorriera con los dedos la curva de mi nariz y mis labios.

—¿En qué piensas? —pregunté.

Jonas dejó de trazar mi perfil, deslizó el brazo alrededor de mi vientre y enganchó una pierna con la mía para acercarme más. Hundió el rostro en mi cabello.

—No quiero decir algo equivocado.

Mi pulso retumbó. Para mí, mi cuerpo jamás se recuperaría de haber sido amado por Jonas Eriksson. ¿No le ocurría lo mismo a él?

—Dímelo de todas formas.

Sus dedos trazaban pequeños círculos sobre mi vientre.

—Estoy… abrumado por ti.

—No lo entiendo.

Jonas suspiró y apoyó la barbilla en el puño cerrado, mirándome desde arriba.

—He tenido amantes, Skadi, y mentiría si dijera que mi cuerpo no lo disfrutó.

—¿Crees que te lo reprocho? No lo hago.

—Bien. —Besó mi hombro, aunque la inquietud seguía dibujada en sus facciones—.

Fui un necio al pensar que esto sería más de lo mismo, pero ha sido algo completamente distinto.

Ha sido como una primera vez. Nunca, nunca había sentido lo que he sentido ahora, como si la sangre fuera a arderme en las venas.

—Sacudió la cabeza, soltando una leve risa, y volvió a esconder el rostro en la curva de mi cuello—. No me estoy explicando bien.

Apreté mi abrazo en torno a su cuerpo, alzando la mirada, con los ojos aún ardientes, hacia las vigas del techo.

—Te entiendo. Yo sentí lo mismo.

Sonrió contra mi piel y me estrechó con más fuerza.

Cuando su respiración se volvió suave y su cuerpo se abandonó al sueño, le besé la frente.

—Yo también te quiero.