Capítulo 15
La ladrona de niebla
En los jardines, el rocío brillaba como diminutos cristales sobre las sedosas hojas negras. Las flores eran extrañas: corolas de un lavanda intenso que brotaban de tallos oscuros.
La vegetación de los elfos de la tierra y del mar se parecía a la nuestra y, sin embargo, tenía algo propio, casi ajeno. Había rosas y lirios, sí, pero también hileras de árboles retorcidos y achaparrados que se entremezclaban con setos de hojas de un rojo ardiente y ramas enmarañadas.
Me eché la capucha de lana hacia atrás y me incliné para aspirar el aroma del centro de una de las flores. Olía a miel suave, un perfume dulce que se quedaba prendido en la garganta hasta casi poder saborearlo.
Después del inquietante regalo, el sueño me abandonó poco antes del amanecer.
Mis aposentos seguían desordenados y mi mente volvía una y otra vez a lo ocurrido la noche anterior.
Al final me convencí de que aquel alasol no había sido más que un intento torpe —tal vez incluso bienintencionado— de alguien de Natthaven por mantenerme unida a mi cultura.
Antes de salir hacia los jardines, arrojé la caja al fuego del hogar, en el rincón de la gran sala.
Allí reinaba una calma profunda, y resultaba extrañamente reconfortante descubrir que mis nuevas tierras no eran tan terribles como había imaginado.
A decir verdad, ni siquiera mi nuevo marido parecía el monstruo que había esperado encontrar.
Las palabras que había pronunciado la noche anterior seguían dando vueltas en mi mente. «Solo tú». Una súplica suave para que me mostrara tal como era en realidad: la mujer que mantenía encerrada en lo más profundo de mi corazón, oculta bajo una máscara de indiferencia piadosa y dignidad regia.
Jonas hablaba como si de verdad quisiera conocerme, y yo no lograba comprenderlo.
Lo que el príncipe ignoraba era que la Skadi que él me pedía mostrar era, en el fondo, una romántica empedernida.
Siempre pensé que la culpa era de las historias que leía desde niña. Aún no había conseguido encontrar aquellos libros desde mi llegada. Eran historias de amores nacidos tras largas búsquedas y de intentos desesperados por salvar a la persona amada del peligro.
En lo más profundo de mi corazón siempre había quedado un rincón que albergaba ese sueño: asomarme a la ventana de una torre y ver, abajo, a mi noble y valeroso príncipe irrumpiendo por las puertas para llegar hasta mí.
Un hombre dispuesto a arriesgar cuerpo y alma por la fuerza inquebrantable de su amor y su devoción.
Aparté las enredaderas en flor y seguí caminando por los jardines. Aquellas historias existían por una razón entre las páginas de los libros: porque no eran reales.
Dorsan me esperaba en la puerta de mis aposentos desde antes del amanecer. No hizo ninguna pregunta sobre la caja que había arrojado al fuego y ahora caminaba a cierta distancia de mí mientras yo recorría los senderos de piedra, deteniéndome a observar los árboles y las flores extrañas.
Para entonces, la niebla matinal ya se había disipado y la luz del sol brillaba sobre las últimas gotas de rocío que aún se aferraban a las plantas del jardín. Todo seguía siendo hermoso, aunque el silencio del amanecer ya se había desvanecido.
Varios sirvientes —«personal»— trabajaban entre los parterres, podando ramas y arrancando cardos antes de que el calor del día se volviera demasiado intenso. Me senté en un banco de piedra y observé el ir y venir que llenaba las puertas abiertas del ala de cocinas.
Una mujer de gesto severo daba órdenes sin descanso. Llevaba el cabello recogido bajo un pañuelo azul y sostenía en una mano un bastón nudoso.
Hombres, mujeres, muchachas y muchachos iban y venían sin cesar. Algunos apilaban cajas de madera mientras apartaban raíces y restos del huerto; otros cargaban pesadas bandejas con panes aún sin hornear.
Los alver trabajaban como un ejército en pleno combate: entre empujones, gritos, insultos y codos que a veces chocaban contra narices hasta hacerlas sangrar. Y, sin embargo, lo más sorprendente era que, incluso en medio de aquel desorden, la gente parecía contenta.
Sonreían mientras trabajaban y nadie miraba por encima del hombro temiendo que apareciera algún miembro de la realeza o un administrador de lengua afilada dispuesto a reprenderlos.
—Las tierras de Alver son extrañas, ¿verdad, Dorsan?
El guardia resopló y alzó la barbilla.
—No me corresponde hacer tal afirmación, mi señora. Por ahora diré únicamente que estas tierras son diferentes de Natthaven.
—A mí me gustan. —Lo dije con suavidad, y era verdad.
—Bueno, son vuestras tierras. Lo prudente sería que os gustaran.
Estuve a punto de poner los ojos en blanco. Tan rígido. Tan imperturbable.
—No volveré a prepararlos. —Una voz áspera, cargada de humo, sonó desde el interior.
—Ah, Ylva, querida mía, claro que lo harás.
El corazón se me detuvo. Su voz era una llama y yo la polilla; no pude evitar sentirme atraída hacia ella.
Allí, en medio del bullicio de la cocina, Jonas se abrió paso entre la hosca jefa de cocina y varios miembros del personal.
Vestido de oscuro y con una espada de acero negro al cinto, el príncipe parecía el villano de aquellos libros de mi infancia… solo que ahora el villano intrigaba a la princesa un poco más que el héroe.
—Casi dos toques de campana —gruñó Ylva, golpeando el suelo con su bastón.
—Pero fue a petición mía , y soy tu favorito, porque siempre cumplo mis tratos. —La sonrisa del príncipe era taimada, como la de una serpiente a punto de atacar.
Poco a poco, Ylva cedió. Sus finos labios se curvaron. Dio unas palmaditas en la mejilla de Jonas y soltó una risa.
—Sí, eso es verdad, muchacho. Tendrás que hacerle una visita al viejo Pucey.
Jonas chasqueó la lengua.
—¿Sigue dándote problemas?
—Siempre. Haz que se mee del miedo en sus pesadillas.
Jonas se inclinó en una breve reverencia y salió hacia los jardines. Las yemas de mis dedos hormiguearon con una leve expectación, como si quisieran alargarse hacia él.
El príncipe llevaba en la mano un plato de madera cubierto con un paño de lino.
—Esposa. — Jonas inclinó la barbilla—. Buenos días. ¿Disfrutas de los jardines?
Me puse en pie y mantuve un tono neutro.
—Mucho.
—Pensaba llevártelo a tus aposentos, pero te vi desde la ventana. —El príncipe retiró el paño de lino y dejó al descubierto un pequeño pastel, del tamaño de la palma de mi mano. Por encima llevaba una capa de crema espolvoreada con espirales de canela.
—¿Qué es?
Jonas me tendió el plato.
—Miel rellena de crema especiada. Tal como pediste.
Por todos los infiernos… ¿Lo había recordado? Yo había dicho aquello durante nuestros votos casi como una broma, solo para incomodarlo.
—Pareces algo desconcertada. — Jonas dio un paso hacia mí, alzó una mano y dejó el plato en la mía—. Es para que te lo comas. Ylva sería capaz de enterrarte bajo el palacio si ni siquiera lo pruebas. La pobre se ha levantado antes del amanecer para preparar los pasteles.
Abrí la boca y la cerré varias veces, como un pez fuera del agua. Muy apropiado. Las truchas muertas siempre quedan con la boca abierta y los ojos desorbitados. Sin duda, yo debía de tener ahora mismo ese mismo aspecto.
—¿Por qué? —fue lo único que acerté a decir.
Jonas arqueó una ceja.
—Dijiste que te gustaban. No sé si sabrán como vuestros pasteles, pero huelen de maravilla y, si no empiezas a comértelo, lo haré yo.
¿A qué estaba jugando?
Tragué saliva y acerqué el pastel a mis labios. La crema dulce se fundió en mi lengua; la miel brotó al morderlo y se mezcló con la miga tierna del bizcocho. Un suspiro se me escapó antes de que pudiera contenerlo.
Jonas esbozó una sonrisa satisfecha. Luego se volvió hacia la cocina.
—Ha sido un éxito, Ylva.
Sentí cómo se me encendían las mejillas. No me había dado cuenta de que la mujer estaba en la puerta, apoyada en su bastón, observándolo todo con evidente expectación.
Intenté dedicarle mi mejor sonrisa, aunque sospeché que se parecía más a una mueca.
Di otro bocado, y luego otro, hasta que mi estómago empezó a protestar por tanta dulzura y aún quedaba medio pastel.
—Puede que tengas que terminarlo por mí.
Jonas tomó el plato de mi mano y arrancó varios trozos desiguales.
—Ya sabes que como como un crío que aún no sabe contenerse.
—Ha sido… un detalle por tu parte.
El príncipe se limitó a encogerse de hombros y, cuando terminó, dejó el plato sobre el banco de piedra.
—¿Qué querrás de mí a cambio? —Alcé la barbilla, temiendo su respuesta.
—¿Cómo dices?
—Esto ha sido generoso. Debería devolverte el favor.
—Era solo un pastel, Fuego.
Ese maldito nombre.
—La mayoría esperaría que un gesto así se compensara.
—¿Como si fuera una transacción?
—Bueno… sí.
—¿Y cómo piensas compensarme entonces? ¿Debería pedir que prepares con tus propias manos mis platos favoritos?
—Quedarán quemados y horribles, pero si es lo que deseas…
—Qué complaciente.
El príncipe sostuvo mi mirada como si pudiera ver a través de la fachada.
—Era solo un pastel, princesa. Una manera de traerte algo familiar en tu primera mañana aquí. Nada más.
Resoplé.
—He aprendido que siempre se espera algo más.
Jonas dejó escapar un suspiro.
—Debí imaginar que lo pondrías difícil. Empiezo a pensar que ni tú misma confías en tus propias manos, como si siempre estuvieran tramando algo contra ti.
—No lo estoy poniendo difícil. —Mi voz sonó tensa—. Pero cuando alguien intenta acoger al pequeño monstruo que soy, siempre espera algo a cambio.
—Deja de llamarte así.
—¿Acaso no es verdad?
—Yo no te veo como a un monstruo. Te veo como a mi esposa.
—Pero no de verdad.
¿Qué tenía ese hombre que despertaba en mí un temperamento que creía dormido y una lengua imprudente? Sin duda, aquello le divertía.
—¿Qué estás insinuando?
—Desde que pronunciamos nuestros votos, no he acudido a ti como esposa.
En cuanto esas palabras salieron de mi boca, deseé poder retirarlas y ocultarme tras el velo de mi propia magia.
Jonas se alzó sobre mí, y en sus ojos brilló una chispa oscura y encendida.
—¿Te refieres a mi cama?
—Es lo que se espera de nosotros. —Dioses, ¿por qué había sacado siquiera aquel tema cuando mañana sería luna llena y no tendríamos más remedio que dormir juntos? Era su cercanía. Me descolocaba, me ponía nerviosa y hacía que hablara más de la cuenta—. A menos que te resulte poco atractiva.
—Ah, estás muy equivocada. — Jonas bajó la voz—. Aún me temes, y no quiero que mi esposa me mire como si pudiera cortarle la garganta en el momento en que llegue al clímax.
Su voz, cargada de calor, me estremeció el pecho.
—Bueno, tampoco sería muy realista, porque yo nunca… he hecho eso.
—¿Hecho qué? ¿Acostarte con alguien?
—Sí, eso sí, pero no he… —Me callé de golpe, maldiciéndome por haber dejado que aquella conversación llegara tan lejos.
—¿Llegado al clímax? —La comisura de la boca de Jonas se torció.
—Calla. No seas vulgar.
—Es demasiado tarde para detenerse. Me encantaría hacer que te corras con mis manos, con mi lengua o sobre mi polla.
Horrible. Cruel. Detestable.
—Eso lo dicen todos los fanfarrones demasiado ambiciosos.
—¡Llegarías y… te encantaría! —Ahora era el príncipe quien respondía a la defensiva.
—Ya veremos.
—Sí. Sí que lo veremos. Pronto. —Me señaló con un dedo—. Los pasillos de este palacio se llenarán de tus gritos pronunciando mi nombre.
Dioses benditos.
—Estupendo. —Alcé las manos—. Algo que esperar con ilusión.
—No puedo esperar —replicó con brusquedad.
—Bien.
—Por tu palabra, esposa.
«Cede. Déjale la última maldita palabra. Márchate. Da media vuelta y vete de una vez».
—Me voy.
—Haz lo que quieras, Fuego. —El príncipe cruzó los brazos sobre el pecho.
—Dioses, eres desesperante.
—Lo sé.
—¿Nunca dejas que otros tengan la última palabra?
Jonas enseñó los dientes.
—Nunca.
Me di media vuelta con un resoplido y estuve a punto de derrumbarme de pura vergüenza.
A apenas una docena de pasos, entre un pequeño grupo que había presenciado la bochornosa discusión subida de tono con el príncipe, se encontraban nada menos que el rey y la reina.
La madre de Jonas llevaba su vibrante cabello recogido en trenzas sueltas y vestía una sencilla túnica con pantalones.
Su padre, vestido de negro, murmuraba algo al oído de su esposa con una leve sonrisa en los labios.
A su alrededor se alzaban los guardias, muchos conteniendo la risa, todos con la mirada fija en mí.
—Si te preguntas si lo han oído, sí, lo han oído —susurró Jonas , rozándome la oreja con los labios—. Aquí se ha sellado un trato, se ha lanzado un desafío… y medio palacio lo ha escuchado. Será mejor que lo cumplamos.
Lo que debían de estar pensando de mí.
—Me gustaría desaparecer ahora mismo en las profundidades del infierno.
—Ah, no hagas eso. ¿Cómo vas a gritar mi nombre cuando me dejes tocarte?
Me volví hacia él de golpe.
—¿Y si me niego para siempre? ¿Vas a obligarme?
—Nunca. —Los ojos de Jonas se oscurecieron—.
Ni siquiera mañana. Como ya te dije, mi mano y yo vamos a hacernos muy buenos amigos.
—El príncipe retrocedió un paso—. Creo, querida esposa, que hemos tenido una primera mañana bastante exitosa en nuestro nuevo hogar.
Me alegra que todos hayan podido disfrutarla con nosotros.
Tenía ganas de golpear aquella cara satisfecha… o de enterrarme en sus brazos hasta desaparecer del escrutinio de todo el jardín.
El príncipe no me concedió ninguna de las dos cosas. Se limitó a rozarme la mejilla con los nudillos y después regresó hacia las cocinas, con un porte un poco más orgulloso que antes, como si estuviera convencido de haber ganado aquel asalto.
Apenas era mi primera mañana allí, y ya sabía que no sería capaz de resistirme a mi puñetero marido.