La ladrona de niebla (Los mares eternos 3) Capítulo 10
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Capítulo 10

El príncipe de las pesadillas

Eldirard se excedió con el vino élfico de su clan. Dulce y espeso, como el satén sobre la lengua, con un sabor opuesto al fuerte y ardiente brän de los alver.

Giré una flauta de cristal entre mis dedos, observando cómo el vino burdeos se desplazaba en su interior. ¿Vomitaría Skadi con el brän, lo odiaría, lo preferiría? ¿Llegaría a amar algo en Klockglas más que las tierras élficas de la luz y de las sombras?

Solté un resoplido y tomé otro trago. ¿De qué servía preocuparme por esas cosas? En cuanto nos declararon unidos, las mujeres élficas de su clan la apartaron de mi lado, para vestirla con algo más sensato, me dijeron.

A pesar de toda la algarabía a nuestro alrededor, no había intercambiado dos palabras con mi esposa. Otro gruñido áspero salió de mi garganta.

—Están tibias. — Maj se inclinó hacia delante y tocó un cuenco de barro lleno de piedras pálidas que parecían tener llamas atrapadas en su interior.

—Leí sobre esto —dijo Sander , tomando una piedra—. Creo que se llaman piedras Everlast . Un guardia dijo que era un regalo de los elfos de la luz.

Me erguí. No deseaba nada de ese clan. Por mí podían desvanecerse en los mares lejanos y nunca regresar.

—Los elfos de la luz usan luz y fuego y, si no me equivoco, pueden atrapar luz en estas piedras, que nunca se apagan —explicó Sander , observando una de ellas—. Son su artículo comercial más común. Útil, creo.

La mesa se llenó de leves toques en las piedras para comprobar si realmente estaban cálidas, como una llama distante. Perdí el interés y tomé otro sorbo de vino.

El rey del Eterno estaba sentado frente a mí, con una expresión de desconcierto en el rostro.

—¿Así son los votos de los elfos de la tierra y del mar, amor? Si es así, no me gustan, y tengo la intención de hacer los nuestros mucho mejores.

—¿Vas a tomar votos, Cantasangre? —Mi voz sonaba oscura, teñida por el vino—. No lo había oído.

—Es una conversación reciente —respondió Livia , pasando un brazo por el hombro de su compañero y trazando una de las cicatrices en el costado de su cuello—. No es parte de la cultura de los elfos del mar, así que le dije que no los necesitábamos, pero…

—Yo quiero esos votos —dijo Erik , besando la palma de su mano—. Quiero todas las malditas formas de estar unido a ti, amor. Pero no así. —El rey levantó su copa y la usó para hacer un gesto hacia mí—. Te colocaré adecuadamente sobre mis piernas durante todo el proceso.

—¿Es apropiado tener a una esposa en tus piernas todo el tiempo, Cantasangre? — Sander se recostó en su silla, riendo.

Los ojos rojos del rey relampaguearon.

—Cuando la esposa es mi reina, no hay otra forma de hacerlo, príncipe.

Livia puso los ojos en blanco, pero besó la línea de la mandíbula de Erik .

Mira se inclinó sobre los codos, mirando atentamente las facciones sombrías del primo del rey.

—¿Y tú, Susurracorazones?

—Caminacorazones. ¿Y qué? — Tait tenía el mismo rojo en los ojos que Cantasangre, pero estos se oscurecieron cuando se enfrentó a la princesa.

—¿Llevarías a tu mujer como el rey durante tus votos?

Tait frunció el ceño.

—No haría votos.

—Tal vez cambiarías de opinión si…

—No. —Su voz fue tajante y definitiva.

Mira maldijo entre dientes, murmuró algunas palabras como «necio» e «imbécil», y luego abandonó la mesa hasta unirse a un grupo de los Rave , los guerreros de los reinos élficos de la tierra y del mar.

No se volvió a mirar, ni se percató de que Caminacorazones seguía cada paso de su retirada.

Aleksi golpeó su cuerno de bebida contra la mesa.

—Es extraño, pero debo coincidir con Cantasangre, Jo.

El rey del mar entrecerró los ojos.

—¿Hay veces en las que no estás de acuerdo conmigo?

Me bebí el último trago de mi vino.

—¿Qué intentas decir, Alek?

—Deberías estar con tu esposa durante el banquete de los votos.

El gran salón del palacio resplandecía con antorchas interminables y candelabros cuyas velas titilaban. Las mesas bordeaban las paredes, llenas de nobles de Natthaven, guerreros Rave , casas nobles del Reino Eterno y la realeza de nuestras tierras.

En el centro, las parejas danzaban al ritmo de los tambores y las arpas curvadas. Los sirvientes se movían entre la multitud, llenando copas de vino y brän para los invitados. Era una celebración destacada para conmemorar a los recién casados.

Sin embargo, parecía que los únicos que no habían interactuado eran los propios novios.

El cabello estrellado brillaba al otro lado del salón.

Malditos sean todos los dioses. El discreto vestido azul que se había ido a poner tras abandonar el patio estaba hecho de telas tan finas que el menor soplo de viento agitaba la falda como las olas del mar.

El escote se abría hasta su vientre terso, revelando el tono oscurecido por el sol de su piel y las curvas de sus pechos.

Para hacerla aún más cautivadora, espirales de diseños asomaban sobre su piel. ¿Sería pintura para la ceremonia? ¿Una tradición de su cultura? ¿O acaso mi aprensiva esposa había tatuado su cuerpo como lo había hecho yo con el mío?

Mi mente pervertida se desvió hacia el inoportuno deseo de quitarle más partes de ese vestido para terminar de descubrir esos delicados diseños.

Por los infiernos. Esto se suponía que debía ser el final, un voto para asegurar la paz, para que luego pudiéramos vivir nuestras vidas de cualquier otra manera, completamente separados.

En las comisuras de sus labios llenos se asomaba una sonrisa secreta, pidiendo a gritos romperse si alguien era lo suficientemente astuto como para sacarla.

¿Sería su risa como una canción o tan suave como un susurro?

Un cortesano de uno de los reinos élficos de la tierra y del mar bajó la cabeza y atrajo su atención.

Debajo de la mesa, un puño se cerró sobre mi rodilla. No parpadeé mientras ella inclinaba la flauta de cristal hacia esos labios dulces, escuchando cómo el maldito le contaba lo que probablemente era una aburrida y arrogante historia.

Parecía provenir de una de las cortes forestales de Mira, donde la diversión era tan común como respirar, y la destreza con una espada, una noción ajena.

Qué imbécil.

Hasta que, de repente, movió las manos con una nueva exuberancia, y mi esposa cerró los ojos, estremeciéndose como si él fuera a golpearla.

Un calor oscuro se acumuló en mi pecho, como un nudo de hierro rugoso. Ella se tensó, y quise saber por qué.

Un deseo de violencia ardía en mis venas, rápido y feroz. Los tratos oscuros no eran extraños en mi mundo, pero este asalto fue un golpe bajo y barato que venía por la espalda y reclamaba todo mi razonamiento.

Me levanté de mi asiento, cargado con una nueva hambre de respuestas que se retorcía en lo más bajo de mi estómago. No miré a ningún lado, solo a la tensión en su mandíbula, a la expresión que dejaba entrever que sus pensamientos se habían desviado hacia algo mucho más sombrío.

La conversación se detuvo cuando me abrí paso entre los invitados. Algunos me dirigieron palabras formales, otros me felicitaron por mis votos. Lo ignoré todo y agarré la parte superior del hombro del elfo.

Se sobresaltó.

—Oh. Príncipe Jonas , le estaba contando a la princesa las similitudes entre los bosques de Natthaven y los del sur…

Se contrajo, las palabras murieron en su garganta, cuando hundí mis dedos en la carne de su hombro.

Le dediqué una sonrisa que no era más que un gruñido.

—Habéis incomodado a mi esposa y no habéis hecho una sola pausa en vuestro relato para daros cuenta. Retroceded.

Su rostro se deformó en una mueca de horror, murmuró una rápida disculpa y se apartó de la conversación. Otros siguieron el ejemplo y se apartaron, dándome más espacio para enfrentar a mi esposa.

Un rubor le oscureció el delgado puente de la nariz y las mejillas.

—¿Qué estáis haciendo?

El vino aflojó mi lengua.

—Protegiendo lo que es mío.

—¿Humillándome?

Los brillantes ojos de Skadi se tiñeron con un toque de su propia oscuridad.

Si pensaba que eso me disuadiría, se equivocaba; su villanía solo me atraía más.

—No estoy intentando atraeros —protestó, con voz baja y siseante.

—¿Dije todo eso en voz alta?

Sus labios gruesos se apretaron en una línea blanca y se inclinó hacia mí. Por los dioses, olía a manzanas caramelizadas y bayas maduras. Incliné la cara, deseando enterrar malditamente la nariz en su cabello.

Skadi olió mi piel, luego me empujó hacia atrás, con la ceja arqueada.

—¿Cuánto vino habéis bebido?

—Un poco.

—¿Es del nuestro?

—Está delicioso. ¿Lo habéis probado alguna vez?

Soltó un suspiro y me agarró del brazo. De la forma en que se posicionó, parecía como si la novia hubiera enlazado cariñosamente el brazo de su esposo.

Astuta, esposa.

—¿A dónde me lleváis?

—A nuestra cámara.

—Excelente elección —apunté mientras tropezaba al pasar por la puerta.

El brazo de Skadi rodeó mi cintura, y estaba seguro de que quedaría satisfecho si sus dedos quedaran cosidos a mi cuerpo.

—El vino élfico es conocido por fomentar la audacia y el valor, pero en exceso convierte a hombres como vos, que ya se creen mucho, en imprudentes y estúpidos.

Era cierto, mi cabeza estaba llena de grandes gestos y declaraciones que planeaba soltar contra su piel resplandeciente esa noche.

Al doblar la esquina, me deslicé y la empotré contra la pared. Skadi inhaló con fuerza. Por los cielos, podría escuchar ese sonido una y otra vez, preferiblemente con su cuerpo debajo del mío, sus garras dejando marcas en mi espalda.

Mi mano fue a su garganta, sin apretar lo suficiente como para hacerle daño, solo una forma de tocarla, de sostenerla.

—Ese elfo no os tocó, pero vi vuestros ojos, vuestra reacción. Alguien os tocó, y no de forma amable. —Tiré de su labio inferior con el pulgar—. Voy a necesitar un nombre.

—¿Qué? ¿Por qué iba a deciros nada? Especialmente cuando ni siquiera sabéis lo que estáis haciendo ahora mismo.

—Sé exactamente lo que estoy haciendo. —Mis ojos se sentían pesados. Quería caer en la cama, con sus brazos y piernas enredados con los míos, y dormir hasta el próximo atardecer. —Si todavía respira, me gustaría cambiar eso, esposa.

Los ojos de Skadi se abrieron de par en par. ¿Por qué nunca consideré los peligros de unirme a una criatura tan hermosa?

Anillos de plata adornaban los bordes de sus orejas, hasta la punta estrecha.

Sus dedos eran similares. La luz del fuego brillaba en sus ojos, y me detuve un momento a observar el azul.

Más brillante que un mar profundo, pero no tan pálido como para parecerse al cielo de verano.

Eran como zafiros con plata rota en su centro.

Ella quería que su fuego permaneciera apagado, pero ignoraba que su esposo tenía planes de avivarlo hasta que ambos nos viéramos envueltos en llamas.

Entonces, mi frente cayó sobre su hombro.

Escuché voces a mi alrededor, ahogadas como si una gruesa puerta amortiguara el sonido. Alguien me empujó hacia adelante. ¿Estaban mis pies en movimiento? El aire cambió, más fresco que en el pasillo, y la luz se hizo más suave.

—Por todos los dioses, sois enorme.

Me lanzó hacia atrás sobre algo suave y acolchonado.

Solté una risa.

—En más de un lugar.

Las suaves facciones de Skadi quedaron tan cerca de las mías, como si me tuviera clavado sobre la espalda. ¿Estaba montada sobre mí? Por los cielos, era un maldito afortunado.

Hasta que se apartó y colocó algo suave bajo mi cabeza.

—Eso es justo lo que diría un hombre desesperado por intentar compensar algo.

—Solo vos… lo sabréis de… ahora en adelante, supongo.

El aire frío rozó mis pies. ¿Dónde estaban mis botas? Entonces, el peso de un pelaje me hizo cosquillas bajo la barbilla. Las palabras eran un reto, demasiado turbias para articularlas. Pero permanecí lo suficientemente lúcido como para captar un suave suspiro, seguido de:

—Qué pesadilla tan cautivadora.