La ladrona de adoquines CAPÍTULO 47
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CAPÍTULO 47

Los muchachos

Era la mañana del veintitrés de diciembre. Jan iría a ver a Zofia el día de Nochebuena; por lo que le había dicho su hija anciana, sería el mejor momento. Así que aprovechó el día para arreglar unos asuntos. El primero, conseguir algo de ropa.

Fue al centro comercial más cercano a primera hora.

Entró en un H tras él estaba Melania charlando dicharachera con la dependienta.

Miró su reloj y vio que iba bien de tiempo, así que entró en la tienda y se acercó a la muchacha.

—Melania —dijo.

Ella dio un respingo y se giró. Al principio no reconoció al profesor; lo miró de arriba abajo.

—¿Señor Borowski? —preguntó.

—Sí.

Melania lo había visto por los pasillos de la escuela el día anterior, pero ese hombre estaba cambiado. «Ah, el corte de pelo y el afeitado —pensó—. Pues sí que te cambia una visita al barbero».

—¿En qué puedo ayudarle, señor Borowski?

Jan sonrió.

—Tengo una hija un año menor que tú y quiero regalarle un buen libro. En el instituto dicen que eres experta en la materia.

Ella se ruborizó, aunque le encantó escucharlo.

—No conozco mucho a Zofia, pero por lo que he oído de ella sería mejor no regalarle un libro de ciencia ficción.

Jan soltó una carcajada.

—Menos aún si lo escribe uno de sus profesores de ciencia.

Ella también rio. Nunca había hablado con la muchacha, pero sus rapapolvos a los profesores la habían convertido en una leyenda.

—¿Qué le gusta? —preguntó.

—La fantasía y el terror, pero tiene tantos libros que no me atrevo a comprarle uno; seguro que ya lo tiene. Busco algo navideño.

Melania se llevó la mano al mentón y miró las estanterías. Entonces sus ojos se abrieron de par en par.

—Lo tengo —dijo—. Espere un segundo.

Fue hacia una de las baldas y sacó un tomo. Se acercó a él y se lo ofreció.

Jan sonrió al ver el título: Lía en Navidad .

—¿Esto es para adolescentes? —preguntó.

—Yo lo he leído. Es cierto que es un poquito picante, pero muy sano y divertido.

«Un poquito picante, dice la jodida», sonrió Jan.

—Además —continuó ella—, el protagonista masculino es maravilloso.

—¿Sabes qué, Melania? Voy a confiar en ti.

Ella sonrió satisfecha.

Jan pagó y se despidieron deseándose feliz Navidad.

2

Jan aparcó delante de un establecimiento cuyo cartel rezaba: Sastrería.

Había pasado por delante cientos de veces en su vida, pero jamás se había detenido ni mucho menos entrado allí.

El local tendría unos cien metros cuadrados, repleto de estanterías con rollos de tela, madejas de hilo y más utensilios del oficio.

Había un mostrador; tras él, una mujer de cincuenta años con una bata blanca azulada y un metro en el cuello hablaba a su hijo.

Este llevaba una camisa beige y un chaleco marrón, y estaba mirando unas muestras de tela sobre la mesa.

En cuanto vieron a Jan aproximarse, dejaron sus quehaceres. Lo reconocieron como uno de los profesores del instituto.

—Buenos días —dijo la mujer—. ¿En qué podemos ayudarle?

—Buenos días, quería hablar con su hijo.

Antek levantó la cabeza de golpe y lo miró desconfiado.

—¿Qué has hecho ahora? —preguntó la madre, molesta.

—¡Nada! —se defendió—. Ni siquiera es mi profesor.

—Tranquila, señora. Su hijo no ha hecho nada malo.

—¿Entonces? —preguntó, arqueando la ceja.

—Su hijo, hace unos meses, hizo un grafiti muy interesante en…

—No me lo recuerde —dijo la madre fulminando a Antek con la mirada.

—Señora, no se enfade, no he venido a recriminar nada. De hecho, su hijo tenía parte de razón. Los profesores del instituto vestimos de pena.

Madre e hijo miraron a Jan boquiabiertos.

—Me preguntaba —dijo Jan, dirigiéndose a Antek— si podríais hacerme ropa a medida.

Fue la madre la que contestó.

—Sí, claro, a eso nos dedicamos.

—Me gustaría tener dos o tres pantalones, unas camisas, un par de americanas y complementos. Tú, Antek, tenías mucho que decir con ese grafiti. ¿Serías capaz de diseñar la ropa?

Antek se asomó por el mostrador para observar el estilo de Jan, desde las zapatillas al jersey.

«Menudo hortera», pensó.

—Poder, puedo —dijo con arrogancia—, pero milagros no hag…

No terminó la frase. La colleja de su madre lo interrumpió. Esta tomó el control de la conversación.

—No se preocupe, el muchacho, cuando está callado, hace magia con la ropa.

Jan sonrió.

—Señora, no tengo la menor duda. ¿Qué le parece si vengo el día veintiocho para tomar medidas y elegir el estilo?

—Me parece perfecto —dijo la mujer, entusiasmada de que su hijo tuviera el primer encargo.

—Pues así quedamos. Que tengan una buena Navidad.

En cuanto Jan salió de la tienda, Antek y su madre comenzaron a pensar en el pedido que les acababan de hacer.

3

La mayoría de los edificios de Kamienna Puszcza eran casas; había pocos bloques de pisos. Casi nadie quería vivir en una ciudad tan boscosa para luego estar encapsulado en un apartamento, como los de la calle Fryderyka Chopina.

Jan había aparcado a dos calles del bloque y había entrado sin llamar al interfono, ya que una anciana que salía le había abierto la puerta. Subió hasta el piso de Tomek. Había tenido que ir al instituto esa mañana y colarse en la recepción para encontrar la dirección. Llamó al timbre.

Unos segundos después, se oyeron unos pasos y se abrió la puerta. Tras ella había un hombre alto, fuerte y con una gran panza. Llevaba una camisa barata pero formal. Al ver a Jan sonrió con afabilidad; si no hubiera sabido el hijo de puta que se escondía bajo esa expresión, lo hubiera encandilado.

—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle? —dijo con una amabilidad impostada.

—Buenos días. Me llamo Jan Borowski, soy el profesor de Español de su hijo.

El padre no cambió su expresión.

—¿Qué ha hecho ahora el muchacho?

Entonces se abrió una puerta al final del pasillo y asomó la cabeza de Tomek. Se puso blanco al verlo.

—Su hijo no ha hecho nada malo, es un buen chico. Se nota que lo ha educado bien. —El padre asintió, orgulloso—. Lo que sucede es que ayer su hijo me propuso ayudarme a pintar la fachada de mi casa a cambio de trescientos eslotis.

Tomek atendía incrédulo al fondo. De todos los escenarios que había imaginado después de haber sido atrapado haciendo la pintada, este era el único que no había previsto.

—Trescientos eslotis es un precio justo —pensó el padre en voz alta—, pero mejor démelos a mí, que él se los gastará en tonterías y yo los pondré en su cuenta de ahorro.

Jan sonrió, sacó la cartera y le dio los tres billetes al hombre.

Este los guardó en el bolsillo trasero, se giró y miró a su hijo.

—Si te has comprometido con tu profesor, ve.

—Claro —dijo el muchacho.

Se puso las botas en el recibidor, agarró el anorak y salió por la puerta.

—Muchas gracias, señor —dijo Jan.

—No hay problema. Si el chaval no cumple, dígamelo. Yo no educo vagos. —Mostró sus dientes con una amplia sonrisa.

Jan se forzó a devolvérsela.

4

Jan y Tomek bajaban las escaleras del bloque en silencio. Al llegar al portal, el chico no aguantó más.

—¿Qué quieres? —preguntó sin ningún tipo de formalismo.

—Que pintes mi fachada. El veinticinco viene mi hija a comer y no quiero que vea el grafiti.

Tomek lo pensó un segundo y encogió los hombros; de todas las consecuencias, esta se le antojaba la mejor.

Jan abrió la puerta que daba a la calle, pero no salió.

—Tomek, ¿sabes cuál es mi coche?

El muchacho asintió. Su primera idea antes del grafiti había sido pincharle los neumáticos.

—Bien —continuó Jan—. Lo tengo aparcado en el estacionamiento de Długa. Ve y espérame delante, que hay un tema que no he tratado con tu padre.

El chico palideció.

—Tranquilo, no voy a contarle lo que hiciste. Es algo que no tiene que ver contigo.

5

Cuando sonó el timbre, el padre de Tomek volvió a levantarse del sofá y abrió la puerta. Esta vez Jan no esperó: lo echó a un lado y caminó hasta el salón.

—Pero ¿qué hace? —espetó el hombre, cerrando la puerta tras él y dando unas zancadas hacia Jan.

—Quería hablar con usted en privado.

—¿Y por qué ha entrado en mi casa así?

—Porque es un asunto delicado y no quería que nadie nos oyera.

El hombre se detuvo.

—¿De qué está hablando?

—De las palizas que le da a su hijo.

El hombre se quedó blanco, pero duró poco; el rojo furioso tomó su rostro.

—¿Qué acaba de insinuar?

Sin previo aviso, el hombre lanzó un puñetazo. Jan, sin filigranas, lo esquivó, lo agarró de la muñeca y retorció el brazo hasta oírlo crujir. Luego lo apartó con un empujón, más por desprecio que por un impulso violento.

«Mi padre solo entendía dos cosas: el qué dirán y la violencia», recordó Jan.

El hombre gritaba sujetándose la muñeca rota.

Jan lo miró con asco y le pegó un puñetazo en el esternón.

Este se llevó las manos al pecho: no podía respirar.

Jan lo tomó de los hombros y lo sentó en el sofá.

Después fue hasta la mesa del salón, agarró una silla por el respaldo y la arrastró, dejando un ruido largo y estridente tras de sí.

Colocó la silla frente al hombre, que se ahogaba.

Miró a su alrededor y vio una lata de cerveza en una mesilla. La agarró mientras que con la otra mano se encendía un cigarrillo. Se sentó y vio al hombre palidecer.

—El dolor del pecho pasará en un rato, pero por lo de la muñeca, yo en tu lugar, me pasaría por el hospital. —Dio una calada y tiró la ceniza en el hueco de la lata—. ¿Me oyes bien?

El hombre no dijo nada. No podía hablar.

—Asiente si me entiendes. ¿Me oyes bien? —repitió con voz fría.

Él agitó la cabeza de arriba abajo, asustado.