Capítulo 3 #2
Todas las miradas convergían en la larga mesa de roble negro situada en el centro del salón. Un camino de raso azul recorría su superficie, y sobre él se alineaban decantadores de vino y cerveza ámbar junto a cuernos de distintas tallas.
Por dentro, el corazón me golpeaba como si intentara abrirse paso entre las costillas. Por fuera, mi rostro era hielo: frío, cortante.
El mayordomo condujo a mi abuelo hasta uno de los extremos de la mesa.
Allí aguardaban ya varios de sus guardias.
Los elfos de la luz y de las sombras eran guerreros esbeltos y ágiles.
Los dokkalfar mostraban una gran diversidad en los tonos de piel, pero la mayoría de los elfos de las sombras lucían alguna variación de azul en los ojos: algunos de un azul profundo y regio; otros, como Cara, tan pálidos que sus iris parecían escarchados.
Los guardias se pusieron en pie para saludar a su rey. Las empuñaduras doradas con piedras de ónice negro distinguían sus espadas, emblemas todos de la corte interna de Natthaven.
Las diferencias entre nosotros y los clanes alver resultaban evidentes. Sin el caos de la batalla ni el entumecimiento de mi afinidad enturbiando mis pensamientos, cada contraste se percibía con claridad.
Los alver tenían un aspecto casi mortal, con las orejas curvadas de forma extraña.
Su cabello no caía sedoso y largo sobre los hombros como el de los guerreros élficos de la luz y de las sombras; lo llevaban recogido en nudos ásperos y trenzas, y algunos lucían barbas hirsutas que les cubrían la barbilla.
Hombres y mujeres permanecían tras la mesa, vestidos con pieles y cuero, túnicas sin emblema alguno y botas recias, marcadas por el uso.
¿Eran guardias? Intentaban aparentarlo, pero había en ellos algo más cercano al asesino que al centinela.
Ni siquiera aquellos singulares guardias con aire de sicarios resultaban tan intimidantes como las miradas que seguían —no, que memorizaban— cada uno de mis movimientos.
El rey y la reina alver. Y sus dos príncipes.
A uno de sus hijos casi lo abatí bajo mi espada, y ahora iba a unir mis votos al otro.
La reina del mar entrelazó los dedos, un gesto de nerviosismo, o quizá Livia se sentía tan asfixiada por la tensión como yo.
—Rey Eldirard, Skadi —inclinó la cabeza hacia mí—. Permitidme presentaros a la Casa Eriksson.
—Ya nos conocemos, Livie —dijo mi príncipe de las pesadillas.
Con su mandíbula firme y el cabello castaño recogido a medias a los lados, parecía muy distinto del borracho que había fingido ser.
—Pero supongo que debería conocer a su futura familia política.
Compuse el rostro en una máscara de indiferencia pétrea y me volví hacia el rey y la reina como si lo hiciera por puro instinto.
El rey era un hombre apuesto, pero en su mandíbula latía una furia indómita. Su cabello, oscuro como la tierra tras la lluvia, enmarcaba unos ojos donde el oro y el esmeralda chocaban, como si metal fundido hubiera penetrado por un lado y teñido su verdadero color.
La reina, pálida y salpicada de pecas sobre la nariz, tenía el cabello ardiente como el fuego. Sus ojos recorrieron mi figura con detenimiento, evaluándome; una arruga de preocupación le surcaba la frente.
Era sensato inquietarse por que una mujer como yo se uniera a su casa.
—Terminemos con esto —dijo el rey alver, con voz áspera y grave. Directa, sin disfrazar su desagrado.
No cabía duda de que no aprobaban que un linaje como el mío se uniera al de su preciado hijo. En eso, estaba tentada de darles la razón.
La reina posó una mano en el brazo de su esposo.
—Que conste que esta no ha sido nuestra decisión y que nos oponemos a ella.
Mi abuelo dejó escapar un bufido.
—Las alianzas traen paz y poder. Juntos alcanzaremos ambas cosas. Skadinia ha aceptado su carga, y yo tenía entendido que su hijo la asumía por motivos similares.
Carga. El apelativo con el que toda novia sueña al pronunciar sus votos.
—Mi hijo está comportándose como un necio —replicó el rey alver, lanzando una mirada fulminante al príncipe.
Tuve que morderme la lengua para contener una risa. Aquel arrebato carecía de solemnidad, pero no de sinceridad. Quizá la cólera del rey no se dirigía tanto contra mí y mi sangre élfica como contra su propio hijo por haber provocado aquella alianza.
Un guardia me condujo hasta mi asiento, frente al príncipe. Por todos los dioses, lo detestaba. Y, aun así, era uno de los hombres más fascinantes que había visto jamás.
Cuando todo aquello terminara, él sería el héroe. Se presentaría como el príncipe audaz y valeroso que había arrebatado a un monstruo de las manos de un enemigo común.
Sabía desde mucho antes de que los elfos de la tierra y del mar se alzaran contra nosotros que mi destino estaba ligado a un enlace sin amor, forjado por conveniencia.
La única condición que podría haberme librado de Arion habría sido que me condenara a un corazón helado al forzar mi afinidad hacia la crueldad.
Necesitaba estar libre de mi oscuridad para aceptar un matrimonio con el príncipe ljosalfar.
Con esta alianza alver, jamás se me ofreció elección alguna.
Cuando mi abuelo tomó asiento a mi lado, tamborileó los dedos sobre la mesa, atento al rey.
—¿Vuestra reticencia nace de las acciones de mi nieta contra vuestro otro hijo durante el asedio?
Incliné la cabeza, aguardando su cólera.
Fue la reina quien habló.
—Nuestra reserva no se debe tanto a lo ocurrido como a la naturaleza de esta obligación, a la falta de elección que ambos parecen sentir.
— Maj. —El príncipe se inclinó sobre la mesa y miró a su madre—. Ya hemos hablado de esto. En mi destino no había votos predestinados, nunca los hubo. Una alianza es motivo suficiente para aceptarlos.
—Sí, he escuchado tus razones, pero tu corazón no era el único que tenía en cuenta.
El aire se me quedó atrapado en los pulmones. Fruncí el ceño. ¿Yo? ¿Una mujer que, en justicia, debería desear que me cortaran el cuello por alterar la vida de sus dos hijos había considerado que este enlace podía arrebatarme la posibilidad de un amor verdadero?
Mi abuelo soltó una risa breve.
—Es un gesto amable por vuestra parte, alteza, pero en nuestros clanes no hay pretendientes para Skadinia.