Capítulo 23
La ladrona de niebla
El brän era bastante asqueroso.
Y, aun así, no podía dejar de beberlo. El ardor me descendía por el pecho y, poco a poco, iba borrando de mi memoria las imágenes de Jonas con otras mujeres, mientras yo seguía vaciando cuerno tras cuerno.
Aun con la mente enturbiada por el brän, sabía que todo aquello era obra mía. Me eché a reír y vacié otro cuerno. Al final, el dolor siempre acababa naciendo de mis propias decisiones.
La taberna hervía de vida. En un rincón retumbaban tambores de piel, y un skald encaramado a un taburete relataba historias fantásticas para la multitud. Las tablas de madera olían a sudor y a bilis, aunque la mayor parte de mis sentidos ya estaba embotada por el hermoso, hermoso y repugnante brän.
—Princesa, creo que ya es suficiente. —Por tercera vez, Frigg intentó arrancarme el cuerno de los dedos.
—Creía que querías que disfrutara de Klosh… Klockglas. — Solté una risita e intenté llevarme la bebida a los labios.
Maldita Frigg. Aprovechó el momento en que dejé caer la otra mano y me arrebató el cuerno.
—Mira, no estoy aquí para averiguar qué te pasa —Frigg hizo un gesto hacia mí—, pero creo que te sentirás mejor si vuelves al Palacio Negro, descansas un poco y luego hablas con Jonas .
Exhalé lentamente y me levanté cuando los tambores cambiaron de ritmo.
—No quiero hablar con él.
—Skadi, ¿adónde vas…? Espera, Skadi.
Frigg siseó cuando me aparté de nuestro pequeño rincón y me acerqué a una larga y pesada mesa de roble repleta de hombres de toda clase: brutales y salvajes, altos y enjutos, algunos con cuchillos al cinto, otros de rasgos afilados y atractivos.
No tenían las facciones firmes de Jonas , pero bastarían.
Me abrí paso entre los hombros de dos hombres y planté la palma sobre la mesa con un golpe seco.
—Hola, clanes alver. —Esbocé una sonrisa—. ¿Alguna vez habéis conocido a una elfa de las sombras?
Unos cuantos gruñidos recorrieron la mesa.
—No, cariñito. No puedo decir que lo haya hecho.
Tres asientos más allá, un hombre con una barba trenzada que le caía hasta el pecho me guiñó un ojo. Era bastante apuesto, aunque en su mirada había una brutalidad más natural que en la de mi príncipe.
Un estremecimiento me recorrió los brazos. Lo sensato habría sido dar un paso atrás.
En lugar de eso, avancé despacio a lo largo de la mesa y dejé que las yemas de mis dedos rozaran sus hombros.
—Pues… ya la has conocido.
—¿Eres la princesa que trajeron de vuelta al palacio?
Bufé y di un trago del cuerno que tenía en la mano.
—Una pequeña mascota.
—Hmm. ¿No te satisface nuestro príncipe, cariñito? ¿O es que la cama está demasiado llena?
Su mano se deslizó alrededor de mi cintura.
El impulso de apartarme me hizo vacilar, pero tomó mi retroceso por el simple traspié de una borracha. Contra su pecho, podía sentir su aliento. Todo iba mal. Olía mal: sudor y cerveza, cuero y madera. Nada que ver con la mezcla de humo, calor y pino del bosque a la que siempre olía Jonas .
—Será mejor que me vaya.
—Ah, no te vayas.
Me atrajo de nuevo hacia la mesa.
—Como tú has dicho, nunca hemos visto a una elfa de las sombras. La música suena alegre, tú eres hermosa… muéstranos cómo bailáis los elfos de las sombras.
Antes de que pudiera negarme, ya me habían subido a la mesa. Estallaron vítores y cánticos que reclamaban el baile de la princesa de los elfos de las sombras. Los tambores retumbaban como la sangre que golpeaba dentro de mi cráneo.
—Skadinia.
Frigg intentaba abrirse paso. Pero la mayoría de los hombres ya estaban en pie y la apartaban con los hombros.
Lanzaban vítores por mí. Por mí. En aquel instante no era una criatura de la oscuridad ni un arma alzada en la batalla. No era el instrumento que los ljosalfar ansiaban utilizar contra sus enemigos.
Por ahora, me sentía deseada.
—Hay un baile.
Más silbidos y gritos de jolgorio siguieron a mis palabras; hombres ya alegres por la bebida me animaban a que les diera un espectáculo. Giré una vez sobre mí misma y la falda se abrió en un amplio vuelo.
—Enséñanos lo que sabes hacer, cariñito —volvió a gritar el bruto.
Forcé una sonrisa y aparté de mi mente los pensamientos de batallas, enemigos y viejos compromisos.
Las danzas de los elfos de las sombras eran gráciles, nada que ver con el ritmo rápido de los tambores y las palmas, pero aun así me alcé sobre las puntas de los pies, con una mano aferrando la falda de mi vestido.
Me incliné y giré, con los brazos extendidos como si un compañero invisible me guiara a través de la mesa.
El dolor seguía allí, amortiguado, sí, pero todavía como un ardor punzante clavándose en mi corazón.
Ver a Jonas con aquella mujer había sido como recibir un golpe en el pecho. Brutal y feroz. Me dejó sin aliento.
Sentir era el problema.
Tras las batallas pensé que era un monstruo. Luego hablamos, ya sin luchar entre nosotros y con la mente clara. Y él era… increíblemente hermoso.
Nuestros votos. Por los dioses… aquel beso. Fue como si una ola de calor me recorriera por dentro.
Giré más deprisa, con la cabeza dando vueltas y los pies resbalando sobre la mesa.
El festín que vino después. La forma en que me apartó del resto, empeñado en saber si alguien me había hecho daño, aún aturdido por la bebida. Lo cierto era que ni siquiera estaba segura de que él lo recordara.
Más deprisa. Más deprisa. La sala se inclinaba.
Mi alcoba. El recuerdo de sus manos recorriendo mi cuerpo, de su boca sobre mi piel, se me había quedado grabado hasta en los huesos.
Nunca había deseado a nadie de aquel modo.
Solo imaginar su peso sobre mí, con nuestros brazos y piernas entrelazados, despertaba en mi interior un anhelo que jamás habría creído posible.
Más deprisa. Más deprisa.
Unos brazos me sujetaron por la cintura, me detuvieron en seco y me bajaron de la mesa.
Parpadeé. Las paredes giraban a mi alrededor, convertidas en un torbellino de bruma y niebla, pero un par de fieros ojos verdes me mantenían inmóvil, clavada en el sitio.
Dejé escapar una risita y arqueé el cuerpo contra el suyo.
—Hola, esposo. Me estoy volviendo… volviendo más alver… más alveriana.
—Una lástima. A mí me gustas exactamente como eres.
Jonas me sostuvo por la cintura mientras, a nuestro alrededor, el público empapado en cerveza protestaba y gruñía.
—Es hora de volver a casa.
—No. —Lo empujé débilmente por el hombro—. Creo que me quedo.
Al otro lado de la taberna, Frigg se mordía la uña del pulgar, de pie entre Sander , Von y —por todos los dioses— Dorsan.
—Skadi —murmuró Jonas , con la voz rozándome el oído—. Nos vamos.
—La muchacha no quiere irse, mi príncipe.
Uno de los brutos de la mesa se levantó.
Jonas lo contempló con un desprecio helado.
—Siéntate, Balki.
Balki no se dejó intimidar. En mi aturdimiento ni siquiera comprendí cómo lo hizo, pero de algún modo logró interponerse entre el príncipe y yo, y me apretó contra su pecho.
—No es justo que una chica tan dulce como esta se quede sin lo que quiere. Ha dicho que quería pasar la noche conmigo. A ti no te faltan mujeres, príncipe. Yo digo que dejes que tu nueva princesa haga lo mismo.
Yo no quería acostarme con él. Por los dioses, no quería dormir en ninguna cama que no fuera la mía.
—Por lo que hemos oído, hasta el pueblo de los ljosalfar intentó llevársela de vuelta.
Se me cerró la garganta. No quería que aquel hombre me tocara. Hablaba del ataque del elfo asesino con una despreocupación que me helaba la sangre, como si su intento de recuperarme no hubiera estado a un paso de masacrar a toda la casa real.
—Ten cuidado, Balki —le advirtió Jonas en voz baja—. Estás cruzando una línea peligrosa.
—Esto no es un matrimonio por amor. —Balki soltó una carcajada—. No dejes que tu orgullo impida que nuestra chica dulce pruebe lo mejor que Klockglas tiene que ofrecer.
En mi mente intenté apartarme de aquel pecho macizo, pero ni siquiera estaba segura de que mi cuerpo me obedeciera como debía.
Pero ya daba igual. Un instante después alguien me arrancó de su lado y me entregó a Frigg. Ella me sostuvo con fuerza, como lo haría una amiga que de verdad temiera por mí, aunque yo apenas reparé en ello: tenía la mirada fija en el tumulto que había estallado junto a la mesa.
Balki, pese a su tamaño, gritaba de rodillas.
Su rostro estaba surcado por venas negras, como si tinta derramada corriera bajo su piel, ramificándose desde los ojos y la nariz y descendiendo por el cuello.
Jonas rodeaba al hombre mientras hacía girar un cuchillo en la mano, pero cuando volvió el rostro hacia mí, sus hermosos ojos eran dos abismos de negrura.
Jonas se colocó detrás de Balki y le rodeó el cuello con el brazo, apoyando la punta del cuchillo bajo su barbilla.
—Dímelo otra vez, Balki. ¿Qué derecho crees que tienes para poner tus sucias manos sobre mi esposa?
—N-Ninguno. Para, por favor.
Jonas rozó con la punta de la daga la mejilla de Balki y la arrastró lentamente por su rostro.
—¿Ves lo que te ocurrirá si vuelves a ponerle una mano encima? Ingenioso, ¿no te parece? Tengo entendido que, si se hace bien, un hombre puede seguir con vida bastante tiempo incluso con las entrañas fuera.
—Jo —advirtió Sander .
Jonas parpadeó y la negrura se desvaneció de sus ojos. Empujó a Balki con la rodilla hasta hacerlo caer sobre las tablas de la taberna y pasó por encima de él, procurando que su bota le golpeara las costillas al hacerlo.
Las venas empezaban a desvanecerse del rostro de Balki cuando el príncipe se agachó.
—Si vuelves a confundir a mi esposa con la tuya, te mataré. ¿Lo has entendido?
Balki se limitó a asentir, murmurando un sí apresurado.
Con una sonrisa blanca, como si nada hubiera ocurrido, Jonas caminó hasta mí.
—Es hora de irnos, Fuego.
—No. —Aún me tambaleaba, pero negué con la cabeza—. Después de lo que… has hecho… ¿por qué…?
Un grito se me escapó de entre los labios. La habitación dio vueltas de pronto. Mis pies quedaron en el aire y mi rostro fue a parar contra la parte baja de la espalda de Jonas .