CAPÍTULO 35
El centro
—Cambio de planes —dijo la voz de Zofia por los altavoces del vagón—. Por la radio de la policía dan por hecho que vais a pasar por Centrum, creen que queréis cruzar la ciudad. Están preparando la estación para haceros descarrilar.
—Mierda —soltó Jan.
Sí que estaban locos los adultos: iban a reventar la estación del centro para matar a cuatro niños.
—¿Qué hacemos?
—Lo que no queríamos hacer desde el principio. Os bajáis en Politechnika y os recoge un Stela.
Jan miró el reloj de las pantallas del tren. Eran las dos de la mañana, no habría demasiada gente por las calles.
—Vale.
2
El tren se paró a cien metros de la estación de Politechnika.
Las puertas del vagón se abrieron. Jan fue el último en bajar; al ser el más fuerte ayudó al resto, los tomaba de la mano y los bajaba a los raíles como una grúa.
Cuando le tocó a él, ellos lo ayudaron desde abajo.
Una vez en las vías, se echaron hacia la pared y el tren arrancó de nuevo.
—Id veinte metros en dirección a la estación —ordenó Zofia desde el audífono.
El resto se limitaban a seguir a Jan sin necesidad de explicaciones.
Llegaron a una plataforma elevada con una escalera que daba a una puerta de metal. Jan tiró de la maneta. Estaba cerrada con llave.
—Lo veo —dijo ella—. Saca el kit de herramientas que os he dado.
Jan abrió la mochila y sacó una cajita de metal.
—Ábrela.
Dentro estaban los alambres de diferentes colores.
—¡En mi puta vida he forzado una puerta! —se quejó, pensando que serían una especie de ganzúas.
—Cállate de una vez. Coge uno de los alambres azules e introduce una de las puntas en la cerradura. Álvaro hará el resto.
Se encogió de hombros y lo hizo.
En cuanto la punta estuvo dentro, el alambre se destensó como un hilo y se introdujo solo por la cerradura, como lo haría un gusano. Se oyó un pop y salió un humillo gris. Jan tiró de la maneta y la puerta se abrió.
—Mola —dijo Tomek.
Fueron por unos túneles de mantenimiento hasta llegar a la parte superior de la estación. No había nadie.
—Salid por la derecha.
Los cuatro echaron a correr hacia las escaleras que daban a Waryńskiego. Al salir se encontraron en una calle de seis carriles, aceras anchas y edificios altos de hormigón. En seis meses no se habían sentido tan expuestos.
Un anciano vagabundo con un abrigo harapiento y un carrito de la compra del que colgaban varias bolsas de plástico los vio al otro lado de la calle y gritó:
—¡Niños!
Melania puso cara de hastío. Ese hombre no era un peligro, era demasiado viejo, pero lo que más le molestaba era la palabra «niños», siempre lo mismo. Se preguntó si la interferencia que los volvía asesinos también mataba la creatividad léxica.
El anciano rebuscó en su carrito hasta dar con algo.
—¡La hostia! —espetó Tomek al ver el mazo de construcción.
Los cuatro se quedaron hipnotizados ante la ridícula estampa: el anciano intentaba blandirlo. Al no tener fuerza, se iba de lado mientras cruzaba la calle a pasitos torpes.
—Me dan ganas de ir a ayudarlo —dijo Antek.
—¡Niños! —volvió a gritar, afónico.
Entonces una Cybertruck aparcó frente a ellos. Las puertas se abrieron y entraron.
—Buenas noches —sonó en la radio del coche—. Me llamo Álvaro y esta noche seré su conductor.
—¡Pues mueve el culo! —le espetó Jan.
El Stela arrancó. Por el retrovisor, Tomek vio al anciano blandiendo con las dos manos el mazo, que se le caía hacia atrás.
—Ojalá todos los adultos fueran como ese —reflexionó.
Unas ruidosas sirenas sonaron detrás de ellos: un coche de policía y una ambulancia.
Cuando Álvaro aceleró, cruzando la plaza de la Constitución, el coche pegó un tirón tan violento que los cuatro empezaron a dar bandazos, chocando entre ellos.
—Sed responsables —dijo la IA—. Poneos los cinturones.
No fue solo la velocidad, sino la ausencia de algo a lo que aferrarse lo que convirtió el interior en una trampa.
Se los pusieron con dificultad, pero estos no servían de mucho ante el manejo de Álvaro.
Jan alargó la mano hacia el techo y no encontró nada, golpeó con los dedos el panel liso y resbaló.
—¿Dónde coño me agarro? —gritó.
Tomek ya se había medio levantado del asiento en el derrape, y solo evitó estamparse contra la puerta porque, con el cuerpo en tensión, consiguió enganchar los dedos en el marco retorcido.
—¡Aquí! ¡Supongo! —respondió, sin ningún tipo de confianza en su idea.
Melania, detrás, intentaba sujetarse al reposabrazos mientras el cuerpo se le iba hacia un lado y luego hacia el otro, golpeándose los hombros contra la puerta y contra Antek.
—¡Esto no está diseñado para humanos! —protestó.
—Esto es una Cybertruck, uno de los mejores coches del mercado —dijo Álvaro con tono jocoso—. Además, yo conduzco muy bien, no os preocupéis.
En ese mismo instante, derrapó hacia Koszykowa y la frase perdió toda credibilidad. El coche entró cruzado, las ruedas chirriando, y los cuatro salieron desplazados lateralmente como si estuvieran en una montaña rusa.
Antek se dio con la rodilla en el respaldo delantero.
—¡Ten cuidado, Álvaro!
—¿Por dónde coño vas? —escupió Jan, intentando incorporarse sin éxito.
—Voy a callejear un poco —respondió Álvaro—. Es más eficiente y, por qué no decirlo: más turístico.
—¡Me cago en su puta madre! —se quejó Tomek.
El coche de policía intentó embestirlos por detrás, pero Álvaro giró de golpe y se metió en Poznańska, una vía más estrecha, donde los edificios antiguos se inclinaban sobre ellos como un laberinto de muros enormes. La sensación de túnel hizo que la velocidad pareciera aún mayor.
Las luces empezaron a encenderse en las ventanas, una tras otra, y en los portales surgían figuras desordenadas.
En la calle, una mujer despistada y pelirroja, de unos treinta años, con los brazos tatuados y un enorme rulo en la cabeza, sostenía un palo de selfie ; debía de estar grabando una story .
Al verlos en el coche comenzó a correr tras ellos dando zancadas furiosas y blandiendo el palo.
—¡Niñooooos!
Melania se giró para verla quedar atrás y negó con la cabeza. «Qué poco épico está resultando todo esto».
Dentro del coche, cada giro los desplazaba, cada acelerón los aplastaba contra los asientos y cada corrección los lanzaba en dirección contraria.
El disparo sonó de repente. Los cuatro se agacharon, chocando entre ellos en un espacio demasiado pequeño para moverse con coordinación.
—¡Mierda! —exclamó Tomek.
—¡Álvaro, nos vas a matar! —advirtió Jan, medio encogido, con el hombro apoyado contra la puerta.
De pronto empezó a sonar Mira, Sofía en la radio.
—¡¿Pero por qué coño pones música?!
—Muchos estudios indican que la música alivia el estrés —respondió—. Parece que estáis un poquito tensos.
—Un poquito, dice… —murmuró Antek.
Al salir a Wspólna, el coche derrapó otra vez y luego salió disparado hacia delante. El empujón fue tan fuerte que Antek perdió completamente la posición y cayó hacia un lado, golpeando a Melania.
En Emilii Plater apareció otro coche de policía, cruzado, bloqueando el paso.
Álvaro no frenó.
—Agarraos fuerte.
—¿Pero dónde coño lo hago? —gritó Tomek, mirando alrededor como si fueran a aparecer asas mágicas.
El impacto los lanzó hacia delante; los cinturones se tensaron de golpe, aun así, las cabezas y los hombros se sacudieron con violencia. El coche de policía salió despedido mientras la Cybertruck atravesaba el hueco sin detenerse.
Durante un segundo, dentro del coche solo se oyó la respiración agitada y a Álvaro Soler, el de verdad, cantando el estribillo.
Luego la IA volvió a acelerar.
Giraron hacia Aleje Jerozolimskie y ahí el caos dejó de ser solo interno. Había más gente en la calle. Varias patrullas cruzaban la avenida y, en cuanto los vieron, bajaron las ventanillas.
—Oh, mierda, mierda, mierda, mierda, mierda —empezó Jan, sin poder parar.
Los disparos llegaron enseguida.
—Agarraos fuerte —repitió Álvaro.
—¡¿Pero dónde coño nos agarramos?! —gritó Jan, ya sin paciencia.
Hubo un segundo de silencio, casi absurdo en medio del caos.
—Mmm, pues no lo sé —respondió Álvaro—. Yo no tengo manos.
Y aceleró.
El coche salió disparado entre luces y balazos, zigzagueando entre vehículos y figuras que se apartaban tarde. Y entonces, al fondo, dominando la ciudad como una aguja negra contra la noche, apareció emergiendo del suelo: Varso Tower.