Capítulo 16
El príncipe de las pesadillas
—Por mucho que fulmines a la luna con la mirada, no va a encogerse.
Sander estaba recostado en la silla, con las botas plantadas sobre el estrecho escritorio que ocupaba un rincón de mi cámara.
Sobre él se amontonaban varios pergaminos: informes sobre los reclutamientos del Rave en Klockglas, reportes de armas procedentes de nuestros herreros de acero negro y algunas hojas de furia que me había proporcionado el Primer Caballero del pueblo de la Noche.
Cuando llegaran las estaciones de escarcha recorrería los reinos para inspeccionar a nuestros ejércitos del Rave .
Resultaba irritante saber que, en todo aquel maldito palacio, había una sola persona que recibiría mi partida con auténtica satisfacción: mi esposa, encantada de imaginarme lejos de allí, viviendo entre campamentos fríos y soldados ruidosos y malolientes.
Sin duda alguna, aquellas semanas serían las más felices para Skadi.
Volví a clavar la mirada en la luna que se alzaba en el cielo, como si me hubiera agraviado de algún modo y mereciera pagar por ello.
—Menudo espectáculo les disteis esta mañana —insistió Sander .
Una sonrisa demasiado ladina se dibujaba en su cara, muy poco acorde con mi humor. No era una cara tan desagradable —se parecía bastante a la mía—, pero en aquel momento me resultaba insoportable.
—¿Qué haces aquí?
—Siempre estoy aquí.
—No estás ayudando.
—No he venido a ayudarte. Ya llevo todo el día haciéndolo. — Sander retiró los pies del escritorio y se incorporó en la silla, que crujió bajo su peso—. Y, por cierto, hay algo que me intriga. Te has volcado en este proyecto con una dedicación casi obsesiva… y, sin embargo, ahora tienes esa cara.
—Tienes razón. Debería ordenar que detengan la construcción de inmediato.
—No he dicho eso. Solo me pregunto por qué te has metido en este tinglado.
—No lo sé.
Bajé la mirada hacia los planos desplegados sobre la mesa, los diseños de aquella habitación vacía. Aquel proyecto había empezado a tomar forma en mi mente al día siguiente de nuestros votos.
Si quisiera desquitarse conmigo, mi princesa de fuego probablemente acabaría reduciéndolo a cenizas.
Fruncí el ceño aún más, y detesté aquel gesto. Nunca antes había pasado tanto tiempo con el rostro ensombrecido… y desde luego no cuando sabía que esa noche no dormiría solo.
Antes de esta alianza, procuraba llenar mis noches de calidez y de suaves susurros femeninos. El problema era que la mujer con la que ahora debía compartir el lecho pasaba sus días debatiéndose entre ignorarme… y apuñalarme.
A lo lejos, el tañido grave de un reloj marcó la hora.
Sander soltó una carcajada y se levantó de la silla.
—Mi señal para marcharme. Maj me pidió que te recordara que no seas un imbécil. Daj me pidió que te recordara que seguramente lo serás de todos modos.
Los dioses sabían que mi hermano lo intentaba.
—Seguro que encontraré la forma de hacerlos sentir a ambos indeciblemente orgullosos.
Sander rio, pero se detuvo cuando abrió la puerta.
—Buenas noches, princesa. Ah… creo que tengo una historia interesante que contaros. Probablemente os guste más que la compañía que tenéis esta noche.
Olvídate de intentar rebajar la tensión. Iba a matar a mi hermano. Al fin y al cabo, a mis padres les bastaba con un solo hijo.
Debió de percibir mis intenciones homicidas, porque tuvo la desfachatez de sonreír, despedirse con la mano y guiñarme un ojo antes de escabullirse junto a mi esposa, que esperaba en el umbral.
Dioses… ¿por qué tenía que ser siquiera un poco hermosa?
Su cabello le caía sobre el hombro en una larga trenza.
Tenía el color de la luz de las estrellas, aunque más profundo que un simple plateado: a veces, cuando la luz incidía en cierto ángulo, destellaban en él matices de amatista, azul o un oro pálido.
Tonos secretos, como los secretos que guardaba en aquellos ojos.
Llevaba un batín de seda, estaba descalza, y bajo el brazo sostenía un grueso libro de cuero negro, de páginas amarillentas.
Dorsan me sostuvo la mirada por encima de su cabeza.
—Tal como establece la alianza entre los dokkalfar y los alver, la princesa Skadinia y el príncipe Jonas compartirán cámara cada luna llena. La alianza especifica con claridad que deberán compartir el lecho.
—¿Cómo? —dije llevándome una mano al pecho—. ¿Quieres decir que no puedo tomar a mi esposa en el suelo? ¿O quizá en la silla? Últimamente me sentía bastante tentado de probar una postura que incluyera mi escritorio.
El porte sereno e imperturbable de Dorsan estuvo a punto de resquebrajarse por la sorpresa. Por poco. Algún día lo conseguiría.
Mi esposa, en cambio, parecía debidamente escandalizada. Tenía los labios entreabiertos y los ojos muy abiertos, y debo admitir que disfruté del rubor rosado que siempre le encendía la punta de las orejas.
El guardia carraspeó y retrocedió un paso.
—Hasta el amanecer, entonces.
—A menos que después de todas las relaciones sexuales que parece que vamos a tener no nos apetezca salir de la habitación, Dorsan.
Skadi no se inmutó lo más mínimo al decirlo. Ni el menor temblor en los labios mientras hablaba y entraba en la estancia.
Estuve a punto de atragantarme con mi propio aliento.
Aquella pequeña sonrisa satisfecha me recorrió las venas como una llamarada —no estaba seguro de si de irritación o de algo distinto—, pero ella parecía terriblemente complacida consigo misma mientras avanzaba hacia mi escritorio con aquel imponente libro en las manos.
El guardia parecía un poco más pálido cuando cerró la puerta.
Eché el cerrojo y me volví hacia la… exasperante criatura que acababa de invadir mi cámara.
—Bien jugado, esposa.
—No eres el único capaz de poner nerviosa a la gente. —El lomo del libro crujió cuando lo abrió por una página marcada—. De hecho, gran parte de mi mera existencia incomoda a los demás.
No le faltaba razón.
Aquella mujer conseguía descolocarme con una facilidad irritante, aunque no creo que fuera en el sentido que ella imaginaba. A su alrededor siempre brotaban miradas cautelosas. No solo aquí; en Natthaven había observado exactamente lo mismo.
¿Y ahora qué se suponía que debía hacer? Acostarme con mujeres no era nada nuevo para mí, pero sí lo era hacerlo en mi propia cama.
Mis amantes siempre habían estado en cualquier lugar menos aquí. Nunca en mi habitación.
Era demasiado íntimo, demasiado personal. Abría la puerta a esperanzas y expectativas que jamás había tenido intención de satisfacer.
—¿Piensas quedarte sentada ahí toda la noche? —pregunté cuando el silencio se prolongó demasiado.
—Has oído a Dorsan. —Skadi no levantó la vista de la página—. Debo dormir a tu lado. Así que creo que ya tienes tu respuesta. Cuando llegue la hora de dormir, dormiremos. Hasta entonces, me quedaré aquí. El libro, además, es bastante largo. Podría llevarme un rato.
Volví a fruncir el ceño. A ese paso, acabaría quedándome con ese gesto para siempre.
Quería jugar a la indiferencia, y yo estaba más que dispuesto a poner a prueba su resistencia.
—Si no me equivoco, esa es La saga de los siete hermanos cuervo .
Skadi asintió.
— Y la doncella dorada . Un relato de los elfos de la tierra y del mar que no había leído antes, aunque de momento resulta lo bastante interesante.
Desaté los cordones de la parte delantera de mi túnica.
—Es una historia de amor.
—Hmm.
—Sobre un amor destinado a surgir entre la doncella y uno de los hermanos.
—Suponía que ese sería el sentido del relato.
Me quité la túnica por la cabeza. Skadi intentó disimularlo, pero miró. Tragó saliva con un poco más de fuerza y casi hundió la nariz en las páginas.
—¿Vas a dormir ya?
—No —respondí cruzando la estancia—. Voy a lavarme mientras tú lees.
—Bien —repuso con voz tensa—. Tienes un aspecto… bastante desaliñado.
Ah, ¿sí? Me incliné un instante y me olí discretamente la axila; el trabajo en la cámara superior había dejado, sin duda, cierta huella.
Quizá debería conservar en la piel el olor de la jornada y obligarla a soportarlo toda la noche.
Pero en lugar de eso, la dejé caer al suelo, a unos pasos de sus pies.
Arrugó la nariz, aunque el gesto parecía deliberado, como si quisiera hacerme creer que le resultaba absolutamente repulsivo.
Muy bien. Que empiece el juego, Fuego.
La puerta de la sala de baño quedaba en el lado opuesto de donde ella estaba sentada y, cuando llegué hasta allí, Skadi se movió, tensando los hombros para apartarse de mi paso, procurando no mirarme.
Si tuviera que adivinar, diría que sus mejillas debían de estar teñidas de ese rubor rosado tan propio de ella.
—No tardaré.
—Tómate tu tiempo. Tengo muchas páginas por delante.
Estaba a punto de cometer una atrocidad que, según mi hermano, era peor que un asesinato. No era culpa mía. A sus ojos yo era el villano, y no me quedaba más remedio que ponerme a la altura.
—Por cierto, al final elige al último de los hermanos —desvelé, apoyando la mano en el marco de la puerta—. Al más débil. Su fe en su corazón y en su fuerza acaba transformándolo en el guerrero más temible, y al final es él quien recupera el reino.
Skadi se volvió bruscamente. En sus ojos azules, intensos y brillantes, relampagueaba una llamarada.
—¡Serás…! ¡Acababa de llegar a la parte en la que habla con el primer hermano y… aún no había llegado ahí!
—Oh, disculpa. —Me encogí de hombros—. Bueno, al menos te he ahorrado algo de tiempo.
Cerré la puerta en el mismo instante en que de su garganta escapaba un grito sofocado.
Solté una risa y me apoyé contra la pared del pasillo. Aquella extraña danza entre la indiferencia y el intento de asesinato seguía su curso; si al amanecer continuaba respirando, la noche podría considerarse un éxito.
Cuando regresé a la habitación, Skadi ya se había acomodado en mi cama, pegada al lado de la pared. Permanecía acurrucada bajo las colchas, de espaldas a mí.
Me pasé una mano por el cabello aún húmedo, sacudiendo algunas gotas, y me acerqué al lecho.
Tenía los ojos cerrados con una rigidez demasiado evidente y la respiración excesivamente controlada. Estaba despierta.
—Ese es mi lado.