La ladrona de niebla (Los mares eternos 3) Capítulo 21 #3
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Capítulo 21 #3

—¿Eso ha sido ganármelo?

—No, eso ocurrió cuando le arrebataste el veneno de las manos. Ahora lo ha demostrado: te ha mirado con preocupación y ha querido saber si eras feliz con Jonas . Todo indica que Kase se preocupa. Aunque, por la forma en que te ha mirado, diría que algo en tus temores ha debido de hablarle.

—¿Mis temores? —Los pensamientos comenzaron a arremolinarse en mi mente. ¿Qué temores llevaba conmigo? ¿Miedo al rey, a los alver, a mi propia afinidad? Sentí que el corazón se me hundía. Había pensado en el príncipe y en el miedo que me daba acercarme demasiado a él—. ¿De verdad puede leerlos?

—Más bien los percibe… los saborea, o algo así; no lo sé con certeza. Puede usar nuestros miedos contra nosotros o, en tu caso, quizá asomarse un poco a tu corazón. Al fin y al cabo, es ahí donde guardamos nuestros verdaderos temores.

Por todos los infiernos.

—Vamos. No te preocupes tanto por si la gente de aquí te desprecia. Nosotros no lo hacemos. —Frigg tiró de mi brazo y me condujo hacia el patio trasero del palacio.

El bullicio que llenaba el interior de los muros del palacio se filtraba por el sendero. El día resultaba extraño. Un día en el que nadie me lanzaba miradas recelosas, en el que reía con otra mujer casi como si pudiéramos ser amigas y en el que, en medio de todo aquello, olvidé mantenerme alerta.

Olvidé esconderme y guardar la distancia que me había impuesto con mi príncipe.

—¿Vas a volver a hablar con Jonas alguna vez?

Tosí tras tragar con dificultad y alcé la vista hacia Frigg.

—¿Perdón?

Suspiró y se detuvo junto a la puerta.

—Sabemos que vosotros dos discutisteis antes del ataque, pero pensé que, teniendo en cuenta que eres una maldita doncella guerrera y que le salvaste el pellejo, ya habríais aclarado las cosas.

Pero no habláis. No lo entiendo. Es como si fuera mi molesto hermano pequeño, sí, pero, Skadi, también es uno de los mejores hombres que conozco.

—¿Por qué me dices esto?

—Porque tienes una expresión que ya te vi la primera vez que pusiste un pie en Klockglas. Lo mirabas de esa misma manera… y apostaría a que ahora mismo estás pensando en él.

Dejé caer los hombros, derrotada.

—Antes de que me arrojaran a los clanes alver, se me daba bastante bien ocultar lo que sentía.

Ella soltó una risa suave.

—Supongo que aquí tenemos nuestras maneras de sacar la verdad.

—Le dije al príncipe que era mejor que mantuviéramos la distancia y que no hiciéramos de esto nada más que un deber.

—Dioses, eso suena miserable.

Hice una mueca. Había una ausencia que se enconaba en mí cuando el príncipe no estaba cerca, y no lograba comprender cómo, pese a todos mis intentos por protegerme de él, aquel hombre había conseguido clavarse en mí desde el primer beso.

—No hace más que respetar lo que le pedí.

—Pues cambia lo que le pediste. —Frigg alzó las cejas dos veces—. Está tan abatido como tú, así que diría que Jonas estaría más que dispuesto a recortar un poco esa distancia.

«¿Y si esto no tiene por qué estar condenado a no ser nada?». El príncipe me lo había preguntado antes del ataque, y yo lo rechacé. Nadie veía más allá de la afinidad que corría por mis venas… pero ¿y si Jonas hablaba en serio?

El riesgo estaba ahí. Confiar a alguien un pedazo de mi corazón era una apuesta que jamás había querido aceptar. No otra vez.

Suspiré y eché a andar hacia los jardines.

—Puede que tengas razón, yo…

La voz se me apagó.

Delante de la puerta que conducía a la escalera de nuestra ala estaba mi príncipe de las pesadillas, de espaldas a mí.

No estaba solo.

Apenas distinguí a una mujer con la cabeza gacha y las manos apoyadas en su pecho, el cuerpo muy cerca del suyo. Jonas se movió ligeramente, y vi cómo los dedos de ella descendían sin pudor hasta su cinturón.

Dioses.

Yo había pedido distancia, pero no había imaginado que el hombre exhibiría a sus amantes a la vista de todos.

El dolor me alcanzó por la espalda, más agudo de lo que habría creído posible, ardiente como una lanza al rojo vivo. Quise desvanecerme, olvidar, esconderme en la frialdad de la apatía. Mi afinidad podría protegerme durante un tiempo, pero la indiferencia más profunda exige actos crueles.

Aunque había otras formas.

Me volví hacia Frigg antes de que alcanzara lo alto de la escalinata.

—En realidad, tengo una petición más… si estás dispuesta.

Inclinó la cabeza.

—¿Cuál?

—Has mencionado esas tabernas. Siempre oigo hablar del desenfreno de los alver. ¿Te apetece acompañarme?

—Oh, no lo sé, princesa. —Frigg miró por encima del hombro—. Quizá sería mejor hacerlo con tu espo…

—Como quieras. —Pasé a su lado con calma—. Haré que Dorsan me lleve. Gracias por hoy, ha sido maravilloso.

—Espera un maldito momento. —Volvió a agarrarme del brazo—.

Si estás decidida a probar el brän y no vas a esperar al príncipe, entonces tendré que acompañarte.

Beber esa cerveza sin que un nativo de Klockglas esté pendiente de ti sería una estupidez.

Y como mujer que disfruta bastante del jolgorio, debo decirte que esto me parece una idea temeraria.