CAPÍTULO 48
El adoquín
La costumbre polaca indica que la cena de Nochebuena comienza cuando alguien ve la primera estrella en el cielo, en referencia a la que trajo a Los Tres Reyes Magos hasta el recién nacido niño Jesús, y con ello, el principio de una nueva era.
Los padres de Magda eran fieles a sus tradiciones, y Jan lo sabía, así que se presentó en casa de sus suegros una hora antes del anochecer.
Cruzó el jardín nevado por el camino de adoquines, perfectamente alineados y limpios, hasta llegar a la puerta principal.
Tocó el timbre; sabía que Magda y Zofia llevarían horas ahí, ayudando a Diana con los preparativos de la cena.
La puerta se abrió.
Jan dio un paso atrás al ver a su suegra con un cuchillo en la mano.
—¿Jan? —dijo sorprendida—. ¿Al final has venido a la cena?
La mujer sonrió con honestidad, se alegraba de verlo.
—Feliz Navidad, Diana. Lamentablemente no vengo a cenar, pero quería darle un regalo a Zofia.
Mostró una bolsa de papel con el logo de una librería.
—¿Seguro que no puedes quedarte? ¿No te habrás olvidado de lo bien que cocino? —dijo, haciéndose de rogar. Mientras hablaba se había olvidado del cuchillo que tenía en la mano, como si fuera un objeto inofensivo.
—Podrían pasar cien años, Diana, pero te prometo que jamás olvidaré tu destreza con el cuchillo.
Ella miró su mano.
—Qué cosas tienes —rio—. Pasa, que vas a coger frío.
Al entrar en el salón vio a la familia. Zofia y Magda ponían la mesa; su suegro miraba la televisión. Él fue el primero en ver a Jan.
—¿Y este qué hace aquí?
Magda y Zofia se giraron y lo vieron.
—Yo lo he invitado, así que ni se te ocurra ser maleducado —le espetó Diana a su marido.
Magda se acercó a Jan, pero no antes de mirarlo de arriba abajo.
Pese a que haría solo dos o tres semanas que no había coincidido con él, lo vio totalmente cambiado: más joven, más sano, más guapo.
Lo que más le llamó la atención fueron sus ojos: estaban vivos, felices y seguros de sí mismos.
Por un instante, recordó la primera conversación que compartieron en el bar Index, cuando solo tenían el futuro por delante.
—Hola, cariño —dijo él.
Ella tardó unos segundos en centrarse.
—Hola, estás diferente —se le escapó.
Jan bajó la vista para verse el cuerpo.
—He hecho un poco de dieta y ejercicio. Y me he comprado un par de estos. —Le mostró un audífono.
Ella se acercó y acarició con los dedos su oreja para verlos mejor.
—Al final lo has hecho —susurró. En su voz no había reproche, sino satisfacción.
—Sí, tenías razón, como siempre.
Ella esbozó una sonrisa nerviosa.
—Buenas, papá.
Zofia se había acercado desconfiada, como si se debatiera entre seguir molesta por la discusión de hacía dos días o alegrarse de que él hubiera venido.
Él la contempló. Su pequeña con quince años, sin arrugas, sin cicatriz, sin traumas.
—Hola.
Jan miró a Magda mientras tomaba de la mano a su hija.
—Voy a robártela un rato. Tengo que hablar con Zofia.
2
Jan y Zofia, ataviados con sus anoraks, salieron al jardín trasero.
Ella se sentó en la hamaca y él se quedó a unos metros sobre una explanada de adoquines.
—¿Qué quieres, papá?
—Contarte una historia muy loca.
Ella puso una mueca en los labios.
Jan miró a su alrededor y vio el adoquín con el que había empezado todo, apoyado en una pared. Sonrió con nostalgia.
—Papá, ve al grano.
—Como tú quieras.
Se agachó y recogió el adoquín, lo sostuvo en la mano.
Zofia se puso de pie incómoda.
—Mi historia comienza contigo una tarde del verano pasado.
Leías un libro en esa hamaca. Hubo un momento en que quisiste estirar los músculos y te pusiste de pie, diste un paso y tropezaste con este adoquín.
Cuando te levantaste del suelo, viste el hueco y una idea nació: ¿Y si el tiempo se pudiera cambiar como un adoquín? ¿Qué cambios implicaría eso?
Zofia tenía los ojos abiertos de par en par. No se lo había contado a nadie, ni siquiera había anotado esa idea en su tableta.
—¿Cómo puedes saber…?
Jan sonrió.
—¿Que cómo lo sé? Porque, cariño, lo lograste. —Hizo una pausa para tomar aire—. Creciste, te volviste la mujer más fuerte que jamás conoceré, viajaste por el tiempo y me salvaste.
Zofia tenía la boca abierta.
«Es imposible», pensaba.
Jan la tomó de los hombros y la llevó de nuevo a la hamaca. Los dos se sentaron.
—Esta historia comienza cuando te dejé en tus clases de ajedrez…
Jan procedió a narrar todo lo que había sucedido desde entonces: el gimnasio en la penumbra, los suegros caníbales, los chicos en las cloacas, la Zofia anciana, el fin de la frecuencia en Varsovia, el retorno y reinicio del universo y lo que había hecho hasta ese momento.
Zofia había escuchado todo el relato sin interrumpir. Tenía los ojos húmedos; aún no le llegaban las palabras a la boca, pero su padre se puso de pie y rebuscó algo en el bolsillo del pantalón. Le ofreció un pendrive .
—Aquí tienes a Álvaro. Es un poco gilipollas para ser una IA, pero siempre cuidó de ti, así que encajará en la familia. Cualquier pregunta técnica que tengas, él la resolverá.
—Papá… —consiguió decir.
—Sí, cariño. ¿Estás bien? Tu otra yo estaba segura de que soportarías todo esto.
—Sí, eso ahora no es relevante. Solo quiero saber si tú ya estás mejor.
Jan meditó la respuesta.
—Creo que nunca he estado mejor. Las he pasado putas estos días, aunque ha valido la pena.
Zofia dudó antes de decir:
—¿Ya no quieres…?
—No —la cortó él, para que ella no tuviese que terminar la pregunta—. Nunca volveré a pensar en el suicidio. No te prometo que deje de ser un poco gilipollas, está en mi ADN, pero jamás volveré a hacerte daño.
Ella se puso de pie delante de su padre, ya no lloraba. Lo miró, sonrió y lo abrazó.
—Papá, te he echado de menos.
—No volveré a irme.
No dijeron más.
Cuando Magda salió a buscarlos se los encontró abrazados.
—Pero ¿a vosotros dos qué os pasa hoy?
Jan y Zofia se separaron, ambos sonreían.
—Nada —dijo él—. Que es Navidad y nos ponemos tontos.
—Bueno —dijo Magda, dando una palmada—. Mi hermano ha llegado y mi madre dice que no acepta un no: te quedas a cenar.
Zofia cogió la mano de su padre.
—Sí, se queda.
Jan se encogió de hombros.
—Con una condición —le dijo a Magda.
—¿Cuál?
—Mañana pasas la Navidad con nosotros.
Ella los miró con suspicacia.
—¿Kebab y chucherías de gasolinera?
— Et une bonne histoire que nous devons te raconter.
Magda se quedó de piedra. Se podía memorizar una frase en francés, pero no clavar el acento así.
—¿Desde cuándo hablas francés?
— Ça fait partie de l'histoire que je te raconterai demain.
Estaba en shock . Jan siempre había sido un negado en francés y ahora parecía del centro de París.
—Tengo que comer con mis padres —dijo al fin—, pero iré para tomar el café.
Jan y Zofia asintieron.
Magda entró la primera en la casa y después Jan. Zofia fue la última y, antes de hacerlo, se detuvo. Miró el pendrive que tenía en la mano y luego al cielo. Ahí estaba la primera estrella que indicaba el principio de la Nochebuena y de una nueva etapa.