Capítulo 14
La ladrona de niebla
No podía estar cerca de mi príncipe de las pesadillas. Qué nombre tan apropiado. Había algo en él, tan fascinante como inquietante, que se apoderaba de mi mente y de mi corazón hasta hacerme perder el rumbo, hasta apartarme de la seguridad de los planes que siempre me guiaban.
Dorsan me ofreció el brazo para que apoyara la mano, con una formalidad fría y casi ceremoniosa.
Habíamos acudido como representantes de la dignidad y la contención de los clanes dokkalfar. Pero, en mi nuevo hogar, daba la impresión de que aquella rigidez regia era la verdadera intrusa.
Frente al palacio, la multitud bullía entre risas, maldiciones y bromas groseras.
La madre de Jonas se encontraba frente a un hombre que hacía pasar de una mano a otra una bolsa de cuero, jugueteando con ella entre los dedos tatuados con runas.
La reina le dio un empujón en el hombro, y él respondió del mismo modo; incluso llegó a revolverle el cabello, hasta que el rey se interpuso entre ambos.
Se echaron a reír.
No había malicia en sus gestos.
El estómago se me encogió hasta que sentí la bilis subir por la garganta. ¿Cómo se suponía que debía enfrentar aquello? Durante toda mi vida, mis tutores me habían formado en una etiqueta concebida para la distante condescendencia de la realeza.
Aquí resultaba difícil distinguir quién ostentaba un título y quién no.
—¿Mi señora? —insistió Dorsan—. ¿Ocurre algo?
—Todo.
Me mantuve a cierta distancia del desembarco. Nadie parecía advertirlo.
Todavía no.
—Nunca fui la princesa que los dokkalfar deseaban; siempre me quedaba corta frente a sus expectativas. Y ahora… no sé cómo ser… esto.
Los alver parecían un poco toscos, sí, pero también libres.
Dorsan no abandonó ni por un instante su severa compostura.
—Aprenderéis sus costumbres. Debéis hacerlo. Este es vuestro lugar ahora.
Mi lugar. Yo sentía que no tenía ninguno.
De la realeza se esperaba dignidad. Eran el rostro de sus reinos, figuras que jamás vacilaban. Cara se escandalizaría al ver a una reina echarse al hombro un fardo de pieles, o a un rey conversar con quienes descargaban los carruajes como si fueran sus iguales.
Mi abuelo se sentiría avergonzado, pero yo los envidiaba.
Cerré los ojos hasta que la tirantez que me oprimía el pecho empezó a ceder.
—Klockglas. Esto es Klockglas.
—Nosotros lo llamamos el Palacio Negro. —El vello de mi nuca se erizó cuando su voz volvió a rozarme el oído.
—He estudiado mapas de vuestras tierras. Creía que la casa real se encontraba en Klockglas.
—Así es —dijo Jonas , situándose a mi lado—. Pero el Palacio Negro ocupa toda esta colina. Es casi una ciudad en sí mismo.
Tras el rastrillo, la gente iba y venía por los terrenos del palacio: cortesanos con túnicas y vestidos de lana, algunos armados con arcos largos y lanzas. Entre ellos se distinguían unos pocos guardias con capas rojas, el único indicio que sugería uniformidad.
Las torres del palacio se alzaban coronadas por agujas afiladas que se clavaban en el aire helado como dedos retorcidos. Los muros eran de piedra negra y madera oscura. Por lo que pude contar, el palacio se elevaba en cuatro niveles.
Las ventanas ojivales eran el único destello de color. En algunos vitrales se dibujaban flores blancas y enredaderas; en otros, cuervos en vuelo o noches sin luna.
—¿Qué os parece, esposa? —Como en la orilla, una leve grieta de vulnerabilidad se coló en su voz. Deseaba que su hogar me deslumbrara.
—Son los terrenos reales más extensos que he visto. Incluso más que los patios de Natthaven.
—Un verdadero prodigio, mi señor —dijo Dorsan, inclinando la cabeza y cumpliendo bien su papel.
Por el leve gesto que le crispó la nariz, no estaba tan segura de que mi guardia hablara con total sinceridad.
Pero Jonas sonrió, complacido, y por un instante fugaz dejé de sentirme tan fuera de lugar.
Sin decir palabra, Jonas nos condujo hacia delante. La gente se dispersaba por distintos rincones de los patios exteriores y las entradas. No había una recepción propiamente formal, pero bajo el humo que flotaba en el aire se percibía un aroma apetitoso de especias y hierbas.
La entrada principal del Palacio Negro era enorme.
Un techo abovedado se elevaba tan alto que las voces y las pisadas resonaban por los pasillos como ecos de fantasmas en la noche.
Los paneles de las paredes estaban hechos de piedra fría y de la misma madera oscura que revestía los muros exteriores.
Estanterías y mesas se alineaban a lo largo de los pasillos, la mayoría cubiertas con piezas de vidrio de colores, hojas de armas o pequeñas figurillas de madera, alargadas, que representaban lobos o aves y tenían un toque casi infantil.
La gente iba y venía sin cesar. A primera vista, los salones interiores parecían caóticos, pero cuanto más me adentraba en el palacio, más evidente resultaba que cada miembro del servicio real sabía exactamente dónde debía estar. Nadie chocaba con nadie por accidente.
Algunos criados, sin siquiera levantar la mirada, giraban sobre los talones y cruzaban al otro lado del pasillo para evitar tropezar con otro.
Una especie de danza salvaje.
—Si necesitáis algo y yo no estoy cerca, el personal del palacio lleva bandas de cuero azul en una muñeca —explicó Jonas .
—¿No tienen un atuendo determinado?
—Acabaréis comprendiendo que el rey y la reina detestan imponer a la gente cómo debe vivir. Incluso en algo tan simple como la ropa. Así que llegaron a un acuerdo: las bandas en la muñeca.
Estuve a punto de señalar que era perfectamente habitual que la casa real vistiera de forma uniforme, pero el príncipe conocía bien esas costumbres.
Había visto el palacio de Natthaven, las túnicas azules y plateadas de nuestros guardias y sirvientes.
Incluso los guardias que acompañaban a los otros reinos élficos de la tierra y del mar se distinguían por distintos estilos y emblemas.
—¿No hay uniforme… y tampoco los llamáis sirvientes?
— Maj prefiere llamarlos personal. Trabajan por un salario, reciben aumentos y se ocupan únicamente de tareas como cuidar los jardines, preparar las comidas o mantener el palacio.
—¿Y quién prepara vuestras camas u os llena la bañera?
Jonas alzó las manos.
—Estas sirven para más de una cosa, pero he descubierto que una de las tareas más sencillas es hacerme yo mismo la cama.
Estuve a punto de reír.
—¿Así que no hay cortesanos? ¿Ni damas de compañía?
Jonas se detuvo junto a una amplia escalinata.
—Sé que estáis acostumbrada a esas cosas. Si necesitáis damas, estoy seguro de que podremos encontrar algunas. No sabrán muy bien qué hacer, pero lo intentarán. O quizá Eldirard podría enviaros a vuestra dama y…
—No. —Antes de darme cuenta, mi mano cayó sobre su brazo—. Dioses… la sola idea de Cara aquí resulta aterradora. Pasaría el día entre jadeos y súplicas a los dioses para que nos libraran de una tierra tan poco civilizada.
—Mi señora —me advirtió Dorsan.
Me llevé una mano a la boca.
—Yo… eso no… no quería insinuar que vuestra gente sea incivilizada.
—Qué lástima. — Jonas mostró una sonrisa blanca—. Nos hemos esforzado mucho por ser un reino salvaje. A mi padre le decepcionará profundamente saber que lo consideráis siquiera un poco regio.
En lugar de apartarse de mi contacto, Jonas acomodó mi mano en su brazo y comenzó a subir la escalinata.
—Me gusta —dije en voz baja, apenas un susurro destinado solo al príncipe.
—¿El qué?
—Vuestro reino salvaje.
El mismo fuego que había brillado en el carruaje volvió a encenderse en sus ojos y, en vez de temerlo, pensé que tal vez deseaba que me devorara por completo.
El pasillo del tercer piso estaba casi desierto; solo unas cuantas mesas con flores de tonos encendidos y ramas de sauce rompían la sobriedad del lugar. Sobre nuestras cabezas, candelabros cargados de velas de sebo proyectaban sombras vacilantes en los rincones.
—Esta es mi ala… nuestra ala —dijo Jonas , con la voz áspera—. Dorsan, buen hombre.
El príncipe hablaba con una cortesía tan forzada que tuve que contener la risa. Sujetó a mi guardia por el brazo y lo guio hacia una puerta en forma de arco.
—He dispuesto esta estancia solo para ti. Tiene sala de aseo y estudio, para cuando te canses de seguir a la princesa a todas partes.
Un leve ceño se dibujó en la frente de porcelana de Dorsan.
—Mi señor, es mi deber.
—¿Y el deber no resulta a veces agotador? Te aseguro que aquí nadie te mutilará si de vez en cuando la dejas al cuidado de otros. Ni siquiera se lo diré a Eldirard. Ve. Comprueba si es de tu agrado.
Dorsan vaciló, pálido por la incertidumbre. Ante mi abuelo, la palabra del príncipe habría prevalecido sobre la mía, pero aun así parecía reacio a apartarse de mi lado.
—Ve, Dorsan —dije—. Estamos en la misma ala.
Con una reverencia rígida, el guardia se retiró tras la puerta. Cuando nos quedamos solos, Jonas tomó mi mano. A unos veinte pasos de la estancia de Dorsan había dos puertas nuevas, separadas apenas por la distancia de un brazo.
—Vuestra habitación —indicó, abriendo una de ellas—. Aún falta terminar algunos detalles, pero tenéis una sala de estar y un dormitorio. Me temo que el baño solo está en mi lado, aunque vos tenéis la ventana más grande y…
—¿Habéis rediseñado vuestro dormitorio?
Jonas se detuvo en el umbral.
—No estaba seguro de cuán seriamente podríais querer matarme, así que pensé que quizá preferiríais tener vuestro propio espacio.
Una sonrisa extraña, espontánea, tiró de mis labios. ¿Cuánto tiempo hacía que no sonreía de verdad?
—Probablemente sea lo más sensato. Sois irritante, y me gusta matar a las cosas irritantes.
Con la barbilla en alto, pasé junto al príncipe.
—Tomaré nota, esposa —dijo Jonas .
Jonas dejó la puerta abierta, pero me siguió al interior.