La ladrona de niebla (Los mares eternos 3) Capítulo 13
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Capítulo 13

La ladrona de niebla

Bajamos del muelle y pisamos los adoquines húmedos de una avenida amplia. De pronto, una mano esbelta surgió de la nada y se aferró al brazo del príncipe antes incluso de que él llegara a advertir la presencia de la mujer.

—Así que esta debe de ser ella.

La expresión de Jonas se tornó satisfecha.

—¿A qué viene esa cara larga, Friggy? ¿Nos has echado de menos?

La mujer vestía una túnica clara y pantalones holgados. Sostenía una astilla de madera entre los dientes y ladeó la cabeza para que sus ojos, ocultos bajo el ala de un sombrero de paja, quedaran al descubierto.

Se sacó la astilla de la boca y la arrojó al mar.

—El día que os eche de menos será el día en que los dioses bajen a reclamarme como su amante.

—No te infravalores, Frigg. — Sander pasó junto a nosotros, con los hombros cargados de alforjas, y dio un golpecito al ala del sombrero—. Podría suceder.

Frigg fulminó al otro príncipe con la mirada y se quitó el sombrero para ajustárselo de nuevo.

Tenía rasgos angulosos, pómulos marcados y una nariz fina.

Y, sin embargo, poseía una belleza áspera.

Largas trenzas sedosas del color del maíz le caían sobre los hombros; sus labios eran rosados y sus ojos, de un azul incisivo.

Se movía alrededor del príncipe con una familiaridad natural, sin reservas. Y detesté descubrir que una parte de mí necesitaba saber si era su amante.

¿Qué importaría que lo fuera? Si me perdía en esos ojos negros, en las bromas taimadas que brotaban de sus labios, si empezaba a creer que Jonas Eriksson tenía intención alguna de apreciarme, lo único que me aguardaba era el desengaño.

—¿Qué te trae por la orilla? —preguntó Jonas a Frigg—. Creía que estarías ayudando a tu maj con los encargos.

Un destello de orgullo iluminó los ojos de Frigg.

—Lo estaba, hasta que vi el barco. Y bien, ¿vas a presentarme o qué?

La mujer volvió su escrutinio hacia mí.

—No sé si debería someterla a alguien como tú —respondió Jonas .

—Eres un idiota.

Aparté la mirada.

—La gente no deja de llamaros así.

Jonas se limitó a reír.

—Frigg Hob, te presento a la princesa Skadinia de Natthaven. Mi esposa.

—Skadi. —Tragué saliva y tendí la mano.

Frigg la miró y dudó lo bastante como para que me preguntara si la había ofendido. Al instante siguiente, en lugar de estrechármela, me sujetó el antebrazo, como si fuéramos doncellas guerreras.

—No puedo creer que estés desposado. —Negó con la cabeza—. Te deseo suerte, princesa. Da un trabajo descomunal.

—Jakoby, mira, ya han vuelto.

Una mujer de cabello negro satinado salió al umbral de una tienda de piedra cuyo tejado se inclinaba hacia un lado mientras los muros parecían vencerse hacia el otro.

Frigg soltó una risa nasal.

—Ah, ya os han visto. Prepárate, princesa. Mi madre no ha dejado de hablar de esto desde que se hizo el anuncio. No lo reconocerá, pero quería ser ella quien confeccionara tu vestido. Ha estado estudiando la moda élfica todo lo que ha podido.

¿Una mujer de allí quería hacerme un vestido? No sabía nada de mí, salvo que me encontraba al otro lado de una guerra.

—Inge, amor mío. — Jonas abrió los brazos.

Con la falda recogida entre las manos, la madre de Frigg soltó una carcajada y rodeó al príncipe con los brazos, que apenas lograban abarcar su ancha espalda.

—¿Un hombre desposado? No me lo puedo creer.

— Maj . —Frigg se sacó una astilla de entre los dientes—. Te presento a la esposa de Jonas : Skadi.

—Por todos los dioses. Una princesa élfica de las sombras. —Inge agitó la mano con gesto tieso, pegada al cuerpo—. Jakoby. Jak. Ven aquí.

—Vida mía, ya voy, ya voy. —Un hombre larguirucho se acercó con paso indolente hacia el muelle, un cigarrillo liado sujeto entre los dientes y el cabello oscuro echado hacia atrás bajo una gorra lisa.

En sus ojos brillaba un destello pícaro que se suavizó cuando besó la frente de Frigg—.

Vaya, vaya —dijo, hablando entre el humo—.

Así que no era ninguna broma y el muchacho ha vuelto a casa con una esposa.

—Princesa, estos son mis padres, Inge y Jakoby Hob. —Frigg los señaló como si los presentara en sociedad—. Como te dije, maj cruzaría al Otro Mundo si la dejaras hacerte un vestido.

—Sería un honor inmenso. La forma en que los elfos de la luz y de las sombras entretejen oro auténtico en los hilos… —Inge casi canturreó—. Es deslumbrante.

Le devolví una sonrisa cautelosa, sin saber muy bien qué debía decir ni qué se esperaba de mí. Jakoby estrechó el brazo de Jonas a modo de saludo.

—Hob. — Jonas sonrió—. Antes de marcharnos oí que tú y el viejo Hervor tuvisteis un desencuentro.

El hombre frunció el ceño.

—¿Eso anda diciendo? Debería dejarlo sin blanca. Por los dioses, cuánto tiempo hace que no participo en un buen atraco.

—Hervor sacaría los cuchillos si lo intentaras.

El padre de Frigg resopló.

—¿Qué clase de degollador crees que soy, muchacho? ¿Un cualquiera?

Jonas rompió a reír, y por un instante sentí que el suelo cedía bajo mis pies. Degolladores, atracos… ¿en qué clase de lugar había ido a parar?

—Oh, déjalo ya. —Inge besó a su marido en la mejilla—. Tendrás que disculpar a Jak, princesa. Se lo toma como algo personal si alguien no elogia cada una de mis creaciones.

—Hervor estuvo a punto de ofenderte, cariño. —Jakoby dio una larga calada a su cigarrillo.

Jonas puso los ojos en blanco y negó con la cabeza.

—Deberíamos seguir nuestro camino. Inge. —Esperó a que la mujer le sostuviera la mirada—. Mi esposa no lo pedirá, así que hazle el vestido. Mañana te enviaré los penge a modo de pago.

—Buena suerte, princesa —gritó Frigg cuando Jonas nos instó a seguir por el sendero—. ¡De verdad que da un trabajo espantoso!

Soltó una risita maliciosa cuando el príncipe le devolvió un gesto grosero sin volverse siquiera.

Dorsan avanzaba un paso por detrás de nosotros, la mano siempre apoyada en la empuñadura de la espada, mientras su mirada vigilaba las torres que flanqueaban las puertas.

Algunos hombres se asomaban a las ventanas —menos formales que la guardia élfica, movidos más por la curiosidad que por el deber—. Murmuraban a sus compañeros de guardia, mascaban tiras de carne seca o raíces y señalaban hacia el camino.

Me sentía como un puñetero mono de feria.

Junto a las puertas que daban acceso a la ciudad aguardaban tres carruajes negros, con ribetes de plata en los paneles laterales.

—Parece que mi familia ha decidido no esperarnos. — Jonas se plantó con las manos en las caderas mientras el primer carruaje se internaba entre la multitud.

Un restallido de las riendas anunció la partida del segundo.

— Jonas . Este está libre. —Un hombre de cuello ancho permanecía junto a la portezuela.

No estaba solo. El hombre de ojos plateados que había provocado al rey alver nos guiñó un ojo mientras jugueteaba con dos cuchillos, haciéndolos danzar entre los dedos con una destreza inquietante.

El príncipe arrojó al interior del carruaje los fardos que llevaba al hombro.

—No creo que hayas tenido ocasión de conocer todavía a ninguno de los Kryv. Dorsan, si los ves rondando por aquí, puedes estar tranquilo: no han venido a matar a nadie.

—Salvo que ese fuera el plan desde el principio —intervino el de los cuchillos—. Tenerte cómodo toda la vida… y apuñalarte cuando menos lo esperes.

Entrelacé los dedos ante el vientre.

—¿Los Kryv? ¿Es así como llamáis a la guardia?

—No. — Jonas apoyó los pulgares en el cinturón—. Los Kryv son un gremio; en cierto modo, podrían compararse a los círculos más cerrados de otros reinos.

—Con la salvedad de que nosotros somos bastante más indeseables. —El hombre me guiñó un ojo antes de guardar los cuchillos en las vainas ceñidas a los muslos.

Jonas cruzó los brazos sobre el pecho.

—Cuando mi padre cruce al Otro Mundo, no querrá que lo recuerden como rey. De hecho, regresaría desde las puertas para degollarnos si lo intentáramos. Querrá que lo recuerden como ladrón, canalla y jefe del gremio de los Kryv.

Bufé, como si aquello fuera una broma, pero fui la única.

—¿Habláis en serio?

El hombre de ojos plateados apoyó el hombro en el lateral del carruaje.

—No bromeamos con nuestro glorioso pasado de golpes y maquinaciones, preciosa.

—Este desgraciado es Raum —dijo Jonas , dándole una palmada en el hombro antes de volverse hacia la mole de músculo y cuero—. Y este berserker es Lynx .

El otro hombre inclinó la cabeza y murmuró con voz grave:

—Princesa.

—Veréis a los Kryv por aquí y por allá. Ignorad sus malos modales… y vigilad vuestras joyas.

—¿Cómo te atreves? —Raum se llevó una mano al pecho, con el labio torcido en fingida ofensa—. Yo no robaría a la princesa. —Me miró de soslayo—. A menos que se lo merezca.

Me hice crujir un nudillo, completamente intranquila.

Jonas , en cambio, no parecía compartir mi desasosiego. Se limitó a reír en voz baja y me tendió la mano. El calor de su palma abrasó el frío que atenazaba mis dedos.

La oscuridad de sus pupilas centelleó cuando me ayudó a subir al carruaje, y un súbito calor me recorrió las venas. Durante un instante nos quedamos frente a frente, tan cerca que casi nos rozábamos la nariz.

Dioses, ¿qué demonios me ocurría?

Me desasí de la punzada que me había dejado su contacto y entré en el carruaje. No iba a amarme. A decir verdad, resultaba incluso desconcertante que mi nuevo esposo no siguiera deseando verme muerta.

La violencia corría por su sangre; la había visto con mis propios ojos durante la batalla.

«—Lo habéis matado.

»El príncipe se cernía sobre mí, con los ojos negros como el ala de un cuervo. Sus manos me sujetaron la cabeza y, cuando el frío me invadió el cráneo, lo único que oí fueron mis propios gritos mientras las pesadillas anegaban mi mente.

»Cuchillos desgarraban el pecho de mi abuelo, mientras él sollozaba y suplicaba que el dolor terminara.

»Manos frías que me instaban a arrancar la oscuridad; después, un cuerpo ágil que me recompensaba sujetándome las muñecas sobre la cabeza y susurrándome que me amaría mientras embestía con excesiva fuerza.