CAPÍTULO 39
La aguja
En la azotea de la Varso Tower las ramas de los árboles del jardín se agitaban nerviosas. Mientras Melania ayudaba a Antek a ponerse en pie y Tomek hacía lo propio, Jan alzó la vista hacia la aguja que se elevaba sobre ellos.
Desde abajo parecía aún más alta. El mástil metálico se alzaba desde una de las esquinas, una prolongación de ochenta metros del rascacielos, estrechándose poco a poco hacia el cielo.
No era una pieza decorativa: era una estructura técnica, formada por segmentos de acero ensamblados, antenas, plataformas y cables tensores que la mantenían firme contra el viento.
Las luces de señalización parpadeaban a intervalos regulares a lo largo de la estructura.
Se podían distinguir los anillos metálicos y los tramos de mantenimiento, pequeñas plataformas donde los técnicos podían trabajar cuando era necesario.
Y, al final, la punta de acero con una plataforma que se le antojó ridícula: a duras penas cabría una sola persona de pie.
—Zofia, ¿dónde está la caja? —preguntó.
—En la punta.
—Cómo no.
—A trescientos diez metros de altura —puntualizó ella—, con rachas de viento de cuarenta kilómetros por hora.
—Me cago en la puta.
—Jan, quedan tres plantas para que empiecen a llegar los adultos.
—Vale —se giró para ver a los chicos—. Tenemos que subir.
Antek observó la estructura.
—No sé si podré, me han roto el brazo.
Se oyeron los gritos, no tan lejanos, de los adultos que subían por las escaleras.
—Creo que con un brazo me apaño.
Los cuatro corrieron hacia la aguja.
2
En la sala de control, Álvaro había dispuesto en el centro un holograma de la azotea y la aguja, alimentado por las moscas que escaneaban todo lo que sucedía.
Mostraba a Jan agachado sobre la base de la antena: se aferraba al brazo bueno de Antek y tiraba de él mientras Tomek empujaba desde abajo. Melania estaba junto a Jan.
Zofia se acercó a la mesa, dio una calada a lo que quedaba de su cigarrillo y lo lanzó en una taza de café que ya estaba medio llena de colillas. Volvió al holograma y vio cómo empezaban a salir por la puerta los primeros adultos.
—Ya están aquí, id rápido.
Jan y los chicos comenzaron a correr hacia la escalerilla de la antena.
Zuzanna cogió el paquete de Lechuza y encendió un cigarrillo. Le temblaban las manos. Contemplaba la imagen sin decir nada.
3
Jan se giró desde la plataforma para ver cómo entraban en tromba los infectados.
—¡A por ellos! —gritaba un cincuentón con una navaja en la mano.
Un policía apuntó con su pistola y disparó, pero falló cuando una mujer rubia le cortó la mano de un tajo con un cuchillo de carnicero.
—¡Son míos! —berreó con la voz rota.
No paraba de entrar gente que iba directo hacia las paredes de la plataforma.
Jan se dio la vuelta. Antek, en la escalera de mano, ya estaba enfilado hacia la segunda plataforma, un disco a diez metros de altura, pero iba lento con un solo brazo. Melania ya había llegado y le ofreció la mano para ayudarlo. Al principio de las escaleras lo esperaba Tomek.
—¡Sube! —le ordenó al llegar.
Tomek trepó con rapidez y Jan lo siguió.
En cuanto llegó a la plataforma miró a sus pies. Los infectados empezaban a subir con desesperación; el primero era un hombre de treinta años con el mango de un cuchillo entre los dientes.
—¡Jan! —gritó Melania, haciendo que su voz se impusiera a los gritos de los que conquistaban la azotea.
—¿Qué?
Le ofreció las mochilas de Antek y la suya, donde estaban las cajitas de herramientas, las granadas y los botiquines.
—Antek no puede hacerlo —dijo—. Vosotros llegad a la cima y parad esto.
—¿Y vosotros? —protestó Tomek.
Antek levantó su porra con la mano sana y sonrió.
—Nosotros protegeremos esta plataforma. Así que corre.
—¡Mierda! —lo miró a los ojos—. ¡Si os matan me voy a cabrear!
Agarró las mochilas, le dio una a Jan y ambos empezaron a trepar.
Melania y Antek se asomaron por el hueco de las escaleras, los infectados trepaban furiosos. Encendieron el modo KO de sus porras y se miraron.
—Melania —dijo él—, puedo con los adultos, vete con Tom…
No terminó la frase. Ella lo agarró de la nuca, dio un paso al frente y, por un instante, el mundo se detuvo y el caos a su alrededor desapareció.
El beso fue húmedo y fugaz. A él casi se le cae la porra del susto. Melania apartó unos centímetros sus labios de los de él y susurró:
—Ya que no has tenido la decencia de besarme primero, tenla para no morir y llevarme a comer un falafel.
Él asintió atontado.
Se separaron y blandieron sus armas.
En cuanto apareció la primera cabeza por el hueco de la plataforma, Melania le dio un porrazo y el hombre cayó al vacío, electrocutado. El segundo golpe lo lanzó Antek mientras murmuraba con una sonrisa:
—Jódete, Patrick Swayze.
4
Zofia y Zuzanna se quedaron mudas cuando vieron cómo los pequeños hologramas de Antek y Melania se besaban y luego comenzaban a repartir porrazos.
—Guau —dijo Álvaro con voz jocosa—, esta nueva Melania me está encantando.
Las dos se miraron. Zofia levantó los hombros y volvió al holograma. Jan y Tomek estaban alcanzando la tercera plataforma.
—Zofia —alertó Álvaro, serio—. Tenemos problemas.
5
Tomek se aferraba con fuerza a cada peldaño; no soltaba uno si no había agarrado otro.
Las ráfagas de viento lo empujaban al vacío.
La torre y los cables vibraban con fuerza a esa altura.
Pese a no tener vértigo, se obligaba a mirar hacia la punta de la aguja; tenía pánico de bloquearse al ver el vacío de trescientos metros. Jan lo seguía abajo.
—Tenemos un problema —alertó Zofia.
—¿Qué coño pasa ahora?
—Un helicóptero del ejército llegará a vosotros en menos de sesenta segundos.
—Mierda —maldijo mientras llegaba a la última plataforma. Ya no había protecciones, sino un tubo de acero hacia el cielo de más de cuatrocientos escalones. No llegarían a la cima antes de que los interceptaran.
—¿Qué pasa? —preguntó Tomek.
—Viene un helicóptero.
Tomek abrió los ojos. Por el este llegaba una aeronave verde militar de unos veinte metros.
—¡Estamos jodidos!
—Es un PZL W-3 Sokół —explicó Álvaro—. No lleva armas incorporadas, se utiliza para misiones de rescate. Lleva dos pilotos y un soldado en el pasaje.
El vehículo se colocó delante de ellos y viró hasta ponerse de lado. El sonido del rotor anuló el de los adultos de abajo.
Se aferraron con fuerza a los peldaños. No había barandilla en la quinta plataforma y era la más estrecha de las que habían cruzado.
La compuerta del helicóptero se abrió. Tras ella había un soldado riendo enloquecido con una ametralladora entre las manos.
Jan agarró a Tomek del hombro para ocultarlo detrás del tubo.
—¡Yo lo distraeré, tú sube! —le gritó.
Una ráfaga de metralla impactó en la aguja. Se agacharon por instinto.
El helicóptero corrigió su posición para ponerse frente a ellos. Se movieron rápido para que el tirador no tuviera ángulo.
—¡Pero te matará! —protestó Tomek.
—¡La única forma de pararlos es acabar con la frecuencia!
Sin esperar réplica, Jan se dejó caer por el hueco de las escaleras y bajó rápido.
El helicóptero reaccionó y corrigió la altitud para ponerse a su altura.
Tomek, de rodillas, abrió la mochila de Melania buscando la caja de los alambres, pero dio con otra cosa.
Una ráfaga de metralla impactó a unos metros por debajo de los pies de Jan. El tirador gritó algo al piloto y la nave se estabilizó.
Tomek, en su plataforma, miró hacia la parte más alta de la aguja y luego hacia abajo, donde Jan ya estaba indefenso.
—¡A la mierda! —se dijo.
Se puso de pie frente al helicóptero, exponiendo su cuerpo al viento que lanzaba la nave, ofreciendo un tiro fácil.
—¡Hijos de puta! —gritó con todas sus fuerzas mientras se golpeaba el pecho con la mano.
Era imposible que lo hubieran oído, pero sí lo vieron. El helicóptero se elevó unos metros.
—¡Noooooo! —gritó Jan.
Tomek lo miró desde arriba con solemnidad.
—¡No lo hagas! —suplicó Jan.
Cuando el cañón apuntó a Tomek, este sonrió. Llevaba una granada sónica en la mano. Se soltó un segundo del peldaño y la lanzó como si fuera un jugador de béisbol, confiando en que Álvaro lo estuviera monitorizando todo.
Se lanzó por el hueco de la escalera.
¡brOOOM!
Tomek no tuvo tiempo de agarrarse a ningún peldaño y se precipitó al abismo.
Las hélices del helicóptero se pararon y el armatoste de cuatro toneladas cayó al vacío como un peso muerto. La cola golpeó la fachada, desgarrando parte del cristal del rascacielos. Al tocar el suelo, una explosión reventó la cristalera del hall .
La bola de fuego llegó hasta la séptima planta.
6
Zuzanna gritó y se tapó el rostro con las manos. Había visto a Tomek caer de la aguja. ¿Por qué lo había hecho? No podía contener las lágrimas.
—Mira el holograma —le dijo Zofia con voz fría.
Zuzanna abrió los ojos. Jan estaba sujeto de una sola mano a uno de los peldaños, azotado por el viento. Con la otra agarraba a Tomek del brazo, que colgaba en el vacío.
7
—¡Tú eres subnormal! —dijo Jan mientras tiraba de él.
Tomek consiguió agarrarse de nuevo a la escalera y se quedó unos segundos jadeando.
—¿No me digas que no te ha molado? —dijo al fin, con la voz entrecortada.
—Te juro que cuando acabemos con esta mierda de frecuencia te voy a patear el culo hasta Kamienna Puszcza.
Los dos volvieron a trepar. Cuando estuvieron en la última escalera hacia la aguja, enfilaron hacia el cielo.
8
La explosión del helicóptero había hecho temblar la torre de la base a la punta. Melania y Antek habían perdido el equilibrio y caído al suelo.
Los infectados entraron en tropel en la plataforma. Antes de que alguno los alcanzara, ellos se irguieron de nuevo y, espalda contra espalda, empezaron a lanzar porrazos a la desesperada.
9
Tomek llegó hasta la cima. Jan lo seguía.
—¡Dile que introduzca uno de los alambres verdes por la ranura lateral! —ordenó Zofia.
Jan golpeó la pierna de Tomek para llamar su atención.
—¡Que metas uno de los verdes por la ranura! —gritó para hacerse oír entre el vendaval.
Tomek observó la caja un segundo. Había un hueco. Sacó uno de los alambres del bolsillo y, con la mano temblando, lo introdujo. El metal se destensó y entró con suavidad en el aparato.
—Fin de la frecuencia en nueve, ocho —informó Álvaro.
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Una cuchillada rajó el brazo de Melania y su porra cayó al suelo. Gritó. Antek la agarró y en un movimiento la puso detrás de él. Estaban rodeados.
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—cinco, cuatro —decía Álvaro.
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Un infectado agarró a Melania de los pelos y la lanzó contra el suelo. Antek le golpeó el rostro con la esfera. Entonces recibió un impacto en la espalda y cayó sobre ella.
Frente a ellos, una mujer de cuarenta años muy maquillada, con un cuchillo de carnicero, levantó el brazo.
—¡Os voy a hacer lo que no le hice a mi Julia!
Tras ella había más infectados.
Antek miró a Melania y la abrazó protegiéndola con su cuerpo.
13
Clic.