La ladrona de adoquines CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

Los bosques

Eran las once de la noche cuando se reunieron en la entrada principal de la casa.

Se mascaba en el ambiente una mezcla de emociones: incertidumbre, miedo, esperanza y, en Tomek, algo de euforia.

Si había suerte, esa iba a ser la noche más larga e importante de sus vidas.

Habían enviado a Adam, Ola y los niños al almacén para que Zuzanna y Zofia pudieran coordinar la operación con tranquilidad, mientras Jan y los tres muchachos se encaminaban hacia el peligro.

—Tomad —les dijo Zofia, ofreciéndoles una caja de metal a cada uno.

Cuando Antek abrió la suya vio que se trataba de unas gafas de sol de montura redonda y gruesa como las que se venden en las tiendas de artículos de broma, salvo que no eran de plástico, sino de un metal plateado claro.

—¿Gafas de sol? Estarás de coña, si es de noche.

—Son gafas de visión nocturna con detector de huellas de calor. Podréis ver a más de un kilómetro si hay algún adulto.

—¿Y tenían que ser tan feas?

—En mi universo dentro de quince años estarán de moda.

—El futuro es un asco —se quejó.

—El tuyo seguro, si no te las pones.

Lo hizo a regañadientes. El argumento le pareció válido.

Se veía en blanco y negro, salvo la huella de calor de las personas.

Se las quitó y observó a sus compañeros vestidos con chándales negros, zapatillas blancas, gafas de culo de botella, mochilas grises a sus espaldas y porras raras en la mano.

La experta en literatura de aventuras era Melania, pero estaba convencido de que ese no podía ser el aspecto de los héroes de la historia. Parecían cuatro canis horteras.

Los muchachos se despidieron de Zuzanna entre abrazos mientras Zofia se limitó a asentir a su padre.

—Intenta no morir.

Él sonrió.

—Haré lo que pueda.

La puerta se abrió y ellos salieron. En cuanto volvió a cerrarse, Zofia y Zuzanna fueron a la sala de control. La anciana se sentó en su silla futurista frente al buró, donde tenía su pantalla principal, mientras Zuzanna tuvo que conformarse con una de las sillas de jardín que colocó al lado.

2

La luz de la luna caía sobre el camino de tierra, volviéndolo una franja apenas visible, un hilo azulado entre las sombras que proyectaban los árboles.

Los cuatro avanzaban a paso rápido en silencio, no habían dicho casi nada desde que habían abandonado la seguridad de la casa.

Tomek era el único que caminaba tranquilo; hacía tiempo que había hecho una comunión con el bosque, entendía los crujidos de las ramas, las brisas que serpenteaban entre las hojas, el olor a tierra fría y húmeda.

Indicó con el dedo un sendero estrecho que se abría ante ellos como una invitación.

Melania debería sentirse tranquila con esa parte del plan, pero no lo estaba.

Álvaro les había asegurado que reclutaría a todos los Stelas en diez kilómetros a la redonda y los haría dar vueltas en la otra punta de la ciudad para tener entretenidos a los soldados, mientras ellos podrían escabullirse por el norte hasta Varsovia.

Antek no lo reconocería en voz alta en la vida, pero le encantaban esas gafas.

Se veía todo con la misma claridad que una película en blanco y negro, salvo por los animales del bosque, que presentaban manchas naranjas.

Al principio se había asustado con la cantidad de ardillas que correteaban por las ramas y los pájaros que anidaban en las copas.

Un gruñido a sus espaldas los detuvo en seco. Era un perro que les mostraba los dientes mientras le temblaban los belfos. Estaba parado en posición defensiva, pero no los atacaba.

—¿Los animales se infectan? —preguntó Jan, levantando la porra.

—No —aseguró Tomek, señalando a unos cachorros que estaban detrás—, pero los infectados matan a las crías igual que a nosotros.

Tragó saliva. Había visto imágenes grotescas en esos seis meses, momentos que jamás se le irían de la mente. Una de ellas había sucedido en las primeras noches: una perra aullaba en la acera frente a los restos de sus seis cachorros, una masa sanguinolienta de huesos y pelo.

—Vámonos —ordenó—. Este perro no nos hará nada, solo quiere que nos larguemos.

Se dio la vuelta y continuó caminando. El resto lo siguió.

3

Jan no dejó de pensar en la perra defendiendo a sus crías hasta que dejaron los bosques de Kamienna Puszcza.

Si los infectados asesinaban a los terneros, lechones o polluelos, se adelantaría mucho la extinción de esa sociedad, ya que la cría de animales acabaría desapareciendo, y esto, más pronto que tarde, terminaría provocando una crisis alimentaria de tres pares de cojones.

Si lo de esa noche salía bien, se alegraba de no tener que quedarse para reconstruir ese mundo.

Se internaron en el bosque de Powsin, que al ser tan popular entre los varsovianos estaba repleto de senderos limpios y podados. Las gafas les mostraron algunas personas a lo lejos; dieron rodeos, evitando los lugares más populares como el jardín botánico.

Tomek sintió un genuino desprecio por ese bosque al compararlo con el suyo. «Esto es para turistas. Un parque grande», reflexionó. Supuso que los animales también apoyaban su opinión, ya que no había marcas térmicas de ellos.

Tardaron una hora y media en cruzarlo. Jan observó desde la linde Kabaty dormido.

Siempre le había parecido uno de los peores barrios de Varsovia: bloques nuevos y viejos sin alma para albergar oficinistas.

Venían de los pueblos más recónditos de Polonia, eran los primeros en la familia en pisar una universidad y se compraban un piso ahí.

A los de su ciudad natal les hablaban de las maravillas de la capital, mientras que a los Varsovianos les daban la tabarra con la necesidad de tener un bosque cerca para conectar con la naturaleza.

«Pueblerinos con pasta», pensó con una sonrisa.

Magda siempre se burlaba de él, decía que tenía un prejuicio diferente para cada zona de la ciudad.

Puede que fuera cierto y fuese un poco gilipollas, pero ni treinta Zofias del futuro lo iban a cambiar: Kabaty era una mierda para catetos con pretensiones.