La ladrona de niebla (Los mares eternos 3) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Yo era la criatura enjaulada, cuando lo único que había hecho era intentar proteger a mi pueblo.

Debería haber sabido que, si luchaba y dejaba ver cómo mis brumas podían engullir tierras enteras, los elfos de la tierra y del mar me considerarían una princesa temible, igual que tantos elfos de la luz y de las sombras.

¿Qué otra cosa podía hacer? Uno de los secuaces de Arion había hechizado a mi abuelo y lo había sumido en un sueño profundo. Estaba indefenso, vulnerable. Yo tenía que interponerme entre los guerreros elfos de la tierra y del mar y el rey.

—¿Y qué hace una dama como vos en un sitio como este?

Tardé un instante en comprender que había hablado el borracho encorvado tres asientos más allá.

Fruncí el ceño y repasé mi disfraz con la mirada.

—¿No parezco encajar? Acabo de llegar del mar.

—Ah, ¿sí? —rio con una carcajada espesa y áspera—. La mayoría viene aquí cuando tiene el corazón revuelto. ¿Qué es lo que os inquieta?

—No hay nada que me inquiete. Solo deseo una copa, si sois tan amable.

El borracho dio una palmada sobre la mesa.

—¡Una copa para la señora, Arrancalenguas!

Arrancalenguas. El elfo alzó la cabeza al oír el nombre. Los elfos del mar tenían los apellidos más extraños: cada uno distinto, cada uno nombrado por la magia que guardaban en su canción o por su destreza con la espada.

Arrancalenguas podía ser hábil en cualquier cosa, aunque ninguno de aquellos nombres sonaba del todo agradable.

—Ya iba a hacerlo.

El elfo marino dejó un cuerno rebosante de ron ante mí justo cuando el borracho se deslizó un asiento más cerca.

Tragué saliva, avergonzada de notar cómo se me erizaba el vello en la nuca, y alcé el cuerno hasta los labios. Por los dioses, cómo quemaba. Me estremecí ante aquel fuego sedoso mientras lo sentía descender por mi garganta hasta el vientre.

—¿Huís de algo, señora? —preguntó el borracho—. Parece que sí.

Forcé un segundo trago.

—No hay ningún lugar al que pueda huir. He venido a disfrutar de mis últimos momentos de independencia. No es que antes tuviera mucha.

—¿Siempre fuisteis la niña buena, entonces?

—Siempre.

Bebí de nuevo. Cada vez resultaba más fácil soportarlo.

—¿Y qué puede ser tan horrible como para que decidáis pasar vuestro último atisbo de libertad, como decís, en un tugurio como este? —El hombre hizo un ademán hacia el elfo del mar—. Sin ánimo de ofender, Arrancalenguas.

Dejé caer el cuerno sobre la barra de la taberna y jadeé mientras tragaba.

—Van a venderme con votos y promesas.

—Hum.

El hombre se quedó pensativo un instante.

—Creía que a la mayoría de las damas les agradaba la idea de encontrar pareja.

—Ja. —La risa me brotó del pecho como el graznido tembloroso de un ave marina—. ¿Pareja? Más bien carcelero.

—Eso ya es exagerar.

¿Era el ron o la voz del borracho había cambiado, tornándose más suave, más profunda, más oscura?

El aire se me escapó de los pulmones cuando el hombre invadió mi espacio personal y casi me hizo perder el equilibrio en el taburete. Arrojó el sombrero sobre la barra y se apartó la gruesa bufanda de lana del mentón.

Por todos los dioses sangrantes, no.

Sus ojos verdes se clavaron en los míos, de un verde tan intenso que parecía que pudiera adentrarme en una pradera infinita. Su cabello castaño y revuelto mostraba mechones oscuros que, bajo cierta luz, adquirían destellos casi cobrizos.

Cuando lo vi frente a mí durante la lucha, con la espada en la mano, sus ojos eran negros como la pez, oscurecidos por su propia magia aterradora. Ahora, en cambio, inclinaba el rostro hacia el mío con una sonrisa engreída, insultantemente hermosa.

—Ahí es donde trazo el límite, princesa: no permitiré que me llamen carcelero.

Mi futuro esposo.

Jonas , de la Casa Eriksson.

—¿C-cómo? —La palabra se me trabó en la lengua.

—Tendremos que pulir vuestro sigilo. Se os ve venir a leguas, aunque esa falta de discreción nos ha dado tiempo de sobra para trazar este pequeño plan.

Soltó una risita y abrió un brazo hacia la sala de la taberna.

Maldición.

Todos los hombres que se habían interpuesto en mi camino —el de la barba apelmazada que a todas luces era falsa, los pendencieros, el elfo marino que me apartó de su trayectoria— se retiraron velos y bufandas para revelar rostros que yo había visto incontables veces recorriendo los pasillos del palacio.

Amigos y aliados del maldito príncipe.

Me volví hacia el elfo tabernero, que seguía frotando el cuerno.

Se encogió de hombros.

—Lo siento, señora. No se os permite salir de esta estancia.

—¿Sabéis? — Jonas se inclinó aún más, y el olor de su piel a pergamino, roble y un deje de locura me abrasó la nariz mientras me arrancaba el parche falso del ojo sin apartar la mirada de la mía—. Creía que se suponía que estabais… vacía. Dicen que desde la batalla sois incapaz de sentir.

Por puro instinto me tensé y dejé que las brumas heladas de mi afinidad acudieran en mi auxilio, alzando un muro sobre mis emociones. No resultaba fácil cuando el corazón me golpeaba el pecho sin tregua.

El príncipe, maldito por todos los dioses, soltó una carcajada.

—No, no hagáis eso. Ni siquiera lo intentéis. —Tuvo la desfachatez de inclinarse hasta mi oído y susurrar—: Ya he visto el fuego en vuestros ojos.

Con un gesto elegante, el príncipe se retiró, aunque el sonido de sus botas y el crujido de la madera resonaron por toda la taberna.

—Princesa Skadinia.

Cerré los ojos y reprimí el impulso de gemir. Con la mandíbula tensa y la ira ardiendo contra el príncipe de las pesadillas a mi lado, me volví sobre el tosco taburete.

—Dorsan.

El guardia personal de mi abuelo se alzaba al fondo de la taberna, con una docena de guardias reales dokkalfar tras él, vestidos con túnicas azul oscuro y lanzas de bronce en ristre.

No había una sola línea en el rostro pálido de Dorsan que insinuara que aquel hombre hubiera reído alguna vez. Severo como el mármol y leal como las mareas, se acercó y me tomó del brazo.

—Es hora de regresar, mi señora. Las negociaciones están a punto de comenzar.

A mi otro lado, el príncipe pasó junto a mí con paso seguro.

—Nos vemos enseguida, esposa.

Lo atravesé con la mirada, afilada como una daga, y permití que los guardias élficos me condujeran fuera de la taberna, de vuelta a mi destino inevitable.

De vuelta a mi príncipe de las pesadillas.