La ladrona de adoquines CAPÍTULO 45
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CAPÍTULO 45

La que nunca tuvimos

Jan se despertó en la cama del gimnasio y bostezó.

—Álvaro, ¿cuántas horas he dormido? —preguntó mientras se sentaba.

—Nueve horas, treinta y siete minutos y catorce segundos. Para ser humano eres un poco blando. Zofia se ha despertado hace tres horas.

Se puso de pie e ignoró la pulla de la IA.

—¿Cuánto falta para volver a mi tiempo?

—Veinticinco horas, catorce minutos y siete segundos.

A Jan le había sorprendido saber que para viajar en el tiempo se requiriera justamente eso: tiempo. Pero para saltar entre universos no.

Cuando habían abandonado Tierra Solo en casa , había dado por hecho que iría directo a su mundo.

Zofia le había dicho que para saltar por el tiempo tenía que recargar un no sé qué y alinear un agujero de no sé qué mierda, y que eso tardaría alrededor de treinta y seis horas.

Jan le había pedido que se lo explicara.

—Jan, usas calculadora para sumas de dos dígitos —había respondido ella—. ¿Qué te hace pensar que puedo explicarte cómo funciona esta máquina en dos frases? Estoy muerta de sueño, vete a la cama, hablamos luego.

A Jan le había molestado la respuesta. Se preguntó si él era tan borde con la gente. Llegó a la conclusión de que ni él ni su hija iban a ser nominados a Miss y Mister Simpatía 2026.

—Álvaro, ¿dónde está Zofia?

—Fuera.

Jan se quedó de piedra.

—¿Dónde coño estamos?

—En Tierra sin gilipollas .

—¿No estábamos viajando al pasado?

—No. Estamos preparando un agujero de gusano.

2

Jan salió al bosque de ese mundo con una taza de café en la mano. Lo primero que vio fueron los montículos de las ocho tumbas: el recordatorio de que, cuando volviese a casa, debería hacer las cosas bien.

Zofia fumaba sentada en la silla de plástico, con la cabeza echada atrás y los ojos cerrados, como si tomase el sol. Aunque estaba atardeciendo.

—¿Qué haces? —preguntó él, sentándose a su lado.

—Despedirme de este mundo.

Se incorporó y se agachó para tomar el paquete de Lechuza que reposaba en la hierba.

—¿Te gusta este lugar?

—Sí —contestó sin apartar la mirada de los árboles—. Es donde más tiempo he pasado en las últimas décadas.

Jan tomó un cigarrillo y lo encendió. La idea de que su hija hubiera pasado años ahí le resultaba abrumadora. Prefería cambiar de tema.

—Zofia —dijo al fin—, entiendo que me pusieras en forma, que me metieras conocimientos de artes marciales e idiomas y que me quitaras las ganas de beber. Pero hay dos cosas que sigo sin entender.

—¿Qué?

—¿Por qué me depilaste el torso?

Ella sonrió.

—Para que vieras los músculos —contestó como si fuera obvio.

—A mí me gustaba mi pelo.

—No, a nadie le gusta el pelo si tiene una tableta de chocolate. Te puse en forma porque, según diversos estudios del multiverso, la gente atractiva se suicida menos.

—¿Y por qué no me quitaste las ganas de fumar?

—Primero, por los análisis que te hice, que no existirán en tu tiempo hasta dentro de doce años: tu probabilidad de desarrollar cáncer es del 0,76 %. Y, segundo, me parecía una putada torturarte, ponerte a hacer deporte, soltarte en un mundo postapocalíptico y encima dejarte sin tabaco.

—Muy considerado por tu parte —ironizó.

—Pero yo que tú lo dejaría. Es un hábito repugnante —dijo, dando una calada a su cigarrillo.

—La última duda: cuando me tuviste encerrado a oscuras, lo que más me acojonó fue cuando me hiciste los moldes del oído.

—¿Y?

—Que si habías tenido a cuatro yos antes que a mí, ya tendrías los moldes hechos. ¿Para qué someterme a más estrés?

Ella soltó una risita que a Jan le recordó a Zofia cuando tenía cinco años y acababa de hacer alguna trastada.

—Tenía asuntos sin resolver con mi padre. Quizá lo hice solo por joder.

Se puso de pie, bostezó y estiró los brazos.

—Ven conmigo, tenemos que hablar unas cosas antes de volver a tu tiempo.

3

Faltaban veintitrés horas para regresar a su tierra.

Jan estaba sentado en la cocina, había traído una de las sillas del jardín.

Mientras esperaba que Zofia volviese del almacén cuántico se tomaba un café cargado y fumaba; nunca le habían sabido mejor los cigarrillos desde que había descubierto que a él no lo matarían.

Zofia entró en la habitación y se sentó frente a él con dificultad. Se notaba que le dolían las rodillas. Jan no entendía por qué no usaba las piernas robóticas que había empleado en el exterior.

Puso sobre la mesa un táper de plástico, muy poco glamuroso —pensó Jan—, para toda la compleja tecnología que lo rodeaba.

Zofia lo miró como si fuera un neandertal. Reflexionó cuál sería la forma más sencilla de explicarle lo que debía decirle.

—La física —comenzó— es muy caprichosa. Una vez te deje en el pasado, reiniciaré nuestro tiempo y cualquier cosa que sea del futuro de ese mundo desaparecerá. Vamos a formatear un universo.

Él asintió. Había visto Terminator y Regreso al futuro ; de momento la seguía.

Ella abrió el táper y sacó un pendrive .

—Toma. Aquí está Álvaro con toda la información que he recopilado en treinta años.

—¿Un pen ? —lo miró extrañado—. ¿Ahí cabe todo eso?

—Este pen no es uno que puedas comprar en Amazon en 2026. Lo he fabricado yo, igual que a Álvaro, pero con tecnología y materiales de otros universos, para que cuando reiniciemos el nuestro no desaparezcan.

—¿Cuántos teras tiene? —preguntó, por algo que sí alcanzaba a entender.

—Tiene dos petabytes .

—¿Eso es mucho?

—Sí, algo más —zanjó sin ninguna intención de darle números.

Sacó del táper una bolsa de tela que tintineaba. La abrió y desparramó con cuidado el contenido sobre la mesa: muchos anillos y pulseras.

—¿Qué es eso? —preguntó él.

—Oro. En todos los universos con humanos es la moneda más fiable. Aquí hay casi dos kilogramos, más o menos un millón de eslotis.

—Los audífonos que llevas no existen en tu tierra, aunque los hay similares.

Te costarán alrededor de diez mil eslotis cada uno.

Los que llevas ahora no desaparecerán con la corriente temporal, pero no quiero que existan en tu universo: si alguien los viera podrían llamar la atención de los de Tierra Hijos de Puta .

Te voy a dejar en el momento exacto en que te saqué, el veintitrés de diciembre a las doce en punto.

El día veintiocho, cuando hayan terminado las fiestas, ve a una tienda de audífonos, cómprate unos nuevos y destruye los que llevas. Entiérralos muy hondo en el jardín.

Él asintió. Estaba sorprendido por cómo ella había planificado todo al milímetro.

—El oro —continuó— ve vendiéndolo poco a poco, en diferentes casas de empeño, no más de veinte o treinta gramos por vez, para no llamar la atención de Hacienda. Que te paguen siempre en efectivo.

—Pero ¿para qué quiero tanto dinero?

—Para empezar, para comprarte ropa, que falta te hará con tu nuevo cuerpo. Luego, para los audífonos y el resto, por si acaso.

—Vale —zanjó él—. ¿Algo más?

—Sí, tu cuerpo. Si no vas al gimnasio perderás todo el trabajo que he hecho, así que cuídalo. Tus conocimientos de artes marciales y lingüísticos se mantendrán. Pero hay algo más, lo más importante.

—¿Qué?

Cogió el pen de la mesa y se lo mostró.

—Esto no es para ti. Es para tu Zofia. Tendrás que dármelo y contarme todo lo que has vivido estos días. Y convencerme de que, pase lo que pase, jamás vuelva a construir una máquina del tiempo.

—Zofia es muy pequeña para… —pensó Jan en voz alta. Dudaba que su hija pudiera cargar con esa historia.

—La conozco mejor que tú. Sabrá que ella y yo fuimos dos personas diferentes. No asumirá mis pecados como propios, pero necesita prepararse con ayuda de Álvaro, por si en el futuro los de Tierra Hijos de Puta deciden jodernos como al resto de los universos.

—¿No será mejor que se lo cuentes tú?

Ella sonrió con tristeza.

—Yo volveré contigo, aunque desapareceré en cuanto el universo se reinicie.

Hubo un silencio tan tenso que parecía que el tiempo se hubiera detenido. Jan la miró a los ojos; se le antojó más vieja de lo que realmente era.

—¿Cómo? —alcanzó a decir.

—Dos Zofias de un mismo universo no pueden coexistir en uno. Ella es la legítima dueña del presente y yo una anomalía temporal que deberá ser corregida.

—¿Y si no vuelves, podrías vivir en otra tierra?

—Podría —inspiró hondo—. Pero no quiero. Mi misión ha terminado y quiero volver a casa.

—¡Morirás! —dijo, poniéndose en pie.

—No. Viviré la vida que siempre quise a través de tu Zofia. Mi sabiduría está en el pen , pero mi yo será ella. Ese siempre fue el plan.

Jan sintió cómo se le comprimía el pecho y se le cerraba la garganta.

Se llevó las manos a la cara.

Lloró.

4

Faltaban dieciséis horas para volver a casa.

Jan tenía mucha mierda que procesar. Había tratado de convencer a Zofia de que no volviera a su universo, pero ella no iba a cambiar de opinión; era su hija, una gilipollas cabezota que, cuando tomaba una decisión, era incapaz de cambiarla.

Aunque se negaba a aceptarlo, entendía los motivos de Zofia.

Estaba sola en el mundo, era demasiado mayor ya para ir trotando entre universos y solo quería volver a casa y morir.

O, como ella lo había planteado, volver a empezar, limpia de recuerdos y de pecados.

Aquella mujer había sacrificado una vida para regalarse otra que jamás disfrutaría, o quizá sí.

Zofia, como científica, jamás lo aceptaría ni lo vería así, pero ella había hablado de su alma.

Jan caminaba sin rumbo por los corredores del almacén cuando llegó a la sección de golosinas. Pensó en su anciana hija, en la Navidad que nunca habían tenido.

Entonces decidió creer. Sería el mejor padre y hombre que pudiera; se aferraría a la idea de que las cuatro hijas que había enterrado y la anciana que iba a desaparecer vivirían para siempre en su Zofia. Seis hijas en una sola alma.

Agarró la bolsa de golosinas.

5

Zofia estaba en la sala de control. Desde que se había despertado, llevaba siete cafés. Era reconfortante saber que ya no debía preocuparse por el abuso de cafeína.

—Zofia, Jan pide que bajes al gimnasio.

Ella torció el gesto.

—¿Quiere volver a convencerme de que no me una a la corriente temporal?

—No. Parece haberlo aceptado.

—Entonces, ¿qué quiere? Que suba él, que a mí me duelen las piernas —se quejó.

—Es una sorpresa —dijo Álvaro con una voz juguetona—. He de decir que tu padre no es la persona más lista que he conocido, aunque sí tiene sus momentos.

—Dime qué tiene pensado —ordenó.

—No. Me ha pedido que no te lo diga.

—Yo soy tu programadora. Dímelo —espetó, molesta. No debió haberle dado una personalidad a la IA, pensó.

—No. Me programaste para ayudarte, protegerte y cuidar de ti. Así que baja, que tu padre te está esperando.

6

Zofia estaba muy molesta cuando llegó a la puerta del gimnasio. Estaba agotada y solo quería llegar a su destino, no pasearse por el edificio. Entonces vio la habitación. Jan había apartado la cinta de correr y las pesas; en su lugar había una pantalla holográfica.

Sobre las paredes que rodeaban la cama había dispuesto almohadas para darle la apariencia de un sofá. Sobre el colchón, a los lados, había boles con patatas de bolsa, palomitas, golosinas y algunas latas de refresco.

Jan estaba apoyado en la pared.

—¿Qué significa todo esto? —preguntó ella.

—Recuerdo que en mi mundo había quedado contigo para estar juntos en Navidad. Íbamos a pasar por la gasolinera a comprar guarradas y luego veríamos Gremlins y La jungla de cristal . Llego unas décadas tarde, pero aquí estoy.

Zofia tardó unos segundos en reaccionar. En sus labios apareció una mueca parecida a una sonrisa irónica que contrastaba con el brillo juvenil de sus ojos, en los que Jan vio con nitidez a su hija de quince años.

—Me parece un buen plan, aunque voy a cambiar la programación. Álvaro, pon La jungla de cristal 4 , de Tierra Hollywood .

—Pero si es malísima la cuatro —protestó Jan.

—No en ese universo. Ahí casi todas las secuelas son buenas. Álvaro tiene un catálogo increíble.

Durante las siguientes horas, padre e hija vieron La jungla de cristal 4 y 5, Indiana Jones 4 y Terminator 3 .

Jan levantó el brazo y ella se cobijó en el pecho de su padre.

Se rieron cuando John McClane, cargado con su nieto de menos de un año en una mano y una pistola en la otra, disparaba al villano mientras decía: « Yippee-ki-yay, motherfucker!

». Alucinaron al ver a Harrison Ford descubrir la ciudad perdida de Atlantis.

Comieron guarrerías como si no hubiera un mañana.

Y padre e hija, al fin, tuvieron su Navidad.