La ladrona de adoquines CAPÍTULO 46
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CAPÍTULO 46

Los tres testigos

—Faltan sesenta segundos —informó Álvaro.

Jan y Zofia estaban de pie en el centro de la sala de control, uno al lado del otro, en silencio, a la espera de finalizar la misión.

Se iba a abrir un portal que debían cruzar. La misión de Álvaro, después de que ellos ya no estuviesen, sería viajar dos mil millones de años en el futuro, donde la máquina del tiempo y la IA serían destruidas al momento.

Álvaro había duplicado su conciencia: una se sacrificaría mientras la otra estaba en el bolsillo de Jan.

—Faltan treinta segundos.

Zofia tragó saliva.

—Álvaro, muchas gracias por cuidar de mí estos años.

—Gracias a ti, por crearme.

—Cuida de mi otra yo, como lo has hecho conmigo.

—Esa siempre ha sido mi misión.

Una lágrima cayó por su mejilla.

—Diez segundos.

Frente a ellos apareció un punto brillante, se alargó en una línea del techo al suelo y luego se expandió desgarrando la sala de control. El portal mostraba el salón dormitorio de Jan, deformado por una fina capa traslúcida.

—Tres segundos.

—¿Estás segura? —preguntó Jan.

Anhelaba que ella cambiase de opinión. Zofia asintió y se aferró a su mano.

—Vamos.

Juntos dieron unos pasos y cruzaron el portal.

2

La noche en que murió el universo y nació otro que ocupó su lugar tuvo tres testigos. Uno encontró la paz; otro, una nueva oportunidad; y el último solo lo sintió durante un nanosegundo.

Jan y Zofia entraron en su universo cogidos de la mano.

Se quedaron de pie en la habitación: la cama seguía deshecha, las botas tiradas por el suelo, el buró con el cajón del fracaso abierto.

Jan observó la estancia; ya no la reconocía como suya, era la de otra persona.

Apretó los dedos para aferrarse a la mano de su hija, que seguía a su lado. La contempló.

Zofia lloraba mirando al infinito, las lágrimas corrían por las arrugas de sus mejillas, sin embargo, sonreía: era feliz. Le había costado una vida, pero contra todo pronóstico, lo había logrado: había vuelto a casa y había salvado a su padre. Se giró y lo miró con ojos de niña.

—Gracias, papá.

Antes de que Jan pudiera responder, ella sintió un dolor en el vientre y sus piernas cedieron. Jan la tomó en sus brazos, se agachó para que parte de su cuerpo descansase en el suelo sin dejar de abrazarla.

—Papá, cui… cuida de mí…

—Siempre —sollozó él.

—Haz que todo… haya valido la pe…

—Te lo juro.

Ella alzó la mano para tocarle la mejilla, sintió la humedad de las lágrimas.

—No llores… viviré…

—Lo sé.

Zofia trató de esbozar una sonrisa.

—Papá, te quiero. Siem… Siempre te he queri…

—Y yo a ti, pequeña.

Ella lo miraba con el amor de una hija cuando sus ojos se perdieron en la eternidad. Su piel fue tornándose translúcida.

Sus labios al fin habían logrado dibujar una sonrisa.

Jan se quedó de rodillas, llorando y abrazando las prendas de ropa que no habían desaparecido en la corriente temporal.

—Te lo juro —musitó.

3

A tres kilómetros de allí, dormía Zofia un plácido sueño cuando, de pronto, casi se despertó. Había sentido algo parecido a un pop, como cuando la última pieza de un puzle de mil encaja por fin. No duró ni un nanosegundo.

Cambió de posición y se tapó más con el nórdico. Sonreía.