La ladrona de niebla (Los mares eternos 3) Capítulo 20
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Capítulo 20

El príncipe de las pesadillas

Mi madre era capaz de ver los últimos recuerdos de los muertos cuando colocaba sobre su lengua un fragmento de hueso triturado.

En realidad no hacía falta revisar la memoria del elfo muerto. La mayoría de nosotros habíamos presenciado lo ocurrido. Aun así, quizá el mesmer de mi madre alcanzara a mostrar algo de lo que había hecho en los momentos previos a su muerte.

Caminé de un lado a otro detrás del banco del jardín donde la reina estaba sentada, con los ojos cerrados y tan inmóvil como la piedra bajo ella.

Al cabo de un momento, mi madre negó con la cabeza.

—No estaba de acuerdo con la alianza. En su mente se repetía una y otra vez que la princesa pertenecía a su clan.

—¿Desde cuándo la seguía?

—Desde los votos. Él provocó el caos de la noche para poder colarse en el palacio. Todos teníamos toxinas en el té, y su retorcido plan era recuperar a la princesa.

Niklas guardó bajo el brazo su tomo de referencia sobre hierbas y se crujió los nudillos, justo bajo los tatuajes de runas que le cruzaban los dedos.

Luego levantó un frasco de vidrio lleno de las hojas negras de la planta élfica de la luz y de las sombras.

—Me gustaría estudiar esto. Es un veneno que no conozco, pero parece que necesitaremos su antídoto para Teo y Nettie. Tu esposa tuvo hoy una rapidez de pensamiento admirable.

Skadi.

Dejé de pasear de un lado a otro. Cuando alcé la mirada hacia la ventana de su habitación, el brillo claro de su cabello se apartó del cristal.

Maldita mujer. Hermosa. Desconcertante.

La noche anterior me había gritado que no quería conocerme, ni preocuparse por mí, ni sentir nada por mí. Y, sin embargo, poco después estaba consolando a unos niños, secando sus lágrimas, leyéndoles cuentos de hadas… y salvándome el pellejo con la magia que tanto temía.

Y ahora, otra vez, parecía no tener el menor deseo de hablar conmigo. Fui a verla después de que el elfo muriera, pero apareció Dorsan y dijo que se encargaría de comprobar si el hombre era ljosalfar, si le resultaba un rostro conocido o si podía aportar alguna información en nombre de la princesa.

Alguien había intentado enviarme al Otro Mundo para llegar hasta Skadi.

Comprenderlo me llenó de un pánico feroz que guio cada uno de mis pasos desde entonces y me hizo darme cuenta de algo: me plantaría ante cualquier hoja para impedir que se la llevaran.

Lo inquietante era que mi temor iba más allá de la simple preocupación por el bienestar de una mujer inocente.

Se transformaba en algo más oscuro, más brutal, una pulsión salvaje de arrancar los huesos del cuerpo de aquel desgraciado, hasta el punto de temer que podría volverme contra alguien a quien amaba si se interponía en mi camino.

Nada de aquello tenía sentido. Era temerario. Y, además, el sentimiento no era correspondido.

— Jonas . —Mi madre apoyó la mano en mi brazo—. Su mente se parecía mucho a la de un hombre perdido en una creencia retorcida. Estaba convencido, en lo más hondo de su alma, de que esta alianza era temporal. Solo quería acelerar su final.

—Un fanático —dijo Sander , apoyado contra el muro del palacio, con el rostro endurecido—. Ya oíste lo que gritó. Creía que estaba salvando al pueblo de los elfos de la luz.

Mi madre jugueteó con el extremo de su trenza desordenada.

—Me aseguraré de que el rey dokkalfar se entere de esto y entienda que, si sabía algo de lo ocurrido, cualquier alianza que creyera tener con nosotros ha terminado.

—No voy a enviarla de vuelta.

Mis puños se cerraron a ambos lados del cuerpo.

—¿He dicho yo eso? —Mi madre entrecerró los ojos—. Lo que me pregunto es por qué estás aquí en lugar de hablar de todo esto con tu esposa.

—Ella no quiere hablar conmigo.

—¿Cómo lo sabes?

—Envió a Dorsan a hablar en su nombre.

Mi madre chasqueó la lengua y negó con la cabeza.

—Qué lástima.

—¿Qué? Si tienes algo que decir, Maj, dilo.

—No es nada. —Mi madre pasó a mi lado con paso decidido, dirigiéndose hacia la entrada abierta—. Es solo que nunca te tomé por un cobarde.

La reina ya se había marchado antes de que pudiera responder con protesta alguna.

Fruncí el ceño. No era cobardía; estaba respetando sus deseos. Sin duda, aquello era lo honorable. Aun así, di media vuelta y me encaminé hacia la entrada de nuestra ala. Quizá fuera prudente comprobar que no había quedado demasiado alterada por todo aquello.

Y, además, todavía no le había dado las gracias por salvarme el pellejo.

Como antes, Dorsan salió al pasillo cuando me acerqué a la puerta de Skadi.

—Necesito hablar con ella.

—No creo que la…

—Perdona. —Aparté al guardia a un lado—. Necesito hablar con mi esposa.

A decir verdad, el hombre no opuso mucha resistencia cuando me deslicé dentro de la habitación. O bien no creía poder contradecir la palabra de un príncipe, o bien estaba de acuerdo conmigo.

Skadi estaba sentada en una de las sillas junto al hogar a medio construir, con las rodillas recogidas contra el pecho.

Tenía la mirada perdida, fija en los hilos de la alfombra bajo sus pies.

Cuando me acerqué, se levantó de golpe y rodeó la silla, usándola como si fuera un maldito escudo entre nosotros.

—¿Está todo resuelto? —preguntó con los dedos apoyados en el respaldo de la silla.

Me detuve frente al asiento.

—Creemos que estaba convencido de que esta alianza sería la ruina de tu pueblo. No sé por qué, ni adónde pensaba llevarte.

—Era de los elfos de la luz —susurró—. No es difícil imaginarlo.

—¿Crees que el príncipe Arion estaba detrás de esto?

Existía una cláusula en la alianza que permitía a Skadi elegir al miserable príncipe durante el primer ciclo. Aquello podría haber sido un intento de empujarla, aterrorizada, hacia sus brazos.

—Lo dudo —dijo—. El príncipe es un necio, pero esto sería un acto de guerra, y ya perdió a muchos hombres en la batalla. No es lo bastante fuerte para iniciar otra. Aún no.

No encontré consuelo en esas dos últimas palabras. Al cerrar los puños, los dedos se me clavaron en las palmas.

—Entonces ese desgraciado actuó por su cuenta.

—Es posible. Muchos ljosalfar adoran a Arion. Podrían pensar que ha sido agraviado. —Skadi dio un paso hacia el dormitorio—. Gracias por contármelo.

Estaba intentando poner distancia entre nosotros.

—Me salvaste —dije—. Aún no te he dado las gracias.

—Bueno, supongo que estamos en paz —respondió Skadi mientras se apartaba un mechón de cabello tras la oreja—. No me degollaste después de que casi matara a tu hermano.

Crucé los brazos sobre el pecho, conteniendo las palabras que de verdad quería decir.

—Imagino que todo esto ha debido de ser perturbador para ti. ¿Estás bien?

Una grieta de vulnerabilidad atravesó la máscara que intentaba mantener en su sitio.

—Siento mucho lo que te ha ocurrido a ti y a tu gente. La destrucción me sigue como una maldición. Por mi culpa, tres niños podrían perder a su madre y a su padre…

—Skadi, eso no es culpa tuya.

—No fui yo quien los envenenó, pero mi presencia ha traído su sufrimiento. Tú y la gente que amas estuvisteis a punto de morir.

—Y tú nos salvaste a todos.

Di un paso más hacia ella.

—Skadi, no te tenemos miedo.

—No has visto los verdaderos peligros de mi afinidad.

—Y tú tampoco has visto todos los míos. Es otra cosa que tenemos en común, esposa.

Skadi respondió con una sonrisa vacilante, apenas insinuada en las comisuras de sus labios.

Por todos los infiernos, deseaba acercarme a ella, estrecharla y ofrecerle consuelo, pero me contuve.

Desde que aquel malnacido apareció en los jardines, desde que vi el destello de terror cruzar los ojos de Skadi, no deseaba otra cosa que asegurarme de que ese miedo no volviera jamás.

Aquella extraña sensación de posesividad ardía en mi pecho, aunque me negaba a mostrarla. ¿De qué serviría? Apenas un día antes había dejado claros sus sentimientos: no quería conocerme más allá del deber que nos unía.

Con un paso renuente, regresé al pasillo.

—En fin, me alegra que este día no haya terminado con piras funerarias reales. Te dejaré hacer lo que desees. Solo quería asegurarme de que estabas bien y contarte lo que hemos averiguado. No te culpes por lo de Annetta y Teodor. Y, como siempre, si necesitas algo, no estoy lejos.

Mantener cierta distancia era probablemente lo mejor. Ya empezaba a volverme demasiado vulnerable con ella, y ahí estaba el problema.

Por primera vez, quería serlo.