Capítulo 4
El príncipe de las pesadillas
Eldirard regresó a su asiento con una sonrisa de satisfacción dibujada en el rostro. El rey elfo de las sombras se sacó una cadena de oro de debajo de la túnica. En uno de sus extremos colgaba un pequeño vial de madera, adornado en los laterales con runas doradas pintadas.
No era más grande que mi dedo meñique y, sin embargo, cuando el rey golpeó la parte superior del frasco abierto, al retirar el dedo emergió un delgado rollo de pergamino.
El documento iba engrosando a medida que se alejaba del vial y, cuando lo extrajeron por completo, un pergamino ya formado y sellado con cera azul fue entregado a mi padre por un guardia elfo de la luz y de las sombras.
—¿Cómo demonios…? — Sander se inclinó hacia delante, alargando la mano hacia el pergamino encantado, pero yo apoyé el puño sobre su pecho.
Negué con la cabeza para contenerlo.
Con un gesto de desagrado en los labios, Sander se dejó caer en la silla. Pocas cosas eran capaces de despertar el mal humor de mi hermano, pero negarle la libertad de su curiosidad era la manera más rápida de conseguirlo.
Su movimiento me apartó de mi concentración deliberada y cometí el error de mirar al otro lado de la mesa.
Dioses, ¿por qué tenía que ser como era? Como la primera estrella de cristal en la noche, una joya inalcanzable.
La princesa tenía la piel luminosa y tersa, ligeramente más oscura que la mía, y unos ojos tan azules que casi resplandecían. Era esbelta, pero no frágil. Aquella mujer poseía el poder de la oscuridad. La extraña magia turbia que cubría sus palmas arrebataba tierras y desataba fieras maldiciones.
La princesa podía arrastrar a hombres enteros y a ejércitos completos al vacío de su niebla oscura.
El mesmer oscuro, la magia de los clanes alver, no me resultaba ajeno.
En realidad, no eran pocos los alver que conocía y que guardaban cierta sombra de malicia en el corazón.
La princesa era tan formidable como cualquiera de ellos, y esta unión no pretendía más que mantener su oscuridad lejos de las manos de nuestros enemigos comunes.
Todo sería mucho más sencillo si mi maldito corazón no se desbocara cada vez que sus ojos se detenían en mí y si mi polla no reaccionara, tensa e inquieta, cada vez que se movía y dejaba entrever, bajo aquel vestido apagado, las curvas que ocultaba.
No lo comprendía. Rara vez la sangre me ardía en las venas con ese deseo primario de piel contra piel, salvo cuando una mujer dejaba claro que anhelaba lo mismo.
La princesa jamás me había ofrecido más que una mirada cargada de repulsión y, aun así, allí estaba yo, imaginando a qué olería su cabello del color de la sangre si me inclinara apenas un poco más hacia ella.
Creo que la odiaba un poco por eso.
El deseo y la pasión no me eran desconocidos. Desde la primera vez que me escabullí hasta el bosque cercano a mi palacio y descubrí lo que se sentía al acomodarse entre unos muslos, encontré placer en templar mis noches con mujeres.
Livia y Mira me llamaban encantador libertino. Aleksi solía coincidir con Sander en que algún día tendría media docena de hijos con media docena de mujeres.
No sería así. Desde que era un muchacho larguirucho de dieciséis años tomaba hierbas para evitar descendencia.
Siempre dejaba claras mis intenciones cuando compartía una noche con una amante. Al terminar, intercambiábamos despedidas y algunos besos suaves, y yo acababa siempre igual: sabiendo que habían entrelazado su cuerpo con el mío por mi título.
Exactamente como yo lo prefería.
Pocos conocían al hombre que había tras el título. Mis amigos, los demás reyes y reinas de los elfos de la tierra y del mar, mi hermano, mis padres y el gremio que ahora se alzaba a su espalda, ellos sí me conocían. Nadie más tenía por qué hacerlo.
Por eso aquel juramento resultaba perfecto.
Una princesa con título propio, que apenas sentía nada por mí, no buscaría mi corazón para ceñirse una corona. Es más, estaba bastante seguro de que mi sola presencia le provocaba desagrado. Alzaba la vista hacia mí y la apartaba al instante, con una mueca apenas disimulada en el rostro.
Después de los votos, dudaba que necesitáramos dirigirnos muchas palabras. Ella mantendría su isla a salvo del clan de la luz y mi vida apenas cambiaría, salvo por la certeza añadida de que los ejércitos élficos no marcharían contra aquellos a quienes más amaba.
Me recliné en el asiento, marcando una mayor distancia entre nosotros.
Mi padre, con astucia, pasó el pergamino a mi madre sin siquiera mirarlo. Yo fingí desinterés mientras ella comenzaba a leer en voz alta.
—Como dote, en cada ciclo se nos concederán suministros comerciales y diez mil… — Maj entrecerró los ojos, tropezando con un término desconocido—. ¿Juvel?
—Nuestra moneda. Acuñada con gemas negras de Natthaven. Imagino que tendrá gran valor más allá de nuestras fronteras.
Más de uno de los ladrones que se recuperaban a nuestra espalda se removió inquieto.
Raum, el más indómito de todos los rateros, hizo relucir sus ojos plateados con un destello codicioso, hasta que Niklas dejó de lanzar al aire su bolsa de cuero —sin duda llena de alguna sustancia venenosa— y le propinó un golpe en el hombro.
—No. —Niklas alzó un dedo entre ambos, con la voz apenas por encima de un susurro—. Ni un movimiento hasta que el trato quede cerrado.
Nik siempre había sido como un tío para Sander y para mí: aplicado como mi hermano y astuto como mi padre. Ordenó a Raum que se detuviera, pero no me cabía duda de que ya estaría calculando una docena de maneras de convertir aquella dote en el intercambio más lucrativo de nuestro reino.
Lo cierto era que todos los que habían navegado con nosotros estaban allí movidos por la pura intriga y la oportunidad de explorar el Reino Eterno.
Yo estaba medio convencido de que mi padre planeaba saquear el tesoro de Cantasangre antes de emprender el regreso.
Mi madre siguió leyendo. Cláusulas tediosas sobre tratados implícitos y consejos que deberían celebrarse con el reino de la novia una vez por ciclo como parte de la alianza.
La atención comenzó a dispersarse, y durante un largo instante me quedé observando una mella en el borde de la mesa, hasta que ella dejó escapar un sonido ahogado, a medio camino entre un gruñido y un jadeo.
—¿Qué significa esta cláusula de disolución si la novia es infiel?
Una de las cejas de Eldirard se arqueó.
—¿Qué parte no queda clara?
—Verás —dijo mi madre, con una calma tensa—, mi confusión nace de la cláusula inferior, donde se especifica que cualquier heredero nacido de las amantes de mi hijo no será considerado para el trono; solo lo serán los hijos legítimos.
Tenía el rostro encendido, un rubor que yo conocía demasiado bien, el mismo que tantas veces le había provocado de niño, cuando ponía a prueba su paciencia hasta el límite.
—Discúlpeme —continuó—, es simple curiosidad: ¿por qué se da por hecho que mi hijo tendrá amantes?
Eldirard soltó una risa breve, como si mi madre estuviera exagerando, e incluso cometió el error de buscar el respaldo de mi padre con la mirada. La sonrisa se le borró al instante cuando Daj le devolvió un gesto adusto, sombrío como una amenaza.
La princesa inclinó el mentón hasta casi hundirlo en el pecho.
Eldirard se aclaró la garganta.
—¿Acaso un futuro rey no es una figura poderosa? Las amantes son… habituales, ¿no es así?
—No lo son. —El puño de mi padre se cerró sobre la mesa con firmeza. Me sostuvo la mirada, repitiendo en silencio su afirmación.
El rey de las sombras frunció el ceño, desconcertado.
—No he conocido a ningún rey que no tenga una amante.
Desde el estrado, Livia dejó escapar un bufido de desprecio y susurró algo al oído de Cantasangre.
Por el brillo feroz que encendió la mirada del rey Eterno, imaginé que acababa de amenazarlo con amputarle cierta parte del cuerpo si se atrevía a imitar tal costumbre.
Él respondió posando un beso en la curva de su cuello.
Mi padre se inclinó hacia delante, la voz áspera como grava.
—Pues ahora sí.
Con un suspiro contenido, mi madre retomó la lectura.
—Ignoraremos esa cláusula y continuaremos.
La princesa observaba la escena con el ceño levemente fruncido, como si no terminara de creer la postura de mi madre. Una punzada de culpa se me clavó bajo las costillas. ¿Esperaba acaso que yo exhibiera mujeres ante ella, sin consideración alguna por sus sentimientos ni por su rango?
No podía parar de mover la rodilla de los nervios que tenía. ¿Acaso no había previsto exactamente eso? Pronunciar los votos y luego regresar a la vida tal como siempre la había conocido, buscar nuevas amantes mientras mi esposa dormía en la cámara contigua a la mía.
Dioses. Puede que, en efecto, fuera un auténtico miserable.
Aquello no era un matrimonio por amor, de modo que, si ella prefería tomar amantes, ¿por qué habría de impedírselo?
Me recosté en la silla. Después de los votos, le diría que no estaba destinada a marchitarse sola en una torre.
Cuanto más examinaba las cláusulas del contrato matrimonial, más me sentía un villano ante mi futura esposa.
Condiciones como que no habría palizas que causaran daños permanentes; que no se permitirían negativas si acudía a mi mujer en busca de su cuerpo.
Yo pondría nombre a todos nuestros futuros hijos; yo aprobaría sus aficiones y sus viajes.
También recaían sobre mí ciertas condiciones.
Los votos se celebrarían en Natthaven, pero viviríamos en mi reino durante diez ciclos, para que mi nueva esposa pudiera aprender la cultura de su esposo.
Los diez siguientes los pasaría en sus dominios —sola o conmigo— para que completara su formación como reina élfica.
Durante el primer ciclo, nos adentraríamos en las tierras compartidas y pasaríamos una semana en la isla élfica de las sombras, donde tendría que informar al rey dokkalfar de mi aprobación o desaprobación de la alianza; el resto del mes lo pasaríamos en territorio alver.