Capítulo 13 #2
»Una mujer que se inclinaba para besarme antes de dormir, mientras un hombre alto apagaba la pequeña llama y prometía que a la mañana siguiente iríamos a nadar.
Pero aquellas sonrisas se borraron hasta trocarse en ojos sin vida y carne helada a mi lado, mientras los puños aporreaban la puerta, venidos a llevarme lejos».
—¿Adónde se han ido vuestros pensamientos? Raum no va a robaros nada.
Di un respingo cuando unos dedos golpearon suavemente el dorso de mi mano. El príncipe retiró la suya y se acomodó en el banco opuesto del carruaje.
—Ha sido un viaje largo —mentí.
Cuando Dorsan tomó asiento en el pescante, Raum dio una palmada en el lateral y el carruaje arrancó con una sacudida.
Mantuve la espalda erguida, rígida, los sentidos alerta ante la posibilidad de un ataque en cualquier momento en aquel reino de ley incierta.
Jonas se dejó caer contra el respaldo.
—¿Cómo deseáis pasar vuestra primera noche aquí?
Entrelacé las manos sobre el regazo mientras las fachadas torcidas de las tiendas daban paso a muros de piedra.
—Estoy acostumbrada a la soledad. Si tenéis otro lugar al que ir, otra compañía que buscar, lo entenderé.
—No voy a negar que me agrada ese matiz de celos en vuestra voz.
Fruncí los labios al sostenerle la mirada.
—Creo que eso es lo que deseáis oír. No soy ciega a vuestro atractivo…
Por todos los infiernos, interrumpí mis propias palabras antes de hacer el ridículo por completo.
Demasiado tarde.
—¿Atractivo, decís? — Jonas se inclinó hacia delante. En el reducido espacio del carruaje, le resultó fácil acercar el rostro al mío; su aliento tibio rozaba mis labios con cada palabra—. ¿Creéis que mi cama estará ocupada esta noche? ¿Que mis manos recorrerán la piel de otra mujer?
Me estaba provocando.
—Desde luego, eso me dejaría libertad para hacer lo que me plazca.
—Ah, ¿sí? ¿Y qué sería eso?
El maldito príncipe no se apartó. Su cercanía se volvió aún más peligrosa cuando ladeó su rostro, como si pretendiera alinear su boca con la mía.
—Imagino que podréis intentar adivinarlo mientras os entretenéis entre los brazos de vuestra amante.
Jonas me observó durante un largo instante.
—¿A quién debería tomar por amante?
Su mano descendió hasta mi rodilla y el pulgar empezó a trazar lentos círculos sobre la tela de mi falda.
—Frigg es bastante hermosa.
La comisura de sus labios se curvó levemente, y su mano ascendió por mi pierna.
—Lo es.
—Y parece teneros cariño; sería lo más sencillo. Quizá ya sea vuestra amante.
—No lo es, y vuestra elección presenta ciertos inconvenientes.
—Sus dedos, maliciosos, se clavaron en la parte alta de mi muslo, y su voz descendió hasta volverse un susurro áspero—.
Frigg es mi amiga desde que nacimos y no siente especial inclinación por los hombres. Prefiere a las mujeres, ¿entendéis?
Su mano siguió ascendiendo. Me mordí la punta de la lengua para ahogar el gemido que amenazaba con escapárseme cuando el príncipe rodeó mi cadera con la palma y me atrajo hacia el borde del banco.
La postura de sus rodillas obligó a separar las mías. Una de sus piernas quedó encajada entre mis muslos, y la tela de mi vestido se arremolinó en torno a él.
Mi rodilla rozaba su entrepierna.
Miré hacia abajo una vez, dos, para medir la distancia. El rubor me abrasó el rostro y obligué a mis ojos a fijarse en el techo del carruaje.
Jonas me sostenía de tal forma que mi cuerpo quedaba prácticamente fundido con el suyo, a un suspiro de terminar sentada sobre su regazo.
Y era una mujer débil, porque no estaba segura de que aquello me disgustara.
—Permitidme plantearlo de otro modo. —Su voz, profunda y aterciopelada, descendió hasta mis labios entreabiertos, y el aliento tibio de cada palabra me rozó la boca—. ¿Os incomodaría que compartiera mi tiempo con otras mujeres?
—No.
—Si tan poco os importa, me pregunto por qué tenéis la piel encendida, esposa mía.
—Solo me irrita vuestra proximidad.
Él respondió con una sonrisa lobuna.
—Ah, comprendo. Yo diría que os habéis imaginado ocupando mi cama. Es una fantasía tentadora; deberíais concederos el placer de explorarla.
—Solo en mis pesadillas. —La mentira pesó en cada sílaba.
—Pero serían pesadillas exquisitas. —El príncipe se inclinó aún más—. Y creo que estáis mintiendo.
Cerró el puño en la tela de mi vestido, como si fuera a alzarlo y dejar mis muslos expuestos ante su mirada.
No lo aparté.
Mi voz emergió áspera, baja, apenas un aliento.
—No voy a pediros que hagáis otra cosa. Incluso vuestra familia dejó claro que no estamos sujetos a la fidelidad. Tal vez yo también me tome esa licencia.
La respiración del príncipe se tornó más profunda; sus hombros se tensaron, alzándose y descendiendo con una contención forzada.
—Si pretendéis descolocarme, lo estáis consiguiendo. La sola idea de que otros ojos se posen en vos despierta en mí impulsos que no son precisamente nobles.
No podía hablar en serio. Aquello no encajaba con la idea que yo me había forjado de nuestro juramento.
Una comisura de mis labios se curvó.
—¿Estáis diciendo que queréis disfrutar de los derechos que creéis tener sobre mí, príncipe?
—Mis deseos van en segundo lugar. —Inclinó la cabeza levemente—. Hasta que no anhel éis lo mismo, mi única amante será mi propia mano.
—No os creo.
—No me sorprende.
La palma de Jonas ascendió por mi espalda con una lentitud deliberada, casi reverente; las yemas de sus dedos recorrieron uno a uno los botones de perla de mi vestido, como si los aprendiera de memoria. Tan cerca, mis pechos rozaban su pecho con cada respiración.
Tal vez fuera imaginación mía, pero una sombra más oscura pareció inundar sus ojos, y un ronco gruñido vibró en su garganta al tomar aire.
—Haré lo que esté en mi mano para demostrároslo —dijo.
—Solo estáis obligado a estar conmigo en la noche de luna llena. No he venido a alterar vuestra vida. Soy vuestra esposa, sin más.
El deseo encendió de nuevo su mirada. Jonas deslizó la punta de la nariz por mi mejilla. Yo apreté los puños sobre las rodillas.
Cuando habló, sus labios rozaron el lóbulo de mi oreja.
—Sí, lo sois, Fuego.
La necesidad palpitó entre mis muslos y, durante un instante fugaz, imaginé su boca descendiendo por mi cuello, la mano en mi espalda soltando uno a uno aquellos botones.
Antes de que pudiera disipar la bruma que me nublaba el juicio, dejé que mis rodillas se abrieran un poco más y me incliné hacia delante hasta que su rodilla presionó justo donde más lo sentía, añadiendo fricción al latido ardiente de mi centro.
Jonas dejó escapar un gemido y volvió el rostro contra el mío; sus dientes mordisquearon uno de los aros de mi oreja.
El carruaje se detuvo con una sacudida que estuvo a punto de hacerme caer del extremo del banco.
Jonas se apartó, parpadeando como si también él hubiera sido arrojado a las sombras del deseo. Cuando un movimiento en la parte delantera volvió a balancear el carruaje, me apresuré a alisar la falda y a recomponer mi postura rígida y distante en el asiento, con el rostro vuelto lejos de mi esposo.
Un latido después, Dorsan abrió la portezuela de un tirón.
—Hemos llegado, mi señora.