La ladrona de adoquines CAPÍTULO 42
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CAPÍTULO 42

Consecuencias

Jan y Tomek estaban sentados en la última plataforma, con los pies colgando. Si alguna vez habían sufrido de mal de alturas, la experiencia de la última hora los había curado para el resto de sus vidas.

Estaban en silencio, observando la ciudad, que ahora parecía haberse sumido en la calma, aunque estaban demasiado lejos para ver las consecuencias de lo que habían provocado.

—Me alegra comunicarte —dijo Álvaro— que acabo de eliminar la última frecuencia en Australia. El planeta está libre.

«¿Libre?», pensó Jan. Aquel mundo no volvería a serlo hasta que no quedase nadie que recordara los días de la frecuencia.

Pensó en sus suegros caníbales, en los soldados y policías reconvertidos en cazadores de niños, en los profesores que habían participado en las carnicerías del primer día, en los padres que habían sido los brazos ejecutores.

Ese mundo iba a necesitar un puto milagro para reponerse.

—¿Jan? —dijo Tomek.

Jan se encendió un cigarrillo.

—¿Sí?

—Mira el horizonte.

Estaba comenzando a amanecer.

—¿A cuántos metros estamos? —preguntó el muchacho.

—Trescientos cincuenta, más o menos. ¿Por?

—Mira la línea del horizonte. Es completamente plana.

Jan sonrió. No quiso discutir: Tomek podía ser un capullo y un terraplanista, pero cuando el mundo necesitaba ser salvado, ese chaval le había echado huevos.

Lanzó la colilla al vacío y se puso de pie.

—Vámonos —dijo—. Pero te digo una cosa: eres un capullo.

Le ofreció la mano para ayudarlo a levantarse.

Tomek la aceptó y sonrió con complicidad.

2

Antek parecía concentrado mientras vendaba el brazo de Melania. Había dejado de sangrar; luego Zuzanna debería encargarse de ponerle puntos.

—¿Qué tal estoy, doctor? —preguntó ella.

Antek la miró: la tez llena de salpicaduras de sangre seca, el pelo despeinado y el flequillo pegado a la frente por el sudor. Sonrió.

—Estás perfecta.

—Tú también.

Antek miró su ropa rota y sucia.

—Cuando me quite este chándal lo esta…

Ella lo besó. Esta vez fue dulce y largo.

Se separaron unos milímetros y él susurró:

—Tienes que dejar que te bese yo primero.

—Eres muy lento, llevo seis meses mandándote señales.

Él sonrió y la besó de nuevo.

—Iros a un hotel —dijo Jan, que bajaba por la escalerilla.

Se separaron como si los hubiesen atrapado sus padres. Tomek llegó, dio un salto en los últimos peldaños y miró a sus amigos.

—¡Ya era hora, Antek! —lo felicitó.

Ella rio.

—Nada —se burló Jan— como enfrentarte a una horda de asesinos para animar al chaval. Ahora volvamos a casa.

3

Álvaro les envió un ascensor. Cuando cruzaban la azotea, entre cadáveres y personas recién salidas del trance, no dijeron nada.

Melania se fijó en varios de ellos, pero hubo uno que le llamó la atención: un hombre con gafas de la edad de Jan, sentado en el suelo, que sostenía una fotografía entre los dedos temblorosos, negaba con la cabeza y musitaba con voz entrecortada: «lo siento».

Cuando llegaron al hall la situación era todavía peor. Había varias personas gritando, como si las estuvieran desgarrando por dentro. Los que más impresionaron a Tomek fueron los que estaban en silencio con la mirada perdida: muertos en vida.

4

—Álvaro está restableciendo las comunicaciones —dijo Zofia—. En diez minutos os mandamos un Stela.

Los cuatro caminaban por el centro, donde el ambiente no difería en nada del de la azotea y el hall . Todas las personas con las que se cruzaban parecían afectadas en mayor o menor medida.

«No todos habrán asesinado —pensó Jan—, aunque todos lo han deseado durante seis meses».

En la calle había un cartel que rezaba: Kebab 24 horas.

—¿Tenéis dinero? —preguntó Tomek.

Antek sacó del bolsillo una cartera de piel que no combinaba en absoluto con su ropa.

—Claro.

—No jodas —dijo sorprendido Tomek—. Yo me deshice de la mía el primer día.

—Mal pensado. Ahora vas a tener un follón de narices para renovar el carné de identidad.

5

Ahmed, tunecino de nacimiento, estaba solo en su local.

Acababa de despertar de un trance suave; recordaba haber sentido odio por los niños, pero como pasaba la mayor parte del tiempo en su restaurante, no había tenido la oportunidad de ver ninguno durante los últimos meses; hasta que entraron tres adolescentes en su kebab.

Los miró con desconfianza: iban con un adulto que debía de ser su padre.

Los cuatro llevaban chándales negros, como si pertenecieran a una secta de fanáticos del fitness . Además, estaban un poco andrajosos.

—Buenas, caballero —dijo uno de los chicos—. Cuatro kebabs.

Otro de los chicos, el que le daba la mano a la única muchacha, dio un paso hasta el mostrador.

—Dos kebabs y dos falafels —corrigió.

La chica, que se había quedado tras él, soltó una risita.

Ahmed los miró. Una venta es una venta, y esa noche no iba a hacer mucha caja, lo sabía.

—¿Para comer aquí o para llevar?

6

Álvaro los recogió con un Stela a los diez minutos. Jan agradeció que esta vez condujera con calma.

La señal de tráfico verde indicó que habían llegado a Kamienna Puszcza. Giró la cabeza: Antek y Melania dormían. A su lado, Tomek también roncaba.

Jan sonrió .