La ladrona de niebla (Los mares eternos 3) Capítulo 2
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Capítulo 2

El príncipe de las pesadillas

Meses atrás ni siquiera sabía que los clanes de los elfos de la luz y de las sombras existieran más allá de las leyendas. Ahora estaba a punto de intercambiar votos con una princesa élfica que me detestaba.

—No lo habría conseguido sin ti, Gavyn.

Le di una palmada en el hombro a uno de los señores de los elfos del mar. Gavyn Seeker apenas me sacaba unos ciclos, pero era señor de una casa noble desde que era un crío.

Su don, único —la capacidad de desvanecerse en bruma marina al menor contacto con el agua—, lo convertía en un asesino perfecto: ningún objetivo llegaría a verlo acercarse.

Esa noche había sido nuestros ojos, siguiendo a mi escurridiza y futura esposa desde el palacio hasta el barrio real, más abajo.

Gavyn se sacudió la humedad del cabello oscuro y se ajustó el pañuelo de seda sobre la cabeza. Su piel morena aún chorreaba agua tras la transformación.

—Esto ha sido más entretenido que las auténticas obligaciones nobiliarias. Espero que los votos resulten igual de emocionantes. Hasta mañana.

Con un gesto de despedida, Gavyn se separó de nuestro grupo junto a una multitud de elfos del mar; su padre y varios de los fornidos tripulantes de la nave real marchaban tras él.

Votos.

Forcé una sonrisa, una habilidad que había perfeccionado años atrás siempre que necesitaba ocultar mi desasosiego.

Mañana tendría esposa.

Una que me veía como poco más que un bruto dispuesto a arruinarle la vida.

Quizá no estuviera del todo equivocada. Cuando presenté mi petición al rey élfico de las sombras, no pensé demasiado en lo que pudiera desear su nieta. A decir verdad, apenas pensé en ella.

Lo único que quería era poner fin a la guerra, encontrar una forma de preservar la paz.

Cuando los elfos de la luz y de las sombras intentaron invadir nuestras tierras, estaba lo bastante desesperado como para detenerlos y juré, bajo un voto mágico, que haría lo que fuera necesario para mantener a salvo nuestro reino.

En cuanto descubrí que dichos elfos creaban vínculos familiares místicos —tan férreos que no podían dañar a los suyos sin sufrir consecuencias funestas—, comprendí que un voto matrimonial nos libraría de la amenaza de los dokkalfar.

Con su lealtad asegurada, el clan de los elfos de la luz quedaría aplastado si alguna vez volvía a alzarse contra nosotros.

Los votos, una esposa, nunca formaron parte de mis planes. De hecho, había evitado deliberadamente cualquier lazo semejante.

Pero temía más perder a mi pueblo.

Cada maldito reino de los elfos de la tierra y del mar había librado ya demasiadas guerras.

Hubo un tiempo en que incluso luchamos contra los elfos del mar. Noches como esta, en las que ahora conspirábamos y compartíamos risas con ellos, habrían acabado entonces teñidas de sangre.

Aquellas fueron las guerras de mi infancia. Aquellos fueron los horrores que jamás me abandonaron.

Ahora teníamos paz, y también podía lograrse con los elfos de la luz y de las sombras, aunque para ello tuviera que llevarme a una esposa renuente, pataleando y gritando, de regreso a Klockglas, nuestra ciudad real.

Con cada ráfaga de viento, el calor se entrelazaba con la bruma helada. El Reino Eterno estaba siempre impregnado de aromas intensos a flores sedosas y sal limpia. Últimamente viajaba a la resplandeciente capital marítima casi con la misma frecuencia con la que permanecía en mis propias tierras.

Livia , amiga desde la cuna y hermana en todo salvo en la sangre, era la reina Eterna. Una sorpresa, sin duda. Erik Cantasangre, el rey, tenía un carácter áspero, pero ella conquistó su corazón y selló la paz entre los elfos de la tierra y los del mar mediante su alianza.

Yo no hacía sino lo mismo con los elfos de la luz y de las sombras.

—Deberíamos irnos.

Tait Caminacorazones, primo de Erik y gruñón oficial de la corte, sostenía entre los dedos su cigarro de hierbas mientras examinaba un extraño reloj que había sacado del bolsillo. Marcaba las campanadas, pero también advertía del peligro.

—Es casi la hora —añadió.

—¿Has sentido algo? —le pregunté cuando emprendimos el camino hacia los carruajes reales que aguardaban para llevarnos de vuelta al palacio.

La magia de aquel hombre revelaba los deseos del corazón. Si la princesa ocultaba secretos, Tait los conocería.

Caminacorazones alzó sus ojos castaño rojizo.

—Esta noche quería ser desafiante.

Eso era… inesperado.

Cuando distinguí por primera vez su cabello plateado desvaneciéndose entre las sombras de los jardines, creí que intentaba huir, no que solo desafiaba al destino durante unas pocas campanadas.

Una punzada de culpa me atravesó el pecho cuando tomé asiento en el banco del carruaje. Tal vez debería haberle concedido aquel breve instante de libertad.

La verdad era que pensaba que aquella condenada mujer no sentía nada. Según su propio pueblo, su magia la había vuelto fría, apática. Y, sin embargo, nada salvo fuego ardía en sus ojos de color azul estrellado cuando comprendió que la habíamos descubierto.

Otra sorpresa: quería volver a ver ese fuego.

Sander tomó asiento a mi lado. Mi gemelo era más dulce, siempre sentía con una intensidad feroz y una pasión desbordante. Él podría haber sellado la alianza, pero ¿cómo iba a arrebatarle la posibilidad de encontrar una compañera verdadera, un amor auténtico?

Yo nunca aspiré a entregar mi corazón a nadie, y esos planes seguían intactos.

Sander me dio un leve empujón en el hombro.

—Es tu última oportunidad para decidir si vas a seguir adelante con esto.

—¿Piensas enfadarte conmigo, como nuestros padres y todos los demás reyes y reinas?

—Cantasangre no está furioso contigo.

—Solo porque al rey Eterno le resulta divertido… y porque así consigue sacar a los elfos de la tierra y del mar de su palacio.

Sander soltó una carcajada.

—Soy tu hermano y estaré a tu lado, incluso cuando te comportes como un maldito necio.

Frente a nosotros, Aleksi se acomodó en el banco. No nos unía la sangre, pero compartíamos primos, pues su tía y mi tío eran consortes. Al igual que Livia , Alek había sido nuestro amigo desde la cuna.

—¿Y tú qué dices, honorable guerrero Rave ? —le pregunté, rozándole la espinilla con la punta del pie.

Alek suspiró y se pasó los dedos por el cabello oscuro, que solía llevar trenzado a lo largo del centro del cráneo.

—Estamos aquí, ¿no? ¿Qué se supone que debo decir a estas alturas?

Leal Aleksi. Siempre presente, aun cuando no compartía nuestras decisiones.

—Aunque —añadió, y sus extraños ojos dorados se clavaron en los míos— he decidido limitarme a los campamentos Rave y a la estrategia de batalla. Al paso que vais emparejándoos, cualquier día me veo pronunciando votos con una emperatriz a la que no he conocido en mi vida.

—No sería tan terrible, Alek.

Von gruñó al trepar al carruaje. Llevaba el cabello oscuro rapado en los lados y más largo en la parte superior, y sus facciones tenían un aire inocente —ojos grandes y tristes, una sonrisa que ocultaba la astucia que guardaba dentro—.

Con un suspiro, se acomodó la capa sobre los hombros y se dejó caer en el banco, entre Caminacorazones y Alek, golpeando la rodilla de Aleksi.

—Yo aceptaría a una emperatriz.

Von era medio alver, pero nunca había manifestado la magia del mesmer. No sabíamos si viviría como un mortal o como alguien de sangre mágica. En realidad, daba igual: en casa abundaban los elixires capaces de prolongar la vida de los mortales.

Me alegraba que así fuera. Los alver como nosotros vivían siglos, casi como los elfos de la tierra y del mar, pero sin el amparo de ciertas magias o hechizos, nuestros amigos mortales se desvanecerían hacia el Otro Mundo demasiado pronto.

Von era el mayor de todos y, con los años, se había convertido para Sander y para mí en una especie de hermano mayor, juguetón y conspirador.

—Pues mis dos padres creen que estás loco —dijo Alek, alzando una bota para apoyarla en mi banco—. Incluso se ofrecieron a mantenerte encadenado en los reinos del Norte hasta que recobraras el juicio. Creo que el tío Kase llegó a planteárselo en serio.

Ah, sin duda mi padre estaría encantado de encerrarme bajo llave hasta que cambiara de idea respecto a estos votos.

Crucé los brazos sobre el pecho.

—No es locura, es estrategia. Y creo que lo que os ocurre es que estáis celosos.

Caminacorazones fue quien soltó una risa queda.

—¿Celos? ¿Por tener por esposa a una mujer capaz de degollar hombres? No, príncipe. Esto es cosa tuya, por completo.

—Caminacorazones —respondí, fingiendo escándalo—. Cuida tus palabras o te sentaré al lado de Mira durante toda la ceremonia.

El rostro de Tait se ensombreció en un ceño profundo. No dijo nada y volvió la mirada hacia la ventana, como si se preparara para el torbellino que traía consigo la más joven de la realeza de los reinos de la tierra.

Otra hermana sin lazo de sangre, Mira era princesa de los elfos del glamur —maestros de la ilusión, del cambio de forma y de la magia de compulsión— y tenía entre ceja y ceja a Tait Caminacorazones desde que aquel gruñón parecía ser la única alma de los reinos que no caía rendida a sus encantos.

Con una sacudida, el carruaje se puso en marcha hacia el palacio.

Durante el trayecto intercambiamos comentarios triviales; escuché, dejé escapar alguna risa, pero mis pensamientos volvían una y otra vez al hedor de la taberna, a la princesa disfrazada que, por unos instantes, casi había parecido en paz.

A primera vista no resultaba amenazadora. Sin embargo, cuando los elfos de la luz y de las sombras intentaron someter a los elfos del mar, combatí cerca de ella y no cabía duda de que manejaba la espada con la misma destreza que cualquier guerrero Rave .

— Sander —murmuré en voz baja, para que solo mi hermano me oyera—. ¿Ves esto como una traición? Dímelo con franqueza.

Alzó una ceja.

—¿Por qué ibas a pensar eso?

—Estuvo a punto de matarte.

Esa era la otra razón para unir mis votos a los de la princesa: poseía dones y habilidades capaces de poner en jaque incluso a mi hermano, un guerrero formidable.