La ladrona de adoquines CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

Un falafel

—¡En Varso Tower! Es el edificio más alto de Polonia —se quejó Jan al ver la vista de la mosca en una de las pantallas.

Zofia, que había estado trasteando con los datos de su pantalla e ignorando el debate arquitectónico, dijo al fin:

—La tecnología de esta gente es inferior a la mía.

—¿Por qué no le habéis puesto un nombre a esa tierra?

—Normalmente —explicó la IA— las bautizamos cuando las visitamos. Por lo que sabemos, podríamos haber estado ya en esa tierra, pero desconocemos si ha sido así.

—¿Puedo proponer un nombre, para no llamarlos esa gente ?

—Adelante, Jan.

—Tierra hijos de la grandísima puta.

—Demasiado largo —analizó Álvaro—, pero tu falta de creatividad y alta capacidad de soltar improperios es bastante similar a la de tu hija. Así que lo acepto para la base de datos, aunque con un cambio: Tierra hijos de puta.

—Basta —zanjó Zofia—. Me estáis volviendo loca.

Giró su silla hasta quedar cara a cara con Jan. Entrelazó los dedos como si meditara lo que iba a decir.

—Como he dicho ya: la tecnología de esta gente es inferior a la mía.

Aunque reconozco elementos de otras tierras, así que ellos deben de ser de un presente cercano.

Pero lo importante es que se puede revertir la señal a nivel mundial desde un repetidor.

El problema es que se tiene que hacer manualmente.

—Mierda —dijo Jan.

Hasta ahora todo se había limitado a Kamienna Puszcza, que apenas llegaba a diecisiete mil habitantes, pero el puto repetidor estaba en el centro de una ciudad de dos millones, a más de trescientos metros de altura.

—Necesito tiempo para planificar cómo lo haremos.

—Zofia —cortó la IA—, hay problemas en El Matadero.

—¿Cómo? —preguntó Jan, alterado.

—He mandado dos drones para vigilar las inmediaciones —explicó rápido—. Álvaro, muéstramelo.

De una de las pantallas salió una imagen cenital de los caserones abandonados del barrio. Era de noche y el bosque tapaba lo que sucedía bajo las copas de los árboles. La imagen cambió para buscar marcas térmicas. Entonces, Jan lo vio: decenas de soldados rastreaban las inmediaciones.

—Mierda —dijo.

Zofia se puso de pie.

—Es cuestión de tiempo que los encuentren. Si quieres salvarlos, tenemos que ir ya.

Los dos se encaminaron rápido hacia el almacén cuántico.

2

Durante los últimos dos días, El Matadero había sido un lugar muy siniestro, lo sabían los adolescentes y lo sentían los niños.

Zuzanna estaba en una sala apartada, atada y esposada a unos tubos.

Melania y Ola, con mucho cuidado, se ocupaban de asearla y ponerle mudas nuevas.

Era un trabajo que tenían que hacer por partes, sin poder soltarla para llevarla al baño.

Tomek y Antek se ocupaban de alimentarla, cosa que ella no quería hacer; se sentaban a su lado y le quitaban la mordaza, y entre amenaza y amenaza le colaban una cucharada de comida.

El único que habló de cumplir la promesa que le habían hecho fue Adam, lo cual terminó con Antek y Melania agarrando a Tomek para que no le diera una paliza.

Ola convenció a Adam de que dejase el tema en paz y de que ni se le ocurriese entrar en la estancia de Zuzanna.

La situación ya era insostenible. El día anterior habían estado preparando las mochilas con comida para irse en cuanto a Tomek se le ocurriese un sitio seguro.

Dejarían a Zuzanna ahí y llamarían a las autoridades para que la liberaran.

Lamentablemente, no era fácil encontrar un lugar que ella no conociese.

Tomek había salido esa noche para encontrar uno, pero tardó solo diez minutos en volver.

—¿Qué te has olvidado? —le preguntó Melania al verlo de nuevo.

Este no respondió. Estaba blanco. Antek se le acercó rápido.

—¿Qué ha pasado? —lo apremió.

—Los soldados están arriba.

Melania miró aterrada al techo.

—¿Cuánto crees que tardarán en dar con la alcantarilla? —preguntó Antek.

—Poco.

Adam y Ola se habían unido al resto. La preocupación se mascaba en el ambiente. El refugio subterráneo había sido el mejor escondite porque no conectaba con el resto de túneles; el problema era que no tenía salida trasera.

—Saldré y haré que me sigan —dijo Tomek—. Encerraos y cuando esté despejado id todos a Stara Papiernia. Yo los llevaré en dirección contraria.

—No puedes hacer eso —dijo Antek, que aún tenía muy reciente lo que le había sucedido a Jan.

Tomek le ofreció una amplia sonrisa que contrastaba con la incertidumbre de sus ojos.

—Siempre sobrevivo, ¿no?

Antek no era una persona emocional, aunque en ese momento no pudo reprimirse, dio un paso hacia Tomek y lo estrechó entre sus brazos, sollozaba como un crío.

—No seas moñas —le dijo Tomek, emocionado también—, que tienes que proteger al resto.

Un minuto después, Tomek agarró su palanca y desapareció en la oscuridad de la alcantarilla. Melania y Antek cerraron la puerta de metal y la sellaron con la manivela.

3

En cuanto salieron de la casa, esta desapareció dejando las ruinas de la otra.

Jan llevaba su chándal, un chaleco antibalas y una porra de piel con una esfera azul en la punta.

Zofia le había ofrecido varios tipos de armas simples, pero él había optado por una no letal.

Ella, en cambio, llevaba una especie de prótesis robótica que recorría su cuerpo de cuello a pies: pequeñas piezas de metal que se adaptaban a su columna, abdomen, piernas y brazos.

En las manos llevaba unos guantes que disparaban rayos de plasma.

Jan intentó hacerle prometer que no mataría a nadie; ella ni se molestó en contestar.

Estaban corriendo por el viejo jardín cuando un coche aparcó en la puerta de la casa. Jan se paró y levantó la porra.

—¿Qué haces? —dijo con incredulidad—. ¿Qué pensabas, que íbamos a ir a pie? Anda, sube ya.

La puerta se abrió sola y ella entró; él hizo lo mismo con la del copiloto.

—¿Cómo has conseguido el coche? —preguntó asombrado.

—Para mí —dijo la IA por los altavoces—, piratear un Stela de 2016 es una minucia.

—No presumas —lo cortó Zofia—, y llévanos con los chicos.

—Ahora mismo.

El vehículo arrancó. Conducía la IA mientras Zofia trasteaba con sus guantes.

—En serio, Zofia —le pidió Jan—, intenta no matar a más gente.

—Para hacer tortilla hay que romper algunos huevos —contestó, pero al ver la cara de Jan matizó—: Lo intentaré.

Jan se fijó en el logo reconocible en el volante, aunque en su mundo era un poco diferente.

—¿Esto es un Tesla?

—No en este universo —explicó Álvaro—, aquí se llaman Stela, pero básicamente es lo mismo. Aunque aquí Elon Musk es mujer, se llama Eleanor Musk.

4

Tomek estaba agazapado tras un muro a medio derruir, escondido de los haces de las linternas. Se encontraba rodeado por decenas de soldados.

Aprovechó un momento de sombra y echó a correr hacia el bosque. Cuando sintió que ya estaba lo bastante lejos del refugio, se puso de pie, hizo bocina con las manos y gritó:

—¡NPCs hijos de puta, a que no me cogéis!

Se dio la vuelta y empezó a correr como alma que lleva el diablo.

Los soldados no se hicieron de rogar y las balas empezaron a silbar por el bosque.

Tomek no redujo, aunque había calculado mal las distancias: por las voces y los fogonazos, seguía rodeado.

Solo veía un hueco, lo malo era que lo llevaba directo a una carretera de dos carriles iluminada por farolas.

En el momento en que había salido del refugio sabía que estaba muerto, así que lo único que podía hacer era poner distancia entre los soldados y sus amigos.

Salió a la carretera, a lo lejos venía un camión militar; en el bosque se oían los gritos de los soldados cada vez más cerca.

No quedaba otra. Salió de la espesura y corrió en dirección contraria al vehículo. Este lo vio al instante y aceleró.

Estaba bien jodido: a un lado de la calle había una fila de casas con las luces encendidas, al otro un bosque lleno de soldados, y en cuestión de segundos lo arrollaría un camión.

«Hasta aquí hemos llegado», pensó antes de detenerse.

Se encaró hacia el camión. Conocía a los infectados lo suficiente para saber que cuando lo vieran solo y armado con una palanca, no lo atropellarían; preferirían bajarse y hacerlo con sus propias manos.

«Por lo menos me llevaré a alguno por delante».

El camión frenó a varios metros de él. El conductor y el copiloto se bajaron sonriendo con malicia, mientras varios militares salían por la espesura. Soltaron sus armas y sacaron los cuchillos de los cintos.

—Joder, qué previsibles sois.

Levantó la palanca con una mano y con la otra los invitó a acercarse.

—¡¿Quién será el primero?!

Oyó un frenazo detrás de él. Se giró asustado, no contaba con que hubiera más a ese lado de la carretera.

La luz de los faros lo cegó. Solo atisbó la silueta del coche y dos figuras que se apeaban.

Hubiera jurado que una era un robot; esta levantó las palmas como si estuviera apoyada en una pared invisible y unos rayos azules salieron de sus manos.

Tomek los siguió con la mirada hasta el camión.

La onda expansiva de la explosión lo hizo caer al suelo.

Tardó un par de segundos en incorporarse hasta quedar sentado, de cara a la hoguera en la que se había convertido el vehículo.

Los soldados estallaban como cuando un vaso se cae al suelo y los cristales salen volando, solo que en vez de vidrios eran extremidades y vísceras.

Cuando no quedó nadie vivo en la carretera salvo él, se puso de pie y entrecerró los ojos para ver el coche.

«¿Eso es un Stela?»

—¡Joder, te dije que no mataras a nadie! —exclamó una de las figuras.

—Querías salvar a este, ¿no? —protestó la otra voz.

—¿Seguro que no puedes bajar la intensidad para aturdir en vez de matar?

Tomek creyó reconocer la última voz.

—¿Jan?

Dio unos pasos y vio a Jan, que lo observaba.

—Hola, chaval.

—¿Tú no estabas muerto?

—Soy como Bruce Willis en La jungla de cristal .

—¿Quién?

Jan suspiró.

—Nada, déjalo.

Tomek se acercó, entonces vio a Zofia.

—¡Tú eres la vieja hija de puta que me noqueó!

—Sí —intervino Jan—, ahora te lo cuento todo. Sube al coche.

Una voz que no se parecía en nada a la de un GPS dijo desde el interior:

—Están entrando en las alcantarillas de El Matadero.

Jan dio un paso adelante, viendo que Tomek seguía quieto y mirando a Zofia con rabia.

—Tomek, confía en mí. Está de nuestra parte y tenemos que rescatar al resto.

Él lo observó un segundo y al fin asintió. Se subió a la parte trasera. Una vez dentro, clavó los ojos en el retrovisor, donde se reflejaba la cara de la anciana.

—Jan, soy todo oídos.

5

Pom, pom.

Adam, Melania y Antek miraban el portón de hierro; no aguantaría mucho más. Tomek no había logrado alejar a los soldados y estos iban a tirar la puerta abajo con un ariete. Aferraban sus sticks de hockey como si esa arma pudiera marcar la diferencia ante lo que se les venía encima.

—Abrid de una vez —decía una voz al otro lado— y os prometemos que será rápido.

Antek pensó en ofrecerle a Melania que se escondiera en la estancia de los niños con Ola, pero una vez el portón cayese, ya daría igual. Si tenían que morir prefería hacerlo con ella.

Melania fue a la sala que servía de cocina, caminó hasta una de las mesas y agarró una caja de plástico donde guardaban los cubiertos.

Observó los cuchillos con detenimiento. Habían pasado seis meses desde que había matado de un mochilazo a su profesora de Español.

Ese día se juró que no volvería a matar.

Pom, pom.

Miró hacia el portón y agarró tres cuchillos, dejó su stick sobre la mesa y volvió. Le ofreció uno a Adam, que lo tomó en el acto, y otro a Antek.

Pom, pom.

Antek la miró a los ojos.

—Esto ya no es sobre nosotros —dijo ella, que pese a la seguridad de su rostro lloraba—. Tenemos que proteger a los niños.

Antek asintió, dejó el stick apoyado en la pared y tomó el cuchillo.

Pom, pom.

Los tres muchachos se pusieron a un par de metros del portón en posición de lucha. Las bisagras ya estaban cediendo; con cada golpe el polvo de cemento saltaba por los aires.

—Melania —dijo Antek.

—¿Sí? —contestó ella.

—No quiero morirme sin decirte que estoy loco por ti.

Ella sonrió.

—Pues no te mueras, que cuando salgamos de aquí me vas a invitar a un falafel.

Cambió de mano el cuchillo y con la otra buscó la de Antek.

Pom.

No llegó el segundo pom. En su lugar se oyeron gritos y golpes. Antek y Melania se miraron sin saber qué sucedía.

Sonó una especie de explosión y el portón cayó como un leño, dejando una estela de polvo al tocar el suelo.

En el corredor de la cloaca solo se veía oscuridad y humo. Se escuchó una voz de hombre adulto.

—¿Ves como sí podías hacerlo sin matar?

—Estarían mejor muertos; la mayoría van a quedarse en silla de ruedas el resto de su vida —contestaba una voz de mujer.

Antek y Melania no entendían nada.

En el umbral apareció Tomek y los miró satisfecho.

—En serio, os dejo solos cinco minutos y mirad la que habéis liado.