La ladrona de niebla (Los mares eternos 3) Capítulo 2 #2
6%

Capítulo 2 #2

Bajo la túnica de Sander , una cicatriz sinuosa le atravesaba el abdomen.

—Jo, ya te he dicho lo que pienso de la princesa.

—Tal vez seas demasiado indulgente.

—Luchó para proteger a su rey, igual que nosotros habríamos hecho. —Se acomodó en el asiento—. Necesitas ver el recuerdo de lo ocurrido. Maj está dispuesta…

—No quiero verlo.

La tensión me latía en la mandíbula.

Nuestra madre era una alver capaz de tomar prestados, compartir e incluso robar recuerdos. Sander le entregó el de la experiencia en la que estuvo a punto de morir poco después de que yo presentara mi petición al rey dokkalfar. Al igual que él, mi madre insistía en que debía presenciarlo.

No podía. Era una pesadilla que ya alimentaba mi propia imaginación; si veía de verdad a mi hermano caer, jamás lograría borrar esa imagen.

—Sabes lo que me haría —dije con voz áspera—. Y también sabes lo que me ha hecho no verlo.

—Lo sé. Y me pregunto si piensas compartir esa parte de ti con la princesa. Puede que esté a tu lado cuando…

—Después de esta noche, dudo que esa mujer acceda voluntariamente a quedarse a solas conmigo como para presenciar nada.

—Solo digo que debería saber lo de los ataques.

—Tomaré nota.

Apoyé la barbilla en el puño y observé cómo desfilaban las fachadas pálidas de las grandes residencias y las casitas a medida que nos acercábamos al palacio.

Sander se recostó contra el respaldo.

—Para responder a tu pregunta: no es una traición. Para la princesa, nosotros éramos los invasores. Pero eso no disminuye mi preocupación por ti. Esto no es un asunto menor, hermano.

—Sé lo que hago.

La seguridad se filtró en cada palabra con tal ímpetu que estuve a punto de creer mi propia mentira.

Aleksi golpeó suavemente mi rodilla con los nudillos y señaló hacia la entrada principal del palacio de los elfos del mar.

—Ahí están Liv y Cantasangre. Y no están solos.

El oro de la intrincada corona de Livia atrapaba el resplandor de los faroles que flanqueaban la curva del camino. Llevaba el cabello oscuro suelto, libre de trenzas, con un aire apenas indómito. Como su reino. Como ella misma se había vuelto.

Le sentaba bien.

Erik Cantasangre permanecía a su lado, un brazo ceñido a su cintura, vestido enteramente de negro. Sus ojos rojos, entornados en su habitual gesto agrio, parecían despreciar al mundo entero, salvo a su reina.

El rey del mar no era tan miserable como daba a entender; al menos, no cuando uno lograba atravesar esa capa exterior marcada por la violencia y la muerte.

Pero fueron los dos rostros a su lado los que me encogieron el estómago.

— Daj parece cada vez más furioso cuanto más se acerca este voto.

Von soltó una risa.

—No sé qué es peor: el ceño de Kase o la expresión imperturbable de Malin. No logro adivinar qué piensa, y eso me inquieta.

Era cierto. Mi madre, normalmente vibrante, juguetona y tan astuta como mi padre, lucía un semblante pétreo. Las trenzas carmesí caían sobre uno de sus hombros, y su rostro se mantenía imperturbable, sin asomo de sonrisa ni gesto alguno.

El rostro de mi padre rozaba la cólera cuando el carruaje se detuvo ante el palacio. Cualquier atisbo de suavidad que mostraba en presencia de Livia se desvaneció al verme regresar. El oro y el verde de sus ojos se oscurecieron hasta tornarse negros como la tinta cuando su magia afloró.

Kase Eriksson estaba hecho de oscuridad. Para mí, aquella oscuridad era hogar, era consuelo.

Resultaba irónico que mi padre gobernara, manipulara y matara a través del poder del miedo y, sin embargo, esos ojos negros y brillantes fueran la señal de que estaba entre los suyos. Sabía que ambos temían estos votos; mi decisión había alterado la calma de toda mi casa.

Lo odiaba, pero no lograrían disuadirme.

No cuando podía protegerlos a todos.

— Livie . —Con los brazos abiertos, descendí del carruaje, concediéndome un instante más antes de enfrentar al rey y a la reina alver—. ¿A qué viene esa cara agria? ¿Se ha convertido Cantasangre en una decepción desde que nos fuimos?

El labio de Cantasangre se curvó, dejando asomar la punta afilada de uno de sus colmillos. Por todos los dioses, pocas cosas reconfortaban tanto como irritar al rey Eterno.

—Parece que lo has conseguido, príncipe.

Erik inclinó la cabeza en dirección a un lateral de su palacio.

Un pequeño destacamento de guardias avanzó con paso firme hacia las puertas laterales. Al frente marchaba mi fogosa princesa, aún vestida con aquellas ropas y botas absurdas. Como si percibiera el peso de mi mirada, sus ojos afilados me encontraron entre las sombras.

No titubeó lo más mínimo. Se apartó y entró en el palacio con el mentón en alto.

Como si ya no sintiera absolutamente nada.

Livia alzó la mano y me golpeó suavemente el pecho, justo sobre el corazón.

— Jonas , esto no tiene por qué hacerse.

—No empieces tú también. Llevo oyendo lo mismo desde que salimos —dije, señalando a mis padres.

Ambos clavaron en mí su mirada, y deseé que no lo hubieran hecho.

Mis padres tenían una mirada que parecía atravesarte por completo. Maestros del engaño y, aunque nunca portaran corona, lo cierto es que habían pasado media vida como rateros y embaucadores.

Mi padre tomó la mano de mi madre sin apartar el ceño de mí.

—Ya que has vuelto, acabemos con esto.

La reina Eterna los siguió hacia el palacio, sonriente, conversando con mi madre como si su frustración solo aflorara en mi presencia.

—La has tenido preocupada durante semanas —dijo Cantasangre, haciendo girar un cuchillo entre los dedos—. No me agrada quien altera la paz de mi reina.

—Amenaza todo lo que quieras, rey Eterno. Te aseguro que no será la última vez que inquiete a Livia . Ni a mi madre ni a mi padre. Llevo años haciéndolo.

Alguien se aclaró la garganta a mi espalda. El viejo mayordomo del palacio hinchó el pecho junto al carruaje, y el jubón de seda, una talla demasiado pequeño, se tensó por las costuras.

—Si los preparativos han de continuar, sugiero que sigamos al rey y a la reina alver y no demoremos más el asunto.

Se me encogió el estómago. Criado por un padre capaz de saborear mi miedo y por una madre que podía arrebatarme cualquier recuerdo que intentara ocultar, había aprendido a disimular la inquietud tras bromas ligeras y sonrisas despreocupadas.

Pasé un brazo por el cuello de Sander y el otro por el de Aleksi.

—En fin, será mejor que vayamos a buscar a mi esposa antes de que intente huir de nuevo.