CAPÍTULO 30
El plan
Por la mañana desayunaban todos en el suelo del almacén cuántico; habían dispuesto unas mantas en el cemento de uno de los corredores, se habían agenciado unos paquetes de galletas y unos botellines de batido de cacao y fresa.
Estaban todos ahí menos Jan y Zofia. Melania reflexionaba sobre lo extraño que era todo, se sentían seguros por primera vez en seis meses y eso que estaban en lo que en cualquier cuento sería la casa de la bruja.
Los niños corrían por los pasillos entre risas; Ola y Adam habían desaparecido, suponía que para darse el lote, el hecho de que Álvaro vigilara a los pequeños les había dado un merecido descanso.
Zuzanna, que aún estaba blandita, se reía con lo que comentaba Tomek —normalmente lo estaría abroncando.
Antek no dejaba de lamentarse por no haber besado a Melania la noche anterior.
«Era el momento perfecto», pensaba. A él los besos le imponían mucho respeto; siempre culpaba de eso a las mujeres que lo habían criado.
Cuando era un renacuajo, la mayoría de las veces las féminas de su familia terminaban las reuniones familiares viendo Dirty Dancing ; eran unas devotas absolutas de Patrick Swayze.
Él estaba en el suelo con sus juguetes mientras su madre, abuela, tías y primas tarareaban las canciones y hacían onomatopeyas demasiado cristalinas para mostrar su aprobación por el protagonista.
Aunque lo que había acabado siendo traumático para Antek era que su prima Hanna siempre ponía en pausa la escena del beso, lo miraba con autoridad y decía:
—El día que beses a una chica, hazlo así o no lo hagas.
Antek asentía asustado y miraba la pantalla concienzudamente. Al hacerse adolescente descubrió que esos besos no existen. La vida es menos emocionante y no tiene banda sonora.
Por otro lado, Melania intentaba mantener una conversación con Antek, pero el muy tonto le rehuía la mirada avergonzado por su espectacular declaración romántica del día anterior. No le gustaba la idea, pero debería ser ella la que acabara teniendo que tomar la iniciativa.
Melania miró a su alrededor. Estaba siendo el momento más mágico que había tenido con sus amigos, dentro de una máquina del tiempo o multiversal, sin la sensación de que podía morir de un momento a otro.
Aunque todo resultaba fantástico, no era real.
Existía una posibilidad de salvar su mundo, de volver con sus padres, de rebuscar de nuevo libros en la librería y de ir a comer falafel con el chico mejor vestido de Kamienna Puszcza.
—Melania —dijo la voz de Jan, que entraba por el final del pasillo—. Leído.
Se acercó a ella y le ofreció el libro de Lía en Navidad .
Ella arqueó la ceja al ver que la tapa estaba medio rota, las esquinas dobladas y las hojas manchadas de sangre.
—Quédatelo —rio— y recuérdame que jamás te deje otro libro. ¿Te ha gustado?
Jan analizó con atención la portada.
—Si le quitas la pornografía y al protagonista moñas, te queda un libro divertido.
—Si le quitas el sexo —intervino Antek—, se te queda en veinte páginas.
—Anda que no eres exagerado —se quejó Melania.
La voz de Álvaro sonó.
—Acabo de leer el libro, concretamente, las siete versiones que existen en el multiverso.
La que más me ha gustado es la de Tierra Lemming , es la más equilibrada; aunque hay que destacar que la autora sobrevivió al apocalipsis de Tierra Zompiro , e hizo una secuela zombi, donde Adrián y Lía pasan San Valentín encerrados en una librería y, entre fornicio y fornicio, salvan el mundo.
—Por fin hay un universo donde Adrián mola —se burló Antek.
—Chicos —dijo Álvaro en un tono menos dicharachero—. Zofia dice que subáis, pero que antes cojáis unas sillas de jardín para cada uno, un cartón de Lechuza y una pelota de fútbol.
—¿Por qué una viajera del tiempo tiene tantas cosas? —pensó Antek en alto mientras observaba la variedad de productos que había a su alrededor.
—Zofia y yo llegamos a una tierra donde toda la gente estaba a punto de morir por una cepa muy fuerte de la gripe. Entonces se le ocurrió convertir este hipermercado en el almacén cuántico. Como esta sala está fuera del tiempo y el espacio, los productos no caducan.
2
—Pero ¿qué coño es esto? —espetó Tomek al salir al exterior. Estaba en medio de un bosque, ni rastro de la ciudad.
—Es otra tierra, una sin gente —explicó Zofia—. He pensado que, ya que teníamos que hablar, lo podíamos hacer aquí y, de paso, que a esos niños les dé el sol.
Jan sonrió, prefería verla comportarse como una abuela borde que como Terminator.
Pusieron las sillas formando un círculo en la parte trasera de la casa, donde había un pequeño claro, mientras los críos, después de seis meses en las cloacas, correteaban y berreaban alrededor. Zofia se encendió un pitillo, Zuzanna y Jan tomaron otro.
—Bien —empezó la anciana—, se puede invertir la señal de radio y devolver vuestro mundo a lo que era.
Todos sonrieron menos Zofia.
—Nada volverá a ser igual —continuó—. Tú estuviste dos días en la frecuencia y no mataste a nadie —le dijo a Zuzanna—.
¿Cómo te sentiste al despertar? Ahora imagina el escenario cuando ocho mil millones de personas rompan el trance.
Muchos de ellos habrán hecho auténticas barbaridades y, de golpe, se enfrentarán a ellas.
Se quedaron en silencio. Nadie había pensado en las consecuencias de volver al mundo de antes. Zuzanna buscó a Julek con la mirada; corría tras la pelota con una sonrisa de oreja a oreja.
—Pues tendremos que aprender a vivir con nuestros pecados —se encaró a Zofia—. Esos niños no van a pagar el precio. Serán sus padres los que lo hagan, para que ellos tengan un futuro.
Zofia asintió.
—Imaginaba que dirías eso, pero tenía que explicarlo.
Pues entonces vamos al grano. El problema es fácil de solucionar: insertáis en una caja una herramienta que he fabricado esta noche y contamináis la señal, esto provocará un efecto dominó con el resto de repetidores del planeta.
—Al no estar segura de que la entendiesen, matizó—: Como un virus informático.
—Dicho así, parece fácil —pensó Antek de nuevo en voz alta.
La anciana sonrió con amargura.
—La solución es fácil, llevarla a cabo es lo complicado.
Primero tendríais que salir de Kamienna Puszcza evitando a los soldados, luego cruzar el bosque hasta llegar a Varsovia y de ahí al centro, que está a quince kilómetros y dos millones de psicópatas en el camino, subir el rascacielos más alto de la Unión Europea, trepar por la antena de comunicaciones y, a una altura de más de trescientos metros, manipular un elemento electrónico de otra dimensión.
Todos tragaron saliva.
—Dicho así, no parece tan fácil —reconsideró Antek.
—Pues no me parece tan jodido —dijo Tomek—. Podríamos ir de madrugada por el río en kayak hasta el centro.
—No llegaríamos muy lejos —reflexionó Jan, que conocía el barrio porque su universidad estaba ahí—, habría que cruzar todo Powiśle.
Tomek tardó menos de dos segundos en tener otra idea.
—¿Y si cruzamos el bosque y vamos por el alcantarillado?
—No es como el de Kamienna Puszcza, salvo en el centro, no está interconectado —rebatió Zofia.
—¿Y con un Stela? —propuso Melania.
—Imposible —añadió Zuzanna—. Con los controles en Varsovia, u os paran porque os ven dentro o porque no ven a nadie al volante.
Parecía que habían llegado a un callejón sin salida, hasta que Tomek sonrió.
—Lo tengo. Podemos cruzar los bosques hasta el Metro de Kabaty e ir por el túnel.
Jan intentó buscar la pega, pero no pudo. Zofia masticaba la idea con los ojos entrecerrados.
—Por el túnel a pie lo más probable es que os atropelle un tren o acabéis electrocutados.
Tomek hizo una mueca de decepción que contagió al resto.
—Pero la idea es buena. La protección de los sistemas informáticos de dos mil veintiséis es de risa para Álvaro. Si conseguís colaros en un tren de madrugada, podría dejaros en Centrum. Solo hay setecientos metros de la parada a Varso.
—Hay poca gente en el centro a esas horas —añadió Zuzanna.
—Sí, pero si alguien da la alarma, se llenará de gente en minutos.
—Es un riesgo aceptable —repuso Jan.
—Álvaro también puede provocar un apagón en la ciudad para minimizar el riesgo, pero entonces tendréis que subir cuarenta plantas a pie.
—Somos jóvenes, Jan está hecho un toro y tú tienes piernas robóticas —se jactó Tomek.
—Yo no iré. Y tú, Zuzanna, tampoco.
—¿Por qué? —preguntó esta.
—Tú no irás porque tardaría días en prepararte unos audífonos específicos para tus oídos. Si sales de la casa volverás a eclosionar.
—¿Y tú? —preguntó Melania, más interesada en el giro de trama que en el riesgo de no llevarse a la anciana.
—Porque es un suicidio. Conozco a Jan mejor que vosotros: es un gilipollas de proporciones épicas.
Si existe una posibilidad de lograrlo, lo intentará; así que solo puedo ayudarle desde aquí.
En el centro de Varsovia no tengo la seguridad de conseguirlo.
—Respiró hondo—. Hace años que me da igual vivir o morir.
—Se volvió hacia Jan—. Pero si muero, tu Zofia construirá la máquina y seguirá mis pasos, y eso generará una paradoja temporal de la cual no tengo claro cuál sería el resultado.
—Eso nos deja con Jan, Antek, Melania, Ola, Adam y yo —dijo Tomek.
—A mí quítame —aseguró Ola—. Llevo seis meses con los niños, no sé luchar.
—Yo me quedo con Ola —dijo Adam. Miraba al suelo y su pierna temblaba.
Tomek no podía culparlo por tener miedo, de hecho, le parecía hasta razonable; además, él no tenía tanta experiencia como el resto en el exterior.
—Bien. Quedamos los cuatro. La última vez que estuvimos solos fue la leche.
—Casi nos matamos en el carrito de golf —recordó Melania.
—Y acorralaron a Jan —añadió Antek.
—Minucias —bromeó Tomek, esperando la reacción de Jan.
Este lo meditó unos segundos. El plan era una locura; Tomek lo iba a hacer con o sin ellos, y él era el adulto ahí. Dio una calada y sonrió.
—Como dice Zofia, soy un gilipollas de proporciones épicas. Confío en la magia de ella y Álvaro, tenemos armas futuristas y soy un maestro de artes marciales. ¿Qué coño puede salir mal? Me apunto.
—Ciencia, no magia —murmuró por lo bajo Zofia.
Antek y Melania intercambiaron una mirada.
—Conozco un falafel cerca del Palacio de Cultura —dijo ella—. Cuando terminemos, te invito a uno.
—No sería elegante por mi parte rechazar una oferta así.
Los dos sonrieron.
Tomek se puso de pie delante de Zofia.
—Prepáralo todo, que nos vamos a la capital.