La ladrona de adoquines CAPÍTULO 47 #2
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CAPÍTULO 47 #2

—¿Jode ser la víctima y no el agresor?

Él no contestó.

—Yo también he sido un padre de mierda. Nunca he levantado la mano a mi hija, aunque también le he fallado. —Dio otra calada—. Sin embargo, hoy he decidido que eso cambie, y por eso te voy a dar la misma oportunidad que me han dado a mí. ¿Me sigues?

Él asintió nervioso.

—Tu hijo no me ha dicho nada, pero soy profesor.

Reconozco su mirada y los morados a kilómetros.

El porqué lo maltratas, honestamente, me la suda.

Lo que va a suceder ahora es que, como si esto fuera el puto cuento de Navidad de Charles Dickens, tu hijo volverá a casa esta tarde y se encontrará a un padre respetuoso que jamás le volverá a poner la mano encima, ¿no?

El padre asintió. Sus ojos mostraban terror.

—La alternativa será que no cumplas. Y no lo dudes: si eso pasa, lo sabré.

Entonces no seré tan comprensivo. Vendré aquí y te partiré las piernas, luego te lanzaré por las escaleras hasta la calle y te llevaré a la comisaría a patadas para que te vea toda la puta ciudad.

Cuando acabe contigo, solo podrás moverte en silla de ruedas y no quedará nadie en todo Kamienna Puszcza que no te conozca como el mierda que maltrataba a su hijo. Serás un paria.

El hombre miraba a Jan fumar tranquilo. En sus ojos no había atisbo de duda, solo una frialdad que jamás había visto frente a él.

Jan apagó la colilla en la lata.

—Aunque eso no sucederá, porque vas a ser un padre decente. Sé que es difícil ocuparse de un adolescente solo, así que te ayudaré. A partir de hoy, le haré un seguimiento especial, hablaré con sus profesores y me ocuparé de que esté bien. ¿Lo has entendido todo?

Él asintió con los ojos llorosos.

Jan se puso de pie.

—¿Volverás a pegar a tu hijo?

Negó rápido con la cabeza. Las lágrimas caían por su mejilla.

Jan no supo si lloraba por la vergüenza, por haber sido reducido de un solo golpe o por la humillación de toda la situación.

Aunque eso le daba igual: estaba convencido de que aquel cabrón nunca había estado tan cagado de miedo.

No se atrevería a tocar a su hijo de nuevo ni a denunciarle a él por el miedo a exponerse.

Pero, si por una casualidad se equivocaba, pensaba cumplir la promesa.

Se marchó.

6

Jan conducía y Tomek iba en el asiento del copiloto.

Ninguno hablaba. El adulto ordenaba sus ideas sobre cómo afrontar la conversación que le esperaba; mientras, el adolescente meditaba sobre si su profesor lo acabaría denunciando.

El coche paró delante de la pintada; el pote de espray seguía en el suelo.

SORDO IJO DE PUTA

—Baja —dijo Jan.

El muchacho lo hizo y lo siguió hasta la pared. El profesor le señaló el pote metálico de espray, indicándole que lo cogiera. Tomek se agachó y lo agarró.

—Lee la frase en voz alta —le pidió.

A Tomek le dio reparo hacerlo.

—Sordo… Lo siento, no debí hacerlo.

—Que leas la frase, por favor.

Tomek lo miró extrañado; no había rastro de enfado en su voz. Miró la pared como si fuera una pizarra y leyó:

—Sordo hijo de puta.

—Muy bien. ¿Cuál es el problema con esta oración?

Tomek pensó en la mejor respuesta.

—¿Que es ofensiva?

—También, pero te pregunto por la ortografía.

Eso sí que no se lo esperaba. Miró la frase con calma.

—¿Falta la hache en hijo?

Jan asintió.

—Ahora, corrígelo.

—¿Cómo? —preguntó sin entender.

—Tienes un pote de espray en la mano, pon la hache donde corresponde.

—¿Hablas en serio?

—Sí —contestó tajante.

El estudiante agitó el espray y escribió una hache con la mejor caligrafía que pudo.

SORDO HIJO DE PUTA

El profesor, satisfecho, se quedó observando la pintura un momento. Sin girarse, dijo:

—Es un principio. Recuerda que la hache en español nunca se pronuncia. Así que tienes que recordarla siempre.

Tomek asintió.

Jan se volvió y le lanzó las llaves del coche.

—En el maletero tienes un bote de pintura y una brocha. Solo tienes que tapar la pintada; yo me ocuparé de pintar la fachada durante las vacaciones.

—¿Estás seguro?

—Sí.

7

Cuando Tomek hubo terminado se alejó unos metros para observar su trabajo. No había pintado toda la pared, pero sí una gran parte. Le sorprendía ver cómo había dejado el muro tan blanco, partiendo de uno tan sucio.

Jan salió de su casa con dos latas de cola.

Se movía con mucha agilidad. Tomek no sabía qué había cambiado en su profesor en las últimas veinticuatro horas; era muy diferente al día anterior.

El afeitado y el corte de pelo le habían restado una década, y la ropa nueva —había visto las bolsas en el maletero— lo hacían parecer más fuerte que gordo.

Jan miró la pared y le ofreció una lata.

—Buen trabajo.

—Gracias.

Tomó el refresco.

—Tú y tu amigo Antek tenéis que dejar los grafitis… Aunque digáis la verdad.

—No, yo no quería…

—Déjalo, Tomek, no estoy enfadado. Habías escrito dos verdades: estaba sordo —le mostró uno de los audífonos— y fui un hijo de puta contigo.

Tomek no dijo nada.

—En vez de reconocer que tenía un problema y solucionarlo, lo pagué con todo el mundo y tú te llevaste la peor parte. No fue justo. Lo siento.

Tomek estaba muy incómodo; no recordaba que ningún adulto le hubiera pedido perdón nunca.

Jan lo invitó a sentarse en los escalones de su casa, limpios de nieve. Miraron la carretera vacía mientras tomaban las colas en silencio. Después de unos minutos, Jan volvió a hablar.

—Antes era un profesor de la hostia. —Se encendió un cigarrillo—. No solo enseñando español, sino sacando lo mejor de mis estudiantes. Últimamente he pensado que puedo volver a serlo.

—¿Últimamente? —se le escapó a Tomek. Hacía un día que le había pegado un rapapolvo en clase.

Jan sonrió; le costaba recordar que el tiempo era relativo.

—Digamos que he tenido una epifanía.

—¿Epi qué?

—Una revelación —matizó.

—Ah. —Tampoco tenía claro lo que significaba.

—Antes era capaz de ver el potencial de un estudiante y ahora veo el tuyo.

—Perfecto, ya no estás sordo, ahora estás ciego.

Jan rio; le alegró ver que el muchacho se estaba relajando.

—¿Sabes lo que veo cuando te miro?

—Dime —contestó con escepticismo.

—Veo a un chico al que la vida lo ha tratado a hostias, al que le ha tocado una infancia de mierda, a alguien que solo se esfuerza en estudiar idiomas porque quiere alejarse de esta ciudad lo más rápido posible.

Tomek se giró inquieto; era una descripción demasiado certera. Jan también lo miró a los ojos.

—Pero no solo tengo el talento de ver el pasado y el presente, veo el potencial: lo que puedes llegar a ser.

—¿Qué?

—Alguien que lo daría todo por evitar que los demás sufrieran lo mismo que él.

Alguien que se preocupa y cuida de sus amigos, que es capaz de sacrificarse por ellos.

Una buena persona a la que cada día le dicen que no vale.

Se lo dicen tanto en su casa como en la escuela y, al final, se lo acaba creyendo.

Pero ¿sabes qué? —Dio una calada—. Los que dicen eso son los que no valen una mierda, como yo ayer. Quiero compensarte.

Tomek tenía los ojos vidriosos; era la primera vez que un adulto le decía algo así.

—¿Cómo?

—Cada día, después de clase, búscame. Te daré lecciones de refuerzo en tus asignaturas de letras: puedo con Inglés, Polaco, Español, Literatura e Historia. Con las de ciencias conseguiré que alguno de tus profesores te ayude también.

Tomek sonrió con cinismo.

—No te preocupes por eso —continuó Jan—. Si consigo que mi hija no les dé caña en sus clases me deberán un favor de cojones. Lo harán.

Tomek se puso de pie.

—¿Por qué quieres ayudarme?

Jan lo miró, tranquilo.

—Contéstame con sinceridad: ¿has estado alguna vez en el puente de Anna Jagiellonka, te has agarrado fuerte a la barandilla, has mirado al vacío y has pensado que si saltases todo sería mejor?

Tomek dio un paso atrás; no se lo había contado a nadie, ni siquiera a Antek. Antes de que pudiera decir nada, Jan continuó.

—Yo también he estado en ese puto puente y he pensado lo mismo.

Se puso de pie y colocó la mano en el hombro del chaval.

—Gracias por hacer esa pintada. Sin ella yo no estaría aquí. —Hizo una pausa—. Ahora déjame devolverte el favor.

Tomek se quebró y rompió a llorar.

Jan lo abrazó fuerte. Ya era hora de que ese niño dejase de mirar hacia abajo desde un puente, más cuando le había visto en la cima de un rascacielos, entre las nubes, salvando un universo él solo.