La ladrona de adoquines CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

Tomek

Estaban sentados en dos bancos tratando de recuperar el aliento.

Melania tenía la cabeza apoyada en el hombro de Antek; este, por su parte, se había olvidado de los peligros pasados y futuros para preocuparse de si a ella le molestaría que pasase su brazo por los hombros, mientras ella se preguntaba por qué no lo hacía.

«Menudo par de pánfilos», sonrió Jan, sentado frente a ellos al lado de Tomek, que limpiaba la esfera de su porra manchada de sangre con la sudadera del chándal, como si tratara de sacarle brillo.

Ninguno había dicho una sola palabra desde que se habían adentrado en el túnel. Cuando pasaron de largo las luces de la primera parada, Natolin, sonó la voz de Zofia en los altavoces del vagón.

—La primera fase del plan no ha salido tan mal, estáis todos vivos.

Tomek hizo una mueca a Jan.

—¿El optimismo de tu hija es cosa de familia?

Jan sonrió mientras Zofia continuaba.

—De Natolin a Centrum son once estaciones, 11.

4 km, tiempo estimado de diecinueve minutos.

Ahora, el problema: la policía está enviando efectivos a todas las estaciones de la línea uno.

Álvaro y yo aún estamos decidiendo la estrategia que seguiréis una vez que estéis más cerca. Contactaré con vosotros entonces.

Tomek se puso de pie, estiró los brazos e hizo un gesto a Jan para que se alejaran, dándoles espacio a Antek y Melania. Se sentaron en la otra punta del vagón.

—Podrías dejarlos en un hotel con dos botellas de vodka y no pasaría nada —dijo Jan en voz baja.

—Qué poco conoces a los jóvenes —se burló—. Si sobrevivimos, esos dos se estarán magreando antes del amanecer.

Jan lo dudó, pero ya que estaba solo con Tomek vio la oportunidad de tratar un tema que le quemaba dentro.

—Si sobrevivimos, volveré a mi mundo…

—Peor que este no será —rio.

Jan lo pensó.

—Para ti, seguramente sí.

Tomek lo miró serio, con incomodidad en el rostro.

—¿Por? —preguntó, sabiendo la respuesta.

Jan sacó un paquete de Lechuza y encendió un cigarrillo mientras contemplaba el cartel de prohibido fumar.

—En mi mundo yo me suicidé por ti.

Tomek pareció sorprendido. Sabía que Jan había muerto y que por eso Zofia había hecho todo aquello, pero no le habían dado detalles.

—Era tu profesor y te trataba como a una mierda, te tenía manía.

—Como todos —murmuró Tomek.

Jan siguió.

—Un día te di tanta caña en clase que a última hora fuiste a mi casa e hiciste un grafiti en la fachada. Te denuncié a la escuela, te expulsaron y luego te suicidaste. Ahí supe que eras víctima de malos tratos y que yo te había llevado al límite.

Para Jan era raro contar una historia que no había vivido pero sentía como propia, con un Tomek que no era el suyo.

—Veo que mi padre —pensó con amargura en voz alta— también es un hijo de puta en tu universo.

—El problema es que yo ni lo intuí. Debería haberlo visto, había señales: tus morados y tu apatía. Pero mis prejuicios no me dejaron, creía que solo eras un macarra. Y eso que solo te esforzabas en mis clases o en las de Inglés.

Tomek tragó saliva. Esa otra versión suya era él hacía seis meses.

—Yo estudiaba idiomas, aunque tampoco se me daban bien, porque solo quería irme lejos de Kamienna Puszcza, lejos de Polonia… Lejos de él. —Su voz se quebró.

Jan dio una calada, pero no dijo nada. El chico no había terminado.

—Mi padre siempre fue un hijo de puta. La primera paliza me la dio el día del funeral de mi madre.

Por la mañana, en la iglesia, se mostró como un padrazo, les decía a todos los que habían venido que él y yo nos cuidaríamos el uno al otro, que el mundo no podría con nosotros.

Al llegar a casa me soltó una hostia y me dijo que yo había matado a mi madre.

Una lágrima cayó por su rostro. Se la limpió con el dorso de la mano. No quiso parar el relato, cargaba con él desde hacía mucho y quizás esa fuera su última noche.

—Durante años caminé de puntillas por casa, nunca sabía lo que podía detonar a mi padre. A veces, se me caía un vaso al suelo y me cagaba de miedo, pero él se limitaba a decirme que lo recogiera. Otras veces, respiraba demasiado alto y recibía un puñetazo en el estómago.

Jan quería abrazar a ese maltrecho chico, que ahora le parecía más niño de lo que lo había visto nunca, pero se contuvo. Tomek tenía que soltar lastre.

—El día en que empezó esta mierda, volví a casa y me atacó. —Sonrió con amargura—. Al principio no supe si era él como siempre o si estaba infectado… Fue la primera vez que me defendí y terminó muerto, con un cuchillo en el pecho y tirado en la cocina.

Miró a Antek y Melania, que charlaban entre risas.

—Tuve que matar a mi padre. Tuvieron que volverse locos todos los adultos del mundo para que yo supiera lo que es tener una familia. A mí ya no puedes salvarme, ya no lo necesito. Tengo a Zuzanna, a Antek y a Melania. Pero si puedes, salva a tu Tomek.

—¿Cómo?

—No lo sé. Mi padre solo entendía dos cosas: el qué dirán y la violencia. Es lo único que puedo decirte de él…

—Si vuelvo a mi tierra, no sé cómo, pero te prometo que te protegeré.

Tomek asintió.

—No lo dudo. Estoy seguro de que eres mejor profesor de lo que crees. Eso sí, si el otro Tomek es terraplanista, no le des tanta caña como a mí —bromeó.

Jan le siguió el juego.

—No, le mandaré a Filip a que le dé clases particulares.

Tomek soltó una sonora carcajada.

—Eso sí que serían malos tratos.

2

A quince kilómetros de distancia, Zuzanna lloraba en silencio tras haber visto por una de las pantallas la confesión de Tomek. De pie frente a la imagen de él, que aún tenía los ojos rojos y forzaba una sonrisa, posó la mano en la pantalla como si pudiera infundirle consuelo.

—¿Estás bien? —dijo Zofia en un inútil intento de sonar empática. Llevaba demasiado tiempo sola, había perdido la práctica, pensó.

Zuzanna asintió en silencio.

—¿Lo quieres? —preguntó Zofia con curiosidad, aunque sonó fría. Pensó que debería haberle pedido a Álvaro que le buscase un cursillo para mejorar sus habilidades personales. Podían ser prácticas cuando trabajabas con gente.

—Sí, lo quiero, pero no de la forma que crees —contestó sin apartar los ojos de la pantalla—.

La relación que tengo con esos tres es la de una hermana mayor cuyos padres han desaparecido y tiene que responsabilizarse de los pequeños.

Tomek es el que más me cabrea y, aunque nunca lo diga: mi debilidad.

El muchacho se esforzaba mucho en proyectar la imagen de un chico duro y solitario, pero era el más empático de todos, el que cuando las cosas se torcían arriesgaba todo por salvar a sus hermanos.

—A ti no te recuerdo de mi universo —reflexionó Zofia—. A ellos sí, aunque eran un curso mayores: Melania era la influencer del instituto; Antek el chico que vestía raro y había hecho un grafiti aún más raro. Pero Tomek era invisible. Cuando me dijeron que había muerto me costó ponerle cara.

—Yo tampoco hubiera reparado en él si no fuera por esta mierda de apocalipsis —se lamentó Zuzanna—. Si esto sale bien, dile a Jan que no se preocupe de nuestro Tomek. Yo me ocuparé de él. Que Jan salve al suyo.

—Tenemos problemas en la estación de Centrum —alertó Álvaro.