La ladrona de adoquines CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

Metro Kabaty

—Ahora empieza lo difícil —dijo la voz de Zofia desde el audífono de Jan—. Salid y yo os indicaré el camino.

Jan tradujo las instrucciones al resto y, tras un breve asentimiento, echó a correr dejando el bosque a su espalda.

Se internaron por un parque infantil abandonado.

A su derecha, separada por una línea irregular de arbustos, había una carretera vacía que reflejaba la luz de la noche.

Se sentían desnudos en un espacio tan abierto.

Avanzaban en paralelo a la carretera, protegidos por la vegetación, agazapados y atentos a cualquier movimiento.

Jan levantó la mano y todos se detuvieron al instante.

Un coche circulaba por la vía sin emitir apenas ruido, moviéndose con lentitud, como si buscase algo.

Permanecieron inmóviles entre los árboles mientras el vehículo avanzaba unos metros hasta salir de su campo de visión.

Jan pudo ver cómo las moscas giraban tras la esquina.

—Zofia… —susurró casi sin voz.

—Lo veo —respondió ella tras un breve silencio—. Podéis moveros, ya ha pasado de largo.

En ese momento, otras moscas descendieron entre las ramas, vibrando en el aire, y se agruparon frente a ellos como si marcaran un nuevo rumbo. Jan entendió la señal sin necesidad de palabras y desvió al grupo hacia el interior del parque.

El zumbido de las moscas se volvió más insistente, casi nervioso, y entonces la voz de Zofia regresó, más tensa que antes.

—Tenéis que cruzar la carretera en cincuenta metros.

Los árboles empezaron a clarear hasta que la cobertura desapareció por completo. Ante ellos, la carretera expuesta y decenas de bloques con algunas ventanas iluminadas.

—Ahora —dijo Zofia.

Jan no dudó.

—¡Vamos!

Salieron de la protección del parque y cruzaron el asfalto a toda velocidad, rompiendo el silencio con sus propias pisadas.

A mitad de camino se oyó un motor y Antek tropezó, a punto de caer, pero Melania lo sujetó con un tirón que le devolvió el equilibrio.

Alcanzaron el otro lado y se lanzaron entre los arbustos.

Giraron por una calle y el entorno cambió de inmediato: edificios, farolas, coches aparcados de forma irregular y una sensación de vacío que resultaba casi engañosa. Avanzaban moviéndose de sombra en sombra, rápidos, aunque temerosos del sonido de sus propias zapatillas contra el suelo.

—¡Niños!

Una mujer en pijama y cigarrillo en mano, los señalaba colérica desde un balcón de un primer piso.

—¡Mierda! —espetó Jan—. ¡Corred!

Arrancaron en plena calle, ya sin ocultarse, mientras más luces se encendían en las ventanas. Otras voces se sumaban al grito inicial, repitiendo «¡Niños, niños!» entre el eco de los edificios. Varias figuras comenzaron a salir de los portales y a descender por las calles adyacentes.

—¡Activad las porras!

A medida que los primeros atacantes se acercaban, los repelían electrocutándolos sin frenar.

Uno de ellos consiguió abalanzarse sobre Melania y le agarró el cuello, tirando de ella hacia atrás.

Durante un instante, Antek dudó, consciente de que la descarga podía afectarle también a ella.

Desactivó el modo KO en un acto reflejo y golpeó al agresor con todas sus fuerzas en la espalda; cuando este cayó, le asestó un segundo impacto en las costillas que sonó seco.

—¡Melania! ¿Estás bien?

Ella asintió, todavía recuperando el aliento, y siguieron corriendo.

Al llegar a la estación de Kabaty, la boca del metro seguía abierta, tal y como Zofia había previsto.

Se precipitaron escaleras abajo mientras algunos pasajeros que caminaban por los pasillos se giraron hacia ellos, sus expresiones se tornaban salvajes.

Los apartaban a golpes, abriéndose paso con las porras, saltando las barreras.

Descendieron hacia el andén con torpeza.

Había más personas. Un agente de seguridad cargó contra Jan con la porra en alto, pero este reaccionó antes, lanzándole un puñetazo al abdomen y un porrazo en el muslo que terminó con un crujido.

Una mujer de unos cincuenta años corría con un machete en la mano —Tomek no tuvo tiempo de preguntarse de dónde lo había sacado— antes de que Melania le estampara la bola de acero en la cara con tal fuerza que la lanzó hacia atrás, inconsciente y electrocutada.

—El tren llega ya —anunció Zofia.

El sonido del convoy irrumpió en el túnel y, casi de inmediato, una hilera de vagones vacíos entró en la estación.

Las puertas del más próximo se abrieron.

Los cuatro se precipitaron al interior. Las puertas comenzaron a cerrarse, pero en el último instante, un agente de seguridad coló el brazo entre ellas, empuñando una pistola.

Empezó a disparar sin control y los chicos se tiraron al suelo mientras los disparos resonaban en el interior metálico del vagón.

Cuando el tren comenzaba a moverse, Tomek se puso de pie de un salto y se lanzó directo hacia la puerta, impactando con todo su cuerpo contra el brazo atrapado del agente y partiéndoselo de un golpe.

Le asestó una patada que lo lanzó fuera del tren, donde rodó por el andén mientras el convoy ganaba velocidad.

Las puertas se cerraron por completo.

El tren se adentró en el túnel.