CAPÍTULO 27
Sin líder
Tomek se estaba volviendo loco encerrado en El Matadero.
Habían pasado seis días desde la desaparición de Jan, y todo lo que podía haberse ido a la mierda lo había hecho.
Los militares patrullaban las calles y los bosques buscándolos.
Por una radio de pilas supieron que Kamienna Puszcza estaba considerada zona de peligro: los cadáveres de los soldados descuartizados en la farmacia y en el claro del bosque habían trascendido a la opinión pública, y la caza de los niños se había convertido en un asunto de interés nacional.
Tomek daba por hecho que no eran los únicos supervivientes de Polonia, pero desde luego sí los que más ruido habían hecho.
Pensaron en salir de la ciudad, pero no había forma: los accesos estaban cortados y, con tantos niños pequeños a su cargo, intentarlo era un suicidio.
Quedarse también era cuestión de tiempo: tarde o temprano darían con su escondite.
Entre el encierro y la carga del liderazgo estaba a punto de estallar.
Nunca pensó que echaría tanto de menos a Zuzanna.
2
Hacía cuatro días. Todos mataban el tiempo como podían.
Ola no paraba de organizar actividades para que los niños estuvieran entretenidos, Adam hacía todo lo que ella le pedía sin rechistar.
Sin ellos, esos niños estarían muertos: se ocupaban de su alimentación, baños, ropa y entretenimiento.
Lo de ellos dos ya era un secreto a voces.
Mientras, el resto lidiaba a su manera con el estrés.
Tomek siempre estaba enganchado a la radio con los auriculares, buscando noticias de cómo seguían las cosas en la superficie.
La única que le hizo reír, de las muchas que oyó, fue que en Hollywood se estaba preparando un remake de Solo en casa para las próximas navidades: los héroes serían los ladrones, interpretados por Macaulay Culkin y Elijah Wood, y dado que ya no existían actores infantiles, el niño sería en CGI.
Melania miraba una novela, pero parecía incapaz de concentrarse: leía unas cuantas páginas y al rato tenía que volver atrás. A su lado, como ya era costumbre, Antek revisaba la ropa de los niños una a una: si veía un descosido lo remendaba, y si no, también.
La que peor llevaba el encierro era Zuzanna.
Siempre en movimiento, revisando la base, los fármacos, la despensa, lo que fuera.
Cuando terminaba, volvía a empezar. Tomek la había visto así antes, pero esta vez había algo distinto: los movimientos eran demasiado rápidos, demasiado mecánicos, como si el cuerpo fuera por delante de la cabeza.
—¿Quieres parar? —le dijo con una sonrisa cómplice.
Ella lo fulminó con la mirada. Lo cual era habitual. Aunque no dijo nada. Y eso sí era raro: Zuzanna siempre tenía algo que decir.
Ella se había quedado petrificada. Solo Tomek pareció advertirlo. Se quitó los auriculares despacio, dejó la radio sobre la mesa y se encaminó a paso lento. No estaba seguro, pero si tenía razón, quería ser el que estuviera más cerca de ella.
Tomek jamás había podido ver una eclosión tan de cerca.
Asistió en primera fila al cambio en los ojos de Zuzanna: el iris se tornó carmesí y unas venas nacieron de él, serpentearon por la córnea y la esclera, abriéndose paso como raíces en la tierra hasta que todo el ojo fue rojo.
Tensó todos los músculos de su cuerpo. Ladeó la cabeza despacio.
Clavó la mirada en el bisturí que tenía al lado del botiquín y lo agarró.
Le lanzó una cuchillada a Tomek; la hoja trazó un tajo en el aire, pero él lo esquivó por milímetros y le asestó un golpe en el pecho para hacerla retroceder.
—¿Zuzia? —preguntó un niño que se había puesto a su lado.
Era Julek, que había salido de la habitación donde convalecía; con los puños se frotaba los ojos, adormilado.
Zuzanna sonrió y levantó el brazo para blandir el bisturí. Tomek vio a Julek a su lado y reaccionó: se lanzó hacia ella y la placó antes de que el arma bajara. Los dos salieron despedidos hacia atrás y cayeron al suelo rodando.
Antek y Melania fueron rápido al lado de Tomek para ayudarlo a levantarse, mientras Ola arrastraba a los más pequeños a otra estancia y Adam cogía en brazos a Julek, que lloraba aterrado.
—Os voy a matar, niños —dijo Zuzanna arrastrando las palabras, como si las saborease.
Tomek dio un paso al frente. Ella lo atacó de nuevo, no obstante, esta vez él le plantó un puñetazo en la cara. Ella cayó de espaldas, inconsciente.
Tomek se acuclilló para ver si seguía viva. Lo estaba.
Se llevó la mano al rostro. «Mierda», pensó. Este era el peor escenario posible. No dijo nada durante unos segundos, sabía que Antek y Melania estaban detrás de él y pensaban lo mismo que él: la promesa.
—Tenemos que… —no pudo acabar la frase.
Observó el semblante inmóvil de su amiga. «A la mierda», se dijo.
—Traedme las cuerdas y una mordaza —ordenó sin girarse.
Melania y Antek se miraron y ambos suspiraron aliviados .