La ladrona de adoquines CAPÍTULO 40
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CAPÍTULO 40

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Las venas rojas de los ojos de Kasia se aquietaron por un instante; retrocedieron hacia el interior del iris hasta desaparecer para siempre en el negro. Su esclerótica volvió a ser blanca, como hacía seis meses. Sintió los golpes del helado viento en su rostro.

Despertó del trance, confusa. Mantenía una postura rígida, casi imposible, como la de un maniquí: una pierna flexionada, el tronco inclinado hacia delante y el brazo en alto.

Miró su mano.

«¿Qué…?», pensó al ver el cuchillo de carnicero.

Después giró la cabeza y vio a dos adolescentes en el suelo: la chica sangraba por el brazo y el chico la protegía con su cuerpo. Sus pensamientos llegaban desordenados, como tras una pesadilla.

«¿Por qué están tan asustados?».

Intentó entender, pero la respuesta no llegaba. Aún no.

Se fijó en la tez de la joven. Le recordó a la de Julia.

Su Julia.

—No… —balbuceó—. No, no…

El mango del cuchillo se deslizó de sus dedos y golpeó el metal de la plataforma.

Crac.

—No…

Cerró los ojos.

Entonces, desde lo más profundo de su mente, oyó el borboteo del agua del grifo golpeando la superficie de la bañera. Vio un piececito indefenso retirarse al sentir el calor. Sintió la humedad densa del vapor en el rostro.

Y el grito.

El grito de un bebé.

Se llevó las manos a la boca.

Cayó de rodillas sobre la plataforma, sin notar cómo las chapas de metal le rasgaban la piel.

Abrió los ojos, rotos, y miró a los chicos frente a ella.

—¡Nooooo! —gritó.

Los dos se incorporaron como pudieron, observándola con angustia. El viento agitaba sus cabellos con violencia, como miles de pequeños látigos castigándola. Bajo sus ojos, los surcos profundos de las lágrimas.

Crac.

Agua hirviendo, golpeando la cerámica. Una esponja con forma de patito. Ojos pequeños llenos de dolor e incomprensión. Un grito infinito, suplicante.

Crac.

—¿Qué he…? —las palabras murieron en sus labios.

Kasia se aferró a la barandilla, se puso en pie y buscó aire desesperadamente.

—No… no…

Miró hacia abajo. El vacío. La nada absoluta.

Grito. Agua. Vapor.

Volvió la vista hacia los chicos.

—Lo siento…

No terminó la frase.

Grito. Agua. Vapor.

Se dejó caer hacia el abismo, buscando silencio en el asfalto, trescientos metros más abajo.

Lo último que vio fue el rostro y la mano extendida del muchacho que intentaba sujetarla.

Crac.