La ladrona de adoquines CAPÍTULO 36
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CAPÍTULO 36

La hora del baño

Eran las dos de la mañana. Kasia estaba en el despacho de su autoescuela.

Hacía horas que había mandado a casa al inútil de su marido y socio.

Necesitaba centrarse en los éxceles de cuentas: el negocio iba de mal en peor.

Sabía que tendrían que cerrar más pronto que tarde; ya no había suficientes personas que quisieran sacarse el carné de conducir. Parecía que todo el mundo lo tenía ya.

Apagó el ordenador y se fue al baño a retocarse. Aunque fuese tarde, era una mujer coqueta que se negaba a salir a la calle sin ser la mejor versión de sí misma.

Se miró las ojeras, obviando los ojos rojos. Ni siquiera reparaba en ellos.

—Tantas horas trabajando y no has solucionado nada —le dijo a su reflejo mientras se aplicaba el colorete.

Haberse quedado esa noche, como la mayoría de las noches de los últimos tres meses, no respondía a ninguna estrategia para salvar el negocio, sino a no ver al patético gordo con el que se había casado en calzoncillos frente a la televisión.

Seguro que el muy imbécil, que ya llevaba horas en casa, habría sido incapaz de llenar el lavavajillas y tendría todos los cacharros amontonados en el fregadero.

Se pintó los labios de un carmesí que aún le hacía sentirse como una veinteañera. Cogió su cazadora del respaldo de la silla y se marchó.

Mientras caminaba por la avenida Jerozolimskie, no se lamentaba por tener que cerrar su empresa. Aquello sería tan mezquino como si un oncólogo estuviera molesto porque se hubiera descubierto la cura del cáncer.

A veces pensaba en sus hijas: Julia, de dieciséis años, y la tardía Natalia, de seis meses. No albergaba de ellas ni un solo buen recuerdo.

Julia había llegado al mundo como una bola sangrante y ruidosa, con garras sucias que se habían abierto paso desde su interior, casi partiéndola en dos.

No entendía cómo no le había roto el cuello cuando la comadrona se la puso en el pecho, aunque le extrañaba más haber soportado los berrinches y chillidos de su niñez.

Recordaba con nitidez cómo, cuando lloraba, la vena de su cuello palpitaba, como pidiendo a gritos que cogiera un cuchillo y se lo clavara en la garganta para seccionarle el berrido de un movimiento seco.

Lo que realmente le molestaba era que, el día que salió del trance, Julia estaba en el instituto y había sido su profesor quien le había clavado un rotulador en el ojo. Menudo hijo de puta.

A la mañana siguiente, fue a quejarse a la escuela.

Estaba indignada, se aferraba al bolso decidiendo si estamparlo en la cara de ese cuatro ojos pedante.

En el corredor aún permanecían los cadáveres de los estudiantes sin recoger; los putos profesores se lo habían pasado en grande.

Terminó insultándolo y mandándolo a la mierda.

Era ella, solo ella, quien había soportado a esa niñata durante dieciséis años.

Ella merecía ser quien le pusiera las manos en el cuello, entrelazara los dedos y apretara hasta que su piel blanca y suave se tornara púrpura.

Por lo menos —se reconfortaba— había tenido a Natalia para ella sola: la puta llorona de Natalia.

Esta, en su nacimiento, no había salido de ella. Era casi peor: habían tenido que rajarle el vientre para sacarla.

El día en que lo vio todo claro tenía a Natalia en la bañera.

La había puesto a llenar con agua tibia y la niña estaba tumbada sobre una esponja con forma de pato, amarilla y blanda, más grande que ella.

Probó el agua con el codo, como le habían enseñado en el hospital.

—Así está bien, cariño —murmuró.

Natalia agitó torpemente los brazos y dejó escapar un balbuceo húmedo. Siempre tan dramática.

—¿Te gusta el bañito, mi am...?

Entonces Kasia tuvo el clic .

Giró la maneta hacia el rojo hasta que no dio más, se sentó en el váter, cruzó los brazos y esperó, con los ojos cerrados y una sonrisa que llevaba meses sin ponerse.

Fue una espera corta. Más de lo que habría querido. Aunque el gorgojeo posterior le produjo un escalofrío de pura satisfacción.

Kasia se detuvo en la calle e inspiró el aire de la noche.

Vale, no había podido acabar con la mala puta de Julia. Pero nadie lo tiene todo en esta vida.

Sentía lástima por todos esos padres a los que les habían robado el sagrado derecho de matar a sus hijos. Con lo que costaba criarlos.

Unas estruendosas sirenas la sacaron de golpe de sus recuerdos. Miró tras de sí y vio uno de esos coches eléctricos que no podía permitirse en la autoescuela ir directo a Varso, seguido de varios patrulleros.

—¡Niños! —se relamió los labios en cuanto vio salir a cuatro pequeñajos del vehículo.

Qué monos eran. Iban vestidos a juego, con chándales idénticos.

Kasia metió la mano en el bolso y sacó un cuchillo de carnicero que tenía guardado por si la vida la premiaba volviéndole a poner un niño a tiro.

Vio que los policías y varias decenas de civiles iban hacia los críos.

—No… son míos —susurró.

Y echó a correr.