Capítulo 3
La ladrona de niebla
—Eso ha sido una imprudencia por tu parte.
—Cara dejó caer una de mis trenzas recién peinadas sobre mi hombro—.
¿En qué estabas pensando? Rufianes, vagabundos y lo peor de cada casa frecuentan lugares como ese.
Has tenido suerte de que hayamos decidido no decírselo al rey.
Bastante tiene esta noche como para preocuparse de si su propia sangre va a humillarlo.
No era la primera vez que me reprendía, ni sería la última.
Cara había velado por mi educación y mis modales desde la infancia, y poseía una firmeza que superaba a la de la mayoría. Rigurosa en todo lo referente a la etiqueta, nunca dudaba en señalarme cuando cruzaba la línea.
Aquella noche, sin embargo, su tono parecía menos una cuestión de normas y más el reflejo de una preocupación genuina por mi ausencia.
—Quería estar sola, Cara. Nada más.
Exhaló con fastidio por su fina nariz y retiró un mechón de cabello pálido para volver a sujetarlo en el tirante moño de la nuca.
Era una mujer voluptuosa y hermosa, en un sentido casi intimidante. Más de un guardia real había temblado bajo la intensidad de la mirada de Cara.
—Recuerda hablar solo cuando te dirijan la palabra, sé amable y, por todos los dioses, muestra gratitud por que no estén planeando derrocar a nuestro pueblo. Manejan una magia que infunde temor.
Sin darme cuenta, la rodilla comenzó a temblarme. Repasé el pequeño trozo de papel de arroz, pálido y cubierto por una caligrafía pulcra: un obsequio de la reina de los elfos del mar cuando supo de la inminente alianza con los alver.
La reina Livia se había tomado la molestia de anotar los nombres singulares con que se clasificaban las distintas magias de los clanes que pronto serían los míos.
Era un gesto pequeño, y sospechaba que habría estado dispuesta a ofrecer más, pero yo evitaba a la gente casi siempre. Durante mi estancia en el palacio marino apenas salía de las habitaciones que me habían asignado.
Aun así, había estudiado aquel fragmento de conocimiento hasta dejar los bordes arrugados y deshilachados.
Los alver extraían sus afinidades de los cambios del cuerpo: el torrente de sangre, el latido acelerado del corazón, los sentidos, la respuesta al dolor. Cada poder recibía un nombre extraño.
Los Mediskis eran sanadores, capaces de estimular los procesos naturales de curación del cuerpo y acelerarlos.
Los Profetiks poseían sentidos de otro mundo: vista, oído… algunos incluso podían saborear la culpa de una mentira o el veneno cuando se aproximaban lo suficiente.
Los Hypnotiks obtenían su fuerza de la mente y el pensamiento; controlaban o engañaban mediante ilusiones. Los Elixists eran alquimistas feroces, maestros en venenos y pócimas.
Los Rifters resultaban aterradores: alver que hallaban poder en la reacción al dolor. Podían quebrar huesos, desgarrar carne, partir cuellos.
Y luego estaban los alver Anomali, cuya magia brotaba de las emociones del corazón —miedo, esperanza, incluso nostalgia—, aunque su alcance era siempre impredecible.
Casi como el mío.
—Espeluznante —murmuró Cara a mi espalda.
Doblé el papel y lo guardé sin saber que había estado leyendo por encima de mi hombro mientras terminaba la trenza.
—No deben de ser tan temibles si cuentan con aliados entre los demás reinos élficos de la tierra y del mar —dije.
Cara frunció el ceño, como si deseara añadir algo más, pero se contuvo. No sería apropiado hablar mal de un futuro aliado.
Donde Cara veía en los dones de los alver un presagio sombrío, en mí despertaban una chispa de esperanza: quizá no aborrecerían mi propia oscuridad con la misma fiereza que otros. No es que pensara revelar jamás el poder de mis brumas, capaces de arrebatar tierras, ejércitos e incluso la vida.
En mi nueva casa estaba destinada al silencio y a la desconfianza. No sería tan distinto del hogar que siempre había conocido.
Las bisagras doradas de las pesadas puertas de madera gimieron al abrirse, y el rey Eldirard entró en la estancia. No era mi abuelo biológico, pero me había criado como si lo fuera.
Cuando sonreía, la edad se insinuaba en las líneas de su rostro, bajo la barba plateada que sombreaba su mandíbula firme. Su cabello claro caía liso sobre los hombros, ceñido en la frente por una diadema de bronce erizada de púas.
Pese a las contrariedades de la noche, el corazón me dio un vuelco de alivio al verlo.
—Skadinia. Es un consuelo verte.
—Lo mismo digo, abuelo. —Salí al pasillo a su lado y toqué las hierbas atadas en torno a su cuello, frunciendo el ceño—. ¿Por qué aceptas llevar esto?
Yo también llevaba un collar de hierbas penetrantes. Un hechizo de las brujas del mar, destinado a amortiguar la magia en la sangre.
—Tranquiliza temores, nieta. —Me acarició la mejilla—. Una vez sellada la alianza, ya no habrá motivo para que desconfíen de nosotros.
Aquella alianza era un despropósito.
Los dokkalfar y los ljosalfar ansiaban alianzas, pactos y tratados.
Había en ellos una inclinación casi instintiva a fortalecerse mediante acuerdos cada vez más ingeniosos.
Era la naturaleza del pueblo élfico, y con el paso de los siglos no había sido sino un juego para ver quién lograba el desenlace más ventajoso.
Nuestro pueblo estaba cargado de tradiciones y convenios comerciales que se remontaban a los tiempos de las leyendas.
—Te he echado de menos desde que regresaste a Natthaven —dije, enlazando mi brazo con el suyo mientras me guiaba fuera de la estancia y hacia el pasillo.
—Y yo a ti. —Mi abuelo me observó con detenimiento, como si buscara algo en mis facciones—. Pareces menos envuelta en sombras.
Mi afinidad me sumía en una frialdad absoluta cuando se utilizaba con codicia o crueldad. El príncipe Arion no invadió la isla élfica de Natthaven para servirse de mi don con fines benévolos.
Durante las siguientes semanas hallé cierto consuelo en la indiferencia helada. La realidad dolía menos cuando el corazón y el alma no encontraban motivo alguno para sentir.
—Estoy un poco mejor.
Mantuve la voz firme, rígida, aferrándome a las barreras que aún podía sostener, porque si las dejaba caer, la verdad me desbordaría: estaba aterrada.
Mi abuelo se detuvo antes de cruzar el umbral del gran salón.
—Skadinia, cualquier reserva que albergues sobre esta unión debes guardártela, ¿lo entiendes? Es una oportunidad para engrandecer el trono dokkalfar y fortalecer nuestras fuerzas con otras afinidades. Si todo sale bien, cada cual obtendrá lo que desea.
La magia de los vínculos familiares que corría por la sangre de los elfos de la luz y de las sombras era extraña, pero poderosa.
El rey me guiñó un ojo.
—Incluso Gerard , por irritado que esté tras perder nuestra alianza anterior, reconoce el valor de esta. Aunque preferiría que los elfos de la luz y de las sombras reclamaran los reinos élficos de la tierra y del mar sin estos últimos en el trono.
Enarqué una ceja.
—El rey de los ljosalfar no tiene derecho sobre ningún reino élfico de la tierra y del mar, abuelo. Esta alianza es para nuestro clan.
—Lo es. Mi linaje quedará inscrito en las sagas como el primero en unir ambos reinos.
Asentí con docilidad. En el fondo, aquello era lo que Eldirard anhelaba por encima de todo: un legado. A lo largo de siglos de vida no había engendrado heredero con ninguna de sus amantes, y había perdido la esperanza hasta que acogió a una muchacha que vivía entre los árboles.
Con mi desdichada afinidad, tenía algo ingenioso, novedoso y formidable.
Una nueva oportunidad para que su estirpe quedara grabada en las gloriosas crónicas de nuestro pueblo.
Los elfos de la luz y de las sombras eran orgullosos por naturaleza, siempre atentos al siguiente movimiento que fortaleciera el poder y la herencia del clan.
Por eso ambos reyes élficos desearon en su día mi desposorio con el príncipe Arion. Dos soberanos poderosos unidos al frente de dos clanes era algo que no se veía desde hacía siglos.
Arion superaba a su padre en poder gracias a su afinidad para invocar la luz; era capaz de atraer tal cantidad que abría brechas en la trama misma de muros y puertas.
El príncipe de la luz podía usar su propia magia para desplazarse de un lugar a otro.
Con mi oscuridad, nuestros votos habrían forjado una unión sin precedentes.
Estudié el perfil de mi abuelo. En el azul de su mirada brillaba un destello codicioso. Tal vez este nuevo rumbo lo seducía aún más, pues no existían relatos de clanes élficos de la luz y de las sombras que se hubieran unido jamás a otros reinos de magia.
No había en mí deseo alguno de pronunciar esos votos, pero gracias a Eldirard dominaba la espada, leía lenguas élficas de la tierra y del mar, mortales y el antiguo élfico. Me había dado cobijo, alimento y un hogar.
Apreté su brazo con mayor firmeza.
—No te decepcionaré.
El palacio de los elfos del mar se alzaba amplio y diáfano.
En la mayoría de las estancias, grandes vigas arqueadas enmarcaban el techo, y candelabros de hierro forjado, salpicados de musgo por la humedad del aire, sostenían interminables velas de sebo cuya llama ardía con un extraño fulgor azulado.
Sobre un estrado elevado, a un lado, aguardaban el rey y la reina del Reino Eterno. El rey del mar mantenía su habitual ponzoña; aquellos ojos carmesí relampagueaban con desconfianza. La reina, en cambio, sostuvo mi mirada y me ofreció incluso una sonrisa tenue.
Aparté los ojos. Nuestro breve cruce durante las batallas no significaba que yo resultara de importancia para los elfos de la tierra y del mar. Más me valía recordar que mi presencia no les complacía.
En aquel palacio no era más que una pieza de guerra, colocada para su beneficio, no para el mío.
Como anfitriones de las negociaciones, los elfos del mar se limitarían a observar; ese era el alcance de su papel.