CAPÍTULO 23
La ladrona de adoquines
Tengo catorce años. Es lunes.
Estoy en el jardín, detrás de casa de mis abuelos: tumbada en una hamaca anudada entre dos pinos de tronco ancho. Es verano, el último que paso como niña.
Leo una novela a la sombra de las copas, custodiada por los millones de acículas. Necesito estirar los músculos. Me pongo en pie, bostezo, cierro los ojos. Me desperezo mientras doy un par de pasos.
Lo siguiente que siento es mi cara contra el suelo de piedra. Me he caído. Me doy la vuelta y me incorporo hasta quedar sentada.
Entonces lo veo.
Un adoquín rebelde en el camino de rocas se ha salido del puzle. Me pongo en pie. Lo cojo en la mano y lo observo. Es una roca cuadrada de piedra rugosa, aunque un canto está roto.
Lo coloco en el hueco de nuevo, queda suelto. Observo los cientos de adoquines del jardín. Entonces lo sé, ese adoquín terminará encajando. La tierra se moverá, se adaptará. El cambio será mínimo. Habrá un nuevo camino.
Es la primera vez que pienso en el tiempo como en una explanada de adoquines. Es un pensamiento fugaz, pero la idea se queda.
24 de diciembre de 2025
Es Nochebuena en casa de mis abuelos. No hay sorpresas. Comemos y abrimos regalos. Todos hablan y ríen mientras, en la televisión, Kevin McCallister prepara su casa para los ladrones. Yo miro de reojo la puerta, deseo que papá entre. No viene. Es una Nochebuena sin sorpresas.
25 de diciembre de 2025
Estoy leyendo en mi cama. No puedo concentrarme, miro el reloj de reojo. Papá llega tarde. Tenemos planes, vamos a ir a comer un kebab y luego a su casa a ver películas.
Papá no viene. Papá no coge el teléfono. Culpo a mamá, ella me abraza y yo lloro. Más tarde, sé que se ha quedado dormido. Yo le digo que lo perdono, pero no lo hago.
7 de enero de 2026
Es martes. Estoy en la escuela, acabo de llegar.
Todos me miran como si esperaran algo de mí.
Mi amiga Marta me cuenta que mi padre ha puesto una queja a un estudiante: Tomek Kamiński.
Solo lo conozco de vista. Lo han expulsado por hacer un grafiti en la casa de papá. A nadie le importa, Tomek no es nadie.
15 de enero de 2026
Es jueves. Estoy en la puerta del instituto. Hace frío y nieva. Hablo con Marta, ella me cuenta que va por el capítulo siete de la cuarta temporada de Stranger Things . Renata viene corriendo hacia nosotras.
—¿Os habéis enterado? —pregunta.
Tomek Kamiński se ha suicidado esta mañana. Se ha lanzado del puente de Anna Jagiellonka. Su padre le pegaba, añade Marta.
Dos horas después, espero en la puerta del instituto. Papá sale a las cuatro, no sonríe, tiene los ojos hinchados. Camina hacia mí. Un estudiante bien vestido, creo que se llama Antek, se acerca a él y le pega un puñetazo. Papá cae al suelo y lo mira, pero no se defiende.
—¡Asesino! —le grita llorando.
Papá baja la cabeza.
Antek es expulsado del centro para siempre.
30 de marzo de 2026
Es lunes. Estoy caminando por el pasillo de la escuela. Todos me escrutan. Nadie me habla, pero sé cómo me llaman cuando creen que no los oigo: La hija del asesino.
La hija del borracho.
Papá ya no me lleva a ningún sitio. Papá ya no me llama. Mamá ha intentado hablar con papá, pero él solo asiente, solo bebe, trabaja, fuma y duerme.
Veo a papá en el corredor, mira al suelo, camina como un autómata.
Un estudiante le golpea con el hombro, sus amigos a los lados ríen.
El maletín de papá cae al suelo y se abre.
Una botella de vodka sale rodando y choca contra una pared.
Se hace añicos. Bajo la cabeza, siento vergüenza, me doy la vuelta y me alejo entre las risas.
Esa tarde el director habla con él. Papá pierde su trabajo.
9 de abril de 2026
Es sábado. Estoy en silencio. He desmontado la consola, las piezas están sobre la mesa. Hace tiempo que hace un ruido extraño. Esto sí puedo repararlo.
Mamá entra en la habitación. Está en shock . Tiene los ojos enrojecidos y le cuesta respirar.
—Mamá, ¿qué ha pasado? —pregunto.
Mamá se acerca.
—Tu padre… —dice.
No termina la frase.
Papá ha muerto.
Se ha lanzado del puente de Anna Jagiellonka.
Es mi culpa. Lloro.
Me rendí con papá y él ha dejado de existir.
16 de abril de 2026
Es jueves. Está nublado. Estoy en el cementerio, frente a una lápida que reza: Jan Borowski. 14 de enero de 1981 a 9 de abril de 2026. Lloro. Mamá llora. El abuelo está serio, aunque está. La abuela está triste, no sé si es por papá o por lo que dirán los vecinos. Mamá me abraza y lloramos juntas.
Comemos en silencio en casa de los abuelos. Salgo por la puerta, necesito estar sola.
Llueve. Doy veintitrés pasos por el camino de adoquines, hasta llegar al jardín trasero. La hamaca se balancea por la brisa. La ignoro y miro al suelo. El adoquín roto sigue ahí.
Los adoquines se han desplazado para compensar la grieta.
El camino sigue ahí. Ya no es el mismo.
Es imperceptible. Es otro suelo.
Me arrodillo sobre un charco, siento el agua en el rostro y mi ropa. No me importa.
Acaricio con las yemas de los dedos la piedra rebelde.
Presiono la palma de mi mano sobre el adoquín empapado. Siento el frío recorrer mi brazo.
Tengo un coeficiente intelectual de ciento ochenta y dos.
Sé que llevará años.
Sé que será difícil.
Sé que es posible.