La ladrona de niebla (Los mares eternos 3) Capítulo 6
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Capítulo 6

La ladrona de niebla

En Natthaven, los elfos de las sombras habían aprendido a temerme.

Las proclamas sobre el poder que ostentaba la heredera adoptiva del rey se le habían impuesto a mi propio pueblo con tal insistencia que apenas se atrevía a dirigirme la palabra.

Me temían, me veían distinta y peligrosa, pero era un temor al que me había habituado.

Cuando la balandra atracó en la orilla oscura de la isla la mañana de los votos, no comprendí hasta qué punto había echado de menos la familiaridad de mi tierra.

Solo me quedaba una noche para recrearme en ella antes de que me enviaran a un reino lejano.

En las tierras del príncipe, ¿bordearían los ríos casitas de piedra cubiertas de musgo negro y arcilla dorada?

¿Estarían construidas las casas con madera reseca y cimientos frágiles?

¿Se enroscarían caminos entre bosques interminables, praderas y pantanos, o se extenderían llanuras planas y deslucidas?

El aroma del faisán rojo hervido no impregnaría los pasillos de su palacio con romero y jugos especiados.

Los vendavales de sus costas no tendrían el sabor de la sal dulce y las especias traídas de mares lejanos. El tintinear y el murmullo del mercado nocturno serían sustituidos por palabras extrañas, por cerveza y por las orejas redondeadas de parroquianos desconocidos.

Cerré los ojos y aspiré hondo, una vez, dos, otra más, hasta que el dolor que me oprimía los pulmones quedó disimulado tras una máscara imperturbable.

Los gritos de la tripulación de la balandra me arrancaron de mis pensamientos. Dos hombres de brazos fornidos dejaron caer el ancla. Las naves y esquifes cercanos hicieron lo propio. Los marineros iban y venían, ordenando que bajaran los botes a remos a la marea para que los pasajeros embarcaran.

Los elfos de la luz y de las sombras habían regresado a Natthaven con mi abuelo; incluso Cara se había adelantado para preparar la ceremonia.

Yo quedé rodeada por los extraños y casi salvajes guardias alver.

No había vuelto a ver al príncipe desde nuestro encuentro tras la alianza.

Una parte de mí deseaba volver a encontrarlo, leer sus ojos como si pudieran delatar sus intenciones crueles. Otra se sentía incómoda bajo el escrutinio de su gente y habría preferido que fuera él mismo quien me escoltara.

Era una traición a mi dignidad albergar tal pensamiento, pero del mismo modo que el temor que yo inspiraba en mi propia tierra se había vuelto costumbre, también la presencia astuta y exasperante del príncipe empezaba a resultarme familiar.

—Mi elfa.

Uno de los guardias alver, con el agua hasta las rodillas en el azul vibrante de la orilla de Natthaven, me tendió la mano. Era alto y esbelto, de cabello oscuro cortado al ras. Me superaba en algunos años, aunque aún conservaba cierta inocencia en los rasgos.

—¿Mi elfa?

—¿Cómo debería llamaros? —preguntó—. Me dijeron que la realeza suele preferir títulos. Nunca se me han dado demasiado bien, me temo.

¿No se le daban bien los títulos?

—¿Y cómo llamáis entonces a vuestro príncipe?

Se le torció la boca en una media sonrisa.

—Depende de cuál estemos hablando. A Sander suelo llamarlo «estorbo», «pensador» o «pequeño idiota». A Jonas … bueno, a Jonas siempre «pequeño idiota».

Miré por encima del hombro, casi esperando que una reprimenda terrible cayera sobre él por aquella manera tan informal —tan irrespetuosa— de referirse a sus soberanos.

Nadie pareció darse por aludido.

—¿Y cómo llamáis a vuestro rey y a vuestra reina?

—A la reina, casi siempre Mal. A Kase lo llamo simplemente Kase… aunque, si quiero sacarlo de quicio, lo llamo «rey». —El guardia soltó una carcajada—. ¿Y a vos qué título debería daros?

Mi abuelo montaría en cólera si no exigiera algo más regio.

—Skadi bastará.

—Suficientemente sencillo. —Se aclaró la garganta, se cuadró frente a la orilla y agitó los dedos con desenfado—. Vamos, entonces, Skadi.

Tomé su mano y salté a las aguas. El guardia no me soltó mientras los guerreros elfos de la luz y de las sombras y los marineros formaban una cadena para pasar los suministros desde las barcas hasta la playa.

—¿Y cómo debo llamaros yo? —pregunté, observando su atuendo informal: rudo, hasta arriba de cuchillos, pero, como los guardias alver de la noche anterior, sin emblemas ni uniforme alguno.

— Ash —respondió—. Solo Ash .

—¿Sois parte de la guardia interna, Ash ?

—Sí. —Habló como si le sorprendiera oírse a sí mismo—. Sí, podría decirse. Claro.

—Entonces supongo que os veré con frecuencia cuando regresemos a Kloshglas.

Ash soltó una risa baja.

—Kloshglas. Me veréis por allí… aunque paso bastante tiempo en los reinos de los elfos de la tierra del sur.

—Ah, ¿sí?

Según los mapas que me había facilitado la reina Eterna, las tierras de los elfos de la tierra se dividían en cuatro grandes territorios. Mi nuevo hogar estaría en la costa oriental. Resultaba extraño que un miembro de la guardia interna viajara con tanta libertad a reinos vecinos.

—¿Sois algo así como un embajador?

—Por los dioses, hace ciclos que no tenemos uno. No. Mi esposa pertenece a una corte menor entre los elfos glamurosos.

—¿Y el rey permite que uno de sus guardias más cercanos se ausente durante tanto tiempo?

Ash guardó silencio un instante y se aseguró de que no tropezara al pisar la arena oscura de la orilla.

—La verdad es que nunca se me ocurrió preguntarlo.

¿Sin permiso de sus soberanos? ¿Sin contratos entre cortes que forjaran alianzas semejantes para un guerrero y una noble de otro reino?

—¿Puedo preguntaros algo? ¿Sois alver? Tengo entendido que en vuestros dominios viven mortales y, perdonadme, no sé distinguirlos.

Ash sonrió.

—Si hacéis sangrar a un alver, olerá bastante a orín y a ciruelas podridas.

Arrugué la nariz. Recordaba el hedor acre del campo de batalla, aunque siempre supuse que provenía de los cadáveres caídos.

—Soy alver —continuó Ash —, de los que llamamos Rifter.

Por todos los dioses. De los que se deleitaban en el dolor y en los cuerpos quebrados. Qué ironía: parecía tan… afable.

—Por la expresión de espanto en vuestros ojos, diría que habéis oído algo sobre los Rifter.

— Ash se echó al hombro una alforja de uno de los montones de provisiones—.

No voy a mentir: podría romperos si quisiera, princesa.

Sabría exactamente dónde dolería más. Pero no tengo motivo para hacerlo.

Y me da la impresión de que vais a inquietar a mi pequeño idiota. Estoy deseando verlo.

Se me escapó una risa extraña, entrecortada.

—No estoy tan segura de eso, pero agradezco que no tengáis intención de romperme.

—Por lo que he oído, podríais devorarme con vuestro mesmer.

—¿Mesmer? ¿Así llamáis a vuestras afinidades? No parecéis inquieto ante la mía.

—¿Debería estarlo?

No tuve ocasión de responder. Cara gritó mi nombre y agitó los brazos mientras se acercaba. Vestía un traje sencillo, con el delantal atado a la cintura y el cabello claro trenzado en una corona sobre la cabeza.

Con una mirada vacilante hacia Ash , se interpuso entre nosotros.

—A partir de aquí escoltaré yo a la princesa.

—Únete si quieres —replicó Ash —, pero debo asegurarme de que llegue sana y salva a su habitación.

Cara lo recorrió de arriba abajo, desde la cabeza hasta las botas.

—Estamos en tierras élficas. Está perfectamente a salvo entre los suyos.

No siempre.

La cordialidad se borró del rostro de Ash y en su lugar apareció una expresión más calculadora, con un destello astuto que recordaba de una manera inquietante a la sonrisa del príncipe.

—Estoy seguro de que lo está. —Se pasó la alforja por encima de la cabeza y la acomodó en el hombro; luego se inclinó hasta quedar muy cerca del rostro de Cara—. Aun así, me aseguraré de que llegue sana y salva. Órdenes del príncipe.

Con un bufido, Cara se colocó delante de mí, protectora.

Ash extendió un brazo, indicándome en silencio que avanzara.

—Llamáis idiota a vuestro príncipe y, sin embargo, obedecéis sus órdenes sin titubear.

Me mordí la mejilla para que no se me escapara una sonrisa.

Ash me guiñó un ojo.

—Solo obedezco las que quiero. Esta parecía importarle, así que estaré a vuestro servicio hasta los votos.

Detesté que la idea de significar algo para el príncipe de las pesadillas revoloteara en mi pecho.

Me pareció que habían pasado ciclos enteros desde la última vez que estuve en mis aposentos.

La cámara real ocupaba un ala dividida en cuatro estancias: el baño, el dormitorio, un salón con una chimenea de mármol negro encastrada en el muro y una sala de té que yo había transformado en una pequeña biblioteca.

En cuanto Cara me dejó a solas con mis pensamientos, tomé entre las manos un libro raído, encuadernado en cuero, de fábulas y cuentos de hadas que leía de niña, cuando aún no estaba convencida de que los elfos de la tierra y del mar existieran de verdad.

Deslicé las yemas de los dedos sobre los símbolos dorados de la cubierta, que anunciaban las historias que aguardaban en su interior.

Leyendas como la del Skald que se enamoró de una ninfa del bosque y, cuando un trol envidioso descubrió su romance, recibió de uno de los dioses embaucadores un talismán con el que transformó al Skald en tierra, condenándolo a ser pisoteado bajo sus pies por toda la eternidad.

Las páginas crujieron al pasar hasta el final desvaído del relato. Sonreí y apoyé la palma sobre un dibujo de dos árboles imponentes.

Desgarrada por el dolor, la ninfa sacrificó su corazón a la diosa de los amantes y de los votos y fue convertida en un hermoso álamo blanco.

De la tierra maldita a la que había sido reducido el Skald brotó un roble majestuoso, con el alma de él latiendo en su interior, y entrelazó sus raíces con las del álamo de la ninfa. Allí crecieron juntos durante siglos.

Un relato de sacrificio y de amor inquebrantable.

Hubo un tiempo en que creí que algo así era posible. Ahora no era más que materia de leyenda.

Cerré el tomo con cuidado y lo estreché contra el pecho mientras contemplaba el paisaje desde el balcón.

Los árboles que cubrían las colinas escarpadas eran densos y exuberantes, enlazados en amplias bóvedas sobre los bosques y senderos que serpenteaban de un lado a otro por la isla. Las ramas se entretejían como los hilos minuciosos de un telar.

Las flores de los setos bajo mi balcón exhalaban un aroma suave a miel cada vez que la brisa las rozaba. Entre las sombras sedosas de la niebla matinal centelleaban destellos dorados: alas solares que daban la bienvenida al alba.

Aquellos insectos eran criaturas curiosas y desconfiaban de lo desconocido. Tenues fulgores descendían por las laderas de Natthaven como minúsculas llamas de vela. Sin duda, las pequeñas bestias no sabían qué hacer ante la presencia de tantos elfos de la tierra y del mar en la isla.

Aún quedaban cicatrices en algunos troncos, ennegrecidos por los incendios de la batalla librada apenas unas semanas atrás.

Llamaron a la puerta. Uno de los guardias del palacio entró en la estancia y, tras él, aparecieron dos doncellas que portaban un vestido de plata reluciente.

El guardia se aclaró la garganta.

—Alteza, el príncipe alver ha dispensado a las doncellas que debían asistirla en los preparativos de los votos, pero ha solicitado que sea atendida por damas de su elección.

—¿Perdón? ¿De su elección?

Cara estaría furiosa si el príncipe hubiera hecho llamar a alguien que no fuera ella o alguna de las criadas que escogía personalmente en los pasillos del palacio.

—Sí, mi señora. —El guardia alzó la barbilla—. Según ha dicho, cree que se sentirá más cómoda acompañada de mujeres que puedan ensalzar sus virtudes. Y… bien, ya han llegado.