La ladrona de adoquines CAPÍTULO 31
66%

CAPÍTULO 31

Adioses y chándales

Eran las once de la noche en Tierra Solo en casa . Estaban en el almacén cuántico, en la sección de ropa. Zofia mostraba una percha con un chándal negro Adidas de dos piezas.

—Yo no me pongo eso —zanjó Antek.

—Es la mejor ropa para lo que tenéis que hacer —aseguró ella.

—¿Es que solo tienes ropa deportiva?

—Es la más cómoda para trabajar, pero esta, en concreto, tiene ventajas. Álvaro, explícaselo tú, yo no puedo con este crío.

—Ya voy —dijo la IA—. Yo no tengo cuerpo, así que la moda no es algo que controle demasiado.

Lo que sí puedo decir de ese chándal es que tiene ventajas estratégicas: es negro, ideal para moverse de noche; está hecho con un material que regula la temperatura corporal para que sientas que estás a veinticinco grados, y las fibras protegen parcialmente de cuchilladas.

Además, combina muy bien con los chalecos antibalas.

—Nos lo quedamos —dijo Tomek, cansado ya de los caprichos de su amigo.

2

Los cuatro ya estaban ataviados con los chándales, las zapatillas blancas y los chalecos antibalas.

Tomek y Melania parecían encantados con la indumentaria.

A Jan no le entusiasmaba, aunque se había acostumbrado a ella en sus días en esa tierra.

Antek fue el último en vestirse. Cuando el resto lo vio soltaron unas carcajadas, más por su cara de asco que por la boina que se había puesto en la cabeza.

—Mucho mejor —le soltaron.

—No me toquéis las narices.

—Una vez superado esto —dijo Zofia—, seguidme.

Los llevó a otro corredor donde había rifles de asalto, pistolas, machetes y un sinfín de armamento. Se quedaron blancos.

—¿Sabéis usar algún arma?

Negaron con la cabeza.

—Entonces necesitáis algo simple y silencioso.

Agarró un machete de una repisa y se lo mostró.

—Este está hecho de obsidiana, corta la carne y los huesos como si fueran mantequilla.

Al ver su aprensión, preguntó:

—No me digáis que también tenéis problemas para matar.

—Si podemos evitarlo —dijo Melania con timidez.

Zofia clavó la vista en Jan.

—Esto no es un juego. Es demasiado peligroso para ir con remilgos.

—No vamos a matar a nadie, lo siento —contestó él sin apartar los ojos de ella—. Así que danos las porras y punto.

Zofia negó con la cabeza.

—Sois muy gilipollas —les espetó con frialdad.

Tomek sonrió.

—Jan, no hay duda, es hija tuya.

—Las mismas habilidades sociales —opinó Antek.

Zofia los ignoró. Dio unos pasos hasta una estantería y cogió una porra de cuero con una esfera de metal en la punta.

—Es simple, incluso para vosotros. Solo tenéis que golpear, pero os recomiendo que, una vez en el centro, activéis el modo KO.

—Mostró un interruptor en la base—. Apretáis con el pulgar tres segundos el botón y la esfera se volverá azul marino.

Cualquier persona que toquéis recibirá una descarga eléctrica de quinientos mil voltios, suficiente para tumbar a un caballo.

Todos asintieron. Les parecía simple y no letal. Nunca habían querido matar a nadie, pero ahora que sabían que las personas podían volver a ser normales, menos aún.

3

Zuzanna miraba a sus amigos preparar unas mochilas que les había dado Zofia, con más cosas de las que podrían necesitar en la salida a Varsovia: cuerdas, unas granadas sónicas, un botiquín.

Álvaro había dado una explicación sobre cómo usar todo, ya que era tecnología futurista.

Lo que más preocupó a Zuzanna fue que la anciana les había dado a cada uno una cajita metálica, en cuyo interior había unos alambres de colores que recordaban a los que se usan para cerrar las bolsas de pan de molde, con los que podrían manipular la caja multiversal.

Eran cuatro bolsas, con las mismas cosas, para que cualquiera de ellos pudiera llevar a término la misión, dando por hecho que no todos volverían.

—No te preocupes tanto, mamá.

La voz de Tomek a su espalda la sacó de sus pensamientos.

Ella forzó una sonrisa.

—Yo siempre me preocupo.

—Ya —dijo él, encogiéndose de hombros—, pero mañana a estas horas solo deberás preocuparte de recuperar tu piso de alquiler. Confía en mí, esto va a salir bien.

Ella lo miró con ternura. No había conocido a nadie a lo largo de su vida que la pusiera tan de los nervios como él, pero después de seis meses compartiendo cloaca, lo veía como un hermano pequeño.

—Tomek, ¿me harás un favor?

—Claro.

—Si en algún momento no lo veis claro, daos la vuelta y volved. No vale la pena morir por nada.

—Dos días infectada y te estás volviendo más moñas que Antek y Melania.

Zuzanna buscó a la pareja con la mirada; estaban bromeando con las porras.

—Eso es imposible —rio—. Desde que dejamos El Matadero esos dos me provocan diabetes.

Respiró hondo.

—Pero, Tomek, cuídalos.

—Eso siempre.

4

En la sala de control Zofia estaba sentada delante del buró, con los codos clavados en la tabla, la cabeza gacha y los dedos entrelazados en la nuca.

Faltaba poco para que los cuatro se marcharan.

No le gustaba ese plan. Debería haber dado mejores argumentos a Jan para volver a su universo sin mirar atrás.

Aunque tampoco podía culparlo de ser tan cabezota; debía de ser algo genético, ya que ella lo era mucho más: en vez de aceptar el luto como una persona normal, había preferido reventar todas las leyes de la astrofísica para salvarlo.

—Zofia —dijo Jan entrando en la sala—, ¿estás bien?

Ella se puso recta y lo observó: equipado con el chándal, la porra y la mochila. Al final tendría razón Antek, faltaba perspectiva estética en la ciencia.

—Solo estoy agotada.

—Es que duermes poco.

—No es el sueño, son los años. Cuando llegues a mi edad lo entenderás.

Jan sonrió, no todo el mundo puede oír esa frase dicha por su hija. Dio unos pasos hasta el buró y se apoyó en él. Con la palma de la mano acarició la tabla.

—Tu abuelo corregía los exámenes aquí.

—Lo sé —dijo ella sin entender adónde quería ir a parar.

—Era un gran hombre. Desde el sofá, lo veía aquí preparar clases cada noche.

Mis amigos del colegio tenían padres con mejores trabajos, pero al ver al mío en este buró me sentía tan orgulloso de ser su hijo como si él fuera un puto astronauta.

Él nunca tenía un mal día para mí, nunca dejaba de aprender y jamás se rendía con un estudiante.

Siento que tú nunca pudieras verme de esa forma.

Ella quiso decir algo, pero se lo guardó.

—Tu abuelo, tú y yo somos iguales en una cosa: cuando se nos mete algo en la cabeza, nos importa una mierda todo, vamos a por ello. Dios sabe que has llevado esta máxima familiar a otro nivel.

—Jan, no siempre fuiste así. Cuando era pequeña eras mi héroe, por lo menos hasta que empezaste a quedarte sordo.

Él se pasó los dedos por la superficie de los audífonos y asintió.

—Ahora, con perspectiva, lo veo también.

No sé cómo explicártelo sin sonar ridículo.

Cuando empecé a dejar de oír pensé en ponerme aparatos, aunque creía que me harían parecer un discapacitado y tenía pánico de que los estudiantes se burlaran de mí por eso.

—Pensó en la pintada de su Tomek—. No es que oyera bajo, es que desaparecían letras y otras se mezclaban.

No sé por qué, pero preferí creer que el mundo confabulaba contra mí.

Si tu madre me hablaba bajo, pensaba que se burlaba; si lo hacía alto, que me gritaba.

Cuando ella me decía que fuéramos al médico me sentía amenazado, porque ya no era el hombre del que se había enamorado.

Luego empecé a tratar fatal a los estudiantes, a mis amigos…

hasta que un día, sin darme cuenta cómo, me había quedado solo en una casa vacía, tomando botellines de vodka para pasar el mayor tiempo vivo dormido.

Bajó la mirada, avergonzado, y clavó los ojos en el suelo metálico. ¿Cómo había podido llegar a ser tan imbécil? Lo había tenido todo; nadie se lo había robado: lo perdió él solo.

—Mamá me decía que estabas perdido, aunque ella siempre tuvo fe en que algún día encontrarías el camino de vuelta.

Él sonrió con amargura.

—Nunca me la merecí. Le hice daño por ser un puto cobarde, elegí la autocompasión antes que luchar.

Pero de lo que más me arrepiento es de haberte alejado de mí.

—Tragó saliva y su voz se quebró—. Me equivoqué.

Creía que merecías algo mejor que un sordo de mierda, y al final dejé de merecerte por ser una mierda de padre.

Perdóname —pidió antes de romper a llorar.

Ella se puso de pie y, sin mediar palabra, lo abrazó con ternura.

Zofia se veía identificada. Ella también se había alejado del mundo, encerrada en la misma casa, incapaz de aceptar que había fallado a su padre.

—Papá —dijo por primera vez en cuarenta años—. Te echaba de menos.

Él se derrumbó y ella lo abrazó más fuerte. Por un instante se permitió volver a ser aquella niña pequeña que veía entrar a su padre en casa. Y, sin mayor expectativa que el amor, corría hacia él y lo abrazaba.

Aunque también sintió miedo, porque ese momento había cerrado una herida, y lo supo, pasase lo que pasase esa noche, sería el final. No habría un Noviembre. Se acababa de despedir de su padre.