La ladrona de niebla (Los mares eternos 3) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

No podía ignorarla por completo. En cada luna llena estaríamos obligados a compartir lecho desde el ocaso hasta el alba —para ofrecer a Natthaven la mejor oportunidad de engendrar un heredero, por supuesto—, y debía asignar a mi esposa una renta que pudiera gastar a su antojo.

Menuda alianza estaba sellando. No era extraño que sus ojos parecieran apagados y sin emoción.

Mis hombros se hundieron; cada cláusula era un latigazo en la espalda. De las dos partes implicadas, no era yo quien se sacrificaba allí.

Lo único que deseaba era la seguridad de mi pueblo.

Por primera vez consideré que mis buenas intenciones quizá habían provocado un desastre aún mayor en la vida de aquella mujer. Aunque, pensándolo bien, a ese maldito elfo de luz le habrían ofrecido las mismas condiciones. Y él, con toda probabilidad, la habría obligado a cumplir cada una de ellas.

Cuando mi madre terminó, volvió a enrollar el pergamino y lo deslizó hasta el centro de la mesa.

—Tal vez el rey quiera leerlo ahora —dijo Eldirard.

—Mi esposa ya lo ha leído. — Daj entrecerró la mirada—. ¿Qué más podría averiguar yo?

—Para asegurarnos de que no se haya pasado nada por alto.

—¿Insinúas que es incompetente?

Por los dioses, el temperamento de Daj estaba a punto de estallar. Si alguien insultaba a mi madre, él respondía con huesos y sangre.

—Por supuesto que no, pero… bueno, vos sois el rey. —Eldirard se irguió.

Una negrura brumosa veló los ojos de mi padre. Igual que los míos podían oscurecerse hasta que nada quedara en ellos salvo tinieblas, así también los de él. Señaló con un dedo al imperturbable rey élfico de las sombras.

—Hay algo que deberías entender. Si llevo este título es únicamente porque soy su esposo. Ella es la heredera de sangre de nuestras tierras, y dejarás de hablarle con condescendencia, o no saldrás de esta sala de una sola pieza.

— Daj , estamos intentando evitar un derramamiento de sangre —murmuró Sander , aunque la comisura de su boca tembló, conteniendo una sonrisa.

—¿Puedes aceptar esas condiciones? — Daj ladeó la cabeza—. Ignoro cómo serán los reyes en tu tierra, pero en la nuestra no se silencia a las reinas.

Desde el estrado, Livia le dedicó a mi padre una sonrisa llena de ternura; a ella también la habían educado de ese modo.

No habíamos conocido otra realidad que la de padres enamorados de nuestras madres.

Y en mi pecho la vergüenza y el orgullo se entrelazaron en una sacudida amarga, tensándose como un nudo de espinas.

Sentía muchísimo orgullo al pensar en cómo mi padre trataba a mi madre, en la manera en que nos enseñó a honrarla. Y, sin embargo, yo había llegado hasta aquí con pensamientos despectivos hacia la mujer a la que pensaba otorgar el mismo título: mi esposa.

—Acepto —dijo Eldirard con un leve resoplido—. ¿Quién firmará? Será necesaria una gota de sangre.

Mis padres apartaron las manos al unísono y se echaron hacia atrás, en una protesta silenciosa que dejaba claro que no aprobaban en absoluto la idea de un voto concertado.

El silencio se abatió sobre la mesa hasta que su peso me encorvó la espalda. Aquel era el instante que había planeado y temido a partes iguales.

Los pensamientos giraban sin cesar, pero, tomaran la dirección que tomaran, siempre regresaban al mismo punto: la princesa Skadinia poseía una magia poderosa. Y ese maldito príncipe la emplearía sin freno si el clan de los elfos de las sombras caía bajo su dominio.

Le lancé una mirada furtiva a Livia . Ella me la devolvió con preocupación, aunque también con comprensión. La reina Eterna sabía que me sentía obligado a hacer aquello. No había una opción mejor.

Tragué saliva y mantuve la mano firme. Me pinché la yema del dedo con la punta del cuchillo, presioné la sangre contra el pergamino y dejé una gota en una esquina. Luego tomé una pluma gris de oca.

—Firmaré yo.

En cuanto mi sangre manchó el pergamino, mis padres se marcharon del salón sin decir palabra, y tras ellos se dispersaron también quienes habían acudido a presenciar cómo su príncipe quedaba atado a una única mujer.

A la princesa se la llevaron casi al instante; una elfa de la luz y de las sombras presa de una agitación febril, con los ojos más pálidos que la escarcha invernal, la sacó de allí a toda prisa. Solo Sander , Cantasangre y Livia permanecieron conmigo frente al rey élfico de las sombras.

Eldirard recogió el pergamino encantado y lo guardó bajo su fina túnica.

—Veo que vuestro pueblo no encuentra demasiados motivos para celebrar esta alianza histórica.

Se me tensó la mandíbula.

—No es nada personal. Todo esto es aún reciente para nuestros clanes. No concertamos votos si podemos evitarlo.

El rey élfico se puso en pie con una sonrisa satisfecha.

—Costumbres distintas, supongo. Los clanes élficos de la luz y de las sombras valoramos las alianzas, los pactos y el comercio tanto como la propia vida. Nuestros legados se forjan con la expansión de nuestro poder y de nuestras tierras.

—No me cabe duda de que esa fue la razón por la que el príncipe atacó vuestra isla.

Eldirard frunció el ceño.

—Arion vino a Natthaven por la influencia de Skadinia, pero su verdadero propósito era apoderarse de vuestras tierras.

Entrelacé los pulgares en el cinturón.

—Menos mal que ya no podrá hacerlo, ¿no os parece?