CAPÍTULO 24
Los ocho cadáveres
Jan observaba a la anciana; esta se había quedado con los ojos perdidos en el bosque, como si ahí se hallasen sus recuerdos.
Él era un hombre escéptico, y la historia que acababa de escuchar era para serlo, salvo por el hecho de que en los últimos días había visto cosas demasiado increíbles como para cuestionar el relato.
Jan se agachó y cogió la cajetilla de Lechuza tirada sobre la hierba. Se encendió el cigarrillo y dio una fuerte calada. Tenía muchas preguntas, pero solo atinó a decir:
—Yo nunca me suicidaría.
Zofia levantó la vista con desprecio.
—Porque yo lo he impedido —zanjó.
Tomó la cajetilla de cigarrillos, se puso de pie y dio unos pasos, dejando a su espalda a Jan.
—Yo tampoco quería creerlo. Pero te he visto suicidarte cuatro veces. —Se giró con una sonrisa amarga en los labios y lo miró—. Los cadáveres del sótano son cuatro Zofias y cuatro Janes.
Jan abrió los ojos sin entender.
—Os pongo un nombre a cada uno —explicó—. Los de abajo son Abril, Marzo, Febrero y Enero. Tú eres Diciembre.
Jan no dijo nada. Miró el cigarrillo entre sus dedos.
—Eres el único que no se cortó las venas con una mancuerna.
Jan tragó saliva.
Ella se encendió el cigarrillo.
—Después de tu muerte dejé el instituto. Estudié física teórica, ingeniería cuántica y astrofísica. No terminé ninguna.
Jan levantó la cabeza. Ella lo miró con frialdad.
—Cuando mamá enfermó, lo dejé todo para cuidarla.
Él se puso de pie.
—¿Qué le pasó a Magda?
—Cáncer de pecho. Lo cogieron tarde.
Jan se llevó la mano a la boca.
—No pongas esa cara. Cuando te devuelva a tu mundo te ocuparás de que eso no suceda.
—¿Cómo?
—La harás ir a revisiones para que se lo detecten antes. Será una pequeña intervención y unas sesiones de radioterapia —dijo como si no fuera nada.
—Sé que te crees muy lista, como si fueras un dios. ¿Pero cómo coño crees que la voy a convencer?
—Le dirás la verdad.
A Jan se le escapó una risa sin atisbo de humor.
—Y ella me creerá, seguro…
— Tu lui feras confiance.
— Tu as beaucoup de foi en moi —contestó él con perfecto acento parisino.
—No solo eres un experto en artes marciales. También te he implantado lenguas: un pack básico de inglés del sur de Inglaterra, francés de París y español de Salamanca.
—¿Cómo? —preguntó llevándose la mano a la cabeza.
—Un chip en el cerebro. Se toma por vía oral —dijo como si fuera lo más normal del mundo—. Es una tecnología que encontré en otro universo.
Jan se quedó en silencio un instante.
—¿Cuántos universos hay?
Zofia tiró la colilla al suelo y la aplastó con la suela del zapato.
—Miles. Habitados por Homo sapiens , cuatrocientos veintisiete. Supongo que necesitas una explicación. Ven.
Él la siguió de nuevo a la casa.
2
Entraron en lo que había sido el salón de Jan.
La estancia mantenía los paneles de metal del resto del lugar, salvo que en esa habitación había pantallas por todas partes.
Lo único que destacaba era el rústico buró —Zofia no se había deshecho de él, sino que lo había convertido en el centro de su zona de trabajo—.
Se sentó frente al mueble, en una silla que estaba a mitad de camino entre la de un gamer y el asiento del capitán Kirk, y ordenó:
—Álvaro, muéstrame el multiverso.
—Sí, ahora mismo —contestó la IA con una voz alegre.
Las luces se volvieron tenues y en el centro de la habitación apareció un holograma: filas de pequeñas tierras girando despacio, miles de ellas.
Ella se levantó y tocó una con el dedo. Apareció un título debajo que rezaba: Tierra sin gilipollas.
—Aquí estamos. Álvaro —dijo—, deja solo las tierras Homo sapiens y ponlas en plano.
—Ahora mismo, Zofia.
Desaparecieron la mayoría hasta que, aun así, quedó un número enorme; estas se recolocaron en filas sobre una de las paredes, como una pizarra llena de planetas con pequeños títulos de neón. Uno estaba en el centro y era más grande que el resto.
— Tierra 1 —leyó Jan.
—Es la nuestra —dijo ella.
Él la tocó con la yema del dedo. Sintió un pequeño calambre, como electricidad estática.
—Viajé por más de treinta años por el multiverso en busca de uno que hubiera desarrollado los viajes en el tiempo.
Nunca lo encontré, aunque durante ese tiempo aprendí de cientos de genios que nunca existieron en nuestro mundo; con todo ese conocimiento hallé mi propia teoría. Como es obvio, funcionó.
—Reformaste nuestra casa para que fuera una máquina del tiempo… —dijo Jan asombrado, mirando a su alrededor.
—Mi casa. Tú estabas muerto.
Jan bajó la cabeza.
—Pero no solo dediqué ese tiempo a mi investigación. Me di cuenta rápido de que algo estaba mal con el multiverso.
—¿Qué?
—Los apocalipsis. Algo o alguien externo los estaba provocando. Como en Tierra Solo en casa.
—¿ Tierra Solo en casa ?
—Sí, donde has pasado tus últimos días. Álvaro, pon las tierras apocalípticas.
La pantalla se redujo a un número que Jan sí pudo calcular. Treinta y dos, aunque la última tenía un interrogante: Tierra Lemming.
—¿Y esta? —señaló.
—Esa no sé si es un apocalipsis provocado o simplemente son tontos del culo.
Tuvieron una pandemia con un coronavirus que gestionaron de pena y desde hace décadas eligen a los más imbéciles, independientemente del sesgo político, para que los gobiernen.
No creo que sea una tierra apocalíptica, pero no quiero descartarlo.
Jan señaló otra: Tierra Zompiro.
—Esa es curiosa. Es una donde solo se habla esperanto.
Una mezcla de zombis y vampiros se había apoderado del mundo.
Es la única de estas que logró superar el apocalipsis y volver a una relativa normalidad.
Y no fueron los militares: fue un taxista de Barcelona con tres civiles quienes lo hicieron posible.
Ahora el taxista vive en Varsovia. Te caería bien, es un rato gilipollas.
Zofia se había hecho pasar por reportera para recopilar información sobre el apocalipsis.
Fue a visitar al taxista en su taller. Ella le pidió que apagara la música para poder hablar con tranquilidad, lo cual acabó derivando en una conversación sobre la falta de criterio musical de Zofia.
Como si escuchar a Johnny Cash en esperanto fuera un placer.
Por suerte, pudo hablar con su esposa, que fue más educada.
—¿Y este? —señaló Jan Tierra estatua.
—Ese es uno donde la gente se convirtió en piedra. Aunque eso ya da igual. En treinta años no encontré el mundo que estaba destruyendo a los otros. Y realmente tampoco importa, porque el nuestro no está en peligro, por lo menos no de momento. Pero ese no es el tema.
—¿Y cuál es?
Jan esperó. Zofia tardó un segundo más de lo necesario en responder.
—Elegí Tierra Solo en casa para tu rehabilitación.
—¿Llamas rehabilitación a torturarme y soltarme en un mundo de caníbales?
Durante toda la conversación Jan se había forzado a ser comprensivo, pero la frialdad de Zofia le estaba empezando a tocar los huevos.
—Sí. Te tuve entrenando más de seis meses, aunque te lo borrara de la mente. Te extirpé el alcoholismo. Te devolví el oído. Te hice querer luchar por ti y por los demás.
Jan no dijo nada. Miró el holograma, las tierras girando despacio, y pensó en todo lo que le había costado llegar hasta ahí. No solo a él.
—Y gracias a eso —continuó ella—, podrás volver a tu mundo y salvar a tu Tomek. Y ser un padre decente para tu Zofia.
Hubo un silencio.
—Así que te vuelves a casa.
—¿Cómo que me vuelvo a casa? ¿Qué pasa con los chicos?
—¿Quién? —preguntó con una mueca, como si no entendiera a qué se refería.
—Tomek, Antek, Melania, Zuzanna y el resto de niños.
—Ah, esos. Pues nada.
—¿Nada? ¿Vas a dejarlos morir?
—Jan, no les debemos nada. Han sido herramientas en tu rehabilitación. No son de nuestro mundo.
—¡Y una mierda los voy a abandonar!
—Como si pudieras decidir —se burló ella.
Jan ya estaba cabreado.
—A ver, lumbreras: dices que me suicidé porque provoqué la muerte de Tomek y no lo superé, ¿no? ¿Cómo coño crees que voy a vivir sabiendo que he dejado morir a un montón de niños?
Zofia abrió los ojos. Hacía más de treinta años que vagaba sola, entre datos, máquinas y planes, y esa variable no había entrado en ninguno de sus cálculos.
—No podemos salvarlos. No son nuestra responsabilidad.
—No me toques los huevos. ¿Tienes la tecnología de cientos de mundos y no se te ocurre nada?
Zofia parecía haberse bloqueado.
—No tiene sentido —dijo al fin, sin mirarlo—. Poner en peligro mi trabajo de treinta años por unos sujetos…
—¡¿Sujetos?!
—Sí, sujetos. Hubieran muerto igual con o sin mi intervención.
—Escúchate —cortó Jan—. Estás hablando de Tomek. De Antek. De Melania. No son sujetos, son niños.
—Para mí es lo mismo.
Zofia cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, la frialdad había vuelto.
—Ahora, vuelve al gimnasio —ordenó—. He de pensar.
—No.
—Puedo obligarte, no me fuerces.
—¿Qué vas a hacer: matarme e ir a buscar a Noviembre?
—¡Calla!
—No, ahora me toca a mí. Entiendo por qué hay cuatro Janes en la nevera, ¿pero por qué hay cuatro Zofias?
Ella dio un paso atrás.
—A ti eso no te incumbe —dijo con un hilo de voz.
—¡Una mierda! ¡Tengo cuatro hijas muertas en el sótano y otra loca delante! ¡Quiero saber el porqué!
—No somos tus hijas. Tu hija está esperando a que vuelvas…
—¡Quiénes son! —la presionó.
—No es relevante…
—¡Dímelo!
Hubo un silencio.
—Ellas no sufrieron.
—¿Quiénes?
Una lágrima cayó por la mejilla de Zofia.
—No son tus hijas —susurró—. Son las hijas de Abril, Marzo, Febrero y Enero. Las tuve que matar.
Jan dio un paso atrás.
—Debían morir —dijo con voz quebrada—. Si las dejaba vivas seguirían mis pasos. Y yo no podía permitir que ninguna otra Zofia llegara hasta aquí.
—¿Las mataste tú?
Jan sentía repulsión por aquella mujer: la asesina, la que había anulado cualquier rastro de humanidad para poder salvarlo. La observó, abatida, como si en ese instante ella se viera en un espejo y por fin hubiera comprendido las atrocidades que había cometido por salvarlo.
Jan pensó en Tomek, en Antek, en Melania. En todos los niños de El Matadero. Esa mujer había cruzado líneas que ninguna persona cuerda cruzaría, y lo había hecho por él. Para salvarlo a él, que no había hecho nada para merecerlo.
Él dio un paso hacia ella. Zofia, llorando, levantó la mano para impedírselo. Jan la apartó. Estrechó a su hija entre sus brazos. Se resistió, no quería la compasión de nadie, y mucho menos la de su padre.
Jan no la soltó.
—Ya está, pequeña.
Clavó la cara en el pecho de su padre y se derrumbó en silencio.