Capítulo 1
La ladrona de niebla
Estar en el bando perdedor de una batalla era una mierda.
A los vencedores les correspondía fijar el precio de la derrota y, en mi poca experiencia, ese precio siempre resultaba miserable. A veces consistía en territorios o tesoros; otras, en algo peor: una novia involuntaria entregada a un príncipe despiadado con cuentas pendientes.
Solté un largo suspiro. El vino de ciruela élfico que no había dejado de llevarme a los labios me revolvía el estómago. Apoyé una mano en el muro de piedra y aguardé a que el malestar remitiera antes de continuar por el sendero oscuro y empedrado.
Con la luna medio oculta tras nubes espesas, aquella era mi única oportunidad de escapar.
Cuando los ejércitos de los elfos de la tierra y del mar atacaron la isla de los elfos de las sombras, mi pueblo, no nos quedó más opción que alzar la espada. Ahora, mi vida había sido comprada como trofeo de gloria y mezquina venganza.
Mañana, al ponerse el sol, tendría marido.
Ya estaba lo bastante ebria para que la idea me arrancara carcajadas sombrías en vez de lágrimas furtivas en la noche.
Qué historia les contaría algún día a los pequeños —porque no cabía duda de que los herederos formarían parte de aquella maldita alianza—, a esas criaturas de ojos brillantes que alzarían la vista hacia mí mientras yo les relataba el romántico día en que su padre vino a buscarme.
«Maj , cuéntame tu historia de amor».
«Ah, pequeña, déjame contarte cómo tu padre me llevó consigo hacia el ocaso, entre cadenas y la promesa de un odio dichoso para el resto de nuestros días» .
Resoplé y di otro sorbo imprudente al vino antes de arrojar el pequeño frasco entre las hojas oscuras de un zarzal, y luego me cubrí con la capucha de lana, ocultando el resplandor plateado de mis trenzas bajo la luz de las estrellas.
Mi futuro marido me tomaba por esposa por una sola razón: mi antiguo prometido era el príncipe de los ljosalfar, el clan de los elfos de la luz. El príncipe Arion fue quien alzó las armas contra los elfos del mar, aliados de quien pronto sería mi marido.
La única conclusión a la que podía llegar era que, puesto que Arion huyó tras las batallas, yo me convertí en el siguiente blanco perfecto para que sus enemigos saciaran su venganza.
La frustración ardía en mis venas. Casi tropecé al intentar dar una patada a un guijarro del sendero, con el vino aún embotándome la cabeza.
En todo esto, mis únicos delitos habían sido la ingenuidad absoluta y no haber visto los movimientos de Arion antes de que los ejecutara. Pero yo también era peligrosa a mi manera.
Arion me quiso por esposa por las mismas razones que los elfos de la tierra y del mar: utilizar la oscuridad que corría por mi sangre como su arma. Sin duda, mi futuro marido reclamaría para sí mi afinidad después de haberme quebrado.
Mi afinidad, la magia con la que los dioses consideraron oportuno maldecirme, era demasiado inestable, demasiado traicionera, para dejarla sin ataduras. Pero atarme mediante votos crearía un vínculo irrompible con mi nueva estirpe.
En nuestra tradición existía la creencia de que un elfo de nuestro clan no podía dañar a los suyos sin marcar su alma con la oscuridad.
Ya no sabía si seguía creyéndola. Últimamente parecía que no faltaban los agravios entre los nuestros.
Cerré los puños con tanta fuerza que las uñas se me hundieron en las palmas.
Los elfos de la tierra y del mar y los otros curiosos clanes de magia eran un entramado de vínculos familiares que se extendía por todos sus reinos. Convertirme en su pariente, en teoría, mantendría la totalidad de sus dominios a salvo de cualquier amenaza procedente de mi afinidad oscura.
Me escabullí entre el seto, procurando evitar los caminos principales; maldije a Arion con cada pinchazo de una espina, con cada tirón de una rama enredada en mis trenzas plateadas.
Todo aquello era culpa suya. Quizá el príncipe cobarde debería ser quien se vendiera como peón en una alianza sellada por votos.
Pero Arion estaba a buen recaudo en su palacio resplandeciente de Grynstad, la isla de los elfos de la luz, seguramente aún resentido por no haber conseguido lo que quería, mientras me dejaba cargar con el peso de su insensatez.
Mañana el destino blandiría su cuchillo afilado, pero la noche me pertenecía y pensaba vivirla como me diera la gana.
Salí del seto espinoso por la parte trasera de una casa comunal construida con piedra pálida. Tal vez, si me descubrían, mi nuevo clan me consideraría demasiado indómita y retiraría su oferta de matrimonio.
Solté una risa amarga.
No me hacía ilusiones: si mi futuro esposo o los suyos me descubrían, no dudarían en ceñir todavía más mis ataduras.
Junto a la puerta trasera me quité la capucha y me ajusté un pañuelo de lino sobre la cabeza, como hacían la mayoría de los elfos del mar para apartarse el cabello de los ojos. Me saqué los anillos de plata que bordeaban por completo el filo de mis orejas, largas y puntiagudas.
Con la yema del pulgar me extendí khôl oscuro bajo los ojos, al estilo de los sudorosos marineros de los navíos del Reino Eterno.
La tierra de los elfos del mar acogía la firma de la alianza como muestra de buena fe, de modo que esa noche fingiría ser una de ellos.
Las botas prestadas me venían grandes y las hebillas pesadas tintineaban a cada paso. Con un pañuelo de seda me improvisé un parche sobre un ojo.
Cuando una rama crujió en el seto a mi espalda, me volví en redondo.
La noche estaba desierta. No se apreciaba nada salvo las brillantes estrellas, el brillo del palacio dorado y escalonado de los elfos del mar en lo alto de la colina y el sonido de algunas salpicaduras de tritones juguetones en la rompiente, cerca de los muelles.
Dentro de la taberna, bulliciosos elfos del mar entonaban alegres canciones de marinería sobre sirenas y espíritus de mares lejanos.
Corsarios, mercaderes, guardias fuera de servicio, hombres del puerto y unos cuantos piratas sin el menor pudor llenaban las mesas.
Algunos lanzaban dados de madera; otros entrechocaban cuernos de beber pulidos.
Había mujeres sentadas en el regazo de sus amantes, mientras otras lucían tan rudas, con sus espadas al cinto y sus calzones, como cualquier hombre.
Desde que la Reina Eterna robó el corazón del rey malvado y fue coronada, las mujeres del Reino Eterno se habían vuelto más audaces.
O eso había oído.
Esa noche me aferré a esa idea para reunir algo de valor.
La dócil y obediente princesa elfa podía replegarse en las sombras por el momento y dejar paso a una audaz mujer elfa del mar, recién llegada de las mareas, en busca de algo de desenfreno y distracción.
Cuando nadie volvió la vista hacia mí, cuando ningún guardia del palacio irrumpió desde los nichos para arrastrarme de regreso a mis aposentos, di por bueno mi disfraz y me acerqué a la larga barra, pegajosa de cerveza derramada y de algo que olía a bilis rancia.
Las mesas estaban llenas, pero en la barra quedaban muchos asientos libres.
Solo el tabernero permanecía tras el mostrador, frotando cuernos de beber.
En el último asiento, con un hombro apoyado en la pared, se encorvaba un hombre envuelto en una gruesa capa de lona y con un sombrero de paja calado hasta las cejas.
Me dirigí al extremo más alejado, lejos del borracho.
Un hombre con un sombrero de ala caída gruñó un áspero «Perdón» cuando chocamos.
Lo esquivé y me desvié hacia los asientos más cercanos al centro. No importaba. Todo lo que necesitaba era un poco de ron fuerte de los elfos del mar y algunas fichas para unirme a una de las partidas.
En el instante en que me abrí paso entre dos mesas de juego, los jugadores decidieron lanzarse improperios.
—¡Malditos tramposos! —bramó un hombre de barba apelmazada y dos gruesos aros ensartados en sus orejas afiladas, mientras se ponía en pie de un salto.
Me cerró el paso, así que lo rodeé.
—¿Me estás acusando de ser un tramposo? —replicó la segunda voz, más joven y más suave.
Se había puesto en pie al otro lado de la mesa, obligándome a dar un paso lateral.
Un instante después, los dos jugadores se abalanzaron el uno sobre el otro.
Las sillas chirriaron sobre el suelo de madera, las mesas se tambalearon mientras varios hombres corrían hacia la refriega.
Con un grito ahogado, me aparté de las mesas envueltas en pleno tumulto para evitar que me arrastraran al suelo en medio de la pelea.
—Muévete —ordenó una voz desaprobadora.
Unas manos fuertes me sujetaron por los brazos y me empujaron a un lado para que otro elfo del mar pudiera abrirse paso. Llevaba un pañuelo negro anudado a la cabeza, un aro de oro en la oreja y un brillo feroz en la mirada.
Quizá aquello había sido una imprudencia.
En mi hogar, en la isla de Natthaven, nunca me permitieron demasiada libertad para deambular por mi cuenta.
Y en el palacio de los elfos del mar, antiguos enemigos que desconfiaban de casi todo lo que tuviera que ver con los elfos de la luz y de las sombras, desde luego no me dejaban sola sin una vigilancia constante.
Solté un largo suspiro. No me engañaba: estaba dándole demasiadas vueltas, alterada por el estruendo y por encontrarme sola por primera vez en mucho tiempo.
Con tanto empujón y movimiento, ahora había quedado a tres asientos del borracho en la barra.
Probablemente ni siquiera advertiría mi presencia. Aun así, me encogí de hombros y me acomodé en un taburete desvencijado.
—¿Qué va a ser, señora? —preguntó el tabernero al acercarse, mientras seguía frotando el mismo cuerno.
Me aclaré la garganta y bajé la voz hasta convertirla en una aspereza gastada por el humo, como la de tantos marineros.
—Ron oscuro. Y unas fichas.
Arrojé la única moneda que llevaba: un juvel, la divisa de los elfos de la luz y de las sombras.
Si al tabernero le importó, no dio muestra alguna. Además, con la alianza a punto de sellarse, cada vez eran más los elfos dokkalfar que pisaban tierras élficas cuando el rey acudía a visitarme, a mí, su nieta marcada por las sombras.