Capítulo 11
El príncipe de las pesadillas
La luz del sol era insoportable. Me golpeaba sin piedad y me abrasaba los ojos como un hierro candente recién sacado del fuego. Me cubrí la cara con el brazo, pero el peso solo consiguió que la sangre me latiera con violencia en la cabeza.
Se me escapó otro gemido y rodé hacia un lado; de pronto, la superficie sobre la que estaba tumbado cedió y caí de bruces sobre una alfombra áspera y tupida.
—Malditos sean los dioses.
Con los párpados entornados, tanteé a mi alrededor hasta dar con el borde de una mesa que parecía sólida y me aferré a él para incorporarme hasta quedar de rodillas. Luego me cubrí los ojos con las manos, a modo de visera para atenuar la luz, y recorrí la estancia con la mirada.
Era una especie de sala de estar. Una filigrana dorada enmarcaba un rincón oscuro junto al hogar. En las estanterías se desparramaban los libros, algunos apilados sin orden y otros vencidos sobre un costado. El banco estrecho donde había dormido permanecía medio cubierto por una capa de pieles.
Sobre la mesa descansaban una lata con agua y varias hierbas machacadas.
—Tomadlas.
Me volví bruscamente; el simple movimiento me revolvió el estómago y la cabeza empezó a darme vueltas.
Skadi irrumpió en la estancia con paso firme. Vestía un sencillo vestido color pizarra y llevaba apretados contra el pecho tres volúmenes gruesos. Los dejó en el suelo, junto a una bolsa de viaje recia, y al erguirse señaló las hierbas con un gesto breve y preciso.
—Si no lo hacéis, lo más probable es que vomitéis en alta mar.
¿En alta mar?
Skadi cruzó los brazos sobre el pecho.
—¿Acaso estáis preparado? Los barcos zarparán antes de que el sol alcance el mediodía.
Se dio la vuelta y siguió guardando libros y pieles, además de lo que parecían distintos vestidos, apropiados para todas las estaciones.
Dioses. Íbamos a zarpar rumbo a casa. Con mi esposa.
Había pronunciado los votos. Era un hombre con su propio hogar.
—Los votos.
Me dejé caer de nuevo sobre la alfombra, hundí las palmas de mis manos en los ojos y se me escapó otro gemido.
—Ah, ¿vuestra decepción se despierta con el amanecer?
Aparté apenas las manos y le lancé una mirada fulminante.
—Tergivers áis mis palabras.
Negó con la cabeza y retomó sus preparativos.
La bilis me subió hasta el fondo de la garganta.
Inspiré hondo varias veces por la nariz y, con esfuerzo, me incorporé hasta quedar sentado; luego me puse en pie con paso vacilante.
Dioses, olía como si me hubiera revolcado en un redil de cabras: sudor, cuero y alcohol rancio.
Procurando no perder el equilibrio, tomé las hierbas, las eché en el agua y vertí el brebaje sobre la lengua de un solo trago.
—Esto sabe endemoniadamente asqueroso.
Me pellizqué el puente de la nariz.
—Tal vez, pero actúa con rapidez contra el mareo y el estómago revuelto.
—¿Un truco de los elfos de la luz y de las sombras?
Skadi se detuvo y alisó una piel de conejo sobre la parte superior de una bolsa.
—Un truco mío, supongo.
Regresó al dormitorio con paso firme. Me froté la nuca y la seguí. La túnica me quedaba torcida, iba descalzo y estaba seguro de que llevaba el cabello erizado. Desde luego, no era la estampa que una mujer desearía encontrarse al amanecer.
—¿Así que tenéis mano de sanadora?
Alzó la vista de entre los edredones revueltos que cubrían la gran cama con dosel.
—Aprendí a sobrevivir sola entre los seis y los ocho años, príncipe.
Estoy segura de que eso os parecerá poca cosa, pero cuando las estaciones traen enfermedades una aprende deprisa a preparar remedios.
No es más que una mezcla de raíz de mareaamarga, que calma el estómago revuelto, y vid de sjal, una hoja originaria de Natthaven que alivia hasta las jaquecas más intensas.
Sabía que Skadi no pertenecía al linaje de Eldirard, pero nunca me había detenido a pensar en su vida antes de que el rey la llevara al palacio.
Si pretendía persuadirla para que siguiera eligiendo esta alianza, estaba empezando de la peor manera posible.
—Yo… eh… voy a asearme antes de avergonzaros más con mi aspecto. —Mis dedos tamborilearon sobre el grueso marco de la puerta—. Por favor, decidme que anoche no hice el ridículo… y que no os hice pasar vergüenza conmigo.
Durante medio latido, Skadi pareció casi desconcertada por la pregunta. Doblando una camisa de lino, negó con la cabeza.
—No. Logré sacaros del salón antes de que la situación se volviera humillante para los dos.
—Y yo… nosotros… No fui impropio, o…
—¿Aparte del momento en que me hicisteis el amor con una pasión desenfrenada? No. Dormisteis profundamente.
Tosí, y me llevé la mano a la garganta como si con ello pudiera aquietar el latido desbocado del pulso.
—¿Qué habéis dicho?
Los labios de Skadi se curvaron levemente. Siguió doblando prendas de noche.
Mis hombros se relajaron, aliviados. Ahí estaba mi fuego.
—Os estáis burlando de mí. Bien jugado.
—No temáis, príncipe —dijo Skadi, encaminándose hacia la puerta del salón y mirándome por encima del hombro—. No os acostasteis con la bestia.
Un matiz de amargura envolvió aquella palabra, y el estómago se me revolvió de nuevo. ¿Así creía ella que la veía?
—No tardaré —dije, ya a medio paso del amplio cuarto de aseo—. Ah, y Skadi. —Cuando nuestras miradas se encontraron, forcé una sonrisa débil—. No considero que sobrevivir en las calles esté por debajo de mí. Los míos hicieron algo muy parecido. Fijaos, esposa, ya tenemos muchas cosas en común.
Cerré la puerta, deleitándome con el gesto de desconcierto que le había fruncido el ceño.
Los elfos del mar conducirían a los elfos de la tierra y a los alver de vuelta a sus hogares.
La magia de sus voces era la única fuerza capaz de hundir las naves bajo las mareas, como una ballena que se inclina antes de sumergirse; así atravesaríamos las fronteras líquidas y emergeríamos de nuevo en los territorios terrestres donde elfos de la tierra y del mar y alver habían levantado sus reinos.
Natthaven era una isla que se desvanecía, un lugar nacido de mitos y antiguas leyendas. Desaparecer en un mar para reaparecer en otro era una magia extraña, la misma que Skadi trató de invocar la noche en que nos enfrentamos.
Pero el esfuerzo de arrastrar toda la isla hacia la oscuridad que la envolvía fue excesivo. Aquel intento la dejó vulnerable, y yo aproveché esa flaqueza: desaté en su mente pesadillas despiertas que ardían como fuego.
En los muelles, parpadeé, cegado por la claridad del sol.
—¿Por qué la isla no se desvaneció para vos aquella noche?
Skadi vaciló.
—Dejó de hablarme.
—¿Qué queréis decir?
—Natthaven posee una magia propia. —Se volvió para contemplar los árboles sombríos que cubrían las laderas.
Desde la orilla, las torres del palacio se abrían paso entre el bosque como lanzas—.
Mi abuelo me enseñó que la magia de las Nornas habita en la tierra.
El destino se percibe, y la isla guía a aquellos en quienes confía hacia el suyo.
—Entonces, ¿creéis que fue el destino quien nos condujo hasta aquí, puesto que la isla no se rindió a vuestros pies?
—Creo que no es más que una historia para que una niña curiosa aprenda a respetar la tierra. El único destino aquella noche fuisteis vos al aparecer cuando yo estaba completamente exhausta.
Algo en su tono me hizo preguntarme si trataba de convencerme a mí… o a sí misma.
El rey Eldirard había situado su isla en los márgenes del Reino Eterno y de los mares lejanos, en aguas abiertas que conducían a tierras que yo no conocía.
Como parte del tratado, Cantasangre insistió en que el rey mantuviera la isla a la vista hasta que se pronunciaran los votos: mantener cerca a los enemigos.
Ahora, con la alianza sellada, el rey élfico de las sombras sería libre de desplazar sus tierras fuera del alcance de los elfos del mar, si así lo deseaba.
A la orilla del agua, Eldirard sonreía como un hombre que, tras un largo ayuno, recibe por fin un banquete. Se despedía de quienes embarcaban en las naves.
Celine Cantamareas dirigía a su tripulación mientras cargaban las cubiertas con las pertenencias de los clanes de Mira.
Cantasangre y su oscura Nave Eterna permanecían anclados más cerca de la costa y transportarían al pueblo de la Noche, la gente de Livia .
En verdad, el rey y la reina del mar probablemente permanecerían en los Reinos del Norte una semana más o menos. Siempre lo hacían.
Las velas cerúleas, izadas en un navío de casco estrecho, aguardaban junto a nuestro muelle. Gavyn, hermano de Celine , había recibido el encargo de conducir a nuestro clan de regreso a casa.
Una mano me golpeó el hombro. Aleksi, vestido con su túnica de Rave y la espada al cinto, me atrajo contra su pecho y me dio una palmada en la espalda.
—Vengo a despedirme y a desearte suerte.
—No la necesito. Ya soy el esposo más grandioso de todas las tierras.
Aleksi dio un paso atrás y miró por encima de mi hombro, hacia donde Skadi permanecía impasible y distante.
—¿Qué tal fue anoche?
—¿Por quién me tomas? Es impropio andar divulgando los secretos de una alcoba.
—Por cómo saliste tambaleándote del salón, no estaba seguro de si llegarías a tu cuarto… o de si ella te mataría por necio antes de alcanzarlo.
—El vino elfo no tiene piedad —respondí, encogiéndome de hombros.
—No bromees, Jo. ¿Cómo estás con todo esto?
Los recuerdos de la noche anterior se perdían en una bruma de embriaguez.
Retazos de ira, la necesidad imperiosa de acercarme a Skadi, palabras susurradas que ya no lograba recordar antes de caer en la nada.
Podía decirle a Alek que nada había cambiado.
Podía asegurarle que apenas sentía nada, pero no sería del todo cierto.
No lo entendía, pero en algún rincón de mi interior persistía la sombra de una necesidad posesiva que me empujaba a estar más cerca de esa mujer. Solo de ella.