La ladrona de adoquines CAPÍTULO 44
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CAPÍTULO 44

Aleksander

Aleksander caminaba a paso rápido por Chmielna.

Llevaba una gabardina larga que le daba calor, pero sabía que a donde se dirigía la necesitaría por las fuertes rachas de viento.

Lo seguían cuatro guardaespaldas vestidos de paisano en formación de a dos.

Al llegar a la entrada de Varso Tower miró hacia arriba; le pareció poco estético.

En su Varsovia, en lugar de ese rascacielos se mantenían las edificaciones del siglo XVIII .

Su ciudad no tenía rascacielos en el centro, la zona financiera se había construido en el sur.

A lo largo de sus viajes por el multiverso se había dado cuenta de que su Varsovia era la más bonita, la única que no había sufrido una Segunda Guerra Mundial.

Entró en el vestíbulo. Sus lentillas le indicaban por dónde tenía que ir a través de un camino invisible. No tuvo que detenerse cuando el ascensor abrió sus puertas. Entró con sus hombres y estas se cerraron.

Había visto tantas Varsovias a lo largo de los años que no se detuvo a observar las vistas.

Se centró en su reflejo en el cristal. Tenía una buena complexión física; pese a sus cincuenta y dos años aún era un hombre fuerte, pero cualquiera que se fijara solo en su rostro pensaría que cargaba con una década de más.

Aleksander lo achacaba a que no tenía retos como investigador, la tecnología lo hacía todo demasiado fácil y eso lo aburría.

Las puertas se abrieron y salió a la azotea, donde una decena de policías custodiaba la zona, mientras algunos forenses tomaban pruebas. Había varios cadáveres repartidos por el suelo. Aunque a él solo le interesaban dos.

—¡No pueden estar aquí! —protestó uno de los agentes.

Aleksander lo ignoró y siguió caminando recto.

—¡Deténgase! ¡Le he dicho que…!

El policía cayó muerto. Antes de que el resto pudiera reaccionar, los guardaespaldas procedieron a eliminarlos. Solo se oían los gritos y el viento, dado que las armas de su mundo no emitían sonido alguno. Después de unos segundos, solo quedó el silencio.

Se acuclilló delante de un cuerpo con uniforme de guardia de seguridad. Sacó una caja negra del bolsillo interior de su gabardina y unas pinzas de color cobre con las que cogió una lentilla roja de la mejilla del cadáver. La colocó sobre la caja.

Las últimas imágenes que había visto el agente se proyectaron en sus lentillas. Todo en blanco durante diez minutos, sin audio. Retrocedió hasta que se oía el ruido del ascensor y ahí se acababa el vídeo. Frunció el ceño; era raro.

Con los dedos índice y corazón apretó el lóbulo de su oreja.

—¿Qué ha sucedido? —preguntó.

—Todas las imágenes de Varsovia desde las veintidós hasta las cuatro han sido eliminadas —contestó la IA con voz fría.

Aleksander se rascó la barbilla.

—¿Quién?

—No lo sabemos. Aunque en la azotea hay tecnología de dos universos que no corresponden a este.

Las lentillas le señalaron los alambres de UH265 y las porras de UH59.

Se puso de pie y caminó hacia uno de los vidrios del mirador, que daba al Palacio de la Cultura y la Ciencia.

—¿Tenemos constancia de que algún mundo haya desarrollado tecnología para viajar entre universos?

—Negativo.

—¿Y de que tengan una tecnología capaz de piratear nuestros dispositivos?

Eran preguntas cuyas respuestas ya conocía; tenían monitorizados todos los universos con humanos. Si alguien estuviera trabajando en algo así, lo sabrían.

—Negativo —respondió la IA, antes de añadir—: Por ahora.

—¿Qué quieres decir?

—La tecnología que han empleado contra nosotros está unas décadas por delante de la nuestra.

Aleksander sonrió. Por fin tenía un reto.

—Diles a todos los equipos que borren las pruebas de nuestra existencia y vuelvan a UH0 hasta nueva orden.