CAPÍTULO 37
Varso Tower
Jan miró el pasillo y echó a correr tras las moscas, que parpadeaban con una luz roja indicándole el camino.
Ninguno había estado jamás en el interior del edificio; de hecho, la parte del mirador turístico se había abierto hacía casi un par de años.
La primera planta tenía más que ver con un centro comercial pijo que con un rascacielos repleto de corporaciones: había restaurantes, cafeterías y algunas tiendas de esas que no sabes nunca qué venden, siempre están vacías y todo el mundo asume que existen para blanquear dinero.
—A la derecha hay un restaurante italiano —dijo Zofia a través de los audífonos—. El candado no está puesto.
La persiana metálica vibró apenas cuando Tomek la levantó lo justo para que pudieran rodar por debajo sin hacer ruido. Cuando todos hubieron pasado, Jan asomó la cabeza. Se oían pisadas y gritos, pero nadie los había visto entrar.
El interior del restaurante estaba ordenado y oscuro, como si el tiempo se hubiera detenido: mesas alineadas, copas boca abajo, sillas colocadas para el servicio del día siguiente. La luz de la rendija de la puerta de la cocina rompía la ilusión; se oían murmullos y un olor extraño.
—Entrad —ordenó Zofia al oído de Jan.
Les indicó con la mano que lo siguieran.
—Esto no me gusta… huele raro —murmuró Melania.
—Es marihuana —explicó Tomek, preparando su porra.
Empujó la puerta de la cocina. Su mandíbula cayó unos centímetros: dos cocineros jóvenes, uniformados de blanco, estaban recostados sobre las encimeras. Uno le pasaba un porro al otro.
—Entonces pensé —balbuceó uno mirando el techo—: ¿Y si sus tetas eran como dos planetas que orbitaban alrededor de un sol: mi cabeza?
—Qué profundo —reflexionó el otro—, nunca lo había visto de esa forma.
Por un instante, Tomek los encontró todo lo normales que podían ser dos personas demasiado fumadas, hasta que uno de ellos los vio y los ojos rojos se tornaron despiadados, sin ningún rastro de la droga.
Fue Melania la que se adelantó y los electrocutó con su porra. Era divertido verla usarla sin apenas recurrir a la violencia. Aprovechándose de que los cocineros estaban recostados, la había usado más como un hada de Disney, dando golpecitos con la varita.
Los tres se quedaron mirándola.
—¿Qué? —preguntó ella—. Vosotros no hacíais nada.
—Eh… —empezó Antek, pero no terminó.
Jan dio unos pasos hasta la puerta que había al fondo y agarró el pomo.
—No —dijo Zofia—. Pensaba que tardarían más en llegar, pero hay muchos en ese corredor. Esperad, busco otra salida.
—¿Que esperemos? Si estamos rodeados —maldijo Jan.
Melania observó la aséptica y plateada cocina. Le recordó a la escena de los velocirraptores en Parque Jurásico , pero esta era mucho más pequeña; no había sitio donde esconderse.
—Jan —ordenó Zofia—. Saca la granada sónica de la mochila.
—Yo no sé usarla —pensó en voz alta.
—Eso no importa. Solo lánzala y Álvaro la activará en el momento adecuado.
Jan les hizo un gesto a los chicos para que no se movieran, caminó hacia el umbral que separaba la cocina del salón y vio la persiana entreabierta al fondo; por detrás se percibían las sombras de los adultos buscándolos.
—No te acerques a la persiana o te verán. Lánzala desde donde estás como si fuese una pelota de petanca y que quede en el centro del pasillo.
Jan miró la esfera en su mano, calculó peso y distancia y la lanzó con suavidad. La bola rodó, pero se quedó a centímetros de salir del salón.
—¿En serio? —alcanzó a decir Zofia desde una de sus pantallas.
—Menudo paquete eres —rio Tomek a su espalda.
Jan se giró. Todos se habían acercado a ver el lanzamiento.
—Nunca fui bueno en deportes —se excusó.
Tomek agarró su propia esfera, respiró hondo y la lanzó con precisión; la bola rodó hasta el centro del pasillo. Sonrió con suficiencia.
«Menuda hostia tiene», pensó Jan.
—¡Atrás! —ordenó Zofia—. ¡A la cocina!
Jan los metió a todos de un empujón y cerró la puerta.
¡brOOOM!
Los restos de la onda invisible llegaron a la cocina, las paredes y las sartenes colgadas vibraron, los dientes de Antek chirriaron y el resto torció el rostro en una mueca al sentir el chirrido en los oídos, como el de unas uñas arañando una pizarra.
Se oyeron los gritos de los infectados en el corredor. Melania pensó que, si a ella le dolía el oído, a los que hubiera pillado la onda cerca les habría reventado el tímpano.
—¡Ahora! —indicó Zofia.
El pasillo estaba casi vacío, salvo por los infectados que gemían y se agarraban la cabeza tirados por el suelo.
En un extremo del corredor aparecieron tres personas: un policía con pistola; un abuelo en pijama y zapatillas, que blandía un bastón; y una mujer muy maquillada con un cuchillo de carnicero. Se oían más voces llegando detrás.
—¡A la derecha! —indicó Zofia.
Jan y el resto comenzaron a correr en dirección contraria a los adultos.
—¡Ahora al norte! —ordenó.
—¿Dónde coño está el norte? —se detuvo Jan.
—¡A la izquierda, imbécil! —explotó ella.
Tomek apartó de un empujón a un cuarentón que empuñaba una botella de vidrio. Antek le dio un porrazo en la cara a una anciana en camisón que intentó decapitar a Melania con un cuchillo del pan.
«Esto es surrealista», pensó sin dejar de correr.
—¡Recto! —ordenó Zofia.
Al fondo apareció el ascensor de cristal, iluminado y abierto como una salida improbable.
Se lanzaron dentro mientras las puertas comenzaban a cerrarse.
Una bala reventó el cristal en una telaraña de grietas.
Se tiraron al suelo, respirando con dificultad.
El ascensor se elevó del suelo con rapidez.
Vieron al policía golpeando inútilmente abajo, cada vez más pequeño, más lejos, hasta que solo quedó el zumbido constante de la subida.
Tomek soltó una carcajada de puro alivio.
—¿Y a ti qué te pasa? —le preguntó Antek, ofreciéndole la mano para que se pusiera en pie.
—Que no lo estamos haciendo tan mal. Yo pensaba que no íbamos a llegar ni al metro —rio.
—He bloqueado los ascensores del edificio —informó Zofia—, aunque ellos ya están subiendo por las escaleras, sin embargo, aún tardarán un rato. No tengo visual de los pisos superiores. Cerraron los accesos y las cámaras cuando empezó la frecuencia. Las moscas os guiarán.
Jan asintió. A partir de ese momento, iban a ciegas.