CAPÍTULO 43
Adiós
Estaban reunidos frente a la casa, preparados para despedirse mientras los niños correteaban por el jardín abandonado. Todos los que tenían o deseaban olvidar los últimos días ya habían tomado sus cápsulas.
—¿Cómo funciona esto? —le preguntó Zuzanna a Zofia.
—Cuando Jan y yo dejemos vuestro universo, se activarán. Estarán un poco aturdidos porque habrán saltado de El Matadero a aquí. Hazte la tonta y, cuando se enteren de que había una frecuencia, achaca la confusión a ella.
Zuzanna asintió. Le ofreció la mano a la anciana.
—Ha sido un placer estar contigo esta noche. Gracias por ayudar a salvar nuestro mundo.
Zofia miró su mano, extrañada; hacía mucho que nadie le ofrecía una. Tras unos segundos, la agarró y la estrechó.
—Cuida de tus niños y yo cuidaré del mío —señaló con la cabeza a su padre, que estaba a unos metros despidiéndose de los chicos.
Melania se tiró a los brazos de Jan y lo abrazó con fuerza.
—Cuando vuelvas a tu mundo, sígueme en Instagram, así descubrirás joyas como Lía en Navidad .
—Me abriré una cuenta solo por ti —sonrió él.
Ella se soltó y Antek le ofreció la mano.
—En tu tierra pásate por la sastrería de mi madre y pídele que te haga unas prendas decentes para dar clase. Seguro que así me caerás mejor.
Jan agarró la mano del muchacho y tiró de él para abrazarlo. Cuando lo soltó, dijo:
—No te prometo nada, salvo que no pienso volver a ponerme un chándal en la vida.
A Antek se le escapó una carcajada.
—Algo bueno has sacado de nuestro mundo.
Al final quedaron Tomek y Jan cara a cara.
—Gracias por salvar nuestra tierra —le dijo el chico.
—Gracias por salvarme tú… de los caníbales —puntualizó con una sonrisa.
Se abrazaron.
—Haz lo que puedas por tu Tomek —susurró.
—Haré mucho más que eso.
Estudiante y profesor se separaron sin apartar la mirada el uno del otro.
—¡Mueve el culo, Jan! —ordenó Zofia desde la puerta—. ¡Que esto parece el final de El mago de Oz !
Jan sonrió. Abrazó a Zuzanna y entró en la casa. La puerta se cerró con un clic. Dos segundos después, el edificio desapareció en un pestañeo, dejando a la vista las ruinas del anterior.
—Buena suerte, Jan —susurró Melania.
—¡¿Qué hacemos en la calle?! —gritó histérica Ola.
Los cuatro que no habían tomado la cápsula sonrieron un momento y, después, se voltearon hacia ella.
2
Había sido difícil hacerles entender a Adam y Ola que todo había terminado; por suerte, Tomek llevaba su radio de bolsillo.
Todas las emisoras hablaban de lo mismo.
Nadie sabía lo que había sucedido. Los servicios de emergencia estaban desbordados por la ola de suicidios que se estaba produciendo.
Lo único positivo era que grupos de niños y adolescentes que se habían estado ocultando en bosques, casas abandonadas y alcantarillas estaban saliendo a la luz gracias a las transmisiones de radio.
Nadie quería hablar de cifras de víctimas, que debían de ser incalculables. Aunque ya habría tiempo para hacer números e intentar descubrir lo que había ocurrido.
«Suerte con ello», pensó Tomek.
Algunos periodistas y políticos empezaban a buscar culpables en oriente, mientras que estos hacían lo mismo con occidente. El futuro no pintaba bien, pero siendo realistas, pintaba mejor que el día anterior, había dicho Antek.
Cuando Ola y Adam estuvieron convencidos de que la tragedia había terminado, dijeron que iban a llevar a los niños con sus familias.
A todos les pareció justo que fueran ellos, al fin y al cabo, eran quienes más habían hecho por los críos y se merecían ese momento.
Si bien Zuzanna les pidió quedarse solo con Julek para llevarlo a su casa.
Los cuatro y el niño caminaban por la calle Jasna a paso tranquilo. Los adultos con los que se topaban se cambiaban de acera o tomaban otra calle. Aunque no fuesen culpables, cargaban con el peso de la vergüenza.
3
Iwona estaba en su jardín, sentada sobre el césped.
Lloraba y temblaba abrazada a sus rodillas.
Su marido se había quedado en el interior de la casa, encerrado en el baño.
No quería ver a su esposa. El día en que todo empezó, fue ella la que estaba con el niño.
Sabía que no era culpa suya, pero necesitaba odiarla.
Aquel día su hijo jugaba en el jardín mientras ella cocinaba.
Cortaba una rodaja de limón para echarla al té cuando lo sintió: odio.
Levantó la vista y vio al niño jugando con Lajka, una pastora alemana de diez años.
Iwona no soltó el cuchillo, solo caminó hacia él, que reía; la vena de su cuello latía de forma intermitente.
Ella solo deseaba seccionarla y ver cómo el niño se apagaba.
La perra debió de sentir ese mal, porque puso su cuerpo delante del crío. Cuando ella intentó atacarlo, Lajka la mordió.
Consiguió ponerse encima del animal y acuchillarlo en el abdomen tres veces. El niño la contempló aterrorizado y dio unos pasos hacia atrás.
—¡No te muevas! —le había gritado con una voz más semejante a la de un animal rabioso que a la de una madre—. ¡Ahora vas tú!
Su hijo, aterrado, había echado a correr hacia el bosque. Ella lo persiguió, pero no lo encontró.
Desde que había despertado de aquella pesadilla de seis meses, la secuencia se repetía en su mente una y otra vez: los ojos de su niño. Jamás había visto ese terror en ellos.
Miró el bosque donde había desaparecido su pequeño. ¿Quién lo habría encontrado? ¿Y qué le habría hecho? Merecía morir. Qué clase de madre le haría eso a su propio hijo. No le importaba que todo el planeta estuviera sufriendo lo mismo; eso no era consuelo para nadie.
Se tapó el rostro. No supo cuántos minutos estuvo así.
—¿Mamá? —preguntó una voz. Había miedo en ella.
Levantó la vista para enfrentarse de nuevo a sus fantasmas y entonces vio a Julek. Estaba más alto, más mayor. Detrás de él había cuatro adolescentes con chándal. Debía de estar soñando.
—¿Mamá? —repitió el niño.
—¿Julek? —dijo ella.
Él asintió y se acercó. La miró desde arriba y con el pulgar le limpió la lágrima del ojo.
—¿Por qué lloras? —preguntó mientras señalaba a los cuatro adolescentes—. Ellos me han dicho que te has curado.
Al oír la voz de su hijo, supo que no era un sueño. Era su Julek. Soltó un grito y lo abrazó por la cintura.
—¡Estás vivo! ¿Cómo?
Él la abrazó con más fuerza y lloró de pura felicidad. Su mamá estaba curada.
—Ellos me han cuidado.
La mujer los miró con los ojos llenos de lágrimas y alcanzó a balbucear algo que parecía un gracias.
Entonces el padre, alertado por el ruido, salió de la casa, vio a su hijo y echó a correr con torpeza hacia él.
Los cuatro adolescentes no pudieron evitar emocionarse también. Habían visto horrores que jamás podrían olvidar. Pero, por un momento, ver a esa familia reunida y fundida en un abrazo los reconfortó.
4
Después de que Zuzanna les explicase a los padres de Julek que su hijo había estado viviendo en las alcantarillas de la ciudad con otros niños y que había tenido una neumonía hacía poco, se marcharon, pero no sin antes prometerle al niño que volverían a visitarlo de vez en cuando.
Los cuatro caminaban satisfechos por una calle arbolada.
—¿Qué vais a hacer ahora? —preguntó Melania, que no soltaba la mano de Antek—. Yo me voy a casa, quiero ver a mi madre, que tiene que estar de los nervios.
—Yo también quiero ver a la mía… y quitarme este chándal —contestó Antek.
Todos rieron.
—¿Tomek, te vienes conmigo? —continuó—. Mi madre estará encantada de que te quedes con nosotros.
—No —se adelantó Zuzanna—. Tomek se viene a vivir conmigo. Durante unas noches nos quedaremos con mis padres y luego compartiremos piso.
—¿Cuándo has decidido todo eso? —preguntó Tomek.
—Cuando la vida decidió que necesitabas una hermana mayor. Cuando vuelva a abrir el instituto, los tres vais de cabeza y lo termináis. Y me voy a ocupar de que Tomek apruebe todo.
—¿En serio me quieres meter en la escuela después de haber sobrevivido a un apocalipsis?
—Sí, hasta que se te quite la tontería del terraplanismo. Ah, y otra cosa: viviremos juntos y no tendremos a Antek, así que ni sueñes con que voy a lavarte la ropa.
—Joder —se quejó él, riendo.
Los cuatro se alejaron hasta perderse en Kamienna Puszcza.