Capítulo 22
El príncipe de las pesadillas
La sangre estaba por todas partes. Espesa y pestilente; más de un miembro del personal de cocina tuvo que abandonar las estancias para salir a tomar aire fresco.
Yo, como alver, estaba bastante acostumbrado al olor intenso del mesmer que corría por mi sangre, pero no todo el mundo lograba acostumbrarse a él.
No tenía tiempo para aquello. Aún quedaba trabajo por hacer en la sala superior. Sander y Von estaban allí arriba, pero yo sentía la necesidad de estar presente en cada maldito paso del proceso, y prefería no pensar demasiado en las razones.
Mientras daba forma a uno de los estantes, mi mente no dejaba de desviarse hacia pensamientos insoportables: el azul de sus ojos, la manera en que buscaba mi contacto por un instante antes de que su propia razón le ordenara apartarse y esconderse.
Aquella mujer era una tortura.
Cada roce entre nosotros, cada beso… era como el canto de una sirena, y yo no podía sustraerme a la atracción que me empujaba a desear más de mi esposa. Pero el destino era cruel, y ella prefería permanecer encerrada en su cámara antes que arriesgarse a encontrarse conmigo.
Desde el ataque, mi ánimo se había vuelto agrio y sombrío. A veces me preguntaba si Sander no habría sacudido el estante a propósito, solo para librarse de mi mal humor y echarme de la habitación.
El corte en mi dedo sangraba como si se tratara de una herida mortal, aunque poco a poco iba cerrándose gracias a las pastas de Ylva, las mismas que guardaba en la cocina para el personal que, a veces, se volvía demasiado descuidado con los cuchillos de cortar.
Unas manos se posaron en mi espalda. Suaves, delicadas, femeninas. La piel se me erizó al instante, y una molestia profunda me tensó el pecho.
—¿Os encontráis mejor ahora, príncipe Jonas ?
—Estoy bien. —Ajusté con más fuerza el vendaje ensangrentado que me rodeaba la mano.
—Tomad. —Otra mujer, Runi, se acercó con una venda limpia—. Ylva insiste en que os la cambiéis. Ya sabéis que no conviene llevarle la contraria… y me parece que intenta echaros de su cocina con ese hedor.
Asentí en señal de agradecimiento y tomé el vendaje limpio, despegando el viejo de la carne abierta. Runi era bastante agradable. Tiempo atrás habíamos buscado un poco de placer en los establos, pero ninguno de los dos se había hecho ilusiones: aquello no había significado nada más.
Runi no era el problema.
El problema era Oldun. Acababa de incorporarse al personal del palacio y no parecía dispuesta a apartarse de mi lado. Fuera donde fuese, Oldun terminaba siguiéndome.
—Dejad que os ayude.
Me aparté.
—Estoy bien. Gracias.
Oldun ignoró mi respuesta. Fingiendo preocuparse por mi mano, aprovechó la ocasión para acercarse más de lo necesario.
Sus ojos, grandes, estaban velados por el deseo.
En otro tiempo quizá lo habría disfrutado; quizá la habría llevado a algún rincón donde ambos habríamos terminado por dejarnos llevar por la lujuria.
Ahora no lograba apartar de mi mente a una mujer que no me quería.
Con cuidado, la aparté un poco.
—Gracias, señoras. Creo que ya puedo volver.
Las yemas de los dedos de Oldun se demoraron demasiado sobre la palma vendada, indiferentes al olor.
—¿Queréis compañía?
—No. —Mi respuesta sonó más brusca de lo que había querido.
—No lo entiendo.
—Pienso marcharme de aquí solo. ¿Queda claro?
Por todos los dioses, me sentía como un imbécil.
—¿Es que no os agrado? —Los ojos de Oldun se abrieron, dolidos.
Mi malhumor no era culpa suya. Suspiré.
—He hecho un juramento.
Oldun se tapó la boca con la mano para ocultar una risita. Incluso Runi soltó una carcajada ahogada.
—Perdonadme, príncipe Jonas . —La mujer me tomó del brazo una vez más—. Pero todos conocemos las circunstancias. No fue un juramento como los demás.
—¿Ah, no? Qué curioso, porque yo recuerdo haberme casado. Puede que tú no estuvieras allí, pero yo sí, y recuerdo haber pronunciado unos votos bastante parecidos a los de cualquier otro matrimonio.
Oldun ladeó la cabeza y me miró como si yo fuera un niño exasperante.
—Todo el mundo sabe que no habláis con vuestra esposa. No sale de su habitación.
—No sabes de qué estás hablando.
—Oldun. —Runi trató de alcanzar a la otra mujer—. Déjalo ya.
—Es admirable que intentéis comportaros como un esposo. —Oldun no se apartó; incluso dio un paso más hacia mí—. Seguro que habéis estado… solo.
Tuvo la desfachatez de llevar la mano al frente de mi cinturón.
Le agarré la muñeca y aparté su mano con brusquedad.
—No vuelvas a ponerme las manos encima.
—Entonces ¿quién lo hace? —Oldun se mordió el labio inferior—. Desde luego no la elfa de las sombras. Todos hemos oído cómo están las cosas, y es una necia por no compartir vuestro lecho.
El mesmer enturbió mi visión. Sentí un oscuro placer al ver cómo el miedo drenaba el color del rostro de Oldun.
—No hables mal de mi esposa.
— Jonas . Por los dioses, ahí estás. ¿Qué demonios estás…?
La voz de Von se fue apagando mientras atravesaba las cocinas, pero logró abrirse paso entre nosotros e interponer un brazo entre Oldun y yo. Me lanzó una mirada rápida.
—Da un paso atrás.
Le enseñé los dientes, pero parpadeé varias veces hasta que el velo oscuro que me nublaba los ojos se disipó. Me abrí paso entre ellos sin detenerme a saludar a nadie y no paré hasta llegar al pasillo superior, donde cerré de un portazo la puerta de la habitación aún a medio construir.
Sander estaba sentado en el suelo, con las piernas extendidas y un libro sobre plantas y hierbas de los elfos de la luz y de las sombras abierto sobre el regazo.
—¿Qué te pasa?
—Parece que una de las mujeres de las cocinas ha pensado que tenía derecho a acostarse conmigo y no me ha creído cuando le dije que no.
—Hmm. —Mi hermano continuó leyendo sin mirarme—. Podrías haberlo hecho.
—¿Haber hecho qué?
—Podrías haberte ido con ella. Podrías haberla llevado a cualquiera de esos sitios donde sueles llevar a las mujeres con las que te acuestas. Nadie en Natthaven se habría atrevido a reprochártelo.
Me detuve en seco, con la mano suspendida sobre el mango de un raspador de madera.
—¿De verdad me tienes en tan poca estima?
—Juraste con Skadi traer la paz, ¿no? Temes la guerra. Te corroe, se cuela en tus sueños.
—Cállate, hermano.
Cogí la herramienta y volví a la maldita estantería que a esas alturas ya debería haber estado terminada.
Sander soltó una risita y cerró el libro de golpe.
—¿No fue por eso por lo que pronunciaste esos votos? Más aún que ese hechizo que absorbiste para mantener a salvo los reinos del mar y de la tierra, fue el miedo a la guerra y al combate lo que te llevó a comprometerte con la princesa.
—¿Y qué importa eso?
—En ninguna parte de ese motivo dice que tengas que dejar de vivir como antes. —Soltó un largo suspiro—. Así que podrías haberte ido con la mujer.
Le arranqué el libro de las manos y lo señalé con el lomo.
—Deja de decirme que traicione a mi esposa. ¿Qué demonios te pasa?
—¿Traicionarla? En vuestro acuerdo no se habla de fidelidad, ni de amor. — Sander cruzó los brazos sobre el pecho—. A menos que esas cosas empiecen a importarte.
Resoplé con irritación y aparté las virutas de la superficie.
—¿Por qué no hablas claro de una vez? ¿Qué estás insinuando?
—Quieres preocuparte por ella; creo que ya lo haces. Creo que hay algo en ella que te llama.
—Te equivocas. —No podía sentir afecto por mi esposa, no de esa forma—. Cuando llegamos se lo dije: no tendría otras amantes. Le di mi palabra.
—¿Y qué dijo ella?
—Que no me creía.
Sander dudó un instante.
—Jo, ¿por qué nunca has querido amar a nadie?
—Quiero a mucha gente.
—Sabes a qué me refiero. Nunca quisiste tomar votos.
—Las circunstancias cambiaron.
—Lo sé —dijo—. Y ahora lo has hecho, y pareces desgraciado porque la esposa por la que dices no sentir nada no te dirige la palabra.
—Es irritante, nada más. —Me sacudí el polvo de los pantalones—. Esperaba que pudiéramos llevarnos bien.
—¿Y por qué no lo hacéis?
—¡Porque ella no quiere! —Cerré los ojos y traté de serenarme—. Me dijo que no quiere que esto sea nada más que un deber. No quiere conocerme.
—¿De eso discutisteis la otra noche?
—Sí, y estoy intentando respetar su deseo, pero… —Las palabras se deshicieron antes de tomar forma. Me dejaron un regusto áspero y agrio en la lengua.
—¿Pero tú querrías que fuera distinto?
Solté la cuchilla y pasé el pulgar por una mancha de sangre que empezaba a empapar el vendaje.
—No lo sé. Por los dioses, es terrible. Insufrible. No hay forma de sacármela de la cabeza. Empiezo a pensar que me ha echado un maldito hechizo.
Sander sonrió.
—Creo que así es como empiezan los problemas, cabrón.
No me digné a responder. Sander tampoco insistió; simplemente volvió a su libro. Al cabo de un rato regresó Von .
—Bueno, parece que has conseguido irritar a Oldun de verdad. —Se cruzó de brazos.
—Ah, Oldun… — Sander negó con la cabeza—. Corre el rumor de que ha apostado por ser la primera en llevarte a la cama después de haberse pronunciado los votos.
La ira se me anudó en el estómago. Para ella yo no era más que una conquista, y me repugnaba reconocer que durante tanto tiempo aquello me había parecido aceptable.
Y, sin embargo, había hecho falta un juramento —esta nueva situación— para que comprendiera algo que ahora resultaba evidente: nunca habría querido algo así con Skadi.
Si alguna vez llegaba a mirarme como algo más que una simple conquista, jamás querría que pensara que para mí daba igual, que no era más que un cuerpo.
Por todos los dioses… ¿qué demonios me estaba haciendo esa maldita mujer?
—¿Qué te ha alterado tanto? —La boca de Von se tensó hasta quedar en una línea dura—. Nunca te había visto manejar el mesmer de esa manera.
—Ha insultado a Skadi.
—Debí imaginarlo. — Von cogió un trapo y se acomodó para terminar de teñir los bordes de otro tramo de estanterías—. Entonces todo tiene bastante más sentido.
—No empieces. Sander ya lo ha intentado.
—¿Intentado el qué? ¿Hacerte ver que te estás enamorando de tu esposa?
Sander y Von soltaron una carcajada ante su propia necedad.
—Sois un par de necios.
No estaba seguro de cuánto tiempo habíamos permanecido en silencio, rodeados por el olor a madera y polvo, pero cuando una voz nos llamó desde los pasillos inferiores ya me dolía la espalda y probablemente necesitaría un vendaje nuevo.
—¿Ese es…? —Dejé las herramientas y bajé apresuradamente la escalera hacia nuestras estancias—. ¿Dorsan?
El guardia de los elfos de las sombras parecía un caballero salido de un cuento élfico, con el puño alzado ante mi puerta. Las botas le relucían como el ala de un cuervo; sobre los hombros llevaba una capa de piel, y la túnica, almidonada, caía rígida sobre su cuerpo.
—Perdonadme, alteza. —Bajó la mano y adoptó una postura firme ante mí—. La señora Frigg me envía para que vayáis con ella.
Me puse en pie de un salto.
—¿Qué ha pasado?
Dorsan se estremeció, y por un instante su rostro de mármol pareció resquebrajarse.
—Tiene que ver con la princesa Skadinia.
—Eso ya lo imaginaba, hombre. ¿Qué demonios ocurre? ¿Dónde está?
El elfo bajó la voz.
—Ha habido un altercado en una de vuestras tabernas. A mi señora le ofrecieron vino alver y me temo que no le ha sentado bien.
—¿Skadi ha bebido brän de taberna?
—Eso no es buena señal —gruñó Von a mi espalda. No me había dado cuenta de que él y mi hermano me habían seguido.
—Sí. —La voz de Dorsan se mantuvo firme y neutra, aunque el brillo de sus ojos traicionaba su disgusto—.
Veréis, después de beber, mi señora confesó por qué no deseaba regresar al palacio tras recorrer los barrios con la señora Frigg.
Al parecer se alteró bastante, algo poco habitual en ella, cuando os vio con vuestra amante.
Así que, para evitar una vergüenza tanto para Natthaven como para vuestra casa, confío en que…
—¿Mi amante? —Maldita sea. Seguramente Skadi vio a Oldun tocándome. Me presioné los talones de las manos contra los ojos—. No tengo ninguna amante, pedazo de idiota, y ella no es una vergüenza para ninguna casa. Llévame a esa taberna. Ahora.