La ladrona de adoquines CAPÍTULO 38
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CAPÍTULO 38

Los otros

El viaje en ascensor se le hizo largo, pese a los ridículos treinta y cinco segundos que duró el trayecto: doscientos treinta metros desde el vestíbulo hasta el mirador.

Jan dio un paso hasta la vidriera. Cientos de personas y coches se dirigían hacia el edificio. Estaban jodidos si no terminaban con la frecuencia.

—Álvaro acaba de cortar toda la red móvil de Varsovia —dijo Zofia—, pero llegamos tarde. Media ciudad, la policía y el ejército van a por vosotros.

Jan tragó saliva y enmudeció.

Conforme ascendían, Antek, Melania y Tomek se colocaron a su lado, con los ojos abiertos, admirando el extenso tamaño de la urbe.

A través del cristal del ascensor, las largas líneas verticales de la fachada descendían a toda velocidad, reflejando los destellos de farolas, sirenas y luces de coches como rayos que atravesaban el aire.

El Palacio de la Cultura y la Ciencia dominaba el centro: una construcción que recordaba al Empire State, bastante más baja, pero con una base masiva que se apropiaba de la mayor parte de la plaza central.

A lo lejos, la Ciudad Vieja aparecía compacta y rojiza, con torres que sobresalían entre la malla de calles y plazas, y cada ventana era un farol diminuto encendido en la distancia.

Sus techos de tejas iluminados y su luz se proyectaban en el río como un espejo líquido que devolvía los reflejos a los bosques de la orilla.

Más al este, el Estadio Nacional brillaba con luces rojas y blancas que parpadeaban rítmicamente, reflejándose en el Vístula.

A medida que ascendían, se distinguían los barrios más alejados: Praga, Wawer o Rembertów.

Jan se preguntó si los hípsters de Saska Kępa seguirían tomando vino en las terrazas, si los ancianos de Mokotów estaban en sus camas, o si los alcohólicos de Grochów ya dormían la mona; o si, por el contrario, se habían unido a los miles de personas que corrían hacia ellos para matarlos.

Sonrió al pensar en los del barrio de Wilanów: esos subnormales vendrían a tocar los huevos con o sin frecuencia.

—Ping —sonó la alerta de que habían llegado.

Las puertas se abrieron al mirador mientras ellos salían de su cápsula de cristal suspendida sobre Varsovia.

Lo primero que vio Melania fue un moderno jardín en el centro: un cuadrado de bancos de madera clara y ancha que custodiaba en su interior árboles y arbustos que no parecían polacos; le recordaban a los de las portadas de una saga de samuráis que había leído hacía un año.

El resto del espacio estaba dedicado a la ciudad, con mamparas transparentes de dos metros de altura que nacían a ras de suelo y debían de provocar pánico entre los turistas que sufrieran de vértigo.

Dieron unos pasos hacia el interior cuando dos figuras salieron del jardín. Dos vigilantes de seguridad, aunque por el pelo rapado y lo ajustado del uniforme, que marcaba una musculatura definida y grande, parecían más soldados. Uno de ellos los vio, pero para sorpresa de todos no los atacó.

—¿Qué hacéis aquí? Esto es una zona restringida —dijo, molesto.

—Está prohibido que subáis —añadió el otro, dando un par de pasos al frente. Sus ojos eran rojos.

Tomek miró a Jan sin entender por qué no los atacaban.

Una de las moscas rodeó a los sujetos analizándolos y reparó en los oídos de uno, que llevaba un tapón de plástico. Lo escaneó.

—¡Jan! —gritó Zofia—. ¡Mátalos!

—¿Por qué? —contestó.

Entonces uno de los vigilantes reparó en el adulto.

—Tienes los ojos muy blancos —dijo.

—¡Jan! —alertó Zofia—. ¡No son de este universo!

El otro vigilante observó las porras.

—Bonitas armas. ¿De dónde las habéis sacado?

Jan tenía todos los músculos en tensión.

—No hagáis nada —les dijo a los muchachos—. Yo me ocupo.

Corrió hacia el guardia más cercano y le arreó un puñetazo rápido al rostro. El guardia lo esquivó y retrocedió un paso, sonriendo. Jan lanzó una patada; el hombre la bloqueó con el antebrazo y le golpeó la cara de vuelta. Jan respondió con un codazo que fue repelido con la misma facilidad.

Lanzó una patada giratoria; el guardia se agachó a tiempo y le golpeó en la entrepierna. Jan cayó contra el suelo de piedra. Rodó, se incorporó, pero antes de poder reaccionar, recibió una patada en las costillas que lo dejó de espaldas.

—¡Rápido! —gritó Tomek, saltando hacia la pelea.

El segundo guardia, que hasta ese momento solo observaba divertido, se interpuso.

Golpeó a Tomek en el esternón con la palma de la mano; el muchacho cayó de rodillas, llevándose las manos al pecho.

Antek intentó atacar por detrás, pero el guardia se giró veloz, le sujetó la muñeca y le asestó un golpe seco: un crujido hizo que Antek gritara.

Melania trató de intervenir con su porra, pero el guardia la esquivó y le dio un puñetazo en el pecho.

La inercia la hizo tropezar hacia atrás contra un banco de madera y cayó sobre los arbustos, golpeando las raíces duras.

Jan se levantó respirando con fuerza. Los tres chicos estaban en el suelo.

—¡No os mováis! —dijo uno de los guardias.

—Tú —señaló el otro con el dedo a Jan, que se ponía en pie—. Has estado en UH345, ¿no? Usas esos chips de conocimiento, te has instalado artes marciales. Quizás con eso impresionas a los neandertales de aquí, pero en nuestro universo manejamos cosas mejores. ¿De cuál eres tú?

—No le digas nada —susurró Zofia—. O pondrás en peligro el nuestro.

—¿Vosotros sois los que habéis provocado esto? —preguntó Jan.

—Si te refieres a lo de los adultos asesinos, obvio —contestó, como si la pregunta le molestara.

Jan palpó el bolsillo del chándal. Aún tenía la cajita de herramientas. Se puso en posición de lucha.

El guardia puso las manos en la cintura y negó con la cabeza.

—¿No había quedado claro que no podías ganar?

—Ya —se burló Jan—, pero en mi universo nos hacemos llamar Tierra de Gilipollas . No sabemos cuándo parar.

El guardia rio con ganas.

—Vamos, que mis jefes te querrán vivo para interrogarte.

Jan no esperó. Corrió hacia él; el guardia se puso en posición para darle una patada y Jan hizo algo inesperado: levantó el antebrazo para frenar el golpe en lugar de esquivarlo. La potencia lo lanzó rodando unos metros, pero cayó bien y se puso de pie de un salto.

—Sí que sois gilipollas en vuestro universo —se burló el guardia.

—¿Álvaro? —preguntó Jan—. ¿Lo tienes?

—Sí —contestó la IA.

—¿Con quién hablas? —preguntó el guardia.

Entonces notó unos calambres en la pierna con la que había pateado a Jan. Había unos alfileres de colores clavados en ella.

—¡Mierda! —chilló.

Se agachó para arrancárselos, pero estos se destensaron y se filtraron por su piel hasta desaparecer. Le clavó los ojos a Jan con rabia.

—¡Hijo de p…!

Su cabeza explotó como una sandía al caer al suelo.

El otro guardia echó a correr hacia Jan y le lanzó un puñetazo que este esquivó. La lucha era muy desigual: Jan paraba golpes y el otro los lanzaba. No sabía cuánto podría aguantar.

Melania consiguió ponerse en pie entre los arbustos.

Le dolía el pecho como nunca, el muy cabrón la había golpeado con ganas.

Vio a Antek agarrándose el brazo en el suelo y a Jan defendiéndose como podía.

Estaba enfadada como jamás lo había estado: Antek herido, Tomek herido, su mundo roto y encima le dolían los pechos.

Agarró la porra y, con paso tranquilo y deliberado, se acercó por detrás al guardia, que seguía largando golpes sin ver venir nada.

Cuando lo tuvo a medio metro, alzó el brazo y con todas sus fuerzas le asestó un golpe en la nuca.

Se oyeron dos cracs: uno cuando la esfera impactó y otro cuando el cráneo chocó contra el suelo.

Melania miró el cuerpo inerte.

—Esto es por mi mundo, por mis amigos y por mis tetas, hijo de puta.

Jan se quedó congelado mirando a esa muchacha dulce, que ahora le parecía una digna heredera de John McClane. Melania se dio la vuelta y fue a ver cómo estaban Tomek y Antek.

—Guau —dijo Álvaro—. Dos cosas. Una: Jan, muy ingenioso lo de los alambres. Poco heroico, pero a mí no se me habría ocurrido.

—¿Y la otra?

—Dile a Melania que su frase lapidaria para tumbar a un villano supera a cualquiera que hayáis dicho Tomek o tú.

Jan miró el cadáver del segundo guardia, este tenía los ojos abiertos, uno rojo y el otro blanco, en su mejilla había una lentilla.

—Álvaro, calla —ordenó Zofia—. Jan, tenéis que subir ya a la torre. Hay cientos de adultos corriendo por las escaleras, los primeros están a nueve pisos.